
Un día en octubre, de Yair Agmon y Oriya Mevorach, reconstruye 40 historias de israelíes que salvaron vidas durante el ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023. Narradas en primera persona y basadas en entrevistas con sus protagonistas, las escenas buscan preservar el recuerdo de quienes actuaron durante esas 24 horas.
El asalto en la zona fronteriza de Gaza causó la muerte de 1.200 personas y la captura de 250 rehenes. El volumen relata cómo civiles y soldados protegieron a otras personas, desde una madre que mantuvo callado a su bebé hasta un hombre que lanzó granadas desde un refugio público.
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Las historias presentan a personas comunes que se convirtieron en héroes durante un día de violencia contra niños, jóvenes, ancianos, civiles y soldados.
Agmon es escritor, director de cine y columnista semanal de Makor Rishon, además de ganador del Premio Creativo para Escritores Hebreos de 2022. Oriya Mevorach es una escritora, docente y editora israelí especializada en judaísmo y filosofía. Es editora en jefe de la división hebrea de Maggid Books y autora del best seller What Do You Seek? – A Book About Love and the Body.

Infobae Cultura publica una de esas historias:
Hasta la última curita
La historia de Amit Man 22 años
Contada por su hermana Mary
Kibutz Be’eri
No nos sorprendió lo de Amit. No fue ninguna sorpresa. Hace dos años hubo un atentado terrorista en un centro comercial en Beerseba; el terrorista andaba corriendo con un cuchillo y apuñalaba a la gente. Amit fue la primera en llegar a la escena. Sin embargo, la policía no la dejaba salir de la ambulancia; le dijeron: “Todavía no atraparon al terrorista; sigue suelto; no puedes salir a atender a los heridos”, pero se abrió paso entre ellos sin más y les contestó: “No me importa si el terrorista sigue acá; una persona está sangrando porque él la ha apuñalado y voy a ayudarla”, y salió corriendo para atenderla. Después le abrieron un expediente disciplinario. Así que cuando nos enteramos del modo en que terminó la vida de Amit, no nos sorprendimos. Al fin y al cabo, era la misión de su vida.
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Me llamo Mary. Crecí con mis cuatro hermanas en Netivot; Amit es la menor. Nos llevamos quince años, pero éramos muy muy unidas. Crecimos en un hogar lleno de amor. Éramos compañeras en todo. Tenemos un vínculo fuerte. Así nos criaron. Mis hermanas son mi apoyo, y mi mamá es el pegamento que nos mantiene a todas juntas. Mi papá murió hace ocho años de esa enfermedad horrible, el cáncer. Murió después de cuatro años dolorosos, una tortura.
Amit tenía un vínculo especial con mi papá. Era un padre maravilloso, fuera de serie, y Amit era su bebé, su hijita menor. Tenían una conexión especial. Creo que Amit tenía diez años cuando mi papá se enfermó; era muy chica. Desde muy pequeña vio cómo él se iba muriendo. Era un papá tan grande, tan fuerte, y ella lo vio consumirse delante de sus ojos. Nosotras, las hermanas mayores, nos casamos durante esos años; nos fuimos de la casa, así que mi papá y Amit se volvieron todavía más cercanos, porque ella nunca se separó de su lado. Incluso cuando él necesitaba cuidados de tiempo completo y no podía levantarse de la cama, ella no se apartaba. Se quedaba sentada a su lado, cantándole. Cantar siempre fue su don especial desde que la recuerdo, desde que era una bebé. Siempre cantaba. En casa, en la ducha, en todas partes. Cantaba para cualquiera que quisiera escucharla. Tenemos un montón de videos de Amit sentada junto a mi papá cuando él ya estaba realmente muy enfermo, cantándole. Hay un video de ella cantándole la canción de Sarit Hadad “Hayiti beGan Eden” (Estuve en el paraíso) y él hace callar a todos los demás, porque a la única que quería escuchar era a ella. Era su consuelo.
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Durante ese tiempo, durante esos años en que papá estuvo enfermo y en cama, venían a casa muchos médicos y enfermeros, pero Amit no se movía de su lado; ella veía todo. Incluso cuando mamá le decía: “Ve afuera, esto no es para ti”, ella contestaba: “No, mamá, quiero ver qué le están haciendo, quiero asegurarme de que esté bien, de que se sienta bien después del tratamiento”. Fue entonces que empezó su pasión por la medicina, cuando vio a todos esos ángeles de blanco; así les decía ella, los ángeles que venían a nuestra casa y ayudaban a su papá a vivir un día más, a sobrevivir un poquito más. Cuando los vio tan de cerca, decidió qué quería hacer en la vida. Por esa razón una nena de doce años empezó a leer sobre enfermedades y medicina. Llegaba de la escuela y dibujaba en las ventanas del cuarto de papá con marcadores de pizarra. Le dibujaba el corazón y el cuerpo humano, y todas esas cosas que iba aprendiendo.
