Origen, auge y evolución de la industria farmacéutica en Estados Unidos, entre los avances médicos y el debate sobre sus precios

El periodista historiador Barry Werth recorre el siglo XX para entender cómo los laboratorios estadounidenses pasaron de salvar vidas a convertirse en blanco de escándalo político

El libro del día: "The Age of Cures", de Barry Werth
El libro del día: "The Age of Cures", de Barry Werth
Guardar

“La medicina es para la gente”, declaró George Merck, director de la empresa farmacéutica de su familia, en un discurso de 1950. “No es para las ganancias”.

Hoy, esta cita, publicada junto al retrato de Merck en la portada de la revista Time en 1952, probablemente uniría a la izquierda y a la derecha en una misma reacción de incredulidad. En todo el espectro político, desde Bernie Sanders hasta R.F.K. Jr., es casi un artículo de fe que las grandes farmacéuticas —y Merck sigue siendo una de las mayores del sector— están abusando de los estadounidenses.

PUBLICIDAD

En este clima de desconfianza aparece el periodista Barry Werth con la tercera entrega de una trilogía no planeada. En sus libros anteriores, The Billion-Dollar Molecule y The Antidote, Werth relató las dificultades y los logros de la empresa emergente farmacéutica Vertex. Fundada en 1989 por un antiguo empleado de Merck, Vertex buscaba una forma más precisa de diseñar fármacos. El último libro de Werth, The Age of Cures, funciona en cierto modo como una precuela. Cuenta cómo, en Estados Unidos durante el siglo XX, dos “fuentes muy dispares” —los medicamentos patentados y la ciencia de investigación— confluyeron, impulsadas por la necesidad bélica y abundantes fondos públicos, para crear un modelo de descubrimiento y desarrollo de fármacos que ha salvado cientos de millones de vidas, ha generado billones de dólares para las empresas farmacéuticas y ha contribuido a consolidar la posición de Estados Unidos como la principal superpotencia mundial.

Werth ofrece una descripción vívida de un mundo sin medicamentos eficaces, que prevaleció hasta hace relativamente poco. Como recuerda un médico que estudió en la Facultad de Medicina de Harvard en la década de 1930, “el tratamiento de las enfermedades era la parte más secundaria del plan de estudios, casi se omitía por completo”. Salvo que la dolencia implicara un nódulo o un tumor que pudiera extirparse por completo, había muy pocos tratamientos más allá de la sedación y el alivio del dolor.

PUBLICIDAD

Paul Ehrlich (Wikipedia)
Paul Ehrlich (Wikipedia)

A comienzos del siglo XX, los químicos alemanes estaban más avanzados que sus pares estadounidenses. La primera “bala mágica” —un medicamento sintético que trataba una enfermedad específica— fue el Salvarsán, un fármaco contra la sífilis cuyo nombre era una combinación de salvare (en latín, “salvar”) y arsénico. Fue introducido en 1910, tras su descubrimiento por el bioquímico alemán Paul Ehrlich, quien planteó que los tintes para telas elaborados a partir de alquitrán de hulla, por adherirse tan bien a las fibras, también podían sentirse atraídos por los microbios causantes de enfermedades y neutralizarlos sin dañar el tejido humano sano.

Su método, que describió como “examinar y sudar”, consistía en probar en animales de laboratorio distintas versiones de tintes de alquitrán de hulla ligeramente modificados. Era poco más que ensayo y error, escribe Werth, pero “se convirtió en el paradigma establecido para descubrir nuevos fármacos sintéticos”.

No fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando la industria farmacéutica estadounidense tomó la delantera. Esa supremacía no era inevitable, incluso después de que Hitler obstaculizara el desarrollo de medicamentos en Alemania al expulsar a investigadores judíos, descalificar las pruebas con animales como “ciencia judía” y presionar a las empresas químicas estatales para que se concentraran en producir gas venenoso en detrimento de todo lo demás.

Un modelo particularmente estadounidense surgió para llenar ese vacío gracias a Vannevar Bush, un ingeniero eléctrico que dirigió la investigación y el desarrollo bélicos del país. En lugar de reclutar científicos y construir laboratorios y fábricas estatales, Bush creó un sistema de contratos que canalizaba dinero de los contribuyentes hacia universidades y empresas. Este método, subsidiado por el Gobierno pero basado en el mercado, para movilizar talento y recursos con el fin de alcanzar objetivos nacionales ya se había usado en la investigación aeronáutica, escribe Werth, pero “nunca se había aplicado, y mucho menos probado, fuera de ese ámbito”.

