Figuras duplicadas, ciudades imaginarias y miradas ciegas: la vida artística de Miguel Dávila en cien obras para celebrar su centenario

La antológica “Tercer orden”, en la Casa del Bicentenario, reúne seis décadas de producción del artista riojano. Figuras enfrentadas, sombras y paisajes sin lugar preciso organizan un recorrido que va de 1949 hasta el año de su muerte

"Tercer orden", una gran antológica de Miguel Dávila reúne alrededor de un centenar de obras que atraviesan seis décadas de producción
"Tercer orden", una gran antológica de Miguel Dávila reúne alrededor de un centenar de obras que atraviesan seis décadas de producción
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A 100 años de su nacimiento, el legado de Miguel Dávila resurge en la Casa Nacional del Bicentenario, con Tercer orden, una gran antológica que reúne alrededor de un centenar de obras que atraviesan seis décadas de producción.

En su curaduría, Joaquín Rodríguez construyó un recorrido con lo cronológico como eje, pero con una colgada a partir del cual —según donde se pare— se pueden observar las persistencia del pintor en sus distintas épocas, entrecruzando en el campo visual a las las figuras duplicadas, los paisajes (bucólicos y urbanos) y toda una cuestión mitológica que atravesó su obra.

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La muestra parte de un dibujo de 1949 y reúne óleos, acrílicos, tintas, pasteles, monocopias, aguafuertes, xilografías y cortometrajes experimentales realizados en la década de 1980. También incorpora documentos como catálogos, invitaciones y referencias a los museos, galerías e instituciones.

Dávila se formó en el Instituto Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán con Lino Enea Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay. En una reflexión fechada en 1976, el artista describió su vínculo con el trabajo en el taller: “Me abandono a la intuición, a la energía propia de la imagen. Esta surge en la tela como una aparición. Muchas veces las obras se adelantan a la comprensión de su creador. La creación no se aviene con la prisa. No se necesita ser entendido sino sabio”.

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Miguel Dávila en su taller
Miguel Dávila en su taller

La afirmación parece centrarse en cierta pulsión creativa sin orden, en un pintar por pintar, pero no hay en Dávila una creación antojadiza, sino un profundo conocimiento del oficio: sus pinceladas, por ejemplo, de cargadas a lavadas según la obra, del trabajo preciso, casi maniático, al golpe que pasa y queda, revelan una intencionalidad, una conciencia del abordaje. Así, en el tiempo, se observa cómo Dávila realizó una investigación técnica que fue modificando sus formas sin abandonar ciertos motivos.

Al referirse a esas composiciones, Rodríguez indicó a Infobae Cultura que la ambigüedad no queda resuelta en una sola imagen: “No se sabe si son dos personajes o es el mismo personaje o es un personaje con su sombra. Esa duplicación reaparece en pinturas posteriores, incluso cuando los elementos de una obra vuelven en otra con arquitecturas nuevas”.

“La idea de la muestra lleva esto: estos pares, estas duplas, que también aparecen en muchas de sus composiciones”, dijo.

Los primeros trabajos incluyen paisajes riojanos, grabados, tintas y monocopias, además de una obra abstracta de 1957. En esas piezas aparecen perros callejeros característicos de La Rioja, cabezas de caballos y vacas.

La muestra parte de un dibujo de 1949 y reúne óleos, acrílicos, tintas, pasteles, monocopias, aguafuertes, xilografías y cortometrajes experimentales
La muestra parte de un dibujo de 1949 y reúne óleos, acrílicos, tintas, pasteles, monocopias, aguafuertes, xilografías y cortometrajes experimentales

Hay, en esos inicios, una construcción de lo paisajístico a partir de una semblanza de lo abandonado, de lo libre, de lo olvidado, algo que de alguna manera retomará décadas después, cuando reconstruya aquellos escenario a partir de la memoria: un paisaje como remembranza que se esfuma.

En 1961, Dávila recibió una beca del Fondo Nacional de las Artes para viajar a París junto con Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega. Allí compartió estudio con Deira y se incorporó a la Nueva Figuración.

La producción parisina mantuvo vínculos con el informalismo, aunque incorporó colores, paisajes y referencias al campo, como osamentas que Rodríguez asoció con “la leyenda de la luz mala” y hacia 1968, esas exploraciones “derivaron en imágenes fragmentadas, esqueletos y figuras humanas construidas sobre todo a partir de rostros y manos”.

