
“Busco textos sobre lengua, migraciones, destierros, memoria. Desde mi primer libro de cuentos persigo este viaje ancestral. Busco la vida de Elia. Otras historias me atraviesan y las escribo: el alcoholismo de mi padre, la enfermedad de mi hermano pequeño, infancias rotas, duelos inacabables. (...) Me acompañan otros libros y no sabía, hasta que empecé a escribir estas páginas, que mis muertos vendrían a ejercer su derecho a hablar, en la lengua franca que convoca a los vivos. Incluso ellos tienen un derecho a decir, a ser reconocidos en sus islas remotas. Me vuelvo un umbral para esas voces y las de mis ancestras, incomprensibles e íntimas”.
(Leche de silencio, página 20)
Esto escribe en su nuevo libro la narradora y editora mexicana Socorro Venegas, nacida en San Luis Potosí, México, en el año 1972. Socorro es profesora de literatura y directora general de publicaciones y fomento editorial de la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México, donde creó la colección Vindictas, que recupera la obra de autoras latinoamericanas del siglo XX que no tuvieron el merecido reconocimiento a la hora de publicar sus obras.
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Es autora de los libros Ceniza roja, La memoria donde ardía, La noche será negra y blanca (ganadora del Premio Nacional de Novela “Carlos Fuentes” en la categoría Ópera Prima) y Vestido de novia. En Argentina, estas dos últimas novelas fueron publicadas por la editorial La Parte Maldita.
Días atrás, la escritora mexicana estuvo en Buenos Aires presentando su nuevo trabajo en la Feria de editores (FED). Se trata de Leche de silencio, publicado por Páginas de espuma, un libro de género híbrido que recupera la historia de su mamá (también, en menor medida, la suya propia) y lo hace a partir de largas conversaciones con una fuente primaria inobjetable: la protagonista, es decir, su madre. Elia (así la llama en el libro) es de origen indígena y hablante del náhuatl, una mujer sufrida que a los nueve años deja su casa por hambre y por razones que se irán revelando en las charlas; que forma una familia con un hombre que no siempre asume la responsabilidad de cuidar de los suyos y que atraviesa la mayor pesadilla: la enfermedad y la muerte de un hijo pequeño. A través de su historia es posible también leer la historia de una generación de mujeres, de una clase social y de una comunidad, la de los mexicanos de origen indígena que vivieron toda su vida con vergüenza y temor de hablar su lengua en voz alta.
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Lo que sigue es la reproducción de la charla entusiasta y a tres bandas (vida, literatura, política) que mantuvimos una mañana fría de agosto en un café de un barrio porteño que alguna vez conoció de cerca a compadritos y cuchilleros y que hoy encarna el costado más cool de la ciudad.

— Quiero que me describas la foto que está en la tapa de tu libro.
— Es una foto que parece ser, aunque mi mamá no está segura, que la tomó mi padre en el Zócalo de Cuernavaca. El Zócalo es el centro en la ciudad, la plaza a la que va la gente a caminar, ahí llevas a pasear a los niños. Y lo que hay detrás de nosotros es una fuente muy grande. En la foto original se ve el chorro de agua de la fuente; era un día de paseo familiar. En algún momento, cuando el libro estuvo terminado, pensando en una portada yo le propuse al editor que fuera una foto. Yo quería llevar hasta el final la conversación, la propuesta de este libro en el que hablo de mi madre, de mí, de Gabriel, mi hermano que murió. No quería ningún juego, ninguna sublimación. Yo quería a las personas de las que estaba hablando, aunque inevitablemente en la escritura se terminaron construyendo personajes. Y entonces le propuse al editor algunas fotos. Y eso sí quiero decir: enviar esas fotos es algo que solo puedes compartir con alguien a quien le tienes muchísima confianza, como yo se la tengo a Juan (Casamayor, editor de Páginas de Espuma). Hemos hecho ya cuatro libros. Me sorprende porque yo nunca he compartido estas fotos con alguien fuera del ámbito familiar. No son mías, además, son fotos del álbum de mi mamá.
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— ¿Y quién eligió la foto?
