El recuerdo del Colegio Nacional de Buenos Aires a Horacio Sanguinetti tras su fallecimiento

El abogado y docente murió a los 91 años tras una vida ligada al CNBA. Ocupó la secretaría durante el gobierno de Fernando de la Rúa en 2007. Y dirigió el coliseo lírico porteño entre 2008 y 2009

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Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti

Murió Horacio Sanguinetti, rector, profesor y alumno graduado del Colegio Nacional de Buenos Aires, institución que funcionó como piedra basal de su vida.

Me defino como un universitario y ante todo, como un colegial. Por motivos éticos y sentimentales, al asumir el rectorado del Colegio, entiendo recibir el honor más alto en mi vida”, dijo en 1983 al pronunciar su primer discurso de una gestión que duraría hasta 2007, la más extensa hasta ahora.

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Las clases ya habían terminado pero Sanguinetti no quiso esperar a marzo para estrenarse como rector. Le habían ofrecido el cargo apenas unos días antes, tras la asunción de Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de 1983. Fue al término de una cena con intelectuales, educadores y dirigentes en la que estaba también Francisco Delich, ya designado como rector normalizador de la Universidad de Buenos Aires. De pie en la vereda, antes de despedirse, lanzó una pregunta que tomó a Sanguinetti por sorpresa:

—¿Qué querés?

—¿Puedo elegir?

—Sí: decano de Derecho o rector del Pellegrini o del Buenos Aires.

—Quiero el Colegio.

El 28 de diciembre de 1983, entonces, pronunció aquel discurso inaugural en el que anunció la creación del Consejo Asesor a ser integrado por figuras distinguidas de los sectores científicos y pedagógicos más un representante estudiantil. Anunció además que se llamaría a concurso para cargos docentes. Hacía frente a la profunda herida que la dictadura había dejado en el edificio de Bolívar 263: 108 alumnos y graduados asesinados o desaparecidos, el secundario más golpeado por la represión en todo el país.

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El Colegio atenderá, como factor prioritario, la reparación de los inauditos agravios sufridos en su seno por mucha gente de buena voluntad, que no los merecía”, dijo entonces.

El Centro de Estudiantes había comenzado a reorganizarse a partir de 1982 como cuerpo de delegados. En 1983 habían sido constantes las protestas contra el control férreo disfrazado de disciplina. En aquel discurso Sanguinetti les habló directamente: “Se reconocerá personería a un Centro de Estudiantes, representativo y democrático. Los alumnos ejercerán su libertad, esa libertad que engendra sentido de responsabilidad, ya que una no se concibe sin el otro”, dijo.

Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti junto a Raúl Alfonsín, en el Aula Magna del Colegio. (Cortesía: archivo familiar)

Cuando comenzaron las clases en 1984 algunas novedades eran ya evidentes. Gabriel Puricelli cursaba 6to año y era el secretario general del Turno Mañana. Recuerda la sorpresa al descubrir que había nuevos preceptores, todos provenientes de distintos partidos políticos con participación universitaria. “Nosotros reclamábamos algunos despidos que no ocurrieron. Seguimos teniendo protestas, manifestaciones, pero de pronto éramos atendidos en rectoría”, destaca.

“En febrero de 1984 le entregué una lista de profesores “interinos” (no habían obtenido sus cargos por concurso) que eran hijos o parientes de varios generales de la dictadura, dos de ellos de ex ministros de los gobiernos de facto y le sugerí que no los contratase para el año 1984”, recuerda Lucío Sánchez, graduado de 1973 que volvía al Colegio como profesor de Derecho a partir del nombramiento de Sanguinetti. Luego sería vicerrector del Turno Mañana entre 1986 y 1994. Destaca como una lección la respuesta que el rector le dio entonces: “La ignominia de los padres no se trasmite a los hijos. Démosle tiempo, convenzámoslos de que la democracia es mejor que la dictadura, no sumemos el ánimo de revancha a los que ya sabemos que son adversarios’”.

