¿Tienen empatía los psicoanalistas lacanianos?: una respuesta con Jacques-Alain Miller

A propósito de la reciente publicación de "Los desencantados del psicoanálisis", un recorrido por los cursos del ensayista francés y su lectura de la vigencia de los postulados de Lacan

Jacques-Alain Miller
"Si Lacan es Cristo, Jacques-Alain Miller es San Pablo" (Crédito: Facebook Jacques-Alain Miller / Imagen Ilustrativa Infobae)
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Si tuviera que hacer una comparación que, seguramente, dejará disconformes a muchos, diría: si Lacan es Cristo, Jacques-Alain Miller es San Pablo.

Desde mi punto de vista en un elogio. Es una manera de decir que Miller no es solo un discípulo de Lacan, sino una voz que le dio forma a su mensaje y estableció las líneas más eficaces de su enseñanza.

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De la misma manera que le ocurrió a Pablo con los otros apóstoles, mientras que estos hablaban para decir lo que el maestro había dicho, la prédica paulina habla en su nombre y recupera la palabra plena.

Con los años, a la división entre lacanianos y no lacanianos, le siguió la división entre millerianos y no millerianos. Lo paradójico es que a veces quienes se dicen no millerianos piensan en la órbita de lo que Miller planteó.

Hay quienes insisten: Jacques-Alain Miller no es Lacan (le hace decir cosas que este no dijo nunca). ¿Hay algún problema en eso? De lo que no cabe duda es de que Miller lo lee de una manera en que muy pocos lo consiguen.

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Y, en buena medida, si existe algo así como el “lacanismo”, es por efecto del trabajo de Miller –de la misma manera en que los apóstoles, después de la muerte de Cristo, se hubieran dispersado en sectas menores destinadas a perderse si no hubiera estado Pablo.

Jacques-Alain Miller le dio a la enseñanza de Lacan vocación ecuménica. No me voy a de detener en comentar que, además, tiene a su cargo el establecimiento de sus seminarios en pos de su publicación. Algunos creen que eso le da un poder.

Pienso más bien que Miller está atento a la época; que más que soltar lo que tenía en un cajón, responde a la circunstancia con la aparición de un nuevo volumen de la palabra (que, además, ya circula por su cuenta). Publicar es intervenir.

"Los desencantados del psicoanálisis", de Jacques-Alain Miller
El libro Los desencantados del psicoanálisis reúne los cursos del psicoanalista Jacques-Alain Miller publicados por la editorial Paidós. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Miller interviene. Lo hace siempre, incluso hoy cuando es un hombre grande. Él ya era Miller el día que yo llegaba a este mundo. Lo leo y escucho atentamente. Sobre todo, porque Miller viene del futuro.

Algunas veces, cuando se me ocurre algo que supongo interesante, descubro después que él ya se refirió a la cuestión unos años antes. Cuando no pienso lo mismo, le agradezco que me empujó a pensar.

Con esta gratitud, la de alguien que no está en sus filas, pero reconoce lo dado, voy a comentar la reciente publicación de su curso Los desencantados del psicoanálisis (dictado en 2001-2002).

Un poco más sobre Jacques-Alain Miller

Los cursos de Miller se conocen en su conjunto como La orientación lacaniana. Al igual que los seminarios de Lacan, se publican oficialmente de manera discontinua y a partir de ocasiones específicas. Mientras, circulan en versiones inéditas.

Desde hace unos años, la obra de Miller comenzó a despertar interés sistemático. En 2011, compré en París el ensayo de Nicolas Floury: Le Réel insensé. Introduction à la pensée de Jacques-Alain Miller. Me sorprendió; hasta ese momento yo no pensaba que a Miller se le atribuía un pensamiento –más allá de comentar, elucidar, explicar a Lacan.

En 2023, Fernando José Ferrari publicó Leer con Miller: Otro Lacan. El nacimiento de la clínica milleriana. Entre un 2011 y 2023, podrían mencionarse otros trabajos, pero estos extremos producen el efecto de sentido que me interesa: Miller es también alguien que fundó una clínica psicoanalítica.