— Él eligió esta foto, que me conmueve en particular porque ahí Elia, que así la llamo en el libro, es la única que no mira la cámara. Me conmueve porque mi hermano no sonríe, ella no sonreía, era un niño que vivía con mucho dolor. Juan se entusiasmó mucho porque yo propuse además que usáramos el glifo náhuatl, que en general se asume que ese glifo significa “palabra” pero que ya en el libro yo me encargo de decir que es más que palabra, es la voz, es el aliento, de alguna forma es la necesidad de alcanzar al otro con tu palabra.
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— La necesidad expresiva.
— Exacto.
— Tu padre tomó la foto y no está entonces en la imagen, aunque sí está, y mucho, en tu libro.
— Sí. Es una familia pero no es extraño que mi padre no esté porque no estuvo mucho. Bueno, estuvo lo que pudo.
— Hay una imagen que usás para referirte a tu padre que me resulta impactante, elocuente aunque es durísima, y es “ebrio de derrota”. Quien te leyó antes, encuentra en este libro mucho de las cosas que están en tus otros libros. Hay otra imagen interesante y tiene que ver con la narradora y es cuando habla de que tiene el corazón “enderezado”.
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— Sí. En la medicina tradicional de la cultura náhuatl hay un momento en el que la persona está enferma porque ha perdido su sombra y eso impacta directamente en el corazón, ¿no? Como que te lo puede volcar. Entonces yo me acuerdo de que la forma de curar a las personas era buscarle la sombra y entonces en tu brazo iban sintiendo como el pulso.
— Claro.
— Es el corazón lo que están buscando. O sea, llamarle al corazón la sombra me parece bellísimo. Misterioso, también. Y entonces me acuerdo del dedo de mi abuela marcando, percutiéndome en el brazo. El dolor puede ser tan tremendo que te puede dejar girada completamente y la sombra, el corazón, pierden su lugar. ¿Cómo haces para que eso vuelva a su sitio? Una forma de que la sombra se acomode, de que la memoria también encuentre su lugar, pues ha sido conversando, entrando de nuevo a volver a mirar la vida, y eso se lo debo a la conversación generosa de mi madre, ¿no? Que quiso abrirse a pasar otra vez por episodios que ella pensó que no podía volver a contar.
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— Y a pasar por otros nuevos que nunca había contado.
— Y otros que no había contado y que ella misma no sabía que podía recordar. Que ni quería recordar.
— Es interesante porque, sobre todo en la última parte del libro, aparece mucho esta idea del presente histórico en el que las mujeres se permiten recordar determinadas cosas. Y hay como una necesidad casi de documentarlo, también, que es una manera muy solidaria entre mujeres. Y hasta tu madre, que no parece justamente una militante feminista, sin embargo fue tocada por esa varita…
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— De alguna forma, ¿no? Ella aprendió y es muy lindo esto que decías que uno se va dando permiso de recordar, pero también el permiso que ella misma se dio de hablar públicamente en su lengua. De decir, de jugar con eso también. Cuando a mi papá solo le enseñaba las malas palabras, por cómo se divierte con eso. Cómo aprende a jugar con su lengua con algo que le enseñaron que era peligroso mostrar. Y le quita completamente toda la carga del peligro, del miedo, del temor y que debe sentirse mal por lo que está pensando con respecto a que se hable en náhuatl. Cómo de alguna manera recupera algo de la rebeldía, del valor de esa niña de nueve años que se va de su casa.

— ¿Cuándo supiste que tu mamá se había ido a los nueve años?
— Yo creo que solo no puedo saber en qué momento. Es como preguntar en qué momento empiezas a recordar sobre la infancia, ¿no? Porque es una mujer a la que le gusta contar historias y le gusta contar su historia con gente, con sus amistades cercanas, con la familia. Entonces yo, como todos los niños en las familias, pues pescaba todo lo que oía. Los adultos no siempre tienen esta conciencia plena de lo que un niño está realmente absorbiendo. Yo era como cualquier niño, que jalaba todo como una esponjita. Y entonces escuché allí esa historia. Y como crecí con eso, para mí era parte de un…
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— De lo que podía ser algo natural.
