
Los 125 años de Los Buddenbrook han hecho que se vuelva la mirada sobre la primera novela de Thomas Mann, que a la postre le daría el Premio Nobel en 1929 y que ahora parece arrojar luces sobre el deterioro que ha sufrido el modelo económico alemán.
En los últimos años ha habido una creciente tendencia de interpretar la obra de Thomas Mann a la luz de la crisis del presente -o de lo que se ha llamado el final de una época- y Los Buddenbrook no ha escapado a ella.
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Historia de una decadencia
Los Buddenbrook, publicada en febrero de 1901 cuando Mann tenía 25 años, cuenta la decadencia de una familia a lo largo de cuatro generaciones.
La primera de ellas, representada por el patriarca Johann Buddenbrook, muestra una gran seguridad cuando la empresa familiar atraviesa su mejor momento.
La segunda, encarnada en su hijo Jean, se enfrenta a preocupaciones sobre el estancamiento económico y por dudas sobre el principio familiar según el cual hay que entregarse plenamente a los negocios, pero se deben hacer sólo aquellos que permiten dormir bien.

“Pienso en Strunck & Hagenström que están creciendo mientras nuestros negocios transitan aguas demasiado tranquilas”, le escribe Jean Buddenbrook a su hijo Thomas en una carta.
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Los Hagenström son una familia rival de los Buddenbrook que terminarán desplazándolos en el mercado.
La rivalidad entre las dos familias se hace más dura en la tercera generación y, aunque Thomas lleva a la familia a la cumbre social, con él -y sobre todo con su hermano Christian que vive entre la hipocondría y el cinismo- empieza a verse con claridad la decadencia que culminará en su hijo Hanno.
¿Comerciantes honrados?
En Lübeck (norte de Alemania), en una de las secciones del reciente congreso anual de la Sociedad Thomas Mann, se planteó una oposición entre la máxima que guía a los Buddenbrook y un chiste de Christian, uno de los hijos, quien dice que, bien mirado “todo hombre de negocios es un bandido”.
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En un momento en que se hace ese chiste, el único de los presentes que no se ríe es Hermann Hagenström, quien dice que él, por su parte, tiene mucho respeto por su oficio.

Aunque Christian sugiere que la reacción de Hagenström le generó cierta incomodidad y cierta sospecha, no hay nada en la novela que haga pensar que los Hagenström sean bandidos.
Sus prácticas de negocios son otras, se adaptan a nuevas circunstancias y hacen operaciones que los Buddenbrook no quieren llevar a cabo.
“Necesitamos más empresarios como los Hagenström. Por proteger a los Buddenbrooks no debemos impedir que los Hagenström crezcan”, dijo la periodista económica Anja Kohl en el congreso, en el que la familia en decadencia se comparó con el modelo económico alemán actual.
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En la novela, los bandidos son otros y dos de ellos -Bendix Grünlich y Hugo Weinschenk- llegan a la familia Buddenbrook a través del matrimonio.
Weinschenk, director de una compañía de seguros contra incendio, es acusado y condenado por prácticas indebidas.

Lo revelador es la comprensión de Thomas Buddenbrook hacia Weinschenk, pues dice que, aunque lo que hizo no estaba bien, no cree que sea tan culpable como otros piensan.
Lo que precipita la descomposición final de la familia, sin embargo, es la pérdida de vigor y de fe en sí mismo de Thomas Buddenbrook, que además es consciente de que no tendrá sucesor.
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Su único hijo, Hanno, tiene una sensibilidad exacerbada y una salud frágil que lo incapacita para el mundo de los negocios.
La maldición de la cuarta generación
Durante el congreso se realizó además una visita guiada por los escenarios de la novela en la ciudad, durante la que se recordó una frase atribuida al creador del imperio alemán, Otto von Bismarck, según la cual la primera generación crea riqueza, la segunda la administra, la tercera estudia historia del arte y la cuarta se echa a perder.

Esa sentencia no cuadra exactamente con el destino de los Buddenbrook, porque Thomas trata de ser un hombre de negocios, aunque sí se cumple el mal desenlace familiar.
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La ensayista Julia Friedrich, que se ha dedicado a hacer entrevistas con herederos de empresas familiares, aseguró que en algunos de ellos -pese a tener todos los problemas económicos resueltos- la herencia y la obligación de seguir adelante con el negocio son una carga de la que quisieran librarse pero ante lo cual no encuentran salida.
Ello lleva a que muchas empresas alemanas transiten por lo que en la novela de Mann se llaman “aguas demasiado tranquilas” y que las innovaciones se den en otra parte.
Fuente: EFE.
Fotos: EFE/ Rodrigo Zuleta.
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