Damián Jaimovich, presidente del Centro de Estudiantes en 1993, lo recuerda como “el gran Rector de la democracia”:

“Sacó (al Colegio) de la noche de la dictadura democratizándolo y, a la vez, logró que no perdiera la esencia para la que fue creado”, remarca y agrega: “El Doctor, que nos hablaba de usted, establecía con nosotros una distancia prudencial propia de un padre a la vieja usanza. En las reuniones con el Centro de Estudiantes nunca nos íbamos con un “no”. Pero era un “sí” condicionado a la responsabilidad y a las condiciones que debíamos asumir”.

Un hijo del Colegio

El amor de Sanguinetti por el Colegio no había nacido con él. Era legado de su padre, Florentino Sanguinetti, que fue profesor de Literatura del Colegio durante cuarenta años y también llegaría a rector entre 1960 y 1963. Florentino no había estado al margen de su época: en 1918, mientras cursaba Derecho en la UBA, había sido elegido representante estudiantil en el Consejo Directivo de esa facultad e impulsó allí proyectos de renovación institucional, en plena efervescencia de la Reforma Universitaria. Esa doble matriz de derecho y reformismo marcó a su hijo casi sin variantes: Horacio dedicó buena parte de su obra escrita a la Reforma que su padre había vivido en carne propia. Escribió junto a Alberto Ciria “Los reformistas” (1968) y la versión ampliada “La Reforma Universitaria” (1918-2006). Le dedicó además una biografía a Deodoro Roca, el redactor del Manifiesto Liminar, a quien definió como “un gran escritor y político, un hombre libre y espontáneo”. De esa lectura sacó también una de sus frases más citadas, que funciona como programa propio: que la militancia sin reflexión es “agitación babélica, intrascendente” y que “los reformistas tienen, además, el deber de pensar”. Él mismo resumió esa herencia sin medias tintas, en una entrevista por el centenario de la Reforma: “Soy un delirante heredo-reformista”.

De esa herencia se desprende su formación siempre pública, que comenzó en la escuela primaria Casto Munita del barrio de Belgrano, donde creció en una casa imponente sobre la calle Vuelta de Obligado. Entró al CNBA en 1948 y egresó en 1953, abanderado y medalla de oro “Rector Uballes”, con el mejor promedio de su camada. Su familia guardó siempre el recuerdo de la reacción de su padre al recibir un boletín que tenía todas calificaciones de 10 y un único 9. No hubo una felicitación sino una pregunta: “¿Dónde está el punto del fracaso?”. La anécdota de la severidad se volvió con los años un recuerdo entrañable que traen casi a modo de chiste.

Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti recibe el diploma del CNBA, en septiembre de 1957 en el Aula Magna, de manos de su padre, Florentino Sanguinetti, también profesor y ex rector. (Cortesía: archivo familiar)

Tras los pasos de ese padre fascinante, Horacio se recibió de abogado en la UBA en 1961 y se doctoró en Derecho y Ciencias Sociales en 1976, el mismo año en el que más de una decena de profesores del Colegio fueron cesanteados por el delegado militar a cargo de la Universidad. Sanguinetti, que entonces daba Derecho Político, corrió la misma suerte en 1977.

Avelino Porto, rector de la Universidad de Belgrano, le hizo un lugar en su casa de estudios. Cristina, esposa de Sanguinetti a lo largo de 59 años, cree que fue uno de los momentos clave de la vida de Horacio: “Si no hubiese sido por ese trabajo en la UB quizás se hubiera ido a ejercer como abogado y no hubiera tenido más carrera académica y nada de lo que vino después”, especuló en julio de este año, entrevistada para este homenaje que preparaba la Oficina de Graduados y que ha resultado póstumo. A ella siempre le pareció notable que hubiera sido una institución privada la que “salvara” el camino de su marido, férreo defensor de la educación pública.

