
La muerte del padre es una de las pocas experiencias que la literatura no ha podido domesticar del todo. Poetas de siglos y lenguas distintas volvieron una y otra vez a ese momento, y cada vez encontraron que las palabras alcanzaban solo hasta cierto punto. Lo que quedaba después era silencio, o mármol.
La tradición occidental tiene dos grandes polos a la hora de escribirle al padre que muere. Uno es la resistencia: la furia como forma de amor. El otro es la contemplación: mirar sin llorar, atestiguar. Dylan Thomas escribió en 1947 el poema más célebre del primer polo, una villanela dirigida a su padre agonizante: “Do not go gentle into that good night, / Rage, rage against the dying of the light” (“No te vayas dócil a esa buena noche / Rabia, rabia contra el fin de la luz”). Thomas le exigía a su padre que peleara, que no cediera, que se negara hasta el último aliento. Era una súplica disfrazada de orden.
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Jorge Luis Borges eligió el otro camino. Su poema “A mi padre”, incluido en La moneda de hierro —de 1976—, no pide ni exige nada. El poeta ya tiene más de setenta años cuando lo escribe; su padre, Jorge Guillermo Borges, había muerto casi cuatro décadas antes, en febrero de 1938, a causa de la rotura de un aneurisma. Y sin embargo el poema no tiene el peso de la distancia: tiene la nitidez de algo que no terminó de ocurrir nunca.

Entre los dos Borges hubo una transmisión que excede lo biológico. Jorge Guillermo fue abogado, traductor y escritor frustrado —publicó una novela, El caudillo, y algunos poemas— pero su legado más duradero fue una biblioteca y una conversación. Jorge Luis lo recordó así en 1970: “Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música”.
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Todo eso está en el poema. “Los arquetipos últimos que el griego / soñó y que me explicabas”: el griego es Platón, y los arquetipos son sus formas eternas. Lo que el padre le explicó al hijo se convierte, en el poema, en la herencia que ninguna muerte puede tocar del todo. Más que una fortuna o un apellido: una manera de pensar el mundo.
Hay además otra capa en el poema. Jorge Guillermo Borges era hijo del coronel Francisco Borges, muerto a balazos en 1874. En “A mi padre”, esa cadena atraviesa tres generaciones: el abuelo que cayó ante las balas, el padre que murió sin súplica, el hijo que atestigua. “La torpe parca fue cortando el hilo” es la aceptación de quien sabe que el hilo alguna vez se corta, y que importa cómo se llega a ese momento.
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La muerte de Jorge Horacio Messi, el padre de Lionel Messi, devolvió a millones de personas a ese espacio sin nombre. No hay poema para eso todavía.
A mi padre
Jorge Luis Borges(de La moneda de hierro, 1976)
Tú quisiste morir enteramente,
la carne y la gran alma. Tú quisiste
entrar en la otra sombra sin la triste
plegaria del medroso y del doliente.
Te hemos visto morir con el tranquilo
ánimo de tu padre ante las balas.
La guerra no te dio su ímpetu de alas,
la torpe parca fue cortando el hilo.
Te hemos visto morir sonriente y ciego.
Nada esperabas ver del otro lado,
pero tu sombra acaso ha divisado
los arquetipos últimos que el griego
soñó y que me explicabas. Nadie sabe
de qué mañana el mármol es la llave.
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