
La fiebre por Tolkien es una condición extraña, que no sigue un patrón establecido. Algunos lectores son simplemente inmunes. Otros apenas son susceptibles y casi no presentan síntomas —es mi caso—: leen los libros con placer e interés, pero no sienten la necesidad de volver a ellos.
Luego están aquellos cuya imaginación queda marcada de manera permanente por El Señor de los Anillos, un grupo con defensores influyentes como Stephen Colbert y, como deja claro un nuevo libro muy ameno, el novelista y crítico británico D.J. Taylor. Estos afectados por el Tolkien prolongado son casos perdidos, capaces de recitar los nombres de hasta el último elfo y enano décadas después de su primera exposición.
PUBLICIDAD
El rey bajo la montaña, el estudio de Taylor sobre el autor de fantasía y académico inglés J.R.R. Tolkien, no es una biografía exhaustiva, sino un relato cronológico ágil acompañado de observaciones críticas, con ensayos sobre temas como la religión de Tolkien y su legado cultural. También tiene un componente memorialístico, que da cuenta del poderoso impacto de la Tierra Media en la Norwich de clase media y en el desarrollo de Taylor en esa ciudad.
Nacido en 1960, Taylor sigue viviendo en Norwich y resiste la absorción por parte de un ambiente literario dominado de manera burda por Londres. Su propia ficción es de un realismo clásico, bastante alejada de la fantasía, y su anterior elección de sujeto biográfico, George Orwell, confirma una preferencia general por el compromiso social.
PUBLICIDAD

Cierta dosis de obsesión escolar sobrevive bajo la sofisticación de este escritor profesional. En una sección titulada “La Comarca: un estudio sociopolítico”, Taylor finge olvidar el estatus protegido de la verosimilitud en la fantasía y examina las contradicciones de una comunidad aislada y preindustrial que, de algún modo, se beneficia de bienes importados y de toda una red de empresas comerciales interdependientes. Si uno de los regalos que recibe Bilbo Baggins en su cumpleaños número 111 es un espejo convexo, ¿quién lo fabricó y dónde? Es una objeción bastante básica. Las fantasías dejan huella no por su coherencia, sino por su poder de convicción, y Tolkien tenía mucho de eso.
Tolkien se oponía a toda interpretación biográfica de los textos literarios. Taylor es lo bastante honesto como para citar dos cartas de Tolkien en ese sentido —una de ellas califica ese enfoque de “completamente vano y falso”— antes de que comience su propio libro. La existencia de El rey bajo la montaña demuestra que ha superado cualquier escrúpulo sobre emplear ese método. Tolkien quizá se habría sorprendido de que justificara una gran tirada en tapa dura medio siglo después de su muerte, pero no habría cambiado de opinión.
PUBLICIDAD
Una cosa es que un biógrafo desestime las objeciones de su sujeto y otra, negarle toda autoridad como lector de su propia obra. Tolkien, afirma Taylor, “es la peor persona del mundo para decirnos de qué tratan sus libros”. Esta afirmación necesita moderarse. Tolkien reescribía y revisaba obsesivamente y, por ejemplo, eliminó de los borradores de El Señor de los Anillos toda referencia a prácticas religiosas en la Tierra Media, de modo que una visión cristiana del mundo pudiera surgir sin explicitarse. ¿La idea es que Tolkien sabía lo que hacía solo mientras lo estaba haciendo? Es una postura que exigiría cierta defensa. Cambie la formulación por “Tolkien no siempre puede ser la mejor persona...” y todos quedan conformes.

