
“La lucha por el respeto se convierte en una lucha por el estatus”, advierte Byung-Chul Han en Sin respeto, el ensayo recién publicado por Paidós en el que examina el deterioro de una noción que considera central para la convivencia. Uno de los filósofos contemporáneos más relevantes analiza cómo la competencia, el narcisismo y la exposición en las redes sociales desplazan el reconocimiento del otro por la búsqueda de atención y validación.
A lo largo del libro, Han vincula esa transformación con el desgaste de los vínculos sociales y con formas cotidianas de desprecio y humillación. Su planteo recupera el respeto como condición para el diálogo, la democracia y la vida compartida.
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Aquí, el capítulo sobre la devergüenza.
La época de la desvergüenza
En su estudio Die Maske der Scham (“La máscara de la vergüenza”), Leon Wurmser califica nuestra era como la época de la desvergüenza. La vergüenza es un fenómeno complejo que desempeña un papel crucial en la civilización humana. Wurmser evoca la palabra griega aidós, que significa al mismo tiempo vergüenza, pudor, veneración y respeto. La vergüenza surge precisamente cuando se quebranta un orden social superior. Su cometido es que quien la siente vuelva a someterse a él. De ese modo, genera un efecto integrador. En la vergüenza se manifiesta el respeto hacia un orden más elevado. Allí donde una persona se ruboriza, nace —de acuerdo con Friedrich Hebbel— su ser más noble.
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La vergüenza es una emoción moral. Requiere de un sistema de valores superior que exija respeto. La vergüenza y el respeto se condicionan mutuamente. Quien no experimente vergüenza será incapaz de practicar el respeto: “La cultura de la desvergüenza es también la cultura de la ausencia de respeto, de la ausencia de veneración, de la desestimación y del desprecio de los ideales”. La vergüenza es una “especie de sentido del honor y del valor”, una “forma de respeto hacia los ideales y los valores de la sociedad”. La desintegración de los valores y los ideales da lugar a la época de la desvergüenza y la de falta de respeto.

La vergüenza tradicional constituye un elemento de cohesión social. Quien se avergüenza reconoce el sistema superior de valores. Los rituales de expiación restituyen el honor herido y permiten que la persona avergonzada se reintegre en la sociedad. En cambio, la práctica actual del shaming o la humillación se diferencia radicalmente de la cultura tradicional de la vergüenza: carece de cualquier fuerza constructiva e integradora. Su objetivo es una humillación prácticamente desvergonzada, el castigo y la aniquilación de los demás. A las personas molestas se las cancela, sencillamente. A diferencia de la cultura tradicional de la vergüenza, que consolida la estructura social, el shaming la descompone. En ese sentido, representa una regresión de la civilización, ya que se asemeja a un linchamiento.
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Wurmser constataba ya en su momento un cínico desprecio de los valores y los ideales: “Los valores son flores sumamente sutiles y delicadas de la existencia humana, una versión abstracta de los ideales. En muchas personas, el crecimiento de estas flores se frenó ya en el primer momento de su desarrollo. En muchas más, las flores se han cortado arbitrariamente como consecuencia de un conflicto interno. Ese freno, esa atrofia o esa eliminación de los valores aparece en multitud de contextos. Por ejemplo, puede verse en forma de filisteísmo en el fenómeno que Aristóteles denominaba banausia, es decir, la insensibilidad hacia los valores estéticos. O, en un sentido más amplio, puede constituir un cínico desprecio hacia cualquier idealización, especialmente una desestimación del amor en su complejidad, profundidad y riqueza”. Wurmser considera que esta desintegración de los valores representa una “forma de patología”, un “síndrome del compromiso de integridad”, y se traduce en una “disonancia”, en una “estridente carencia en la estructura del carácter de la personalidad”. La falta de valores tiene su origen en una “resistencia frente a los ideales”, que se sustituyen por “dictados narcisistas, como, por ejemplo, el poder, la ambición, el oportunismo, el resentimiento o la venganza”. Sin embargo, los análisis sobre la vergüenza desde la perspectiva de la psicología individual que propone Wurmser pasan por alto las dimensiones sociales de la desintegración de los valores e ideales. El desprecio de toda idealización está condicionado socialmente. En el siguiente capítulo veremos que el cambio topológico de la sociedad es responsable de la pérdida de los valores e ideales.