Desde mi punto de vista, esto es más claro a partir de sus cursos que rondan el cambio de siglo. Si tuviera que ilustrarlo con una pequeña anécdota, me remitiría al que se llama La experiencia de lo real (1998-1999) cuando Miller cuenta su regreso de un viaje a Estados Unidos en el que, desde una ventana, vio un cartel que decía Enjoy Coca-Cola.

Portada de un libro rojo con la foto de un hombre con anteojos y pipa, con el título Leer con Miller y el nombre del autor Fernando José Ferrari.
"Leer con Miller: Otro Lacan", de Fernando José Ferrari (Imagen Ilustrativa Infobae)

Es admirable la elucidación que hace de esa epifanía: Coca-Cola es el nuevo plus de goce, incluso el objeto que reformula esta noción, a partir del momento en que es posible drogarse con cualquier cosa.

Ya no se trata del objeto de goce afectado por la represión, que retorna a partir de la pérdida. Es el objeto de consumo, que escapa a la lógica de la neurosis (cuyo sello es la negatividad) y se presta a descargas sin sentido.

Lo asombroso es que Miller diga esto hacia fines de los ‘90, anticipándose más de dos décadas a los temas que hoy son comunes en psicoanálisis. Además, sin decirlo y entre líneas, este curso es el andamiaje teórico de la noción de psicosis ordinaria (en la que no me voy a detener por una cuestión de extensión).

Este curso tiene tres partes precisas: la discusión del carácter; el movimiento de la categoría de goce hacia un residuo corporal que no hace lazo; por último, el síntoma como acontecimiento de cuerpo.

Las tres partes articuladas concluyen en una idea clínica brutal: el sufrimiento psíquico hoy no halla carriles de elaboración que lleven a una representación (significante) y, antes que, por las vías del síntoma clásico, hoy se resuelven en caracteropatías.

La neurosis de carácter, entonces, reemplaza a la neurosis de transferencia; el sujeto contemporáneo se defiende (ya no reprime) con formaciones reactivas que son una satisfacción “directa” (Freud dixit) de la pulsión. Así pasamos de la clínica del sujeto a la clínica de la vida dañada y desregulada de la que hoy tanto se habla y Miller anticipó.

Este curso (La experiencia de lo real) es el que sigue a uno que introdujo una noción estrictamente milleriana: El partenaire-síntoma y al que continúan otros dos: Los usos del lapso y El lugar y el lazo. Como dije antes, estos cursos son –para mí– la verdadera invención milleriana de una clínica que no es lacaniana, que es la de Miller y tiene una orientación clara y esclarecedora.

Lamentablemente no puedo comentar estos cuatro cursos, pero si voy a detenerme en el que les sigue, que se acaba de publicar: Los desencantados del psicoanálisis.

Jacques Lacan
Jacques Lacan (Foto: Grosby)

La brecha entre teoría y práctica

Este curso parte de una constatación: la situación actual (en 2002, pero también en este 2026) del psicoanálisis es de desconcierto. Si históricamente el lacanismo era la comunidad de herejes, enfrentados a la ortodoxia de la IPA (Asociación Internacional de Psicoanálisis); esta última abandona sus estándares y cede el eclecticismo.

Incluso en la IPA hay lugar para Lacan. Se lo lee como un autor más. Ante este paisaje, Miller interviene: “No hay una teoría de Lacan”; es decir, no se puede ser lacaniano a medias, tomando un poquito de acá y otro de allá. La de Lacan es una enseñanza, viva y orientada por lo imposible de la práctica analítica.

Entonces, ¿son los lacanianos los nuevos ortodoxos? Antes que reclamar la filiación en tal o cual concepto, la pregunta de Miller apunta a lo real del análisis y la dificultad para su transmisión.

Los autores de la Internacional se la pusieron fácil: hablan de modelos teóricos, como si fueran construcciones heurísticas, todas igualmente válidas (todas igualmente leves), con las que se trata de curar, hacer el bien, solucionar la vida de la gente.