Durante los años 70, Dávila incorporó la madera en un período en que recibió encargos para realizar murales en edificios. Sus óleos y pasteles conservaron los personajes duplicados, mientras algunas composiciones de 1969 y 1979 mostraron elementos similares con cambios en el espacio pictórico.

En 1961, Dávila viajó a París junto con Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega y se incorporó a la Nueva Figuración
En 1961, Dávila viajó a París junto con Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega y se incorporó a la Nueva Figuración

La arquitectura adquirió mayor presencia durante la década siguiente. Rodríguez se detuvo ante un mural de cinco metros y lo vinculó “con ciudades imaginarias, cúpulas, edificios y figuras humanas que se mezclan en una misma construcción visual”.

En esa etapa, el artista desarrolló la serie De lo místico. Al describir ese conjunto, el curador sostuvo: “Si bien no se puede identificar con una mitología particular, hay cierta espiritualidad y cierto misterio en las obras que va explorando”.

Los trabajos de los años 80 también devolvieron definición a la figura humana, aunque conservaron masas de formas imprecisas y una tensión entre cuerpos reconocibles y elementos que se desvanecen en el fondo. Algunas pinturas, de hecho, en el abordaje del cuerpo, podrían haber sido realizadas por artistas jóvenes conteporáneos.

La arquitectura adquirió mayor presencia durante la década del '80 “con ciudades imaginarias, cúpulas, edificios y figuras humanas que se mezclan en una misma construcción visual”.
La arquitectura adquirió mayor presencia durante la década del '80 “con ciudades imaginarias, cúpulas, edificios y figuras humanas que se mezclan en una misma construcción visual”.

Así, en estas geometrías, ciudades y referencias a las vanguardias europeas de comienzos del siglo XX los paisajes de La Rioja resurgen, como quien nunca abandona su terruño más allá del lugar de donde pinte.

En ese sentido, Rodríguez remarcó que esos paisajes no se atienen a una localización precisa: “No hay una definición nunca de lugar específico, sino que es más una exploración de estados de ánimo”. En contraste, la serie Muros de la ciudad, realizada en 1998, reproduce con pintura superficies grafitadas, abandonadas e ignoradas de tal precisión pictórica que pueden parecer collages.

La exhibición también incluye interiores de fines de la década de 1990 y comienzos de los años 2000, concebidos como escenografías con personajes recortados en el espacio. Otra serie aborda el cuerpo femenino en obras realizadas alrededor de 1974 y 1975.

La exhibición también incluye interiores de fines de la década de 1990 y comienzos de los años 2000, concebidos como escenografías con personajes recortados en el espacio
La exhibición también incluye interiores de fines de la década de 1990 y comienzos de los años 2000, concebidos como escenografías con personajes recortados en el espacio

Además de su producción artística, Dávila fue el primer director del Museo Municipal de Bellas Artes de La Rioja, actual Museo Octavio de la Colina, entre 1958 y 1960. Ejerció la docencia de forma ininterrumpida desde 1964 hasta 1995, expuso en las galerías Van Riel, Wildenstein, Rubbers, Art Gallery Internacional y Hoy en el Arte, y recibió el Premio del Salón Municipal Manuel Belgrano en 1964 y el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Pintura en 1981. Sus obras forman parte de museos y colecciones de Argentina y del extranjero.

En sus retratos finales, los ojos son ausencia; hay una “mirada que está como ciega”. Y el recorrido concluye, justamente, con la inacabada La mirada ajena, una obra de 2009, el año en que murió, lo que tiene cierta poética: es como si Dávila hubiera dejado en su obra todo lo que observó, su mundo —que pasó de colores más apagados, ocres, a los brillos de la ciudad—, junto a los recuerdos que se le escapaban en ese traspaso y que hoy, en la Casa del Bicentenario, aparecen vivos para los ojos de (nos) otros.

*MIGUEL DÁVILA. Tercer orden, en la Casa Nacional del Bicentenario, Riobamba 985, CABA, hasta el 27 de noviembre. De miércoles a gomingos: 15:00 a 20:00 h.. Entrada gratuita.

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