Una de las principales características de la falta de valores es, de acuerdo con Wurmser, el “cinismo”, que “se manifiesta a través del escarnio y la burla en torno a los valores más elevados de los demás y —un aspecto más importante aún— a través del escarnio y la burla en torno a los valores propios”. El autor explica el desmoronamiento de los valores recurriendo a la lógica de la vergüenza, que resume en la siguiente fórmula: la desvergüenza rechaza la vergüenza sentida originariamente y, al mismo tiempo, la enmascara. Esto significa que para que haya desvergüenza es necesario que exista un profundo sentimiento de vergüenza. La desvergüenza es la máscara de la vergüenza, que la repele y, simultáneamente, la oculta: “Dado que la vergüenza constituye un desprecio hacia sí mismo, es muy probable que el cínico ‘desvergonzado’ sea, en el fondo, una persona a la que se ha infligido una humillación traumática, a la que se ha avergonzado de manera cruel, que inicialmente sufrió un profundo desdén hacia sí mismo y su autonomía y que ahora intenta acabar con esa humillación convirtiéndola, a lo largo de toda su vida, en lo contrario”. La humillación originaria se rechaza mediante una altanera arrogancia. Así, Wurmser presenta el desprecio cínico de los valores como una reacción defensiva frente a la pérdida del respeto por uno mismo percibida como vergüenza. De acuerdo con esta lógica de la vergüenza, la desvergüenza se basa en la destrucción del respeto hacia uno mismo.
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Wurmser contempla la creciente desvergüenza como una forma especial de desintegración de los valores: “En todas partes se exponen de manera desinhibida los sentimientos y los cuerpos, se revelan los secretos, se entra con curiosidad, con ligereza y sin respeto en infinidad de rincones oscuros de la vida privada. [...] Se habla de afectos crudos y se sacan a la luz la violencia, el sexo y el ‘grito primigenio’ (¡nada menos!). Sin embargo, cuando se trata de la amistad o de su defensa, nos mostramos gruñonamente incómodos. Sorprende comprobar lo escasos que son los pacientes de todo tipo de patologías que mantienen relaciones sólidas y estables de amistad, o lo poco numerosas que son las personas que, en general, son capaces de ofrecer o aceptar una amistad sin trabas y sin ánimo de explotar al otro”. Wurmser describe un clima social en el que la verdad, el respeto y la lealtad se convierten en símbolo de debilidad. Allí donde el poder y la propiedad lo son todo y es de buen tono mostrarse irrespetuoso e irreverente, la manifestación de sentimientos de ternura o de veneración, de amor o de amistad se interpreta como una debilidad que es motivo de vergüenza: “Por eso resulta obvio que las culturas de la desvergüenza han desviado su vergüenza, sencillamente [...]: esta desviación consiste en que han dejado de avergonzarse ante la violencia y el deshonor, ante el engaño y la exhibición sexual, pero se avergüenzan ante los sentimientos de amistad y lealtad, ante la afectuosa deferencia y la delicada discreción, que se consideran signos de futilidad y debilidad que hay que evitar”.
Hoy en día las fuentes de vergüenza a las que nos enfrentamos son completamente distintas. Ya no son la amistad, la deferencia y la discreción lo que se evita y se interpreta como signo de debilidad. Vivimos en una sociedad del rendimiento en la que nos avergonzamos constantemente de nuestras propias debilidades. No nos abochornan los tiernos sentimientos, sino nuestras carencias. Así, la creciente presión del rendimiento nos genera una permanente sensación de vergüenza que no tiene un origen moral. A menudo los seres humanos nos sentimos como fracasados o perdedores. Nos avergonzamos de no cumplir nuestras propias expectativas, de no rendir lo suficiente. La vergüenza se mezcla con el temor a fallar, a fracasar o a quedarse atrás.
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El sentimiento primigenio de vergüenza, que tiene su origen en la pérdida de respeto por uno mismo o en un déficit de reconocimiento, se convierte con frecuencia en resentimiento y agresión. En consecuencia, la vergüenza, la humillación y la agresión se alimentan mutuamente. Desde este punto de vista, La violencia es la máscara de la vergüenza, a la que oculta y contra la que, al mismo tiempo, se defiende. El resentimiento constituye una emoción arcaica que surge a partir de una herida del sentido del honor y que clama venganza: “Se intenta ofrecer resistencia ante la vergüenza [...] del deshonor apartando el resentimiento mediante la apropiación del poder y el ejercicio de la venganza con el fin de restablecer el equilibrio de la justicia que se había perdido. Por tanto, el resentimiento conduce a una venganza que responde al quebranto de la lealtad y que se envuelve en el manto de la justicia”. Tras ese manto se esconde la vergüenza como herida del respeto hacia uno mismo. La violencia es la máscara de la vergüenza.
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