— Fíjate, lo escuché como natural en ella pero nunca pensé que yo podría hacer algo así.
— Sí, pero a vos a los nueve años te pasaron otras cosas también.
— Me pasaron otras cosas. Las vi, las viví. Entre otras, descubrir que ella hablaba otra lengua a esa misma edad. Yo creo que cuando empecé a desarrollar ya un pensamiento crítico en el que me volvía a mirarla y decía: se fue a los nueve años, era una niña. La conciencia de la infancia, quizás. Cuando dejé de ser niña, y entonces empecé a mirar y me asombraba pero no hablaba de esto con ella. No le preguntaba.
— ¿Nunca le habías preguntado sobre estas cosas hasta que decidiste trabajar en este libro? ¿O de vez en cuando aparecían?
— Llegó a aparecer en la forma de un reproche. Cuando ella como que especulaba con la idea de divorciarse de mi padre y no lo concretaba y entonces yo me harté un día de la especulación y yo decía: ya quiero que por favor tome una decisión. Porque me ponía en medio, me hacía que yo como que lo reconciliara o que lo castigara, que lo reprendiera.
— ¿Cuántos años tenías?
— Eso me lo pidió toda la vida. Entonces, en cuanto pude esgrimir una crítica y me di cuenta de que tenía un poder sobre mi padre, porque a él le afectaba mucho lo que yo le dijera, entonces me empezó a usar como intermediaria para castigarlo, ¿cierto? Para regañarlo. Entonces yo aprendí eso con una naturalidad que me pesó después, porque se volvió una responsabilidad, eso de poner a mi padre en su sitio. En fin, un día me cansé de ese papel. Ya estaba casada, ya no vivía con ellos. Mi mamá todavía me pedía que intercediera y entonces vino en la forma de este reproche, le dije: bueno, tú que te fuiste de tu casa a los nueve años ¿por qué no puedes dejar a este señor?. No puedes ser más vulnerable ahora de lo que eras antes.
— Claro.
— Y no me di cuenta del daño que hacía. Pero yo pensaba, como piensan los padres con sus hijos, que era por su bien, porque a veces también eso hacemos con los padres, intercambiamos roles y aquí pasaba todo el tiempo. Entonces, cuando pudimos conversarlo desprejuiciadamente y sin la carga del reproche, sino con pura curiosidad y con ternura te diría, incluso, que traté de buscar siempre que hubiera ese tono en nuestras conversaciones, no quería ni necesité nunca en estas conversaciones confrontarla.
— Hay un momento que sí lo hacés.
— ¿Cuál es?
— Cuando le preguntás si ella no tenía miedo de que a vos te pasaran las cosas que le pasaron a ella. Y luego te arrepentís.
— Sí, me arrepiento. Y ese fue un momento en el que, qué bueno que lo mencionas porque no me lo esperaba, ¿no? Me sorprendió muchísimo y me defendí como pude de ese momento. O sea, yo creo que había algo en mí que lo intuía porque siempre pensé que había otra razón para que quisiera irse.
— Claro, la pregunta era por qué se fue. No era solo hambre. No eran los zapatos que faltaban. ¿Qué era? ¿De qué se escapó?
— Pero para ser justa no solo me defendía de esta confidencia tremenda sino que, también, ahí había un resentimiento guardado. Igual que cobré conciencia en algún punto de que esa niña se fue de su casa y todo lo que le pudo haber ocurrido a esa niña, también en algún momento cobré conciencia de esta otra niña que era yo y de todo lo que me pudo haber pasado a mí, empujada por mi mamá para cuidarle al esposo. Siempre me asignó a esas tareas muy adultas quizá porque ella también tuvo asignadas ese tipo de misiones. Entonces me daban la misión de cuidar de mi padre, que ha sido también un tema de escritura, y claro que había algo allí que yo quería decir y salió en ese punto sin que yo hubiera querido que saliera así. Pero tal vez es que no sé de qué otra forma podría haber surgido. Y sí que es uno de los momentos más difíciles. Y refleja creo que algún mecanismo que está también en lo que escribo, sea o no sea ficción, que es que no me asusta, no me corto con un tema que me expone. Con un tema que puede ser difícil. Me gusta ir como al hueso. Ni siquiera me pregunto si es necesario o no. O sea, para mí de entrada es necesario tocar hasta el fondo la fibra de los personajes. Y en este caso terminé siendo yo misma el personaje y Elia allí tenía mucho, no miedo, pero sí tenía como…
— Resquemor.
