De la mafia en Sicilia a un matrimonio arreglado en la Argentina: fragmento de “Promesa de sangre”, de Camucha Escobar

La autora argentina publica una historia de los años 30, donde una joven deberá enfrentar una promesa heredada, un casamiento impuesto y un amor prohibido. En esta nota, un adelanto exclusivo

Camucha Escobar - La memoria del mal
Camucha Escobar nació en Pergamino en 1961. Entre sus obras más conocidas se destacan títulos como "Tierra en sombras", "La Loba" y "La semilla del pecado"
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Camucha Escobar, una de las autoras argentinas reconocidas dentro de la novela romántica histórica, presenta Promesa de sangre, una ficción que enlaza romance, secretos familiares y crimen en una trama atravesada por los efectos de la inmigración italiana hacia la Argentina.

La novela sigue a Rita, una joven siciliana que llega al país en 1930 para cumplir un compromiso asumido antes de su nacimiento. La promesa familiar la empuja hacia un matrimonio arreglado, mientras sus sentimientos por Carlo abren un conflicto con los códigos de honor, la lealtad y la sangre.

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Camucha Escobar nació en Pergamino en 1961. Profesora de inglés de profesión, inició su carrera literaria en 2007 y ha ganado gran popularidad gracias a sus relatos que combinan pasiones intensas, misterio y realismo mágico. Entre sus obras más conocidas se destacan títulos como Tierra en sombras, La Loba y La semilla del pecado, consolidándose como una de las voces referentes del género en América Latina.

Con una narración que alterna una voz omnisciente con la perspectiva de su protagonista, Promesa de sangre recorre los vínculos familiares, las consecuencias de decisiones pasadas y el peso de los mandatos sobre las nuevas generaciones. A continuación, un fragmento del capítulo 1, “El precio de la sangre”.

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Portada del libro Promesa de sangre al centro, flanqueada por ornamentos dorados, la figura de un oficial y un edificio antiguo.
"Promesa de sangre", de Camucha Escobar (Imagen Ilustrativa Infobae)

El precio de la sangre

Durante la unificación de Italia, Sicilia no escapó a la miseria ni al miedo. Las banderas cambiaron, los discursos se multiplicaron, pero el hambre siguió sentándose a la mesa de los sicilianos. La aristocracia conservó sus privilegios, como si nada hubiese ocurrido, y el pueblo —campesinos, pescadores, obreros— aprendió que la ley no siempre protegía a los desposeídos.

Fue en ese vacío donde la mafia echó raíces.

No nació como un monstruo, sino como una promesa. Protección a cambio de dinero. Justicia a cambio de obediencia. Pan a cambio de sangre. Se infiltró en los campos, en los puertos, en los talleres; se volvió costumbre, luego, necesidad y, finalmente, destino. Nadie la nombraba en voz alta. Nadie la desafiaba sin pagar el precio.

La ley del silencio era su pilar. Omertà. No escrita. No discutida. Aceptada.

Messina, años más tarde…

El puerto amanecía cubierto por una bruma espesa. Los barcos entraban y salían cargados de mercancías legales e ilegales, indistinguibles unas de otras. En las tabernas cercanas, los hombres bebían en silencio; sabían cuándo hablar y, sobre todo, cuándo callar.

Don Tolesano gobernaba ese mundo sin necesidad de levantar la voz.

Era el capo de Messina, el dueño de un imperio tejido con hilos invisibles. Bajo su mano férrea convivían el contrabando, la extorsión y la prostitución, engranados con la precisión de un reloj suizo. Nada escapaba a su control: ni los muelles ni los caminos rurales ni las vidas que dependían de una decisión tomada en su despacho. Su sola presencia helaba la sangre. Vestía siempre de negro, con trajes de corte impecable, que no delataban ni una arruga. El sombrero de ala ancha proyectaba una sombra sobre unos ojos oscuros, atentos, incapaces de expresar misericordia. Tenía la mirada de los hombres que han visto morir sin parpadear.

Don Tolesano no conocía el amor. No sabía amar sin poseer. No sabía poseer sin destruir. Había aprendido, muy temprano, que el amor era traicionero, pero que la lealtad, aunque comprada, podía ser eterna. Por eso, solo respetaba una cosa: la fidelidad absoluta. A la familia, a la palabra dada, al miedo bien administrado.

Sin embargo, había una grieta en su imperio. Un secreto que lo devoraba en las noches largas, cuando el silencio se volvía insoportable: no tenía un verdadero sucesor.

Sus hijos varones habían muerto, uno tras otro. Accidentes, decían algunos. Ajustes de cuentas, susurraban otros. La verdad, como siempre, dormía bajo capas de sangre y mentiras. Solo le quedaba una niña. Y para un hombre como él, una hija no garantizaba continuidad. El poder sin heredero era un castillo de arena esperando la marea.

Aunque jamás permitió que ese dolor quebrara su semblante de acero, en la soledad de su despacho, cuando el mundo callaba, la angustia lo mordía con dientes afilados.

El linaje debía continuar. Costara lo que costase.

En una casa modesta de las afueras de Messina, lejos del puerto y de las miradas indiscretas, Quintillo Menini se sentó frente a la mesa de madera gastada. Afuera, el viento del invierno sacudía los postigos y traía consigo el rumor del mar.