Esta no es la única ocasión en la que un argumento válido se ve debilitado por la exageración. Está claro que Tolkien no se vio afectado por las tendencias literarias y siguió su propio camino: no tanto un lobo solitario como un cordero solitario, para tomar prestada una sorprendente autodescripción de Vladimir Nabokov. Taylor busca subrayar este aislamiento con la proposición de que “la mayoría de los escritores pasa la mayor parte de su tiempo libre... en compañía de otros escritores”. Esto me parece discretamente insensato, aunque quizá se deba solo a que nadie quiere mi compañía.
PUBLICIDAD
Tolkien veía a los novelistas como “subcreadores” autorizados, no en competencia con Dios, sino ayudándolo de alguna manera. No explicó los fundamentos de esa creencia, pero, en general, afirmaba más que argumentaba. Taylor lo describe como un intelectual, pero solo en su terreno de la lingüística podría llamársele así. En otros ámbitos, sus actitudes eran rígidas y sus simpatías, limitadas.
En la lectura que Taylor hace de su carácter, el catolicismo de Tolkien le dio “un sentido moral y una humildad de los que carecen por completo la mayoría de los escritores del siglo XX”, aunque también lo volvió “duro e inflexible”. Por desgracia, cuando la humildad va acompañada de un comportamiento duro e inflexible, se parece mucho a la arrogancia. Como anglicana, Edith Bratt debía convertirse si quería llegar a ser Edith Tolkien y, después de su matrimonio, parece no haber ocupado mucho espacio en la mente de su esposo.
PUBLICIDAD
Este académico introvertido tenía una imaginación extraordinaria. Dé la vuelta a la frase y obtendrá: este escritor de gran imaginación llevó una vida poco emocionante. No hay forma de escapar a la simetría de estas proposiciones. Taylor hace un buen trabajo al identificar los elementos que contribuyeron al carácter difícil de Tolkien: “dificultades en la infancia; padres muertos; amor prohibido; la atracción de un mundo imaginario; una religión exigente; un arraigado sentimiento de distanciamiento personal y social”.

“Amor prohibido” quizá sea una expresión algo fuerte, pero suena mejor que “amor desaconsejado”; que se le permitiera escribir a Edith, pero no verla hasta los 21 años, incluso pudo haber ayudado, ya que el cortejo por carta produjo en ambos una intensidad que los encuentros solo habrían disipado. Cuando Taylor fuerza conexiones entre una vida monótona y una obra vibrante es cuando El rey bajo la montaña revela una debilidad de fondo.
PUBLICIDAD
Las objeciones de Tolkien a la crítica biográfica tenían su origen en el rechazo a la intromisión, pero hay un argumento filosófico que puede plantearse. Un paseo con Edith por los bosques de Yorkshire no “produjo” el relato de Beren y Lúthien —una de las primeras historias de Tolkien sobre la Tierra Media—, aunque esa es la palabra que usa Taylor. Sí, debe de haber algún tipo de coincidencia entre las batallas del libro y la Gran Guerra que Tolkien vivió, pero la historia personal se transforma al convertirse en ficción, tanto si el escritor pretende esa transformación como si no. Nunca es una cuestión de cortar y pegar.
Taylor se refiere a que Tolkien “desconfiaba de la progresión estándar de la vida al arte”, pero tal cosa no existe. Cuando Franz Kafka quiso escribir sobre la identidad judía, escribió sobre la Gran Muralla China. Nadie duda de que los escritores aprovechan sus experiencias, pero el proceso no puede invertirse, del mismo modo que el vino no puede volver a convertirse en uvas; y ¿por qué querría alguien hacerlo?
PUBLICIDAD
Fuente: The New York Times
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El hombre que arregló la reunión entre Bob Dylan y el papa León XIV revela qué pasó en la biblioteca del Vaticano
Antonio Spadaro, subsecretario del Dicasterio para la Cultura de la Santa Sede, describió la secuencia íntima del encuentro, desde una espera de media hora hasta la forma en que los dos estadounidenses se miraron
El Festival de Cine de Mar del Plata inició su 41° edición con 40 funciones ya agotadas a través de una preventa récord
Con 180 películas de 55 países y 500 proyecciones programadas hasta el domingo 13, el certamen marplatense arrancó con una gran demanda: 30 mil entradas vendidas por anticipación

El festival NAVE No Ficción reúne en Bariloche a Martín Caparrós y María Moreno para debatir presente y futuro del periodismo narrativo
La cuarta edición del encuentro organizado por la Fundación de Periodismo Patagónico se desarrolla este fin de semana con la participación de más de treinta periodistas de Argentina, España, Colombia y Chile

Cómo se prepara el coro que cantará ante León XIV: 150 voces, una orquesta y un repertorio de 13 canciones
Teresa Terán y el padre Sebastián Achcar contaron cómo se organizó el ensamble que acompañará al Pontífice durante la misa y el encuentro con jóvenes

Taylor Swift, cantante estadounidense: “Sé como una serpiente: solo muerde si alguien te pisotea”
De la pedagogía de la complacencia al manifiesto de la autodefensa: cómo una de las mentes más brillantes del pop global transformó el linchamiento digital en un tratado filosófico