— El resquemor, pues como algo que me recordaba todo el tiempo. Quería recordarme todo el tiempo que no quería escribir una apología ni una defensa de mi madre, ni de mí, ni de las decisiones que tomamos, ni romantizar, no idealizarnos, tampoco victimizar. No quería ningún discurso pero menos el de la víctima. O sea, quería mostrar un jirón de vida y que era, y que es una vida que importa en medio de un discurso y de una narrativa. La narrativa del país racista en la que esas personas tendrían que ser eliminadas. En el fondo no estoy hablando tanto de lingüicidio sino de que se quiere eliminar a los indígenas. Esa sigue siendo la misión, estoy convencida de eso. Estorban.
—Tu libro es de un nivel de ambición fabuloso, porque es un libro sobre la lengua, es un libro sobre la memoria, es un libro sobre el duelo, es un libro sobre la lengua de origen silenciada y exterminada por el colonizador. Es mucho. Si no lo hacías a partir de la historia personal era imposible que pudieras abordar todo eso. Habrías necesitado una enciclopedia de nueve tomos, por lo menos.
— Y no quería que fuera un ensayo, tampoco.
— Eso te iba a preguntar en relación con el género. Porque por momentos parece tu autobiografía o la autobiografía de tu madre escrita por vos.
— Sí, sí, sí.
— Hay algo así.
— Bueno, Jamaica Kincaid tiene este libro justo que se llama Autobiografía de mi madre. Me hubiera encantado usar ese título pero ya estaba (risas). Me parece muy importante esto que decías porque sí sentí durante el proceso de escritura que era un proyecto muy ambicioso. Y no quise bajarme de allí. Tengo la prueba de eso, tengo siete manuscritos. Siete versiones. Que no terminaba de entender cómo tenía que escribir esto.

— No terminaba de cuajar.
— No terminaba. Nunca antes necesité como con este libro gente de confianza para que lo leyera. Y ahí estuvo Clara Obligado, ahí estuvo Silvia Aguilar, la propia Yasnaya Aguilar, la que aparece en el libro, que su lectura es fundamental. En mi vida es fundamental. Es la primera persona que me dijo: tú no tienes por qué sentir culpa de no hablar náhuatl. No es tu culpa. Y me abrió el mundo. Entonces, estas mujeres me acompañaron como en los partos tradicionales, que están otras mujeres contigo. Esas mujeres me acompañaron en este alumbramiento. Y yo decía: este libro me está escribiendo a mí. Porque, además, busqué otras voces de escritores, otras miradas, y empecé a darme cuenta de que había algo aquí. Lo descubrí con Yiyun Li, cuando está pensando en la muerte (N. de la R.: autora de origen chino, radicada en Estados Unidos. Sus dos hijos se suicidaron siendo adolescentes y ella escribió Más allá de las razones y En la naturaleza las cosas crecen, dedicados a sus vidas. Ambos libros están traducidos por la editorial argentina Chai). ¿Sabes qué me pareció alucinante? La inteligencia. Estamos, creo, como más entrenadas para encontrar este discurso, esta verdad emocional, y yo privilegio eso. Pero ella privilegia la inteligencia sobre las cosas. Y, además, como no quiere que su madre la lea, escribe en otra lengua, que eso es con lo que yo me conecté al principio.
— Eso es algo que hacés para moderar tanto tema árido, doloroso, filoso: te aferrás a la literatura y a la poesía. Todo el tiempo eso aparece en esta mujer lectora que narra, que fue la niña que encuentra una novela en el velatorio de su hermano. Esa escena de iniciación es muy poderosa porque la lectura es lo que salva y es también aquello a lo que huye esa niña que está en carne viva, ¿no?
— Sí, yo no sé qué hubiera sido de mí sin esa novela francesa.