A este problema se suma otro, el del caso clínico cuando se lo utiliza con fines de una confirmación. Así la práctica queda subordinada a saber lo que ya se sabía. Dos clases de este curso (El caso clínico y Crisis del caso) apuntan a situar cómo quien mejor puede dar cuenta de la experiencia del análisis es el mismo analizante, pero deja en ascuas al analista respecto de lo que puede plantear teóricamente. Leamos:

“¿A quién se dirige un relato del caso? No al paciente, evidentemente. De hecho, nos incomoda pensar que el paciente pueda leerlo […] Entonces, ¿de quién es el sufrimiento? Del analista, que intenta reencontrar algo de lo que fue agente sin poseer las claves. El relato del caso testimonia su propio vínculo con el misterio de lo que está en juego.”

Portada del libro La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica de Jacques-Alain Miller sobre un fondo panorámico con diseño extendido.
"La experiencia de lo real", de Jacques-Alain Miller. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Reflexiones sobre el momento actual

A partir de este momento, el curso dedica cinco clases al “momento actual”, cuyo eje está en cómo la figura del analista comenzó a ocupar lugar con su propia subjetividad para dar cuenta de la experiencia.

La noción en disputa es la de “contratransferencia”. En una conversación de seminario con Éric Laurent y Graciela Brodsky (entre otros), en esta sección se discute la práctica de los colegas de la IPA –a partir de sus textos y casos– para ubicar cómo el desplazamiento hacia la persona del analista fue en desmedro de la lógica del tratamiento:

“Cuando surge el no sé [en la intención de comprender por parte del analista] cuando falla el yo sé, pasa a primer plano la ecuación personal del analista, bajo la forma de la contratransferencia: ‘Pensé que…, me dije que…, me sentí incómodo…, se reactivó en mí…’. En otras palabras, cuando el analista tropieza con su no sé la ecuación personal cobra protagonismo y esto se traduce en un deterioro de la clínica.”

Valoro especialmente de esta parte del curso el esfuerzo por leer a otros, algo que los analistas actuales casi no hacen. Este curso es ejemplar para ilustrar la actitud del analista que se deja interpelar por otras prácticas, sin por eso ceder en sus principios. Hacer una buena crítica es un trabajo arduo.

Por esta vía, Miller llega a un esbozo de conclusión:

“Queda claro lo que constituiría el falso semblante en eventuales debates: considerar que la diferencia entre lacanianos y no lacanianos se reduce a la duración de la sesión. La verdadera diferencia que esa cuestión cuantitativa encubre es la contratransferencia.”

Ahora bien, esto no quiere decir que la duración de la sesión sea un asunto menor, ya que esa duración (breve, en los lacanianos) es lo que hace que el analista no se impregne de los efectos contratransferenciales:

“No se puede excluir que nuestra sorpresa al leer ciertos informes provenga justamente de ahí: del efecto de sesiones prolongadas que liberan en el analista una actividad mental que, en los lacanianos, queda inhibida por la brevedad del encuentro.”

Jacques Lacan
Jacques Lacan

Contratransferencia, o peor: empatía

Luego de este recorrido, podríamos decir que “lacaniano” es el analista que niega la contratransferencia. Miller lo dice de este modo:

“El verdadero motor, la dinámica misma de la enseñanza de Lacan, estaría en ese rechazo. Esa construcción podría sostenerse a partir de la mortificación del analista, su localización en el lugar del Otro, las tesis sobre el sujeto supuesto saber, el acto y el discurso analíticos. Todas son formulaciones cada vez más elaboradas para excluir al analista de la consideración de la contratransferencia.”

Sin embargo, luego de las reflexiones sobre el momento actual se produce un viraje. A la teoría de la contratransferencia le siguió en el psicoanálisis contemporáneo una defensa del analista empático (que hoy está muy de moda). Miller es taxativo: “Lo que se llama empatía no es más que la versión proyectiva del analista sobre el paciente”.

