El lunes, Marilú Marini vuelve a París, donde vive hace más de 50 años. Se va como llegó: con una obra en cartel, el cuerpo en movimiento y la palabra afilada. Lleva dos meses en Buenos Aires (“¡lejos del calor!“, acepta con una sonrisa), el tiempo justo para protagonizar Manifestum y dirigir La lluvia de fuego, dos de las grandes apuestas de la temporada en el Teatro San Martín, ambas en la sala Casacuberta. Sobre ese doble desafío, y la continuidad de trabajo que lo hizo posible, cuenta: “Había una continuidad de trabajo y de entendimiento acerca del hecho que se transmitía. Gracias a eso y al conocimiento de los equipos creativos, de la sala, del lugar, del contacto entre nosotros, y del contacto tanto físico, porque estábamos corporalmente, presencialmente, todo el tiempo juntos y en contacto, como el de una continuidad de un espectáculo a otro, aunque la estética, aunque el tipo de material que se estaba haciendo vibrar, crear, era muy distinto, había algo que se transmitía.”
Marini nació en Mar del Plata en 1940, hija de madre alemana y padre italiano que tenía barcos de pesca. Fue la primera generación argentina. Cerca de los 30 años se exilió a Francia, donde construyó una carrera que la convirtió en referencia del teatro europeo y latinoamericano. En los años 60 había protagonizado la contracultura porteña y formado parte de los artistas revolucionarios del Instituto Di Tella. Ha recorrido un largo camino. Por eso, en una de sus últimas tardes porteñas, piensa cada palabra en su diálogo con Infobae Cultura. Habla y parece que recitara un texto arriba del escenario. Todo en Marilú es obra.
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En esta temporada de invierno en Buenos Aires, atravesada por el fútbol y las Malvinas, Marilú Marini interpretó Manifestum —una conferencia performática ambientada en el año 2300, sobre identidades fluidas y afectos, creada por Oria Puppo junto a Franco Torchia— y dirige La lluvia de fuego, pieza de Silvina Ocampo y Juan José Hernández que protagoniza Valeria Lois, con humor negro, farsa y vodevil. Y cuando llegue a París, su año no habrá terminado: retoma una obra de Pascal Ramberg que estrenó el año pasado y tiene en vista un proyecto de película. Marilú tiene 86 años pero es apenas un dato anecdótico.
En esta entrevista habla del trabajo artesanal y comunitario que hizo posible los dos estrenos en tiempo récord, de la Argentina que observó desde afuera, de su comentario en el programa de Mirtha Legrand que se viralizó en redes, y de por qué el teatro sigue siendo, en plena era de las pantallas, el lugar donde alguien de la tribu le cuenta una historia al resto. “Hoy en día es un lugar donde se da la magia”, reflexiona. “La gente va a escuchar y a ver una historia que le pertenece. Tenemos un contacto de cuerpo a cuerpo entre los que escuchan y entre los que cuentan.”
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—¿Cómo fue este período de dos meses en Buenos Aires?
—Primero hicimos Manifestum, el programa, la conferencia performática que había creado Oria Puppo, que hicimos con Franco Torchia, con Sol Lopatín en las luces y Diego Vainer en la música, y todo un grupo de autores de textos, que la curaduría la hicieron Franco y Oria. Fue fantástico y muy satisfactorio porque encaró el tema de la aceptación de la diferencia, de la identidad de género. Y luego de eso, que terminó el 16, el 28 de agosto estrenamos La lluvia de fuego. O sea que fue una batalla para armar y organizar los ensayos mientras estábamos actuando.
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Entre el final de Manifestum y el principio de La lluvia de fuego, ensayábamos en el mismo escenario. Y tuvimos ocho. O sea que es poquísimo. Pero gracias a esa continuidad y al conocimiento de los equipos creativos, de la sala, del lugar, del contacto entre nosotros, y porque estábamos todo el tiempo juntos y en contacto, se dio una continuidad de un espectáculo a otro, aunque la estética, aunque el tipo de material que se estaba haciendo vibrar, crear, era muy distinto. Había algo que se transmitía. Una continuidad de trabajo y de entendimiento acerca del hecho que se transmitía. Eso facilitó y hizo posible que cumpliéramos con los tiempos. Dijimos estrenamos el 28 de agosto y lo hicimos, no retrasamos el tiempo.
Quiero remarcarlo: la disponibilidad de las áreas de construcción, de decorado, pintura, escultura, vestuario, peluquería del Teatro San Martín. Todo el mundo realmente se puso la camiseta.
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—Después de esos dos meses, tan intensos como siempre en Argentina (para vos y para nosotros) ¿Con qué idea te vas de la Argentina?
—Siempre veo a los argentinos con una capacidad de adaptación a situaciones diversas y difíciles que es admirable. Es una situación muy complicada, socialmente y económicamente. Pero siento también que de cualquier forma hay una presencia de la gente frente a las dificultades. Hay una capacidad de invención, de cómo salir y cómo manejarse que es admirable.
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Hay una necesidad también de encontrar, no un refugio, sino un lugar de la gente: no para la queja, porque creo que la queja desgasta, sino para la invención de un futuro, de cómo sería, cómo podría ser... Tal vez esa invención pueda ser que esté equivocada, pero no importa, se probará con otra, se hará. Lo interesante es inventar, crear y no quedarnos quejándonos.
—En tu paso por el programa de Mirtha Legrand, hiciste un comentario que se viralizó particularmente en X e Instagram. ¿Supiste de eso, qué te parece?
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—Tengo una cuenta de Instagram que no manejo. Yo no estoy mucho en las redes, no me meto mucho. Pero sí, me imagino... En el programa de Mirtha dije lo que pienso de la realidad. Que hay que vivir en una sociedad en la cual la gente tenga derecho y acceso a las necesidades básicas que tiene un ciudadano y un ser humano: salud, educación, casa y acceso a la cultura. Es algo que forma el cuerpo ideológico y el cuerpo de pensamiento de un ser humano.
El Estado tiene que estar presente en esas necesidades humanas. Los ciudadanos también tienen deberes hacia el Estado. O sea, es algo recíproco. Todos tenemos una responsabilidad, pero no por sumisión. Luchar porque todas las personas y las comunidades que forman parte de un Estado tengan los mismos derechos y el mismo reconocimiento. Y de todas formas, yo pienso que una de las cosas importantísimas hoy en día es poder tener una comunicación y una acción en comunidad, en contacto. No en grandes masas, en número de gente, sino que justamente sea en comunidad. Que haya conexión, no solamente a través de las redes. Algo que se traduzca en una presencia.
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—En una época donde todo está mediado por pantallas, ¿Qué sigue teniendo de mágico el teatro?
—Siempre es necesario que nos cuenten historias. Es como los niños cuando a la noche necesitan que uno les lea un cuento. El teatro es uno de los últimos lugares, en este momento, que continúa siendo lo que fue: un lugar donde alguien de la tribu cuenta una historia al resto. Es algo que suscita imaginación. Y esa persona no está en una actitud pasiva. Esa historia genera no solamente recuerdos, sino que hay algo de su identidad, de su ADN como ser humano que está tocado y se mueve cuando escucha esa historia y es partícipe de ese acto.
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En el teatro tenemos un contacto de cuerpo a cuerpo entre los que escuchan y entre los que cuentan. Esa es la vigencia del teatro. El teatro es un trabajo artesanal, algo que se hace en comunidad.
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