— ¿Supiste quién la dejó?
— Sí. Y no es un personaje querido en la familia pero yo, en secreto, le tengo que agradecer mucho. Y él sabe que dejó su libro y no me lo pidió de regreso. Y él también me regaló un disco de Beethoven, todavía un LP. Una pieza musical de Beethoven, otra de Bach, otra de Brahms. Una antología.
— Fue un mentor extraordinario.
— Solo esas cosas me regaló distraídamente. Como que las olvidaba o me las daba, no sé. Y me cambió el mundo. O sea, yo estaba huyendo de la manera más desesperada en que se puede huir sin moverte de tu lugar. Yo era una niña que no me iba a ir de mi casa. Pero me estaba yendo. Estábamos destruidos todos. O sea, imagínate, años de ver la decadencia física de un niño.
— Hay una escena hermosa en la que los dos se recuestan contra la pared y el perro les lame los pies. Y hay otro momento del relato que es tristísimo, que es cuando Elia va por ahí diciéndole a otras mujeres en la calle que se le murió su hijito. ¿Fue tu madre la que te contó esas escenas?
— Sí. Hay varios momentos en los que ella me cuenta cosas llorando. Cuando me contó eso, ella lloraba y yo también estaba llorando. Cómo necesitas contar tu dolor, ¿no? Que no significa que sea inteligible necesariamente para otros. Pero ella necesitaba sacarlo.
— Volvemos a lo que es expresar y lo que es la lengua. Lo que es poner en palabras. Hay otro personaje hermoso de tu libro que es Sara, una hermana de tu madre que es sorda, tiene dificultades para hablar.
— Ah, sí, sí.
— Que es un personaje delicioso que, además, tiene algo de la Rebeca de Cien años de soledad de García Márquez, con eso de que comía el adobe de las paredes.
— Sí. Pero hay algo fisiológico allí. Hay una necesidad, me parece. Es una carencia. Estaban desnutridas las dos niñas.
— Exacto. Pero ese personaje que además arranca de una manera y después empezás a contar otras cosas que tienen que ver con esa necesidad de masculinizarse que tenía Sara, también.
— Sí, sí. Porque ella vio muy pronto que era peligroso ser una niña.
— Ahí me quedó una duda porque hay un momento en el que mencionás que la madre iba viendo cómo le crecía la panza pero no decís más que eso.
— Sí.
— Fue deliberado y por una cuestión familiar no seguir hablando de eso, me imagino.
— Yo creo que este libro sería más extenso si hubiera seguido todos esos cabos que quise dejar allí. En otro momento sí digo que tuvo hijos y que hizo lo que quiso. Que eso de la discapacidad…
— No la limitó.
— Para ella no hubo discapacidad.
— Es muy lindo el momento en que hablás de cómo Sara construye con señas un diccionario para nombrarlos a todos. Es muy hermoso todo eso.
— Ella lo creó. Y la otra cualidad es que no solo lo crea sino que hace que los demás lo aprendan. Porque si no no te puedes comunicar con Sara. Y todos queríamos comunicarnos con ella porque la necesitábamos. Era la que nos cuidaba a los niños.
— Hay una cosa maternal para vos también en esa figura, ¿no?
— Mucho, mucho. Yo en algunos momentos de mi infancia me recuerdo muy pegada a ella porque no estaba mi madre. Entonces era lo que me llegaba de mi mamá.
— ¿Cuántos años te lleva?
— Sara debe llevarme unos, como mucho 12, 13 años. No mucho.
— Podría ser tu hermana.
— Podría ser mi hermana, fácilmente. Y la quiero muchísimo. Ahora prácticamente no nos vemos pues ella hizo una familia, tiene un nieto. Hizo su vida. Nunca pidió nada. O sea pedía cosas que no parecía que las pedía, ¿no? Eran como necesidades, que le escribieras algo porque ella necesitaba ir a tal lugar, entonces te describía el lugar. Tú se lo escribías para que ella pudiera decírselo al taxista o al del camión (N. de la R.: colectivo o autobús) al que se iba a subir.

