
A fines del año 1998 Pablo Manzano dejó Argentina y no volvió más. Bueno, sí, cada tanto se subía a un avión —a veces pasaban meses, a veces años— que lo depositaba nuevamente de este lado del Atlántico. Como el año pasado, que vino para la Feria del Libro de Buenos Aires, a presentar Spoiler, una selección de cuentos editados por el sello independiente Batata Libros que podríamos definir con una palabra que a él no le gusta ni un poco: mordaces. Pero ya volveremos sobre el libro. Esta nota será larga.
Sigamos el hilo: a fines del año 1998 Pablo Manzano se fue del país. Pero ¿a dónde? España, la puerta de entrada a Europa. “No fue por motivos económicos. Aunque nunca tuve una relación muy fluida con el dinero. Quería vivir en España y me fui a Barcelona, y si no funcionaba me iba a Madrid. Emigré por la necesidad de mutar. En aquella época me decía la gente: ‘¿por qué te vas a Barcelona?’ Y tres años más tarde, después del 2001, todos los que me decían eso empezaron a llegar a Barcelona", recuerda.
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El casillero cero es San Luis. Allá nació, allá creció, allá decidió que había que seguir y a los veinte años llegó a Buenos Aires a estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA, carrera que por entonces “estaba en una fase experimental”: “Era una excusa para poder escapar, y mis padres aceptaron porque yo era el primero de la familia que iba a ir a la universidad. Mis padres ingenuamente pensaban que tener un título universitario ya era todo. No sabían que yo me estaba metiendo en algo como Comunicación”.
A la idea de ser periodista la reemplazó otra, la de “ir por el lado de la ficción”, y empezó a escribir mucho. “No podía terminar porque me faltaba la tesina y no encontraba un tutor que quisiera respaldarme. Era sobre Antonio Escohotado y el tema de las drogas. Yo ya estaba con el pasaje en la mano para emigrar. Hasta que me presentaron a un catedrático de otra universidad que no era de Comunicación, una especie de viejo gay que estaba como enamorado de mí. Me firmó la tesina, aprobé y pude escapar”.
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La obra de Manzano se produjo desde afuera. Pero “no hay un afuera”, aclara. Aunque esté allá, sigue adentro. El rencor de los bufones es de 2006; El puente de la jirafa, de 2008; El asesino de canciones, de 2017; y Celebración, de 2022. También publica en revistas como Quimera, Hermano Cerdo, Boca de Sapo y Polvo. Los andariveles de su último libro, Spoiler, son la literatura —o mejor: la vida letrada—, y el estilo del nado sincrónico está ligado a algo que dice uno de sus personajes: “el arte de la acidez”.
Un gran cuento de esta colección que podría graficar el mecanismo narrativo de Manzano es “Hombre nuevo, hombre viejo” donde la trama enfrenta a Masetti, un profesor que dicta un “taller de sensibilización” —“ustedes no lo saben, pero son víctimas de un estereotipo dominante del hombre sexual”—, y Loreiro, un escritor que en su “taller de ficción empoderada” les explica a otros autores cómo representar a los personajes masculinos y femeninos para aumentar la cantidad de lectores.
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El recorrido registra mucha crítica al mundo cultural contemporáneo —nombro dos personajes: el amarrete arquitecto Pep Reverte de “Cosas de las que nunca te he hablado” y al súper star de la especulación literaria, cuyo apellido es Césare y su nombre podría ser Hernán, de “Entrevistas”—, pero la prosa de Manzano también acaricia notables niveles de profundidad como en el cuento “Quisiera que estuvieras allí”, donde la fama y el fracaso se encuentran en un café onírico y fatal.
Spoiler es un libro que parece escrito con una rabia tan pulida, tan trabajada y tan masticada que hace florecer la categoría de humor literario. Manzano se ríe de todo lo que envuelve a la literatura, esos papeles de regalos coloridos que engordan el objeto, que lo agrandan, que lo marketinizan al punto tal de olvidarse que lo importante es lo que abajo de todo, al fondo, en la oscuridad secreta de la sorpresa. Es un libro sobre los mercaderes y sus modas, pero también sobre la belleza de la imaginación.
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—¿Cómo surgen estos cuentos? ¿Cómo se escribieron?
—Acá tenés cuentos de todas las épocas. Mi proceso productivo creativo es muy lento. Para escribir algo necesario evitar escribirlo durante años, lo cual no es muy difícil. Hay un personaje en un cuento que dice: “Escribir está subordinado a perder el tiempo”. La idea puede estar rondando en la cabeza un lustro sin problemas y después para escribirla necesito dos meses o dos años. Para encontrar editorial capaz que necesito quince años. De hecho, el primer cuento de este libro tiene quince años, donde Hugo Emerson es escritor, y el más nuevo, que es “Spoiler”, que Hugo Emerson es editor, tiene tres años.
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—¿Te interesa la etiqueta de polemista?
