
Patti Smith llegó a Asturias, la pequeña comunidad autónoma del norte de España bautizada “paraíso natural” -y famosa por la sidra, la fabada y el parque nacional Picos de Europa- para recibir un premio y dejó, en apenas unos días, un puñado de sentencias que guardan estrecha relación con el loco presente del mundo. La compositora, cantante y poeta estadounidense, Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 habló con estudiantes en una escuela secundaria, brindó una conferencia de prensa y realizó un recital para celebrar medio siglo de su primer concierto en España. En cada una de esas estaciones, desplegó una conversación larga y honesta sobre el arte, la fe, la acción cívica y la obligación de mirar hacia dentro en un mundo que empuja hacia afuera. Lo que sigue es el hilo de lo que dijo esta semana durante su estancia en Asturias.
Patti Smith arrancó su rueda de prensa en el Hotel de la Reconquista de Oviedo con un “hello everybody” y la cerró agradeciendo “el honor” de pisar tierra asturiana. En su primer encuentro con la prensa, la “madrina del punk” dedicó sus palabras más duras a la situación política de Estados Unidos. “Es difícil hablar de mi país porque tenemos un liderazgo deplorable. No tengo nada bueno que decir de nuestra presidencia”, lamentó. Se definió como alguien ajeno a republicanos o demócratas, “una persona global”, pero admitió que ante la actual administración se siente “avergonzada”.
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Ante ese panorama, reclamó la implicación de “artistas, activistas, la gente que quiere hacer el bien, no solo en Estados Unidos, en todo el mundo”. Y fue más allá: “Ahora mismo votar es más importante para hacer cambios en nuestros países que enfocarnos en respuestas artísticas. Es raro que lo diga una artista, pero necesitamos números”. Puso como ejemplo a Gandhi, cuyo éxito, sostuvo, no se debió solo a que fuera un gran líder espiritual, sino a que le siguieron “millones de personas, no miles; miles no son suficientes”. Con las elecciones a la vista en Estados Unidos, pidió centrarse en “la obligación cívica”: “Madres, estudiantes, poetas, científicos, panaderos… Todo el mundo tiene que hacer su parte. Es lo que más necesitamos ahora mismo en mi país: acción civil”.
“La gente tiene el poder, aunque a veces sienta que no es así”
Preguntada por si “la gente tiene el poder”, en alusión a su célebre “People Have the Power”, la artista reconoció que muchos ciudadanos se sienten “abrumados por un gobierno terrible y corrupto y piensan que no lo tienen”. “Pero sigo creyendo que tenemos el poder”, insistió. “Mi país está muy dividido, y es triste, porque, al final, todos queremos lo mismo: que nuestros niños crezcan sanos, respirar aire limpio, ser libres para hacer nuestro trabajo. Es trágico que estemos unos contra otros cuando, al final, queremos las mismas cosas sencillas de la vida”. Dijo entender a quienes dudan y no pasan a la acción —“nunca había sentido tanta corrupción en mi gobierno, y eso te paraliza”—, pero recordó que “tenemos el voto” y que hay que ejercerlo “por el futuro de los niños”. Y se proclamó optimista: “Estoy feliz de estar viva. Mientras siga respirando, hay esperanza”.
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Su vínculo con España arrancó de la infancia, confesó. “Picasso, uno de mis artistas favoritos con diferencia, me hizo querer ser artista cuando tenía 12 años”, recordó. Cada vez que pasa por Madrid visita el Guernica “como a un viejo amigo”. Lo admiraba de joven en Nueva York y lo extrañó cuando el cuadro volvió a España. “Es el trabajo más importante que se ha hecho nunca para contar la guerra, y es importante que todo el mundo pueda verlo”. “España ha producido mucha belleza y mucha tragedia, y sus artistas lo han absorbido magníficamente”, reflexionó, antes de elogiar a los jóvenes españoles, a los que ve “entusiastas y curiosos”.
Lorca y Rimbaud fueron, con 14 o 15 años, los poetas que la introdujeron “en el mundo político y místico y en la belleza del lenguaje, incluso en la traducción”. “Estos artistas me ayudaron a articular cosas cuando no tenía un lenguaje para hacerlo”, explicó. Citó también a Roberto Bolaño, chileno de nacimiento pero con una larga vida en España, al que considera uno de los escritores más importantes del siglo XXI: “Lo leo una y otra vez. Me está enseñando a escribir”. De él toma la idea del arte como “una práctica diaria”: “Escribo todos los días, y cuando no lo hago escucho esa voz dentro que me dice que hoy no he escrito”.