Poder, machismo, discriminación
— Te voy a hacer una pregunta de tipo político ya que veníamos hablando a lo que significa ser mujer en México, en el caso de tu familia ser mujer y de origen indígena. La llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, ¿cambió algo en relación a la cabeza de la gente en tu país en materia de machismo?
— Yo creo que más de lo que ahora sabemos o de lo que ahora tomamos nota. Tú imagínate las niñas creciendo, cuántas niñas pueden ver que una mujer puede llegar allí y que esa mujer es científica. Esa mujer no viene de la política. No. Viene de estudiar ciencias en la universidad pública. Además me parece maravilloso; uno podrá decir se equivoca, no se equivoca, como puedes decir de cualquiera, y quién está más escrutado que ella. Pero hay que respetarla y reconocerla.
— Entonces lo que decís es que ahora no se dan tanto cuenta pero que necesariamente tiene que dejar una marca el hecho de que haya una mujer presidenta en México.
— Una marca que está allí. En un país que es tan machista.
— Hombres importantes en tu familia y en tu vida se terminan yendo de casa o se mueren. ¿Qué huella deja eso en la estirpe, en el linaje familiar?
— Son ausentes. Y parece natural que sean ausentes. Le pregunté eso a mi mamá muchas veces, por qué no te divorcias, por qué no te separas. O sea, aguantas todo. “Ya volverá, si es que vuelve”. Y mi abuela misma, ¿no? Cuando yo le pregunté: bueno, y qué vas a hacer si regresa. “Nooo, me va a ver toda viejita”. Me encantó esa respuesta. Y hablaba poco de él además. Pero sobre todo hablaba con mi mamá porque comparaba a mi papá. Mi papá no es un hombre alto, mi abuelo sí, y entonces mi abuela le decía: mira, tu papá es un hombre alto, fuerte. Un hombre… O sea, sí había un ideal. No importa que se ausentara. Eso es lo natural. Lo que se espera. Y mi fantasía era en algún momento presentarles a mi abuela y a mi madre un marido que hablara náhuatl. Como encontrar la manera de llegar a ellas de otra forma. Elia me protegió de la discriminación mediante el afantasmamiento del náhuatl. Esa fue una de sus estrategias de cuidado. De acuerdo, me protegió entre comillas, pero también me privó de una parte del vínculo.
— Y a tus hermanos tampoco les enseñó.
— No, a ninguno.
— Era la lengua que los podía condenar.
— Y no está tan lejos de la realidad. O sea, en México, si tú eres indígena equivale a que estás condenado a ser ignorante, a ser pobre y a que el mundo no se abre para ti. Así de sencillo.

— Determinismo puro.
— Determinismo puro. Tú a qué puedes aspirar, a seguir en una casa. O sea, hasta cierto nivel, hasta cierto punto, te van a dejar. Luego no, tú no puedes. Y además añades la proposición, ya están los estudios hechos, de que la piel oscura, solo por eso, ya no tienes que reconocer un origen indígena. Está en tu genotipo. Y entonces admiramos estas historias de los indígenas de la historia prehispánica, pero también al presidente Benito Juárez, que era toda la leyenda, un indito de Oaxaca que bajó del cerro donde cuidaba ovejas. Hasta hay una expresión súper racista en México cuando te refieres a un indígena que es decir: bajó del cerro a tamborazos, ¿no? Todo eso es súper discriminatorio. Entonces esos son los indígenas a los que admiramos. No son los mismos que ves en la calle hablando. O sea, esos no son dignos de admiración. Son estos que deberían estar en el museo y que fueron excepcionales, que pueden ser presidentes, pero que en cuanto tuvo la presidencia pues su vinculación ya no fue con las comunidades indígenas, buscó también como blanquear su propio origen.
— Hay sesenta y ocho lenguas originarias que quedan, ¿no? Esas lenguas fueron contaminadas por el español, imagino. No debe ser el mismo náhuatl.
— De ida y de vuelta. El español también fue contaminado, sí, por supuesto. Que eso pasa, como dice Clara Obligado, porque las lenguas tienden al encuentro, entonces se encontraron.
— Y a los injertos.