—Quizás me tengo que hacer cargo de eso. Es un libro que sí, puede generar polémica, pero yo creo que es porque cualquier reparo pequeño, cualquier intento de resistencia o de disidencia se interpreta como afán de polemizar. Hay una provocación que late permanentemente, pero si mi propósito fuera polemizar estaría a la pesca de followers y haters o intentaría montar un quiosquito antiwoke, antifeminista, antiprogre. Intentaría performatear como un convencido más. Y la convicción no es lo mío. Yo creo que los convencidos están sobrerrepresentados. Yo intento trabajar con la complejidad, que es el mejor halago que me hizo el editor de mi novela anterior, Celebración. Me dijo: “A tu personaje no le alcanzan las ideas, ni las propias ni las ajenas”. Para mí es muy importante que la inteligencia no esté sometida a la pertenencia. Es intentar un ejercicio de resistencia personal. Y no sé si es posible la resistencia personal, porque todos estamos influidos, todos estamos bajo influencia. Además, querer ir a contracorriente también puede ser un ejercicio de narcisismo. Yo entiendo que la pertenencia es muy tentadora, muy rentable. Yo creo que puedo hacerlo porque cuento con la irrelevancia total, no tengo un lugar en la escena, y eso te da libertad. Si tenés un lugar, lo cuidás más, vas en sintonía con lo que toca decir y reproducir, tratás de no ofender, de conservar ciertos vínculos. Ahí es donde la inteligencia se somete a la pertenencia. Creo que se podría evitar.
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Volvamos. Estábamos en Barcelona, en el pliegue entre un siglo y otro. Un joven comunicólogo trabaja de lo que encuentra, pero de pronto se le aparece algo que le hace levantar las cejas: traductor. “A diferencia de Messi, que estuvo ochenta años ahí y no cambió nada, yo llegué y empecé a adoptar el español ibérico, que ya me gustaba. Yo me fui a España muy seducido por eso. Fue la necesidad de mutar. Y también un poco por cretino. Y me ayudó bastante. Por ejemplo, para traducir”, asegura.
“Empecé a traducir narrativa comercial, novelas, ese tipo de cosas. Y me decían que tenía que evitar los argentinismos. A mí no me interesaba entrar en combate con los editores sobre cuál es la variante regional más legítima. De hecho, yo ya había escrito una novela, que se publicó mía en 2008 en Barcelona, El puente de la jirafa, que está escrita en español ibérico. Me acuerdo que una vez se la llevé a un editor en Argentina y me odió”, dice Manzano del otro lado de la línea y larga una risotada.
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“Ahora ya no hago ese trabajo”, explica. Lo dejó hace tiempo, pero fue lo que ocupó su tiempo en Barcelona, donde vivió unos trece años. “Era todo narrativa comercial, novela romántica, novela histórica, mucho best seller”, dice y explica: “Podía estar traduciendo al mismo tiempo un libro infantil y una novela pornoerótica. Y cuando tenía suerte: novela negra”. Tuvo momentos inolvidables: su ”gran orgullo", su “mayor fortuna”, fue traducir a O. Henry. Empezó desde el inglés y terminó con el alemán.
“¿Lo tenés a Marcelo Cohen?“, pregunta. ”El tipo, que también vivió en España y traducía, hablaba de la vanidad del inmigrante, que al estar en un estado de comparación permanente se aferraba a lo que atesora. Y él decía que en su caso tuvo que hacer un ejercicio de desapego para traducir. Es más o menos lo que me pasó a mí: convertí la traducción en un ejercicio de desapego. Después eso se trasladó a mi prosa literaria, que ya es un híbrido. Ahora, desde que estoy en Viena, volví al rioplatense”.
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Viena, sí: Vieja, la roja. Desde 1945 el Partido Socialista gobierna la ciudad de forma ininterrumpida hasta hoy. La salvedad es que en 1991, en un proceso de “modernización y realineamiento ideológico”, cambió de nombre a Partido Socialdemócrata de Austria (SPÖ), y siguió sin pausas hasta hoy. “Es como una isla porque en los distintos bundesländer gobiernan la derecha o la ultraderecha, pero Viena es todo lo contrario. Viena y Graz. Graz es la segunda ciudad: ahí gobierna el Partido Comunista”.
“Viena nació con un modelo que se llamaba austromarxismo”, cuenta Mazano, e inmediatamente aclara: “A mí me da risa: no hay nada menos marxista que el austromarxismo, Y no hay nada menos austríaco que la Escuela Austríaca de Milei”. “Y el austromarxismo es socialdemocracia: Marx lo hubiese odiado. Al primer barrio de vivienda social que se hizo en Viena le pusieron Marx. Marx habría pensado que eso tiene un propósito inhibitorio para frenar la revolución”, dice y vuelve a reír.
¿Cómo llegó a Viena? La narrativa comercial diría: por amor. Pero no uno fugaz, furtivo, imposible. “Llevamos veintiséis años juntos. No si todavía es legal estar tanto tiempo con una persona”, comenta gracioso. Se conocieron en Barcelona. Él, todavía estaba adaptándose a la extranjería. La relación creció como crecen las plantas silenciosas. Un día, ella, que es austríaca, recibió una oferta laboral para volver a su país que no pudo rechazar. “Yo me quedé un año y al final me decidí: me fui con ella”.