Feria del libro 2023 1 de mayo / Camucha Escobar
Camucha Escobar en la Feria del Libro (Foto: Nicolas Stulberg)

Encendió la lámpara de aceite. Había esperado ese momento durante semanas. No por falta de decisión, sino porque sabía que una vez escrita la carta, ya no habría retorno. Las promesas de sangre no se deshacían: se heredaban.

Tomó la pluma con dedos torpes. No estaba acostumbrado a escribir cartas solemnes; su vida transcurría entre el taller, el hierro y el ruido áspero del trabajo manual. Pero esa noche debía elegir cada palabra con precisión. De ello dependía el destino de su hija. Pensó en Rita.

Dormía todavía en la habitación contigua, ajena al peso que el mundo ya había depositado sobre su existencia. Tenía apenas unas horas de vida, la piel tibia, el aliento leve. Quintillo había llorado al verla por primera vez, sin entender del todo por qué.

Apoyó la pluma y comenzó:

Querido Ennio,

Hoy ha nacido mi hija. Se llama Rita.

Cuando la tomé en brazos, comprendí que la vida no concede treguas. No hay dicha que no venga acompañada de un precio ni amor que no exija un sacrificio.

Hizo una pausa. El silencio de la casa se volvió denso. Escuchó el leve crujir del piso. Elsa se movía despacio para no despertar a la niña.

Continuó:

Desde que la vi supe que está destinada a cumplir nuestra promesa. No por ambición, sino por necesidad. Porque hay pactos que se sellan antes de que uno pueda comprenderlos.

Será esposa de tu primogénito. Así lo juramos. Así deberá cumplirse.

El pulso le tembló. No ignoraba lo que estaba haciendo: entregando el futuro de su hija para asegurar su supervivencia. Se levantó, tomó una tijera y fue hacia la cuna. Cortó con cuidado un mechón de su pelo y lo envolvió en un trozo de tela blanca. Regresó a la mesa.

Te envío un mechón de su cabello como símbolo de este pacto eterno. Es lo único puro que puedo ofrecerte.

Confío en que sabrás proteger lo que más amo.

Con esperanza,Quintillo Menini

Selló el sobre con cera y presionó el anillo contra ella. Esa noche no durmió.

Mientras el alba comenzaba a filtrarse por la ventana, Quintillo comprendió que acababa de poner en marcha una maquinaria que ya no podría detener. La sangre había hablado. Y cuando la sangre habla, nadie queda a salvo.

1930

La habitación estaba cerrada. Las cortinas gruesas impedían que la luz del amanecer profanara aquel espacio donde la muerte había decidido instalarse con calma. El aire olía a sudor, a medicamento rancio y a miedo. En la cama, Tiberio Menini respiraba con dificultad; cada bocanada parecía la última y, aun así, el cuerpo se aferraba a la vida con obstinación.

Don Tolesano permanecía de pie, a los pies del lecho. No se sentaba. Nunca lo hacía ante un moribundo. Sabía que, en ese umbral, cuando el alma comienza a despegarse, los hombres decían verdades que no se atrevían a pronunciar en vida. Y él necesitaba escuchar.

—Habla —ordenó sin dureza—. El tiempo se te acaba.

El hombre abrió los ojos. Estaban velados, pero aun lo reconocían. Trató de humedecerse los labios. No lo logró.

Camucha Escobar - La memoria del mal
"La memoria del mal", libro anterior

—Don… —susurró—, no puedo irme sin confesarlo. —Tolesano no respondió. Cruzó las manos detrás de la espalda y esperó—. Su hijo… mi hermana Ermelinda… tuvo un niño suyo…

El rostro de don Tolesano se transformó. Sintió que el suelo se abría a sus pies.

—¿De qué hablas? —preguntó, con una voz que contenía más miedo que furia.

—Hablo del que nunca supo.

—Sigue —ordenó. La lámpara de aceite proyectó una sombra trémula en su rostro.

El moribundo cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para cruzar ese límite.

—Cuando supo que estaba encinta, Ermelinda huyó al campo. Tuvo un hijo suyo…

El mundo se detuvo.

Don Tolesano no gritó. No se movió. El golpe fue interno, seco, devastador. Sintió cómo la sangre le subía a la cabeza, cómo el pulso le martillaba las sienes.

—Mientes. Estás delirando.

—No. Tenía miedo… de usted. Dio a luz en secreto. Un varón. Lo llamó Quintillo. Ella murió poco después… por fiebres de parto. El niño sobrevivió. Fue entregado… a la superiora del orfanato.

Don Tolesano apoyó una mano en el respaldo de la silla más cercana. Un hijo. Carne de su carne. Sangre de su sangre. Un heredero.

—¿Dónde? —preguntó con voz extraña—. ¿Dónde está?

El moribundo intentó contestar, pero el cuerpo ya no le respondía. Un estertor le atravesó el pecho. Sus ojos se abrieron desmesurados y, con un último esfuerzo, murmuró:

—Messina… siempre estuvo aquí…

Don Tolesano permaneció inmóvil. Solo una respiración entrecortada, apenas perceptible. Dentro de él, algo antiguo despertaba: una mezcla de culpa, orgullo y posesión feroz.

Aquella noche no durmió. Al amanecer, dio la orden. Quintillo sería encontrado.

(...)

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