Al lado de las propuestas de analistas que plantean “franquearse” con sus pacientes, que se entregan a desbordes emocionales (como llorar con ellos), que hablan de “copensar” (en un verdadero holding hands), los viejos teóricos de la contratransferencia parecen ortodoxos. Aquí Miller comienza a vislumbrar que el problema vendrá de la mano del reemplazo del analista por terapeutas bondadosos y bienintencionados. El tiempo le dio la razón.

Al psicoanálisis como experiencia del inconsciente, lo reemplaza una comunicación de afectos. Al analista frío, impersonal, distante, le sigue el analista que “pone sus cartas sobre la mesa”, que practica una self-disclosure, una revelación de sí mismo.

El problema de esta perspectiva es que produce una “ablación del deseo del Otro”, esto es, esa instancia respecto de la cual cada quien se posiciona como sujeto. El tratamiento se convierte en un diálogo comprensivo de entendimiento recíproco.

A esta intención, Miller responde –desde el principio del seminario, recordándolo en diferentes clases– con una frase de Lacan: “Una interpretación cuyos efectos se comprenden no es una interpretación psicoanalítica”.

Retorno a Lacan

Leer el movimiento de la enseñanza de Miller es apasionante, mientras leemos somos sujetos de la pasión. En una clase comienza: “Nos reímos. Es un hecho: nos reímos. Aquí lo hacemos seguido, muy seguido –quizá demasiado–, desde que leemos a otros psicoanalistas”.

Más adelante, la risa se convierte en mueca de dolor. Así comienza otra clase: “Ustedes sufren. Sufren, y Éric Laurent y yo lo hemos notado. Sufren cuando hablamos de autores que no son Lacan”.

Libro con el título Lacan El Seminario 15 El acto psicoanalítico y un mapa de Italia con una figura a caballo sobre fondo desenfocado.
El Seminario 15 de Lacan: "El acto psicoanalítico" (Imagen Ilustrativa Infobae)

En un contexto global en el que el psicoanálisis está asediado por diversas psicoterapias instrumentales, en el que se cede con instancias de garantía y supervisión para conseguir una “falsa evidencia amable” –según una formulación de Laurent en este curso– hacer la pregunta por lo propio del análisis sin concesiones es un acto de valentía.

Cuando las asambleas internacionales buscan estrategias para vender un psicoanálisis aggiornado y acorde a la demanda actual, este curso recupera los problemas y reintroduce la pregunta por el sujeto en su dimensión exigida. También lo hace con el analista, cuando en el final de la clase que se titula “Los principios de la práctica lacaniana”, Miller cita un pasaje de Lacan que dice:

“Si hubiera podido hablar del acto psicoanalítico hasta el final, lo habría hecho para decirles que no por no nada les hablé del deseo del psicoanalista. Es imposible, en efecto, que no provenga del fantasma del psicoanalista –o sea, de lo más opaco, cerrado y autista que hay en su palabra– el shock que deshiela en el analizante la palabra […]”

Miller enfatiza que esta es una declaración única, “que cuesta creer que sea de Lacan”; porque, ¿no había que separarse de la persona del analista? ¿De qué modo en ese fango (su fantasma) crece un deseo? No por nada este curso de Miller se publicó este año, el mismo en que se publicó el seminario El acto psicoanalítico de Jacques Lacan –que ya fue comentado por Verónica Buchanan en esta sección de Cultura.

El futuro llegó, hace rato. En ese año 2002, Miller anticipaba “el dolor exquisito del movimiento psicoanalítico: la tensión entre el psicoanálisis en singular (lacaniano) y el psicoanálisis en plural (ecléctico)”. Desde entonces no hemos visto más que una grieta que se ensancha.

En ese entonces, Miller decía: “Anticipo –profetizo– que los términos de ese debate ya se perfilan”. La profecía se cumplió. Miller es un profeta de los buenos, de los que devuelven el mensaje con una forma invertida, para decir de dónde venimos y a dónde vamos.

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