“Me regaló un libro de Manfred Deix, un cabrón que retrata con sana a los austríacos, un Thomas Bernhard pero caricaturista. ‘Si este tipo es austríaco, Austria no puede estar tan mal’. Y me convencí, pero en realidad quería continuar con ella”. Pasaron quince años. Da clases de español en un “patriarcado feminista”, “una institución con paredes empapeladas de feminismo, actividades para mujeres, el ochenta por ciento del personal son mujeres, pero los directores son todos varones”, y vuelve a reír.

—El libro pone la lupa en muchas contradicciones. En “Homófoba curiosidad” eso está muy claro: entra en tensión toda la cuestión identitaria y de discurso con una realidad que te acecha y que todo el tiempo te deja sin palabras. Son dos personas que están tratando de sostener discursos y discusiones muy válidas y de repente aparece la miseria, la gente de la calle.
—Todos estamos familiarizados con lo que pasa en ese bar, con esa conversación. Después me sentí culpable, te confieso, porque me pareció un cuento injusto, porque puse a dos personas homosexuales en ese rol. Creo que a todos nos cuesta en general. A la clase media educada. Creo que los personajes terminaron siendo gays porque Micky Vainilla tiene algo de gay; creo que vino un poco por ahí. Y también por una conversación que pude entender en el bar de aquí, cerca de mi casa, que es un bar que cambió mucho, en un proceso de gentrificación. Antes era un bar proleta, de proletarios, la mujer que lo atendía era una vienesa fumadora. Yo había entrado una o dos veces y no le entendía una palabra de su dialecto proleta. Te veían, te ofrecían la peor cerveza, el peor vino y nada más. Y después vinieron los del distrito de al lado, como si fuese un soho, compraron el bar, gente del Partido Verde, y se llenó de gente no binaria de un día para el otro. Mi mujer decía: “Lo hicieron para que los borrachines de antes no vinieran más”. Primero pusieron plantas, porque las plantas alegran la vida y un alcohólico deprimente no quiere que le alegren la vida. Luego quitaron las cortinas que debían estar ahí desde 1938, cambiaron la carta, como el bar de Moe en Los Simpson, cambiaron los precios y cambió el ambiente: gente que articulaba, que pronunciaba de otra manera. Y un día estaba sentado en la terraza y escuché una conversación y eso fue el disparador del cuento.
—Si bien es un libro polémico, en el sentido que hablábamos, no es un libro antiprogre, no es un libro que se cierra. El cinismo y la ridiculización parecen estar puestos al servicio de mostrar una realidad compleja, de abrir un debate posible, ¿no?
—Exactamente. Lo que pasa es que el libro caricaturiza la masculinidad y la expone con sus miserias, pero no se limita a eso. Yo creo que quizás descoloca porque también caricaturiza el consumismo feminista. Porque si fuese solo lo primero sería más de lo mismo. Ya estamos habituados a criticar la masculinidad, está muy presente en la producción mediática, cultural, académica, institucional. Creo que el Ruso Berea siempre dice: “Decir sí es entretenimiento”. Es cumplir, obedecer. Veo el cine de hoy y las series: todos caen en un punto que yo defino como demagogia de género. A veces me pregunto si este cine con demagogia de género va a envejecer tan mal como las ficciones masculinoides de los noventa y ochenta.

—Otro cuento muy complejo en sus posibles lecturas es “Quisiera que estuvieras allí”: un escritor muy famoso, una escritura que nunca llegó a nada, y la idea de literatura que se va disipando en ese contrapunto.
—Sí, es un cuento que está abierto a muchísimas interpretaciones. Es la historia de una fuga mental, de una alucinación. El ambiente literario aparece retratado con saña. Para mí los cuentos de la vida literaria del libro tratan sobre el fracaso. El fracaso es el tabú de la literatura. El fracaso en la literatura solo despierta interés o aceptación cuando está enmarcado en una obra o trayectoria de éxito, o sea, las excepciones. La gente siempre habla de los treinta y siete ejemplares que vendió Borges de su primer libro, de todas las editoriales importantes que rechazaron Cien años de soledad, del gringo borracho paria de Bukowski que se convirtió en una diva, en una estrella pop cuando tenía más de cincuenta. El fracaso está admitido solo como testimonio de una épica de superación y reconocimiento. Vos podés ser un perdedor, podés presumir, pero siempre y cuando te haya ido bien, porque en el caso contrario, la mayoría, cuando el fracaso se queda en fracaso, es tabú. Nadie se hace rico escribiendo literatura. Después leés a esta gente en entrevistas que dicen cosas como: “El fracaso es una bendición”. Un ejemplo más mainstream es Paul Auster que hace mucho en una entrevista dijo que él escribe sobre fracasados porque en el fondo todos somos fracasados. Pareciera que el fracaso es solo patrimonio de los exitosos. Solo se puede hablar del fracaso desde ese lugar. Es como que el éxito valida la posibilidad de hablar del fracaso.
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