
Qué leer, cuándo leer, por qué leer. Eso: por qué leer más allá de las cuestiones prácticas -leer un mensaje, leer un cartel, leer instrucciones-, por qué leer fantasías, relatos, por qué leer poemas. Cada uno tendrá sus respuestas, que pueden ir cambiando en los diferentes momentos de la vida.

Rojo y negro
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No hay libros buenos para todos, apasionantes para todos, significativos para todos. Pero vale asomarse a títulos e ideas que quizás se salgan de la cadena de “si compraste esto, comprá tal cosa”. ¡Si compraste esto, quizás quieras algo completamente diferente!
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Esta semana hablaremos del último libro de la narradora española Rosa Montero, una figura de la literatura hispanoamericana actual. Se llama Un día en la vida de Clarita y su protagonista tiene 65 años y una vida difícil. También nos ocuparemos de Rojo y negro, un clásico escrito por Stendhal que retrata la ambición de un joven de origen humilde y expone la hipocresía de la sociedad francesa de la Restauración. Y luego entraremos a la poesía con Memorial de los caminos, un libro que publica Eudeba y que recoge versos del salteño Leopoldo “Teuco” Castilla sobre los viajes, la memoria, los paisajes y las huellas que dejan el desarraigo y el paso del tiempo.
1) “Un día en la vida de Clarita”, de Rosa Montero

Clarita lleva 30 años en el mismo banco. Llega puntual, ocupa el mínimo espacio posible y ha aprendido a no llamar la atención. Ese último día antes de la jubilación, que debía transcurrir entre adioses desganados y la inercia de siempre, se tuerce. Y con él, ella. Así arranca Un día en la vida de Clarita, la nueva novela de Rosa Montero publicada por Alfaguara, que comprime en 14 horas de ficción una historia sobre la humillación, el acoso laboral y la capacidad de cambiar de vida cuando todo indica que ya es tarde.
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La protagonista tiene 65 años, manías propias y un trastorno obsesivo compulsivo que la ha mantenido al margen durante décadas. No es que haya elegido la invisibilidad: fue la única respuesta posible ante un entorno que nunca la aceptó. “La persona a la que han humillado siempre interioriza eso y cree que es un gusano”, explicó Montero en una entrevista. Clarita se insulta a sí misma porque el desprecio ajeno, acumulado desde la infancia, terminó por instalarse dentro.
La novela sitúa buena parte de su crítica en el acoso laboral, un fenómeno que la escritora considera tan extendido como poco visibilizado. El maltrato en el trabajo no siempre desciende de jefes a subalternos: con frecuencia ocurre entre compañeros, dentro de estructuras que reproducen las mismas dinámicas de exclusión que en el patio de colegio. Clarita conoce eso de cerca. “Salirse del molde tiene unos costes gravísimos”, afirmó Montero.
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A mitad de la novela, el giro imprevisto obliga a Clarita a reaccionar. La escritora describe esa transformación con una imagen precisa: el personaje pasa de rana a tiranosaurio. La metáfora reemplaza la del patito feo, porque Clarita no se convierte en cisne. Su cambio tiene otra escala, otra temperatura. La novela, construida sobre pares de contrarios —realista y grotesca, íntima y trepidante, oscura y llena de humor—, es según Montero el libro más humorístico que ha escrito.
Conocemos a Clarita rápido, en un libro corto, de 144 páginas: “No se sabe prácticamente nada de su vida anterior y, sin embargo, lo sabemos todo, todo lo necesario para entender por qué es así”, declaró la autora.
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El origen del libro tiene algo de accidente. La autora recibió el encargo de escribir un primer capítulo para una antología francesa. A las cuarenta líneas, decidió que aquello le pertenecía y lo escribió de forma febril, sin el año de preparación que suele dedicar a sus novelas. “Había días en los que escribía ocho horas, me iba a la cama y no podía dormir pensando: ‘¿Y ahora qué hacemos?’”, relató. Un día en la vida de Clarita se suma a una trayectoria de 47 años que incluye La loca de la casa, Historia del Rey Transparente, La ridícula idea de no volver a verte, El peligro de estar cuerda (2022) y Animales difíciles (2025, Premio Celsius).
2) “Rojo y negro”, de Stendhal

Rojo y negro, publicada en 1830 por el escritor francés Stendhal, integró el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia católica hasta el año 1900. La obra, cuyo título original en francés es Le Rouge et le Noir: Chronique du XIXe siècle, retrata con mirada crítica los círculos eclesiásticos y la aristocracia de la Francia posnapoleónica, lo que motivó su censura por parte del Vaticano durante casi siete décadas. Casi dos siglos después, el clásico volvió al debate gracias a una adaptación televisiva estrenada este año en Francia.
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A finales de agosto, la cadena pública France 2 estrenó una miniserie de cuatro episodios basada en la novela, dirigida por Gaël Morel y protagonizada por Victor Belmondo.
La novela sigue a Julien Sorel, hijo de un modesto carpintero del Franco Condado que destaca desde joven por su inteligencia. Admirador de Napoleón Bonaparte, sueña con una gloria militar que su origen humilde le niega, por lo que vuelca sus ambiciones hacia la carrera eclesiástica, única vía de ascenso disponible para alguien de su condición.

