“Temerarios, idealistas y aventureros”: Adrián Pignatelli y un “lado B” del primer siglo de historia argentina

El periodista de Infobae regresa con un nuevo libro que propone ir más allá de figuras ya consagradas como San Martín, Belgrano, Sarmiento y Rosas, y recuperar episodios y trayectorias que también aportaron a la construcción del país en su primer centenario. Aquí, fragmentos de la obra

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Cubierta del libro "Temerarios, Idealistas y Aventureros" de Adrián Pignatelli, con subtítulo, sello editorial y veinte retratos en cuadrados de colores.
"Temerarios, Idealistas y Aventureros" de Adrián Pignatelli

En su nuevo libro, Temerarios, idealistas y aventureros, Adrián Pignatelli propone una relectura del primer siglo de la Argentina entre 1810 y 1910 a través de hombres y mujeres menos recorridos por la historia oficial.

¿El objetivo? Recuperar episodios y trayectorias que también aportaron a la construcción del país en su primer centenario. Si la historia argentina vuelve una y otra vez sobre figuras ya consagradas como San Martín, Belgrano, Sarmiento, Rosas y la Primera Junta, el libro editado por Crítica desplaza el foco hacia nombres importantes pero escasamente transitados. Este es el caso de Juana Manso, escritora, traductora, periodista y maestra.

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La propuesta no busca quitarles lugar a los próceres que ya tienen un lugar consolidado en la memoria pública. El planteo es sumar otras biografías y otros episodios que también resultaron decisivos en ese período comprendido entre 1810 y 1910.

El autor resume ese universo humano con una definición incluida en la presentación del libro: “Es un cúmulo de hombres y mujeres que nos dicen a los gritos que ellos también existieron e hicieron. Los hubo valerosos, crueles, curiosos, conciliadores, arriesgados, traicionados y hasta resignados: sus vidas fueron curtidas en batallas, romances, complots, desencuentros, con finales felices y de los otros”.

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Pignatelli es periodista egresado de la Universidad Nacional de La Plata, con una larga trayectoria en medios, y se desempeña como prosecretario de la revista Redacción y columnista sobre historia y Malvinas en Infobae. Antes de este libro ya había publicado cuatro títulos: Balbín, el presidente postergado en 1992, Ruggierito en 2005, El traidor en 2011 y El espía Juan Domingo Perón en 2014.

A continuación, fragmentos de Temerarios, idealistas y aventureros.

Feria del Libro 2022 - Adrián Pignatelli
Adrián Pignatelli es periodista egresado de la Universidad Nacional de La Plata, con una larga trayectoria en medios, y se desempeña como prosecretario de la revista "Redacción" y columnista sobre historia y Malvinas en Infobae

Introducción

En la autobiografía que esbozó en 1814 cuando el mundo se le había venido abajo después de Vilcapugio y Ayohúma, Manuel Belgrano escribió que la vida de los hombres públicos debía ser exhibida como ejemplo a imitar y también como una lección para evitar caer en lo que él llamaba “defectos”. Mientras viajaba a Buenos Aires donde se lo sometería a un juicio militar del que sería sobreseído, seguramente estaban demasiado frescas en su espíritu las amargas sensaciones que le habían dejado las derrotas de octubre y noviembre del año anterior.

Lo que el creador de la bandera pretendía era que se sacase una enseñanza tanto de lo bueno como de lo malo.

La nuestra es una historia llena de episodios y procesos que encierran ejemplos a imitar, otros tantos que no, y que son analizados por historiadores con miradas riquísimas que invitan a la reflexión, la discusión y la polémica.

Quitándole esa antigua pátina de “próceres”, todos están unidos en un común denominador, y es que de ellos se desprenden ejemplos, de los buenos y de los malos, disponibles para ser asimilados y estudiados para las nuevas generaciones.

A lo largo del tiempo —casi no interesa mencionar una época determinada—, la puerta de entrada al fascinante mundo de nuestro pasado solía venir de la mano de hazañas, campañas espectaculares y reformas liminares. Los trabajos de Bartolomé Mitre, Historia de Manuel Belgrano y de la independencia argentina y la Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, dieron el puntapié inicial para acercar a la gente la vida de estos dos hombres, de los que actuaron con ellos, con detalles de los combates que libraron y del contexto de época. De la misma forma, las Memorias póstumas del general José María Paz, que vieron la luz en 1855, las Memorias del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, publicadas en 1895, o las de Tomás de Iriarte, difundidas en el siglo XX, fueron útiles para acercar episodios de nuestra independencia y para levantar polémica sobre ciertos hechos que relatan y especialmente sobre algunos de los protagonistas de entonces.

De ahí en más, serían repetitivas las apariciones ante el gran público de un adusto José de San Martín cruzando los Andes, un atildado Belgrano con sus pantalones a la moda de 1815 asociado a la bandera, un incansable Mariano Moreno repartiéndose en cientos de funciones en sus comprimidos nueve meses de su vida pública; de un polifacético Domingo F. Sarmiento quien, con su cara de gruñón a cuestas, daba la idea de que no hacía otra cosa que fundar escuelas, o un calculador Julio A. Roca, observando la inmensidad del desierto, rodeado por su Estado Mayor, en medio de lsu campaña contra el indígena.

Sin quitarle importancia a aquellos hombres, y sin ahondar en la maraña de sus logros y defectos, pretendí correrme de una categoría rebosante de nombres que fueron reservados para bautizar ciudades, autopistas, grandes avenidas y ámbitos señoriales, y que se los recuerda, con días feriados en los aniversarios de sus viajes al más allá. Por el contrario, decidí dedicarme a los que merecieron perdurar en calles, cortadas y plazas de pueblos y que cuando leemos sus nombres en carteles indicadores a veces se dispara la pregunta de quién fue y qué fue lo que hizo.