— Y a los injertos, exactamente. Entonces también hay lugares en México donde puedes encontrar todavía en escritos en lenguas originarias los nombres de los lugares, de los establecimientos. En algunos lugares mucho más asumido que en otros. Yo he tenido siempre como este impulso de recuperación, de darle valor a las lenguas indígenas en términos profesionales. Donde he trabajado, he buscado generar proyectos que vayan hacia esto. Y hace muchos años coordiné un programa de fomento de la lectura en todo el país con voluntarios y comencé a averiguar si llegaba a comunidades indígenas. Si llegaban los libros a esas comunidades. Y entonces organizamos un encuentro de niños lectores en lenguas originarias. Esos niños recibían libros sólo en español.
— ¿Entonces?
— Pues ya se empezaron a hacer ediciones bilingües. Pero lo que aquí quiero contar es cómo fue cuando reunimos a esos niños. Pues venían niños del norte del país de la de la comunidad tarahumara (N. de la R.: de Chihuahua). Niños de Oaxaca. Zapotecas, que hablan zapoteco. Niños nahuas, mayas. Y entonces tú veías, por ejemplo, la niña de Oaxaca cantó una canción en zapoteco pero los niños tarahumara casi, casi sólo ellos podían escuchar lo que decían. O sea, había una cosa como de una lengua que se parecía más al silencio que a una voz. Entonces puedes ver allí cómo están los mandatos del silenciamiento de estas lenguas y, por lo tanto, de todo lo que expresan esas culturas, esos pueblos originarios. Entonces yo pienso que no es algo del pasado. Creo que eso es algo que persiste y que, por esa razón, la tendencia es que las lenguas originarias desaparezcan. ¿Para qué van a aprender los niños una lengua que tienen que mantener en silencio expreso, como una condena?
— Mientras te escucho no puedo dejar de escuchar el sonido ambiente del mundo de las ideas de hoy. Y una madre o un padre podrían preguntar: ¿qué practicidad puede tener hoy una lengua que solo hablamos entre pocos y que cada vez hablamos menos? Hoy se exige practicidad, productividad. ¿Qué se contesta cuando vienen con ese sistema de valores?
— Claro. Creo que también hay una simulación de que hay políticas que revitalizan las lenguas.

— Y es eso, una simulación.
— Sí. Entonces se trata primero de tener conciencia de que hay un valor en esto que has heredado. Que no es una lengua. Que no es una minusvalía lo que has recibido. Es una riqueza que te habla de quién eres. De quiénes fueron tus padres, tus ancestros. Que debes estar orgulloso de eso que has recibido porque han resistido tantos embates políticos, históricos, ¿no? en procesos donde lo que se quiere es eliminar a los indígenas, no tanto las lenguas sino lo que representan. Porque lo que representan los indígenas es como un mundo antiguo, algo que ahora no tendría ni tiene un valor práctico. Pero, al mismo tiempo, eso es lo que hace fuerte a una nación. Esos son los valores a los que se está apelando cuando ahora se habla por ejemplo de la lucha contra las drogas y de que hay que recuperar valores actuales. ¿De qué estás hablando? Y esto es tejido comunitario, también. Una lengua es lo que le da cohesión, lo que hace que comprendan y compartan en común historias, leyendas, la medicina tradicional. Es lo que tenemos en común. A mi maravilló que hubo un momento en que le pregunto a mi mamá: ¿qué expresión te gusta más de la lengua? Y me dijo una que significa: qué bonita luna. En esa conversación le hablan a los astros. Y me la imaginé en su pueblo, junto al volcán, con esos cielos limpios llenos de estrellas. Qué conversaciones ha tenido esta cultura con el cielo que nunca he tenido yo.
— En tu libro se habla de la leche y del amamantamiento. ¿Qué vínculo ves entre eso y la memoria, la tradición y la lengua?