Su primer destino lo lleva a la casa del señor de Rênal, alcalde de Verrières, donde trabaja como preceptor de sus hijos y seduce a la esposa del alcalde, madame de Rênal, atrapada en un matrimonio sin amor. La relación secreta entre ambos termina por descubrirse, lo que obliga a Julien a huir e ingresar en el seminario de Besançon.
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Un sacerdote que reconoce su talento le consigue un puesto como secretario del marqués de La Mole, en París. Allí conoce a Mathilde de La Mole, hija del aristócrata, con quien entabla un vínculo tenso que desemboca en un compromiso de matrimonio respaldado por el propio marqués. Por distintas circunstancias, Sorel termina pronunciando un discurso en el que denuncia el orden social vigente. “La sociedad está llena de gente que quiere ser respetada y que no es respetable”, dice. “¿Cuál es la gran palabra que lo decide todo? El dinero”, arroja. Y: “No se puede ser feliz en una sociedad donde todo es cálculo”. ¿Estas declaraciones lo ayudarán? Mmmm.
Stendhal nunca explicó el significado de “rojo y negro” en el texto, lo que generó distintas lecturas entre los críticos a lo largo de los años. La más extendida asocia el rojo con el uniforme del Ejército y el negro con la sotana eclesiástica, los dos caminos de ascenso social que se le presentan a Julien Sorel. Otras lecturas vinculan los colores con el juego de la ruleta, como metáfora del azar que rige su destino.
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La obra, estructurada en dos libros divididos entre Verrières y París, es considerada una de las piezas fundacionales de la novela psicológica moderna, por su indagación en la tensión entre la ambición individual y una estructura social que condiciona a quienes no nacen en la aristocracia.
3) “Memorial de los caminos”, de Leopoldo “Teuco” Castilla

“Cuando uno lee poesía, todo el espectáculo del mundo se quintuplica”, dice Leopoldo “Teuco” Castilla, y la frase funciona como una declaración de principios que atraviesa toda su obra. El poeta salteño —hijo del también poeta Manuel J. Castilla, criado entre versos y reuniones donde el ingenio y las ganas de crear marcaban el tono— lleva más de seis décadas escribiendo desde esa convicción: la poesía no decora la vida, la expande.
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Nacido en Salta en 1947, Castilla publicó cerca de 30 libros de poesía, ensayo y narrativa. Su obra fue traducida a 13 idiomas y le valió el Premio de Poesía de la ciudad de Buenos Aires, el del Fondo Nacional de las Artes, el Rosa de Cobre a toda la trayectoria que otorga la Biblioteca Nacional y el Premio Konex. La Academia Argentina de Letras distinguió Tiempos de Europa como el mejor libro de poesía del trienio 2013-2015. En Venezuela, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos le otorgó el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora, y la Universidad de Carabobo lo condecoró por el conjunto de su obra.
Pero los premios son apenas el registro oficial de un recorrido que empezó, según él mismo recuerda, en diciembre de 1961, cuando escribió sus primeros poemas —“primeros y malísimos versos”, admite— y desde entonces no paró. La poesía llegó primero por herencia y por atmósfera: en su casa de Salta se reunía la generación de su padre, con el ingenio, el talento y la alegría como moneda corriente. Después llegó la calle, los amigos, Walter Adet, Jacobo Regen, el fervor creativo de los años 60 que la dictadura de 1976 interrumpió. Castilla se exilió en julio de ese año y pasó 21 años fuera del país.
Los viajes —forzados por la dictadura al principio, elegidos después— se convirtieron en materia prima. Memorial de los caminos, la antología que Eudeba acaba de publicar, reúne once títulos de su obra: Baniano, Libro de Egipto, Bambú, Coirón, Guarán, Durián, Tiempos de Europa, Viento Caribe, Ngorongoro, La última piel del mundo y Jerusalén, el tigre de Dios. Cada uno es el rastro de un territorio, una cultura, una forma de ver. Castilla visitó ciudades grandes y pueblos pequeños, territorios despoblados y metrópolis saturadas, y de todo eso hizo poesía: no como transcripción del viaje, sino como su transformación.
Hay en su escritura una idea que vuelve: el hombre como ciudadano del universo. “Somos un ‘bichito’ que hemos caído en este planeta”, dice, y lo dice sin ironía. Para Castilla, el universo no es una patria sino “nuestra entidad más profunda”. Esa perspectiva —la que disuelve las fronteras sin ignorar los paisajes— es la que organiza Memorial de los caminos y la que late en sus poemas.
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