De Odessa a los Andes: la increíble historia del judío ucraniano que huyó de la guerra civil rusa, combatió en España y revolucionó el estudio del Imperio inca

Se cumplen 20 años de la muerte de John Victor Murra, quien luego de escapar a los desastres de la Revolución Rusa, luchó contra el ascenso de Franco en España y rompió con las visiones que reducían al mundo andino a una rareza exótica

Fotografía en blanco y negro de un hombre apoyado en un muro de piedra con huecos cuadrados
El antropólogo John Victor Murra se apoya en una estructura inca durante una investigación
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El antropólogo e historiador John Victor Murra, quien revolucionó el estudio del Estado inca, murió hace 20 años en Ithaca, Estados Unidos, a los 90 años, después de una vida digna de una película en la que atravesó algunos de los grandes eventos del siglo XX y dejando un legado que, hasta su llegada, parecía inmposible: le dio voz la civilización Inca como nadie lo había hecho.

En ese sentido, su obra desplazó las visiones que reducían al mundo andino a una rareza exótica y lo examinó como un sistema de administración capaz de organizar trabajo, recursos y obligaciones en los Andes centrales.

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Nacido como Isak Lipschitz (Odessa, 1916) el investigador, autor y profesor atravesó guerras, exilios y persecuciones antes de dedicarse a la antropología. Su primer recuerdo era la huida junto a su madre hacia Rumania, mientras ella cargaba la plata familiar y se oían disparos detrás de ambos durante la guerra civil que siguió a la Revolución rusa.

La familia se instaló en Bucarest, donde el joven Lipschitz se identificó con una nación que se construía tras la caída de los imperios otomano, Habsburgo y ruso. El ascenso de la Guardia de Hierro, un movimiento ultranacionalista y antisemita, lo llevó a incorporarse a la organización juvenil socialdemócrata vinculada al Partido Comunista.

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Fotografía en blanco y negro de un hombre joven con gorra militar de estrella, abrigo y un sello oficial impreso
John Victor Murra viste un uniforme militar durante su periodo como voluntario en las Brigadas Internacionales en España

Sus padres temían que terminara en prisión y en 1934 organizaron su viaje a Estados Unidos, donde vivía un tío contrabajista en Chicago. Allí estudió en la Universidad de Chicago bajo la influencia de Alfred Reginald Radcliffe-Brown, una figura central de la antropología social británica, aunque Murra cuestionaba sus clases desde el fondo del aula: “¿Y qué hay de la lucha de clases?”.

Tras obtener una licenciatura en Sociología, interrumpió sus estudios, se casó brevemente con la militante Virginia Miller y viajó a España. Entre 1936 y 1939 integró el 58.º batallón de la 15.ª Brigada Internacional del ejército republicano, que enfrentó al escenso de Francisco Franco durante la Guerra Civil.

Las Brigadas Internacionales fueron unidades militares formadas por voluntarios extranjeros de más de 50 países que participaron en la contienda; la mayoría de los brigadistas no eran soldados, sino trabajadores reclutados voluntariamente por los partidos comunistas (Comintern) o veteranos de la Primera Guerra Mundial.

Entre sus integrantes hubo escritores y poetas como George Orwell, John Cornford, Ralph Fox, Charles Donnelly, Christopher Caudwell y Gustav Regler, quienes describieron sus experiencias en el frente.

Murra fue un combatiente que, luego, trasladó el vocabulario de la trinchera al ámbito universitario: “La preocupación de los años treinta sigue, en el sentido de que no es una mera ciencia, es una batalla, es una lucha... tenemos que aplicar tácticas que nos permitan cruzar disciplinas sobre la sociedad andina”, escribió.

Su dominio del ruso, rumano, francés, alemán, inglés y español lo llevó a trabajar como traductor para el alto mando republicano. Esa tarea le permitió observar el funcionamiento del poder y las maniobras de los comisarios políticos; además, sufrió heridas de guerra, entre ellas una lesión en una pierna causada por la explosión de una granada, cuyas secuelas conservaría el resto de su vida.

Al concluir la guerra cruzó los Pirineos y quedó internado durante seis meses en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer, en Francia. Allí volvió a trabajar como traductor y se desencantó del Partido Comunista al ver que numerosos excombatientes eran enviados a sus países de origen, donde podían morir a manos de gobiernos fascistas.

Murra abandonó definitivamente el comunismo después del pacto de no agresión firmado por Adolf Hitler y Joseph Stalin en agosto de 1939
Murra abandonó definitivamente el comunismo después del pacto de no agresión firmado por Adolf Hitler y Joseph Stalin en agosto de 1939

Miller consiguió el visado que le permitió regresar a Estados Unidos. Murra abandonó definitivamente el comunismo después del pacto de no agresión firmado por Adolf Hitler y Joseph Stalin en agosto de 1939, y adoptó una nueva identidad: John por su carácter común y estadounidense, Victor por sus convicciones radicales y Murra por mura, “mora” en rumano, el apodo que había recibido por sus ojos negros.

La Segunda Guerra Mundial lo llevó a colaborar con la antropóloga Ruth Benedict y a visitar Ecuador. En 1942, Donald Collier, conservador del Museo Field de Chicago, lo nombró asistente de un proyecto arqueológico ecuatoriano patrocinado por el Institute of Andean Research; esa experiencia dio origen a sus primeros trabajos sobre el mundo andino.