Cristina remarca que rechazó luego algunas “comodidades” que traía el cargo de rector, como un chofer para su traslado hasta el Colegio. “Ni loco”, fue su respuesta cuando le informaron que había un auto listo para su traslado. Siempre prefirió el subte. Sí tuvo un mozo, encargado de subir a la rectoría el almuerzo desde el comedor del subsuelo. “Su estrategia siempre fue recibir ahí mismo a la gente, para que vieran lo que era el Colegio”, explica Cristina. Sus colaboradores recuerdan largas listas de invitados protocolares, famosos o ilustres y el orgullo que sentía al convidarlos con “comida simple, del comedor”. El postre eran invariablemente duraznos de lata, al natural. “Pagaba de su bolsillo”, recuerdan.

Horacio Sanguinetti
En familia. Junto a sus hermanos Florentino y María Enriqueta. (Cortesía: archivo familiar).

Alguna vez dijo que ganaba más como presidente del jurado de “Tiempo de Siembra” que como rector del CNBA. Había aceptado el desafío de integrar un programa de preguntas y respuestas conducido por Pancho Ibáñez en la pantalla de Canal 13. Claro que la motivación no era económica sino que lo había encarado como un ejercicio de divulgación del conocimiento. Esa participación televisiva lo volvió popular para el público general. Empezó, por ejemplo, a ser saludado en la calle. Más conocido incluso que lo que había sido en su primer breve paso por la gestión pública.

“El Colegio no es una isla. Está inmerso en toda esta realidad del país y del mundo. Soporta graves dificultades presupuestarias y estructurales, recortes y agresiones”, había dicho en un discurso de 1996.

Eran tiempos de fuerte disputa política por la ley Federal de Educación sancionada en 1993. La firme oposición de Sanguinetti lo había llevado a un enfrentamiento público con el gobierno de Carlos Menem, con quien ya había tensión por el financiamiento universitario. En 1997 Sanguinetti pidió una licencia al CNBA al ser convocado para acompañar como secretario de Educación a Fernando De la Rúa, que asumía como primer jefe de gobierno de la flamante Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ahí se negó a aplicar la ley por considerar que implicaba una fragmentación, vaciamiento de contenidos y pérdida de exigencia académica. Fue la medida más memorable de su gestión, que apenas duró un ciclo lectivo. Pronto Sanguinetti volvió a elegir -como había hecho en su asunción de 1983- el Colegio por sobre todas las cosas.

Volvería a ocupar un puesto de gestión en la Ciudad en 2007, otra vez por un período breve, al frente del Teatro Colón. Fue una gestión particular: el teatro estaba cerrado y encarando una reforma monumental constantemente corrida de sus plazos originales.

La ópera de su vida

La ópera no era una pasión secundaria en la vida de Sanguinetti. Había sido el otro refugio en los años de dictadura que lo mantuvieron alejado de calle Bolívar: dedicó su tiempo a la edición de una revista que llamó “Ayer y hoy de la ópera”, nombre que sostuvo luego en ciclos radiales en distintas emisoras a lo largo de los años, acompañado eventualmente de Fabián Persic, profesor de Historia del Arte.

En ese mismo Teatro Colón que llegaría a presidir había conocido a su esposa. Un hermano de Sanguinetti se había hecho amigo de ella en un barco regresando de Europa y la invitó a acompañarlos en un palco para una función. Horacio llegó apurado, se puso los anteojos y se concentró en la ópera sin prestar ninguna atención a Cristina. Recuerda ella que pensó: “Con este no voy a hablar jamás”. Se casaron en 1967 y ocho años después tuvieron a su único hijo, Horacio Vicente. Médico urólogo, fue también alumno del CNBA mientras su padre era rector. Se graduó en 1993.

Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti
Portada y staff de la revista "Ayer y hoy de la ópera", dirigida por Horacio Sanguinetti (Cortesía: archivo familiar).

Mi mujer y mi hijo son la alegría, la esperanza y la sal de mi vida. Cuando trazo mis balances, advierto que soy su deudor en todos los terrenos”, dijo al recibir el grado de oficial de las palmas académicas de la República francesa, en agosto de 1999.