Soñaba con estudiar medicina y convertirse en doctora. Esa era su ilusión: ser doctora y salvar vidas. A los veinte años, Amit se recibió de paramédica, y a los veintidós fue la instructora más joven del curso de paramédicos en todo el país; dirigía el curso de paramédicos de Maguén David Adom en el distrito sur. Cuesta dimensionar la magnitud de semejante logro. Recién durante la shivá fuimos plenamente conscientes de lo extraordinario de su hazaña. Sólo entonces entendimos cuánto había conseguido en su corta vida esa niñita.
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Nos despertamos con el sonido de las sirenas a las 6:20 de la mañana del shabat. Mandamos mensajes al grupo de WhatsApp de las hermanas, para asegurarnos de que todas estuviéramos bien. Amit nos escribió desde su casa en Be’eri: ella y Ofir se encontraban en la habitación de seguridad. Ofir es su pareja; es paramédico en la estación de Maguén David Adom en Netivot. Cuando empezaron las sirenas en el kibutz, Ofir le dice: “Amit, prepárate rápido; nos vamos a Netivot”, y ella le responde: “De ninguna manera, no me voy a Netivot; soy la paramédica de guardia y tengo que quedarme”. Entonces él le dice: “¡Estás loca! Mira lo que está pasando, todas estas sirenas, todas estas explosiones; somos los que estamos más cerca de la frontera. Ven conmigo; ¡vamos a Netivot!”. Pero ella se niega y le dice: “De ninguna manera. Si pasa algo, tengo que estar acá”. Ofir se da cuenta de que no va a moverse; la conoce demasiado bien, así que le dice: “¡Prométeme que te quedarás acá, en el refugio!”, ella se lo promete y él cierra la puerta de la habitación de seguridad y parte en su auto; milagrosamente logra llegar a Netivot, a la estación de Maguén David Adom*. Después supimos que allí hicieron cosas increíbles; salvaron a mucha gente ese shabat. Y Ofir se queda tranquilo porque Amit ha prometido permanecer en la habitación de seguridad. No tenía idea de que ella había salido de su departamento y corrido a la clínica dental para asistir a la gente. A las siete menos cuarto, Amit nos escribe que el kibutz está en alerta por una infiltración terrorista; estaba segura de que hablaban de uno o dos terroristas. Eso fue lo que escribió. Cuando escuchó disparos, entendió que debía de haber heridos que necesitaban atención médica, de modo que salió corriendo a la clínica dental del kibutz para recibirlos y tratarlos. Ahí se encontró con la enfermera del kibutz, Nirit, y después de una o dos horas llamaron al Dr. Daniel Levy, un médico que vive en el kibutz, para que fuera a ayudar. El Dr. Daniel es admirable; no lo dudó ni un segundo, corrió directo hacia la clínica dental, en medio de los disparos. Los tres se quedaron completamente solos allí, con apenas suministros médicos, tratando de atender a pacientes gravemente heridos. Luchando por salvar vidas.

Todo el tiempo, Amit estuvo en contacto con Maguén David Adom. Después escuchamos todas las conversaciones grabadas; se la escucha suplicándoles: “¡Manden ambulancias! ¡La gente se está muriendo delante de mis ojos!”. Describe las heridas, explica cómo los está atendiendo, cómo los está vendando. Las respuestas resultan desgarradoras por su crudeza: “Amit, querida, todo depende de ti. Los servicios de seguridad no nos contestan, y no hay equipos de auxilio que puedan llegar hasta donde estás. No hay ambulancias, no hay helicópteros. Estás sola; haz lo que puedas”. Y puede escucharse claramente en la grabación cómo le cambia el tono en esa conversación; cómo su voz pasa de ser un montón de exclamaciones: “¡Necesitamos esto! ¡Necesitamos aquello!”, a otro tono, un tono tranquilo, de comprensión y aceptación: que esto es lo que hay, que está sola ahí, que no va a llegar ninguna ayuda ni asistencia, y que pase lo que tenga que pasar...
