De Hulk a Freud, Cynthia Wila explica cómo la culpa se convierte en una prisión interior

En ‘La culpa (Esa voz)’, la psicóloga y escritora examina cómo los mandatos y la autocrítica convierten esa emoción en una forma de castigo interior. Aquí, un fragmento de la obra

Portada de un libro con el título La culpa de Cynthia Wila y la imagen en blanco y negro de una persona que tapa su rostro con las manos.
"La culpa (Esa voz)", de Cynthia Wila (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cynthia Wila aborda en La culpa (Esa voz) los mecanismos con los que esa emoción atraviesa la vida cotidiana y condiciona los vínculos, los mandatos familiares, el trabajo y el deseo. El ensayo, publicado por Paidós en octubre de 2026, propone analizar una experiencia que la autora sitúa entre los malestares de la condición humana y de la vida contemporánea.

Con recursos del psicoanálisis y referencias a la filosofía y el arte, el libro indaga en la culpa como un marco ético y social que también puede convertirse en una forma de encierro. Wila plantea la posibilidad de escuchar esa voz interna, ya sea como señalamiento de las faltas o como un punto de partida para el perdón.

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Nacida en Brasil en 1971 y radicada en la Argentina, Wila es abogada y licenciada en Psicología. Cofundadora de la Escuela Clínica de Psicoanálisis, combina su trabajo clínico con la escritura de novelas, cuentos, dramaturgia y ensayos; en 2025 publicó La crueldad, su primer ensayo. A continuación, un adenaltno La culpa (esa voz).

Cynthia Willa
Nacida en Brasil en 1971 y radicada en la Argentina, Cynthia Wila es abogada, licenciada en Psicología y cofundadora de la Escuela Clínica de Psicoanálisis

La culpa es una prisión

El sujeto humano busca castigarse.

Somos seres atravesados por el lenguaje que ama y también hiere. Por las marcas de las palabras o los fantasmas que esas marcas construyen.

A través de la filosofía, la religión, la Ley, la moral, se ha implementado la manera de castigar tanto las conductas como los pensamientos. Y nosotros incorporamos esa modalidad de castigo que nos exigirá una pena —o vivir con pena— desde el interior.

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A finales de los años setenta una serie televisiva generó gran impacto: El Increíble Hulk. La historia no tenía que ver con las aventuras de un superhéroe, sino con el drama existencial de un hombre herido. El personaje, el científico David Banner, era un caminante sin rumbo llevado por un pasado trágico.

Todo comienza la tarde en que sufre un accidente con su automóvil. Si bien logra salir ileso, se desespera al ver que su esposa ha quedado inconsciente dentro del coche en llamas. Al borde de sus fuerzas intenta levantarlo. No puede. Ella muere, y él queda marcado por una culpa insoportable.

El científico deduce que, en situaciones extremas, muchas personas desarrollan una fuerza extraordinaria. Y se pregunta por qué no le ocurrió lo mismo. Eso lo atormenta. Inicia una investigación que detecta un factor biológico que potencia la fuerza humana. Así, se somete a un experimento con una dosis demasiado elevada de radiación gamma. Porque no solo lo mueve la curiosidad, sino una culpa inconsciente que busca castigo. Hasta que lo encuentra.

Y aparece el monstruo.

Llueve. Se lo ve en su automóvil de nuevo. Esta vez está solo. Debido a la tormenta de afuera —o a la de su interior—, sufre otro incidente. Aunque no es tan grave como el primero, igual se frustra y su ira desencadena una transformación: los ojos cambian de color, la piel adquiere un tono verdoso y la masa muscular aumenta de manera exagerada. No sabe quién es ni qué hace ahí. Está desorientado y furioso. Pierde el control, destruye su coche y sale corriendo. Se interna en un bosque y llega hasta la orilla de un lago. Mira su rostro en el agua. No se reconoce. Cuando cede la furia, la criatura comienza a desaparecer y vuelve el hombre.

Con el tiempo, comprende que la metamorfosis se activa como respuesta a situaciones de gran estrés. Y siente más culpa porque no puede controlar a esa criatura que ahora vive en él y cuando aparece destruye todo.

A partir de ese momento decide huir hasta encontrar una cura para su mal. La gente piensa que ha muerto. Y aunque adopta distintas identidades, nunca modifica su nombre. Sigue siendo David, como si intentara preservarse para no desaparecer.

Banner fue uno de los personajes más queridos del universo Marvel. Cada vez que se encariñaba con alguien debía partir, como si todo el tiempo buscara perder a sus afectos. Como si mereciera castigarse eternamente.

Yo sentía algo en el cuerpo cuando lo veía marcharse sin rumbo al final de los capítulos, con un bolso colgado del hombro que parecía no pesar, o pesaba demasiado. Un bolso donde había algunas prendas y mucha culpa.

Hay que intentar ser indulgente con uno mismo, de lo contrario el suplicio nos comerá por dentro. Michel Foucault lo considera un abuso del castigo. No aceptar el acto cometido no amerita llegar al extremo del suplicio. El castigo físico proviene de afuera, es ajeno al sujeto, pero se transforma en un modo de condena del sujeto mismo. Por ende, la culpa persigue y deja el infierno contenido adentro. (Como David Banner contiene a Hulk).

En “El malestar en la cultura” Freud señala que la culpa es «el problema más importante del desarrollo cultural».

La culpa se mete a través de los ojos de los demás, que son las voces internas que nos acusan. Y aparece la inmovilidad del deseo como respuesta. Hay un precio por desear, y tanto nuestro inconsciente como la cultura, se lo cobran. Por eso, no solo la frustración puede enfermarnos. Hay quienes se enferman ante el éxito, por una sensación de culpa que niega el placer y en su lugar exige castigo.

Los humanos somos contradictorios. Por momentos no entendemos qué nos pasa o por qué no conseguimos aquello que soñamos. Incluso aparece la sensación de no querer intentarlo. “No tiene sentido”, “ya estoy grande”, “no sirvo para eso”, “a nadie le va a gustar”, “no me van a querer”, “voy a fallar”, “ya lo intenté y no pude”, “no tengo suerte”, “no es mi destino”.

Mandatos sostenidos por miedo o por culpa que nos dejan en una prisión.

Y nos mentimos. Sentimos que nos faltan motivaciones y pasamos por alto que si no hay estímulos es porque está oscuro el deseo. La motivación no siempre surge antes del acto. A diario nos encontramos haciendo cosas sin ganas. Tal vez, no dependa de las ganas sino de la búsqueda. La energía vital [libido] nos impulsa a esa búsqueda. La culpa, en cambio, nos detiene y nos deja infelices.

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