El espacio de trabajo de su departamento es una muestra de esa multiplicidad de intereses y amores: un ambiente cargado de libros, placas recordatorias, fotos familiares, dibujos hechos por él mismo (en general, de boxeadores o espadachines), pequeños animales decorativos y cartas de sus dos nietos protegidas para siempre por el vidrio del escritorio. En una de las paredes, un dibujo del italiano Ferruccio Furlanetto, su cantante preferido. En él se inspiró a la hora de crear su seudónimo. Hasta hoy, muy pocas personas saben que la voz de un tal Miguel Ferro que se escucha en el primer disco grabado por el coro del Colegio corresponde en realidad al rector. Se dio el gusto, pero quiso mantenerlo anónimo.

Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti
Bocetos realizados por Horacio Sanguinetti (Cortesía: archivo familiar).

Orden y libertad

Hay coincidencias al describir a Sanguinetti como un hombre de diálogo: profesores, colaboradores y alumnos y alumnas coinciden en su capacidad de escucha pero también de silencio. “Usaba la evasión como técnica, dejar que la persona se calmara. Sabía enfriar los conflictos, poner tiempo y distancia”, recuerda una persona que lo acompañó durante años en Rectoría. No existen anécdotas de exabruptos ni grandes enojos. “Nadie le faltaba el respeto”.

La autoridad ideal, la jerarquía verdaderamente admisible entre hombres y mujeres libres, es la que aquel filarca de la ‘Utopía’ de Moro, gobernante por el amor y el respeto, que se ganan día a día, y es mucho más legítima que la de quienes impone un dogma de obediencia”, pronunció Sanguinetti en su primer discurso y trató de ser fiel a aquella máxima.

Hizo de su gestión una defensa de la excelencia y el humanismo. Insistió siempre en la importancia del latín, de la lectura de los clásicos y la existencia del sexto año. Amplió la oferta académica con la apertura del Turno Vespertino en 1989 y el curso de ingreso gratuito que reemplazó el examen previo al que calificaba de “deshumanizado”. Remarcaba además que había terminado con la entrevista familiar que se le realizaba a cada ingresante para obtener un supuesto “perfil de familia” que tenía un espíritu más policial que académico. Bajo su gestión, en cambio, comprometía a los padres a no buscar intervención o influencia: quienes se atrevieron a enviarle cartas pidiendo alguna clase de favor académico para algún alumno vivieron la vergüenza de ver las cartas colgadas a la vista en la puerta de la rectoría como única respuesta.

El vínculo con los padres y graduados era en articulación con Asociación Cooperadora “Amadeo Jacques” y la Asociación de Ex Alumnos, a las que recurría y agradecía constantemente. También para el mantenimiento del edificio, otra de sus obsesiones.

La “vuelta olímpica” era una tradición con la que Sanguinetti se llevaba mal. El festejo de alumnos y alumnas de 5to año que se había sostenido a lo largo de décadas había tenido expresiones más naif y más violentas a lo largo de los años, que solían pasar como anécdota “simpática” entre generaciones que buscaban superar a la anterior. Los daños que esos eventos -compulsivos y sopresa- podrían generar en el edificio sublevaban a Sanguinetti. Los medios de comunicación, además, habían comenzado a dar cobertura al evento y la imagen de jóvenes alumnos manchando y dañando una escuela pública estaba lejos del ideal que el Colegio quería proyectar. “La vuelta olímpica es una forma de violencia fachista. Es un atentado al pueblo entero”, aseguró el rector entonces.

Horacio Sanguinetti
Junto a sus estudiantes de 4º año y el profesor Diego Barovero, en su última clase antes de jubilarse en 2012. (Cortesía: Diego Barovero).