— Bueno, yo llegué a pensar que hablar de lengua era hablar de mi madre. Si uno se pregunta por lengua materna tiene que ir a de alguna forma a interrogar a la madre. Interrogarla en un sentido incluso metafórico porque a veces ya no está. Mi fortuna es que está viva, que pude conversar esto con ella. Pero también en el proceso entendí por qué estos libros suelen escribirse de manera póstuma. Y es que puede ser súper incómodo, también. Ella puede hablar de sí misma sin mucho pudor, quizá por eso también yo he escrito desde mi experiencia más personal muchas veces. Y a veces trabajo en clave de ficción esas historias muy, muy mías. Pero ella quiso abrirse, quiso contar esto, compartirlo y está contenta. Por supuesto que lo leímos juntas y fue tremendo. Me pidió que lo leyera yo en voz alta con ella.
— Tu madre te ayudó con la lactancia, para seguir con la pregunta anterior.
—Surgió esta historia de cómo después de un tiempo en el que estuvimos más bien distanciadas, no intencionalmente ni con resentimiento, nada, simplemente me mudé a otra ciudad, en fin, cuando nace mi hijo es como que las moléculas otra vez se juntaron. Tenían que juntarse. Y entonces ella viene y me ayuda a encontrar la forma en que el niño acepte seguir su alimentación con la leche materna porque no toleraba la leche, su forma. No podía con eso. Y ella en vez de seguir luchando, de imponerle, encuentra una forma con un gotero. Tiene como esta suavidad y esa habilidad creativa para buscar por dónde solucionar algo. Y entonces tiene esa manera de responder al hambre del bebé. Y fue parte de lo que me hizo pensar que por allí iba el título del libro. A ver, hay madres que no han podido lactar pero para mí aquí leche es más el lenguaje, más lo que le trasladas a tu hijo, que puede ser efectivamente leche materna pero que sobre todo es lengua materna. Eso es el alimento, lo primero con lo que vas nutriendo a tus hijos. Esas palabras que usas, esos giros de lenguaje, esos códigos. Y, por supuesto, los silencios también. Y todo eso que ellos están leyendo en el rostro de la madre cuando los está alimentando.
— Hay una palabra muy importante, y que en la Argentina solo se usa para designar la tristeza, que es “pena”. Y que ustedes, y también en otros países latinoamericanos, usan también como sinónimo de vergüenza o pudor.
— Sí, sí.
— Y la palabra pena es una palabra que en tu libro tiene el doble sentido todo el tiempo porque hay mucho dolor, hay mucha lástima y hay también mucha vergüenza. Dice mucho esa palabra.
— Y dice mucho quizá en esta acepción a la que me costó llegar, que es hablar de la vergüenza del dolor.
— Sí, también. Sí.
— La vergüenza del deudo, del que ha perdido a alguien o del que ha atravesado una situación muy dolorosa. Reconocer esa situación. Reconocer que allí estuviste en una carencia, ¿no?
— Y perdido.
— Perdido. Para mí, por ejemplo, fue quizá una de las cosas más difíciles de contar ese momento en el que mi madre no me quiso ver después de su parto.

— Bueno, tu padre es quien te devuelve a sus brazos cuando recién naciste.
— Que es otra gran lección para quienes hacemos literatura. Otra vez, o sea, no hay blanco y negro, buenos o malos.
— Empezaste así, diciendo de él que “hizo lo que pudo”. Pero a esa conclusión se llega no solo por la literatura sino por la edad, me parece. Más grandes nos ponemos y más nos damos cuenta de que la mayoría de las personas hacen lo que pueden. Nosotros también.
— Sí.
— Hay dos momentos en que tu madre deja de mirarte: después del parto y luego de la muerte de Gabriel, cuando deja de mirarte porque en realidad deja de mirar el mundo. Insisto con las cosas que puede enseñar la edad.
— Sí, hay una sabiduría ahí, ¿no? Que viene también del cuerpo, de tu propio cuerpo. Sí, eso me gusta. Me gusta esa noción. Pero yo no sé si lo estaba viendo desde ese lugar. Creo que en mí ha estado, y sobre todo pienso en La noche será negra y blanca, que no es una novela que yo haya escrito ya madura.
— No claro.
— Fue mi primera novela. Pero ahí había algo que no ha dejado de moverme a escribir y es tratar de encontrar que no hay culpables. Es esta necesidad de tratar de ver con cierta justeza a las personas, al mundo.
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