
El neurocientífico sudafricano Mark Solms sostiene en The Only Cure (La única cura) que Freud no solo anticipó hallazgos de la neurociencia moderna, sino que el psicoanálisis sigue siendo el enfoque más eficaz para tratar trastornos emocionales, una tesis que reaparece en un momento de fuerte desencanto con la psiquiatría biológica y sus resultados clínicos.
Ese malestar no es abstracto. Thomas Insel, director del Instituto Nacional de Salud Mental entre 2002 y 2015, revisó en 2017 los USD 20 mil millones invertidos en investigación y concluyó que no habían logrado reducir el suicidio, las hospitalizaciones ni mejorar la recuperación de decenas de millones de personas con enfermedad mental. Ya en 2019, la historiadora médica de Harvard Anne Harrington resumió el balance de la psiquiatría biológica con una fórmula dura: exageró, prometió demasiado, sobrediagnosticó y sobremedicó.
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Esa decepción es el punto de partida de la defensa de Solms. El neurocientífico parte de una pregunta que parecía cerrada desde hace décadas: si la caída del freudianismo dejó algo mejor en su lugar.
La ruptura con Freud fue profunda. Tras el apogeo de su influencia cultural y científica hace unos 70 años, la historia posterior de la psiquiatría fue, en gran medida, una renuncia a sus conceptos y a sus métodos.
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En 1963, el filósofo de la ciencia Karl Popper convirtió al psicoanálisis en ejemplo clásico de “seudociencia”. Su objeción era estructural: si una teoría pretende explicarlo todo y no puede ponerse realmente a prueba, deja de explicar nada.
La trayectoria de Solms le permite ocupar un lugar inusual en esa discusión. Tiene cientos de artículos científicos, media docena de libros y un laboratorio que identificó una vía específica del cerebro anterior vinculada a la estimulación de los sueños, además de cuestionar la idea de que soñar depende del sueño REM.
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También ejerce como psicoanalista. Atiende trastornos neurológicos como ictus, Parkinson y demencia, y cuadros psiquiátricos como ansiedad, depresión y psicosis.
Para describir ese cruce acuñó el término neuropsicoanálisis. Su planteo combina técnicas clásicas como la asociación libre y la interpretación de sueños con hallazgos recientes de la neurociencia, y busca mostrar la base científica para conceptos freudianos como el principio del placer o el superyó.
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El libro se apoya además en un trabajo filológico de largo plazo. Durante 29 años, Solms trabajó en una nueva traducción completa de Freud: 24 volúmenes aparecieron en 2024 y otros cuatro, dedicados a neurociencia e incluidos textos inéditos en inglés, se publicarán en 2028.

Ese archivo le sirve también para corregir algunas imágenes instaladas sobre Freud. Entre los documentos recuperados figura una carta a una mujer que le pidió “curar” la homosexualidad de su hijo, en la que Freud responde que ser gay “no es motivo de vergüenza, no es un vicio, ni una degradación; no puede clasificarse como una enfermedad”.
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La frase adquiere relieve histórico por contraste. La Asociación Psiquiátrica Estadounidense mantuvo la homosexualidad clasificada como “trastorno sociopático de la personalidad” o “desviación sexual” hasta 1973.
Solms no presenta a Freud como un autor infalible. Acepta críticas importantes y llama a la pulsión de muerte un “error flagrante”, mientras que sobre sus teorías sexuales escribe: “No se puede evitar la conclusión de que Freud tenía todo esto bastante confuso”.
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Una de las dos tesis centrales del libro es que Freud merece reconocimiento por haber anticipado desarrollos de la neurociencia. Solms sostiene, por ejemplo, que describió la consolidación de la memoria de corto plazo en memoria de largo plazo medio siglo antes de que se descubriera su mecanismo neuroquímico.
Para reforzar ese punto cita a Eric Kandel, premio Nobel por identificar ese mecanismo, quien coincide en que el psicoanálisis es “la visión más coherente y satisfactoria de la mente” y que la neurociencia puede ofrecer el nuevo marco intelectual para revitalizar la psiquiatría.
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El otro gran eje es el inconsciente. Freud planteaba que gran parte de la conducta y de la personalidad está gobernada por impulsos y motivaciones ocultos, y que la conciencia muchas veces racionaliza después decisiones tomadas por otras vías.
Esa idea, durante mucho tiempo difícil de demostrar, encuentra hoy apoyo en técnicas de imagen cerebral. Estudios con fMRI muestran que, cuando se exponen imágenes aterradoras o rostros enfadados a una velocidad demasiado alta para su percepción consciente, el cerebro igual registra el estímulo: aumenta la actividad de la amígdala y luego suben la frecuencia cardíaca, la presión arterial y las hormonas del estrés.
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La tesis más provocadora de Solms no se refiere a Freud como precursor, sino a la eficacia terapéutica del psicoanálisis. Afirma que existe evidencia abundante de que sus variantes son “sorprendentemente eficaces” y, en ciertos casos, tan fiables como la insulina para la diabetes tipo uno o la vacuna contra el HPV para prevenir el cáncer de cuello uterino.

Para sostenerlo, cita estudios de los últimos 40 años que ubican a la terapia conversacional psicoanalítica por encima de antidepresivos, terapia electroconvulsiva o antipsicóticos en distintos cuadros, y añade que produce un fuerte “efecto tardío”: la mejoría continúa después de terminado el tratamiento.
Ahí aparece el mayor punto de fricción del libro. Los estudios elegidos por Solms son selectivos y dejan fuera matices importantes, e incluso evidencia contradictoria, para reforzar su argumento contra la farmacología y a favor de la terapia psicoanalítica.
Sus conclusiones, de todos modos, son tajantes. Sostiene que casi todos los trastornos psiquiátricos definidos en los manuales diagnósticos se entienden y se tratan mejor de forma psicológica que farmacológica, que hoy no existen curas fisiológicas en psiquiatría y que la psicofarmacología funciona en gran medida como una supresión de síntomas que evita enfrentar lo que los pacientes realmente necesitan.
Esa posición lo acerca, aunque sin compartir sus afirmaciones falsas, a la crítica pública contra los antidepresivos que impulsó Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud y Servicios Humanos. El contexto ayuda a entender por qué el ataque a la medicación encuentra eco: hoy uno de cada seis estadounidenses toma un antidepresivo.

Solms admite, de todos modos, que los tratamientos fisiológicos pueden aliviar síntomas aunque no curen. La publicación señala que esa concesión no impide que su ataque a la farmacología resulte excesivo, porque si bien muchas personas reciben ISRS sin necesitarlos, otras quedarían incapacitadas o morirían sin ellos.
El libro encarna esa apuesta en un caso clínico extenso: el de Teddy P, un médico con depresión, disfunción sexual, insomnio, cefaleas, confusión mental, convulsiones y posibles signos de demencia. Solms concluye que el cuadro era psicológico, atribuye parte del deterioro a la cascada de fármacos recibidos, retira la medicación y emprende un tratamiento psicoanalítico.
La historia se resuelve después de cuatro años de trabajo. La depresión y la ansiedad, disminuyen los problemas sexuales y de apego, y una mayor conciencia de sí mismo lo libera de compulsiones inconscientes dañinas hasta convertirlo en un médico destacado.
En ese punto aparece la definición más simple de todo el edificio teórico. Solms escribe que el objetivo de la psicoterapia es “ayudar a los pacientes a encontrar mejores formas de satisfacer sus necesidades emocionales” y, en otra formulación, que “el psicoanálisis es una cura lograda mediante el amor al prójimo como a uno mismo”.
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