Ya había cumplido 15 años como rector cuando decidió clausurar para siempre la costumbre. En junio de 1999 firmó una resolución informando que se sancionaría con 24 amonestaciones “la mera promoción, el simulacro o la participación en la denominada ‘vuelta olímpica’”. La medida fue publicada en cartelera y tuvo una respuesta inesperada: los quintos años del Turno Mañana decidieron hacerla igual, en julio, creyendo que la falta de una comunicación previa a los padres podría hacer inválida la norma. El resultado: 85 alumnos libres y una crisis que escapó a las paredes del colegio.

Sanguinetti recibió ese mismo día a fotógrafos de los diarios para registrar los daños. Comunicó que mantendría la sanción y sostuvo su posición en innumerable cantidad de reuniones con padres y madres, periodistas y hasta autoridades de la Universidad. “A casa llamó todo el mundo, fue realmente terrible”, recuerda su esposa. No duda que se trató del momento más duro de toda su carrera como rector. Colaboradores y profesores recuerdan que fue en vano cualquier intento de interceder. Sanguinetti estaba convencido de que la vuelta olímpica era una falta de respeto a la institución y al conjunto de la población que la mantenía a través de sus impuestos. Decidió que había que darle fin y lo hizo, aún pagando un gran costo a su popularidad entre los alumnos.

No dañar a nadie, no destruir los bienes comunes, no perder el tiempo, es el tríptico, la regla de oro que no admite concesiones”, les dijo a los alumnos ingresantes del año siguiente, en la apertura de clases del año 2000. “Pertenecer a este Colegio significa una grave responsabilidad comunitaria, porque la sociedad toda lo sostiene y aunque gratuito para los alumnos, es caro para los demás, que esperan de nosotros resultados acordes a su sacrificio”, insistió.

Sanguinetti tenía una idea clara sobre lo que esperaba de quienes tuvieran el privilegio de habitar las aulas del Colegio. Recordaba que Ricardo Rojas lo había llamado “el Colegio de la Patria”:

“No es solamente un soberbio edificio razonablemente conservado. Tiene, fundamentalmente, un espíritu poderoso que emana de toda su estructura y que todos cuantos se acercan a él sienten como una realidad concreta”, aseguró en un discurso de 1988. “El conocimiento es un capital que nadie puede gravarnos, imponernos o diezmarnos. Sabio no es solamente quien sabe mucho sino quien sabe bien. Quien posee tino, ponderación, justo equilibrio, prudencia, tolerancia, razón y entusiasmo”, les dijo a los aspirantes del curso de ingreso de 1992.

Horacio Sanguinetti
Una postal enviada por Jorge Bergoglio, luego el Papa Francisco, quien era su amigo. (Cortesía: archivo familiar)

Citaba a menudo Domingo Faustino Sarmiento, cuya impronta y sentido del deber educativo lo marcó tanto como la generación reformista. Solía lamentar que el sistema de sorteo que regía en su momento hubiera privado al Colegio de contarlo en la larga lista de próceres formados en sus claustros. Aseguraba que la pertenencia al Colegio no era una jactancia sino un honor. Y también una responsabilidad.

Presidirlo durante más de dos décadas fue el gran orgullo de la vida de un hombre al que no le faltaron distinciones: fue Premio Konex de Platino 2006 en el rubro “Educación”, presidente de la Academia Nacional de Educación, Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, y de la Real Academia Española. También había recibido un reconocimiento educativo del Arzobispado de Buenos Aires. Solía recordar el origen jesuita del Colegio, quizás influenciado por su amistad con Jorge Bergoglio, que luego sería Papa Francisco.

Cuando despedía a los estudiantes, les decía que un “ex alumno” no deja nunca de ser un “graduado”. Con esto, insistía: “El Colegio los aguarda siempre y espera que permanentemente vuelvan a él, con su acción, con su prestigio, con sus recuerdos”.

La memoria de Horacio Sanguinetti no podrá despedirse nunca de estas aulas.

Horacio Sanguinetti
Horacio Sanguinetti en las aulas del Colegio.

*Este artículo fue publicado en la página oficial del Colegio Nacional de Buenos Aires

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