
“Hoy no me da vergüenza. Me dio vergüenza, pero hoy no. Y creo que por eso me gusta compartirlo, porque me parece que no es algo de lo que haya que avergonzarse”. Claudia Piñeiro habla tranquila, sonriente, desde el otro lado de la pantalla. Firme, como se la puede ver. Acaba de publicar Mi miedo xixi, un libro para chicos sobre una nena que tiene tanto miedo de hacerse pis que controla cada movimiento para que no le pase. Inventa estrategias, mide adónde va y adónde no va según si llega o no al baño. Pero termina, bueno, haciéndose pis dormida, en la cama.
“Me parece que no es algo de lo que haya que avergonzarse; es un problema porque todavía no controlás el esfínter, en algún momento lo controlás y se terminó. Pero mientras lo vivís, te parece que no se va a terminar nunca, que vas a ir a trabajar y te vas a hacer pis en el camino. Te parece imposible de solucionar. Y un poco lo que me interesaba transmitir era eso, que hay cosas que en la infancia te parecen que nunca van a mejorar y terminan pasando, y les damos una dimensión mayor a la que tienen”.
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El libro -que ilustra con ternura Lulú Maranzana- fue publicado por Siglo XXI para chicos, en una colección donde también está, por ejemplo, Martín Kohan. Son autores que tradicionalmente hacen literatura para adultos, pero que aquí miran un hecho de su infancia y lo cuentan. Una colección más bien autobiográfica. Y así es Mi miedo xixi: autobiográfico.

—Un poco jugado hablar de cuando te hacías pis en la cama, ¿no?
—Es un tema que en las familias cuesta muchísimo. Que se trata de ocultar. Entonces me parecía que esas cosas es mejor exponerlas, porque cuando te das cuenta que le pasa a tanta gente, te sentís mucho más “normal”. Y cuando te das cuenta que eso en algún momento se termina, te sentís más “normal” todavía. No, la verdad es que hoy no siento vergüenza por decir que yo cuando era chica me hacía pis en la cama.
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—¿Cómo eras vos de chica?
—Creo que era bastante sobreadaptada en un punto y probablemente el tema de hacerse pis en la cama tiene que ver con liberar en algún lado esa sobreadaptación. Y era súper buena alumna, muy aplicada, pero a la vez me elegían mejor compañera. Tenía muchos amigos. Igual, siempre me sentí un poco sola, pero desde el punto de vista de tener intereses que no todo el mundo tenía.
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—¿Como qué?
—La lectura, lo que pasaba en el mundo... cosas quizás más adultas. Y en esos intereses quedaba sola.
—¿Eras medio Mafaldita?
—Sí, pero no Mafaldita, en ir a decirles cosas a los demás. Todo eso era dentro de mi casa. Afuera, me comportaba hiperbien. Igual te digo esto y por otra parte he ido a la dirección en algunas oportunidades por decir cosas, sobre todo políticas, pero ya más cerca de los primeros años del colegio secundario. Me pasó que me llamaran a la dirección para preguntarme si yo era comunista. Había una profesora que estaba hablando de China y decía del control de la natalidad. Y yo le pregunté: “Pero ¿hay, hay comida para todos en China? Porque si no hay comida para todos, a lo mejor es mejor que no todos tengan tantos hijos”. Me mandó a la dirección para que me preguntaran si era comunista, si mis padres eran comunistas. Por supuesto, era la época de la dictadura...
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—¿Reconocés algo de esa nena en vos hoy?
—Reconozco esa cosa de tener que siempre como marcar si hay algo que está mal en lo que tiene que ver con lo social, con lo comunitario. Siento la responsabilidad de decir algo.
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—¿Este libro te llevó a volver a pensar en la infancia? ¿Te hiciste un viaje a la infancia?
—No a todos los aspectos pero sí a muchas cosas que tenían que ver con estas situaciones y con algunas vergüenzas y con algunos miedos. Podría haber sido una niña un poco más relajada, también podría ser una persona más relajada. Me hacía demasiado problema por las cosas, algo que también me sigue pasando ahora.
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—Bueno, justamente lo que contás acá es como un quiebre de eso, literalmente una fuga.
—Claro, es por donde yo me escapaba. Es el lugar donde no controlás.
—¿Cómo elegiste el tema?
—Primero pensé que tenía que ser algo feliz, porque el de Martín Kohan se llama El tiempo más feliz. Y aunque el mío termina bien, hay momentos de angustia o de tensión. Pero yo quería contar esto. No tenía ganas de contar cuando iba a la plaza con mi mamá, qué sé yo. Esos recuerdos no me provocan mayores cosas y esto sí me las provocaba.
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—¿Vos extrañás algo de esa nena?
—No, pero no porque no me guste esa nena sino porque las cosas que me gustan las conservo. Y lo que no, lo fui dejando por el camino. No tengo muchos arrepentimientos. Extraño la conversación con mi papá y mi mamá, eso sí. Me parece que tendríamos que haber conversado más tiempo. Mi papá se murió muy joven, a los cincuenta y pico de años. Mi mamá no se murió tan joven, pero todavía teníamos mucho más para hablar. Y cuando pasan cosas en el país, todo el tiempo me imagino qué pensaría o qué diría mi mamá. Las dos éramos muy de comentar la política cotidiana. Mi mamá, particularmente, tenía muchísimo humor, entonces te hacía reír. Con algunas cosas que pasan hoy que creo que con mi mamá me mataría de risa, aunque quizás también discutiríamos mucho. Pero en lo profundo me parece que estaríamos de acuerdo.
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—¿Sos la misma escritora cuando escribís para grandes y para chicos?
—Hay algunas cosas que me permito para chicos y no me permito para grandes. Una es la fantasía. Los chicos te siguen en cualquier delirio que vos tengas, si es lógico dentro del universo que les estás presentando. Y en el tipo de novelas que yo escribo, que son muy cercanas a la realidad y al aquí y ahora, no puedo tener esos desvaríos. También me permito un uso del lenguaje diferente, más poético. Por la misma razón: mis personajes no pueden hablar con determinadas palabras; en cambio, en un libro para chicos hay una bruja y hay determinados personajes que tienen más libertad.
—Siempre nos preocupa que a los chicos los atraiga la lectura. Aunque las cifras de ventas de la literatura infantil y juvenil son buenas, a veces le regalás un libro a un chico y parece que se decepciona. ¿Pensás en estas cosas?
—Creo que tenemos mucha competencia. Hace unos años, cuando mis hijos estaban cerca de la adolescencia, fuimos a Humahuaca, paramos con el auto en la banquina y una nena se acercó. Era la montaña, no había nada y de pronto vimos a la nena que, por un caminito, se acercaba hacia el auto. Bajamos la ventanilla y nos dice: “¿Tienen un librito?” Y a mí me dio una ternura terrible, la nena quería un librito. Nosotros tenemos las casas llenas de libros y a veces no se los valora tanto. De todos modos, hay una competencia feroz hoy con muchos estímulos y no es fácil. Los adultos se tienen que comprometer. Leerles. Y por eso es tan importante que en la escuela haya fomento de la lectura, que haya planes de lectura. No todos los chicos tienen la suerte de que en la casa alguien les lea. Entonces, si no tenés quien te lea, tenés que tener la oportunidad en el colegio, porque es un derecho ser lector.
—¿Un consejo para niños que se hacen pis en la cama? No para los padres, para los niños.
—Relajate, poné un plástico, que te alivia porque no vas a mojar el colchón: cambiás las sábanas y seguís. Y algún día se te va a pasar. Eso: algún día se te va a pasar.
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