Las restricciones impuestas en Estados Unidos durante la Guerra Fría a quienes habían tenido vínculos con el comunismo afectaron su carrera. Primero le negaron la ciudadanía y, aun después de obtenerla, no pudo conseguir un pasaporte hasta 1956, por lo que recurrió a fuentes históricas para completar su doctorado en Chicago.

Su tesis, La organización económica del Estado inca, se convirtió en una referencia pese a no haber sido publicada inicialmente. En el estudio cuestionó las interpretaciones sobre un supuesto socialismo incaico y examinó cómo funcionaban la reciprocidad y la redistribución en la economía, la política y la vida social de las comunidades andinas.

Fotografía en blanco y negro de un hombre joven que sonríe y viste una chaqueta con bolsillos en una zona rural
El antropólogo John Victor Murra viste una chaqueta de abrigo en un camino rural durante su juventud.

La tesis del archipiélago vertical, el concepto más difundido de Murra, sostenía que las sociedades andinas no intercambiaban recursos entre distintas altitudes mediante el comercio, sino mediante mecanismos de control directo: un núcleo político en el altiplano extendía colonias hacia la costa, los valles y las yungas, accediendo así a productos que su propio piso ecológico no podía generar.

Murra rechazaba la expresión “conquista española”, porque consideraba que legitimaba el nuevo orden impuesto tras la llegada europea. Definía aquel proceso como una invasión que destruyó conocimientos y formas de organización singulares, tanto por acciones deliberadas como por desconocimiento de los invasores.

Su atención se concentró en los mecanismos prácticos de una estructura estatal centralizada que se extendía miles de kilómetros a lo largo de los Andes y que operaba sin rueda, mercados, dinero ni un sistema de escritura aparente. Estudió a los funcionarios provinciales que realizaban censos y distribuían labores, así como a los grupos étnicos que evitaban el hambre mediante el manejo de recursos situados en territorios de distintas altitudes.

El antropólogo también se interesó por los funcionarios y soldados españoles que empezaron a comprender la civilización que contribuían a destruir. Sus investigaciones posteriores se centraron en esas figuras y en las fuentes del siglo XVI que permitían reconstruir las relaciones entre autoridades, comunidades campesinas, trabajo y territorio.

Fotografía en blanco y negro de cuatro personas de pie sobre un terreno árido cerca de una edificación rústica
El antropólogo John Victor Murra, tercero desde la izquierda, junto a sus colegas Mónica Di Lorenzi, Lautaro Núñez y Myriam Tarragó, en viaje de Salta a Cachi, Argentina, en el marco del III Congreso nacional, en 1974 (Gentileza M. Tarragó)

Hay un dato que los despachos académicos sobre Murra rara vez mencionan: durante 20 años, entre 1938 y 1958, no tuvo pasaporte. Esa restricción, producto de sus años de militancia y de los mecanismos de persecución política de la posguerra, lo mantuvo confinado en Estados Unidos durante dos décadas.

Esa ausencia forzada de los Andes profundizó su inmersión en las crónicas coloniales: “Durante los veinte años que no pudo salir de los Estados Unidos se introdujo en la misma mente de los cronistas; al llegar a los Andes, había logrado viajar tanto con ellos y vivir junto a sus testimonios, que asumió el derecho de ser su segunda voz”, escribe el arqueógo chileno Lautaro Núñez, quien conoció a Murra en el desierto de Atacama, durante diferentes excavaciones entre 1970 y 1983.

Sin dudas, otras de los grandes legados a la región fue dar lugar a toda una generación entera de arqueólogos andinos. Su aporte fue un antes y un después en la manera en que el mundo entendió la cosmovisión andina.

El pensamiento materialista de Murra fue retomado por la antropología marxista de la década de 1970 y por intelectuales indígenas sudamericanos que buscaban revitalizar sus tradiciones sociales. Ejerció en Puerto Rico, Vassar College y Cornell University, y viajó de forma constante por América Latina.

Tres libros colocados sobre un muro de piedra con las ruinas y montañas de Machu Picchu de fondo.
Tres obras imprescindibles del investigador John V. Murra sobre economía andina (Imagen Ilustrativa Infobae)

En 1958 visitó Perú por primera vez con su pasaporte estadounidense, conoció Cusco y participó en un congreso del Centro de Estudios Histórico-Militares en Lima. Ese viaje inició una relación sostenida con el país, donde entabló amistad con José María Arguedas, Óscar Núñez del Prado, María Rostworowski de Diez Canseco y José Matos Mar.

En 1964 fue cofundador del Instituto de Estudios Peruanos. Dos años más tarde, José María Arguedas le dedicó uno de sus poemas más conocidos, Llamado a Algunos Doctores.

Murra describía a la antropología como su hogar. Patriarcal y autoritario, apoyó a mujeres que buscaban reconocimiento profesional y autonomía personal; una de sus alumnas, la feminista californiana Laura X, había adoptado antes su apellido.

Detestaba los regímenes soviéticos y valoraba el localismo de la política estadounidense, aunque defendía un Estado fuerte y mostraba escasa simpatía por los movimientos estudiantiles libertarios de fines de la década de 1960.

Murra no tuvo hijos, pero fue maestro y figura paternal para investigadores de distintos países. Su hermana Ata le sobrevivió en Rumania, y antes de morir entregó al Archivo Antropológico Nacional de Estados Unidos numerosos cuadernos con registros de sus propios sueños.

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