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Estuvo asistiendo a pacientes durante horas, desde la mañana. En un momento dado, gente de todo el kibutz empieza a mandarle mensajes por WhatsApp pidiéndole consejo: “Amit, le dispararon a mi papá en el hombro; ¿qué hago?”, y ella les contesta: “Haz esto, haz aquello”; o “Amit, estoy pensando en salir corriendo de mi departamento”, y ella responde: “¡De ninguna manera! Empuja el armario contra la puerta de la habitación de seguridad y traba la manija de la puerta”. Está completamente agotada, destruida, cubierta de sangre, pero sigue contestando, hace sugerencias prácticas, da consejos, empeñada en cuidar a cada persona del kibutz. Las horas pasan lentamente, en una espera interminable, y Amit ve que algunos de sus pacientes se mueren delante de sus ojos; mueren por heridas de bala graves. No puede salvarlos. Por más que lo intenta, no puede. Y nosotras seguimos mandándole mensajes, rogándole que nos diga qué está pasando. En un momento le escribimos: “Amit, mándanos una foto de lo que está pasando, ¡queremos verte!”. Ella nos manda una selfie, y se le ven las ojeras. Tiene media sonrisa, como obligándose a sonreír por nosotras, por su familia, y sobre todo por mamá. Detrás de ella se ve un rastro de sangre, y el pasillo está lleno de heridos tendidos por el suelo. Horroroso. Después nos enteramos de que, al mismo tiempo, le había enviado otra foto suya a su mejor amiga Lital, y en esa foto está llorando, sollozando, y le escribe: “Dios, tengo mucho miedo”. A lo largo de esas horas de infierno, dos muchachos de la patrulla de seguridad civil, Shachar y Eitan, se mantienen junto a la puerta de la clínica; con munición muy limitada, liquidan a cualquier terrorista que se acerca. Amit no paraba de escribirnos: “¡Gracias a Dios que Shachar y Eitan están acá! ¡Gracias a Dios hacen guardia!”. En un momento dado graba un mensaje: “Esperen, esperen, esperen, escucho que se acerca otro terrorista, listo, creo que este es el final”, pero un minuto después: “Uf, gracias a Dios, ¡Shachar logró bajarlo!”. Para ella, Shachar y Eitan eran su escudo; fueron quienes la mantuvieron viva durante todas esas horas. Ella cuidaba a los pacientes, y Shachar y Eitan la mantuvieron con vida a ella y a sus pacientes. Mi marido, Haim, habló con Amit por teléfono unas cuantas veces. Una y otra vez le decía: “Amit, mira alrededor; fíjate si ves alguna salida. Quizá hay una ventana, quizá hay una habitación de seguridad, o un arbusto donde puedas esconderte”; trataba de encontrar formas de salvarla. Nosotras también intentábamos convencerla de que se escapara, de que se escondiera, de que se hiciera la muerta, cualquier cosa, pero todas entendimos algo simple: Amit no abandonaría a sus pacientes. Nos lo dijo muchas veces. No los dejaría solos en la clínica, pasara lo que pasara. Y entendemos que jamás habría huido. A la 1:55 de la tarde, nos manda un audio demencial que de algún modo logró grabar, donde se escuchan disparos y a Amit que grita: “¡Shachar! ¡No! ¡Shachar! Dios, por favor que pare, por favor que pare”; Shachar les grita a los terroristas: “¡No soy su enemigo! ¡No soy su enemigo!”, pero no sirve. Los terroristas lo matan. Lo que pasó es que la munición del equipo de seguridad civil sencillamente se acabó, y los terroristas lograron superarlos. En ese momento, Amit me escribe: “Listo, están acá, son muchos, están acá, no voy a salir de esta”. Y los terroristas empiezan a lanzar una lluvia de granadas hacia el interior de la clínica; entonces Amit nos escribe: “Los mataron a todos, soy la última que queda”. Asesinaron al Dr. Daniel Levy, a Eitan Hadad y a Shachar Tzemach. La única que milagrosamente logró sobrevivir fue la enfermera, Nirrit. Recién lo supimos después; Amit no sabía que Nirrit había sobrevivido. Entendemos que este es el final. Entendemos que los terroristas tomaron la clínica. Mi mamá y yo la llamamos, convencidas de que no iba a contestar, pero ¡de algún modo contesta! La ponemos en altavoz y mi mamá pregunta gritando: “Amit, Amit, ¿qué te está pasando, Amit?”. Y ella responde: “Mamá, me dispararon en la pierna, me dieron en la pierna, no voy a salir de acá, las amo a todas”. Contestó el teléfono sólo para despedirse de nosotras. Pero nos cuesta comprender qué está pasando y le decimos: “¿Cómo que te dispararon en la pierna? ¿Dónde estás? Trata de esconderte, métete debajo de los cuerpos, cúbrete de sangre”. Pero ella sabe que no va a salir de ahí. Nos dice: “No voy a salir de acá con vida”, y después empieza a pedirle perdón a mi mamá. No tengo idea de por qué. Debe de haberlo repetido tres o cuatro veces: “Mamá, perdóname por todo, mamá, perdóname por todo. Te amo, mamá, por favor perdóname por todo”.