Vannevar Bush (Wikipedia)
Vannevar Bush (Wikipedia)

Como muestra Werth, en muchos sentidos funcionó de forma brillante. Las farmacéuticas estadounidenses salieron de la guerra no solo con la capacidad de producir penicilina a gran escala —una innovación que llegó justo a tiempo para reducir de manera considerable las bajas aliadas durante el desembarco de Normandía—, sino también con programas sistemáticos de descubrimiento de fármacos que dieron lugar a la siguiente generación de antibióticos patentables y rentables, además de la cortisona y la primera píldora eficaz para tratar la hipertensión.

Las historias sobre el desarrollo de estos medicamentos son apasionantes. La prensa recibió cada nuevo fármaco como un milagro, y así parecían serlo: la cortisona “permitió que las personas incapacitadas por la artritis reumatoide volvieran a caminar, e incluso a correr y bailar jigas”, celebró The New York Times en 1949. Al mismo tiempo, la penicilina —antes tan escasa y valiosa que se extraía de la orina de sus primeros pacientes y se repurificaba para volver a utilizarla— llegó a costar menos de producir, escribe Werth, que el frasco que la contenía.

Fue un triunfo en términos de vidas salvadas, pero un desastre para los resultados financieros de Merck. Pronto surgieron incentivos contrarios a la mejora de la salud pública. “Hay más personas sanas que enfermas”, explicó un ejecutivo de Merck a su equipo de investigación y desarrollo en la década de 1950. “Deberíamos fabricar productos para quienes están sanos”.

Por supuesto, también había muchas personas enfermas, y las mayores compañías farmacéuticas se coludieron para impedir la competencia y mantener altos los precios de sus tratamientos. A finales de la década de 1950, cuando la Comisión Federal de Comercio separó a los fabricantes de medicamentos de la industria química en sus informes trimestrales, observa Werth, quedó al descubierto que la fabricación de productos farmacéuticos era “el negocio legal más rentable de Estados Unidos”.

En 1959, el Congreso inició audiencias dirigidas contra las ganancias anuales astronómicas de la industria y sus márgenes desmesurados; los legisladores acusaron al gigante farmacéutico Schering de vender la hormona estradiol a un precio superior al 7.000 % de su costo. “Es inmoral”, afirmó el senador por Tennessee Estes Kefauver. “No hay duda de ello”.

Un reloj de arena de cristal sobre una mesa de madera con ampollas y frascos de laboratorio en el fondo.
Las empresas farmacéuticas sostenían que esos márgenes de ganancia eran necesarios para financiar el minucioso y costoso trabajo de descubrir nuevos tratamientos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las empresas farmacéuticas sostenían que esos márgenes de ganancia eran necesarios para financiar el minucioso y costoso trabajo de descubrir nuevos tratamientos. Sus opositores señalaron que las compañías gastaban el doble en marketing que en investigación y desarrollo. La Asociación Médica Estadounidense, de la que cabría esperar una posición distinta, respaldó a las grandes farmacéuticas porque dependía de los ingresos por la publicidad de medicamentos novedosos en sus revistas para financiar su campaña contra la atención médica nacionalizada.

Cuando el Congreso finalmente presentó una legislación a comienzos de la década de 1960, el proyecto representó una victoria muy limitada para el grupo de reformistas de Kefauver. Exigía demostrar la eficacia, y no solo la seguridad, de los nuevos fármacos, pero abandonó el polémico intento de limitar las patentes y las ganancias. Sin proponérselo, también hizo, como señala Werth, que “el descubrimiento y el desarrollo de medicamentos fueran mucho más costosos e inciertos”, lo que volvió a las compañías “más agresivas a la hora de construir y defender sus carteras de patentes”.

El objetivo de Werth, escribe en su introducción, es recordar a los lectores cómo Estados Unidos construyó un arsenal de medicamentos extraordinarios para combatir enfermedades, y “The Age of Cures” presenta argumentos sólidos sobre los beneficios de las grandes farmacéuticas. Al narrar el primer intento real de los representantes electos de restringir a los fabricantes de medicamentos, parece sugerir que la indignación de Kefauver marcó el inicio de un ataque de mala fe contra la industria que condujo a la situación actual.

Pero Werth no añade que los investigadores también han concluido que el sistema estadounidense —aunque sin duda ha producido avances importantes— no ha sido proporcionalmente más innovador que el de países como Reino Unido, Suiza y Bélgica, donde se limita el libre mercado mediante la regulación de los precios de los medicamentos. En otras palabras, parece posible contener las ganancias de las grandes farmacéuticas en beneficio del interés público y conservar, al mismo tiempo, los notables beneficios de la medicina moderna.

“¿Podemos aprender de esta lección?”, preguntó el senador por Illinois Paul Douglas cuando finalmente se aprobó el proyecto de ley de Kefauver sobre medicamentos en 1962. En “The Age of Cures”, Werth ha proporcionado sin duda abundante material del que aprender, aunque las lecciones que extraigan los lectores quizá no sean las que él espera.

Fuente: The New York Times

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD