
En 1924 Zinaida Serebriakova viajó a París con la idea de cumplir un encargo y regresar a su país. Nunca volvió. Dejó atrás a su madre y a dos de sus cuatro hijos en la Unión Soviética, y no los vería de nuevo hasta un deshielo político en la década del 60, casi cuarenta años después.
Su obra, sin embargo, escapa a esa tragedia biográfica: abarca autorretratos, escenas campesinas, pasteles de bailarinas del Mariinski y series pintadas en Marruecos, dispersas hoy en museos de Rusia, Ucrania y colecciones privadas de Europa.
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Serebriakova nació en 1884 en Neskuchnoye, cerca de Járkov, en el seno de la dinastía Benois-Lanceray, una familia de arquitectos, escultores y pintores que marcó la cultura visual rusa desde el período imperial. Su padre, Evgueni Lanceray, era escultor; su madre, Yekaterina Lanceray, pintora; su abuelo materno, Nikolái Benois, arquitecto y académico.

Ese linaje explica en parte la temprana consagración de la artista. En 1910, la Galería Tretiakov de Moscú adquirió Frente al espejo: Autorretrato (1909), un óleo de 75 por 65 centímetros que la muestra peinándose frente a un tocador. La obra se había exhibido un año antes en una muestra de la Unión de Artistas Rusos y de inmediato la convirtió en una de las voces destacadas de la pintura rusa de comienzos de siglo. Hoy integra la colección permanente de la Tretiakov.
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En los años siguientes, la Tretiakov sumó otras piezas de ese período temprano: Retrato de una estudiante (1908-1909) y Joven mujer (María Zheguilina) (1909), ambas realizadas con témpera sobre papel. El Museo Ruso de San Petersburgo, por su parte, conserva Bañista (1911) y El huerto (1908-1909), obras que documentan los veranos que Serebriakova pasó en Neskuchnoye, la finca familiar en la actual Ucrania, donde pintó escenas de campesinos, cosechas y animales de granja con una técnica que combinaba óleo y témpera.
La casa de baños (1913), un óleo de 135 por 174 centímetros con mujeres desnudas en un sauna rural, forma parte de la colección del Museo Ruso de San Petersburgo. La pieza integra un grupo de trabajos que Serebriakova realizó entre 1910 y 1917 sobre la vida cotidiana en el campo, entre los que se cuentan Blanqueando la tela (1917) y La cosecha (1915), esta última dispersa en distintas colecciones rusas.
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La viudez marcó un quiebre en su producción. En 1919 murió de tifus su esposo, el ingeniero ferroviario Borís Serebriakov, y la artista quedó sola con cuatro hijos y sin recursos. Siguió pintando en medio de la escasez: de ese período data La casa de naipes (1919), retrato de sus hijos jugando a las cartas, hoy en la Tretiakov.
En diciembre de 1920, Serebriakova se mudó con sus hijos a Petrogrado, la ciudad que había sido San Petersburgo. Allí su hija Tatiana comenzó a entrenarse como bailarina, y su tío, el escenógrafo Alexandre Benois, le facilitó el acceso a los camarines y salas de ensayo del antiguo Teatro Mariinski. Serebriakova pasó largas horas detrás de escena y produjo una serie de pasteles y óleos que retratan a bailarinas mientras se calzan las zapatillas, ajustan el vestuario o esperan su turno para salir a escena.
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De ese ciclo forman parte Camarín de ballet: copos de nieve (1923), inspirado en El cascanueces, y Camarín de ballet (El lago de los cisnes) (1924), ambos conservados en el Museo Ruso. Fueron las últimas obras de gran escala que pintó antes de abandonar el país.

El 24 de agosto de 1924, Serebriakova partió hacia Francia con la intención de reunir dinero y ampliar sus posibilidades de exposición. La separación de su familia se volvió permanente: su madre y dos de sus hijos quedaron en la Unión Soviética. Alexander, su hijo, llegó a París en 1925; Ekaterina se reunió con ella en 1928. A los otros dos, Tatiana y Evgueni, no volvería a verlos hasta la década del 60.
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En París, el barón belga Jean de Brouwer financió dos viajes de la artista a Marruecos. Entre diciembre de 1928 y enero de 1929 visitó Marrakech y produjo más de 130 obras, entre retratos, escenas de género y paisajes, como Mujer marroquí de blanco y Vista del Atlas desde una terraza.
En febrero y marzo de 1932 viajó a Fez, Sefrou y de nuevo Marrakech, con financiamiento adicional de André Lebeuf, y realizó más de 200 piezas, entre ellas, Hombre marroquí de azul y Camellos. Los bocetos, hechos en su mayoría con pastel, capturan la luz del norte de África en contraste con los inviernos rusos que había dejado atrás.
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Durante la ocupación alemana de París, Serebriakova perdió todo contacto con su familia en la Unión Soviética; la correspondencia se retomó recién después de la guerra. En los años treinta también trabajó en encargos para el barón De Brouwer, entre ellos, paneles decorativos para su finca en Bélgica, además de retratos, naturalezas muertas y estudios de esculturas del Louvre.
El reconocimiento oficial en su país de origen llegó tarde: en 1965 y 1966, exposiciones en Moscú, Leningrado y Kiev mostraron por primera vez en décadas su obra al público soviético. Serebriakova murió en París en 1967, sin regresar jamás a Rusia.
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