Su cuerpo lo encontraron dos días más tarde. La gente que la encontró vio que su bolso de insumos médicos estaba vacío, hasta la última curita. No quedaba nada en su bolso. Durante horas atendió y atendió gente hasta que no quedó ni una sola curita. Después nos dimos cuenta de que había logrado hacerse un torniquete en la pierna, porque cuando encontraron su cuerpo tenía un torniquete puesto. Uno de los pacientes a los que Amit había atendido logró esconderse en un pequeño armario en la kitchenette y lo vio todo. Vio a Amit levantar las manos ante los terroristas en señal de rendición, tratando de acercarse, y ellos le dispararon en la pierna, y enseguida, después de que ella se trató la pierna con un torniquete, volvieron a entrar y le dispararon una y otra vez. No le dieron ninguna oportunidad. Visto en retrospectiva, sabemos que tuvo dos oportunidades de salvarse. Dos opciones distintas, que recién supimos después. La primera era irse a Netivot con Ofir, a primera hora de la mañana, que es lo que habría hecho cualquier persona normal. Pero ella insistió en quedarse en el kibutz para atender a los heridos. La segunda era que, ya que te quedas, entonces enciérrate en la habitación de seguridad. Sabes que hay terroristas, oyes todas las sirenas y las explosiones y esos misiles demenciales. Según las reglas de Maguén David Adom, si la vida de un paramédico se encuentra en riesgo, está obligado a quedarse en la habitación. Pero ella decidió, de verdad, contra todas las reglas, contra todo instinto humano, correr directo hacia los disparos, directo al infierno, directo al corazón de la batalla. ¡¡¿¿Por qué??!! Nos seguimos preguntando por qué eligió eso cuando sabía que podía costarle la vida. Pero entiendo que, desde su punto de vista, no había otra opción. Porque si Amit se hubiera escondido y se hubiera refugiado en la habitación mientras había heridos en el kibutz, cuando ella era la paramédica de guardia, la responsable de atender a los heridos, nunca se lo habría perdonado. Toda su vida, todo su amor por la medicina, por salvar gente, todas esas horas de voluntariado en Maguén David Adom, todas esas horas en la biblioteca leyendo libros de medicina: todo desembocó en ese día, en esos momentos. Simplemente entendió que había personas que la necesitaban. Necesitaban a alguien que las salvara. Y desde su perspectiva, si podía salvar a una o dos o tres personas, entonces había hecho lo que tenía que hacer en este mundo. Esa era Amit.
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Otro paciente que sobrevivió nos contó algo. Estaba en la unidad de defensa civil y quedó gravemente herido ese día, y sus amigos lo llevaron a la clínica. Amit pasó horas atendiéndolo. Cuando por fin lo trasladaron al hospital estaba inconsciente y cuando se despertó, tres días después, le dijo a todo el mundo: “¡No voy a respirar hasta hablar con la familia de Amit! ¡Pónganme a la familia de Amit al teléfono!”. Nos llamó desde el hospital en cuanto recuperó la conciencia y le dijo a mi mamá: “Escuche, su hija me salvó la vida. Sin su hija, no estaría vivo. Me atendió y estoy vivo gracias a ella”. Nos describió todo lo que había pasado con muchísimo detalle. Nos dijo: “Incluso después de que se acabaron todos los insumos, incluso cuando ya no le quedaba nada con que atenderme físicamente, me puso una sábana debajo de la cabeza para que descansara sobre algo suave, me acarició la cabeza y me habló con calma; ella era mi cielo”. Esas fueron exactamente sus palabras: “En medio de todo ese infierno, Amit fue mi pedacito de cielo y gracias a ella hoy sigo vivo; gracias a ella estoy vivo”. Amit fue una flor arrancada demasiado pronto. Tenía tantos sueños. Uno de ellos, el más grande, era convertirse en doctora. También soñaba con hacerse famosa, ser cantante, ser actriz. Y soñaba con ser mamá, con casarse; Dios, tenía tantos sueños. Pero ahora, de todos esos sueños, lo único que queda es su historia. Y su historia está acá, en el mundo, y se contará durante muchas generaciones. Porque, de algún modo, se volvió un símbolo. En esta guerra, con toda esta locura: un símbolo de salvar vidas, de ayudar a los demás, de bondad, de canción, de luz. Un símbolo de amor por la humanidad. Esa es Amit.
*La versión israelí de la Cruz Roja.
*El libro se presenta el martes 20 de Octubre a las 19 en la sede de la Comunidad AMIJAI (Arribeños 2655, C.A.B.A.).
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