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“Elegí creer en Dios a mi manera”
La autora de Horses desgranó su evolución religiosa con una franqueza poco habitual. Su madre le enseñó a rezar y la crio como testigo de Jehová, con “una fabulosa educación bíblica”. A los 12 años, al decidir que sería artista, se apartó de la religión por unas restricciones “no tanto morales como filosóficas” que chocaban con su libertad, y llegó a sentirse “enfadada con la religión organizada por tener que tomar esta decisión”. Con el tiempo comprendió que podía “creer en Dios a mi manera, y rezar”. La convalecencia tras un grave accidente en 1978, la lectura detenida del Nuevo Testamento y la película de Pasolini El evangelio según San Mateo, vista varias veces, le hicieron ver a Jesús como “un verdadero revolucionario, con una revolución basada en el amor”.

“No tengo una religión estructurada, pero la respeto”, afirmó. Su hermana pequeña es muy devota y ambas conversan y leen juntas “desde el respeto”: “Elegí mi idea, pero eso no la hace mejor ni peor”. “En estos tiempos es necesario creer en algo, aunque sea en nosotros mismos, para hacer mejores cosas”, defendió.
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Lejos del teléfono
El lunes de esta semana, había visitado la escuela secundaria IES Bernaldo de Quirós de Mieres (a unos 20 km de Oviedo) donde más de 400 estudiantes de la comunidad autónoma asturiana la esperaban con los trabajos del programa Toma la palabra: 2.600 alumnos de 67 centros habían replicado el formato de su Libro de los días, con una foto o ilustración y un breve comentario. La artista recorrió la exposición con calma, se detuvo ante cada obra y se emocionó: “Es precioso, ¿quién ha hecho la traducción al inglés? Está muy bien. Las cartelas de los museos suelen ser aburridas pero estas, no. Mira ese mar, me gustaría estar ahí”.
En la carpa principal, el poeta y profesor Daniel García Granda condujo el encuentro con las preguntas del alumnado, después de una versión de “Dancing Barefoot” a cargo de profesores y alumnos. A Smith le gustó la versión, “mucho mejor que como lo hacemos nosotros”, y aplaudió el recitado final que añadieron a las últimas estrofas. Más tarde, ofreció una breve guía para jóvenes de este tiempo. Les dijo que “todos tenemos la capacidad de mirar al interior” y que “en un mundo tan rápido, no hay que perder el sentido de individualidad”. “No se dejen llevar demasiado por las redes sociales, hagan tu propia idea de las cosas, sigue tu intuición, alejense de sus teléfonos y tomense su tiempo para sus momentos, sea mirar a tu hermana pequeña correr o contemplar la Luna. Eso es lo que nos conforma como seres humanos”.
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Smith habló bastante sobre fotografía y menos sobre música, pero sus palabras fueron reveladoras. Creció en los años 60 y 70, cuando, dijo, “todo el mundo cantaba, en las esquinas, a capella”. Ella no se consideraba cantante. Quería ser escritora, una poeta, y solo cuando empezó a recitar en el escenario y descubrió la energía que el rock ‘n’ roll daba a sus textos, se abrió al mundo de la música: “Nunca planeé tener una banda de rock ‘n’ roll. Fue la poesía la que me arrastró a eso. Hicimos la gira de Horses y descubrí que con la música podía conectar a las personas en todo el mundo, así que me siento muy afortunada por este feliz accidente”.
Les habló de la importancia de ser como la niña del Laberinto del Fauno y abrir sus propias puertas cuando se encontrara con barreras. Si tuviera que dejar un mensaje para las generaciones de dentro de un siglo, dijo, sería: “Amen la naturaleza, cuidense los unos a los otros y escuchen a Jimi Hendrix”.
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Ya se había despedido preocupada, dijo, de haber aburrido al público, porque veía semblantes demasiado serios en la carpa. Les insistió en que tenían que salir de allí “sintiéndose bien”. Pero entonces reapareció en el escenario con el músico Tony Shanahan al piano y dejó una emotiva interpretación de “Peaceable Kingdom”, la canción que ambos compusieron para el disco Trampin’ (2004), dedicada a la activista Rachel Corrie, asesinada en Gaza por el ejército israelí. Esa reaparición, la fuerza de sus palabras, su presencia escénica, valió casi tanto como toda la hora y media anterior. “No se olviden de que, frente a los gobiernos y las instituciones que quieren acabar con nosotros, la gente tiene el poder”, les dijo antes de marcharse.
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