Sus nombres nos suenan familiares, pero sus trayectorias, escasamente difundidas, causan sorpresa y admiración cuando se las conoce más en profundidad. Algunos, al decir de Sarmiento, labraron como las orugas su tosco capullo y, sin llegar a ser mariposa, dejaron el hilo para ser usado por los que venían detrás.

Entre ellos –cuyas vidas bien podrían ser el deleite de productores de miniseries—, se apretujan en ese primer centenario un cúmulo de hombres y mujeres que nos dicen a los gritos que ellos también existieron e hicieron. Los hubo valerosos, crueles, curiosos, conciliadores, arriesgados, traicionados y hasta resignados: sus vidas fueron curtidas en batallas, romances, complots, desencuentros, con finales felices y de los otros. Guiados por una idea convertida en acción, al decir de Mitre, vivieron como si estuviesen a punto de saltar al vacío o con calculada precisión de sus movimientos.

Algunos tuvieron la fortuna de ser laureados con la glorificación eterna, pero otros quedaron en un anonimato injusto: homenajeados con monumentos los más afortunados, recordados cada tanto muchos otros y los que sin siquiera gozan de una parcela en un cementerio.

Estas páginas intentan contar qué hicieron y qué los motivó a vivir de esa manera. Tal vez fueron alentados por el bienestar, el progreso y la dignidad del país, el deseo de que nuestra nación no fuese miserable, como explicó Juan Bautista Alberdi; o los movía el temor y la esperanza, sentimientos descriptos por Bernardo Monteagudo en sus apasionados escritos de 1811.

Todos, a su modo, hicieron el país, y todos fueron sus productos. Entonces, para contar las vidas que van desde Domingo French, jugador importante en los días de la revolución de 1810, al científico Clemente Onelli, alma mater del zoo porteño a comienzos del siglo XX, se dividió el libro en tres categorías: los temerarios, los idealistas y los aventureros, una clasificación arbitraria, caprichosa y, por supuesto, incompleta, porque la lista de aquellos que transitaron aquellas no tan lejanas décadas es interminable. Uno es consciente de que muchos, si bien no fueron considerados, no están olvidados, y bien pueden ser la excusa para futuros trabajos.

Muchos de ellos califican para más de una de estas categorías o para todas. Pero sin duda tienen, en sus increíbles vidas, pinceladas de temerarios, se movieron en un cierto idealismo o eligieron el camino de la aventura, muchas veces hacia lo desconocido o hacia el desafío por cumplir.

Amados u odiados, reverenciados o despreciados, hay militares, abogados, religiosos, esposas, músicos, funcionarios, médicos, marinos, enamorados, científicos, maestras, comerciantes. La mayoría son argentinos, pero también encontramos extranjeros que tomaron al país como su segunda patria, y entre todos ellos hay gente joven y también entrada en años.

En el mismo sentido, se delimitó esta galería de personalidades al primer siglo de vida de nuestro país, desde que se comenzó con el proceso independentista hasta 1910, cuando el país era definitivamente otro, y que no solo mucha agua había corrido bajo el puente, sino que había sido cruzado por innumerables hombres y mujeres con sus sueños, ambiciones, ideas, caprichos, aciertos y metidas de pata.

Estos textos, que persiguen el modesto fin de divulgación histórica, son producto de años de indagar en nuestro pasado. Muchos de ellos, que se asomaron tímidamente y también con irreverencia desde las columnas que escribo para Infobae, pretenden aportar un granito de arena en la difusión de vidas y trayectorias de los que hicieron la patria a caballo, a la luz de una vela y a puro coraje.

Félix Luna explicaba en oportunidad de la décima edición de su libro Los caudillos, que su intención era la de señalarle a los argentinos que, si había que pelear, debía ser por cosas importantes, de fondo, por aquellas que hicieran al país y a su destino. Este libro intenta desempolvar las vidas de hombres y mujeres que también hicieron cosas trascendentes, que quizá por ello murieron, terminaron exiliados, olvidados o glorificados y que, en definitiva, fueron protagonistas de un siglo plagado de hechos que merecen ser contados.

El sanjuanino olvidado

Treinta años después de la muerte de su esposo, a duras penas, su viuda sobrevivía en la ciudad de Buenos Aires con Clarisa, su hija soltera. En el primer censo llevado adelante durante la presidencia de Sarmiento, en septiembre de 1869, la sexagenaria Micaela Sánchez de Loria figuraba como planchadora. Cansada de reclamar ante las autoridades una pensión, debió malvender los pocos bienes que conservaba de su difunto marido, congresista en Tucumán, legislador y hasta gobernador interino.

Hacía años que el hombre, ejemplo ignorado de rectitud republicana y honestidad a toda prueba, había encontrado una muerte horrenda durante la guerra civil entre unitarios y federales.

Se llamaba Francisco Narciso de Laprida, que fue mucho más que aquel de los bigotes característicos y su aspecto serio y solemne en la sesión en la que se declaró la independencia, y el que no tiene una tumba conocida donde puedan ir a honrarlo. Fue además tres veces diputado y en dos oportunidades gobernador interino, y era una rara avis, ya que sostenía que el funcionario debía responder por sus acciones con su propio patrimonio.

Había nacido el 28 de octubre de 1786 en una casa de treinta metros de frente y sesenta de fondo, en la capital sanjuanina, que el terremoto de 1944 destruyó y donde hoy se levanta una galería comercial. Su papá era el comerciante asturiano José Ventura Laprida y su madre la sanjuanina María Ignacia Sánchez de Loria. Tendrían cinco hijos, dos varones y tres mujeres.

Una vez terminados sus estudios en el Real Colegio de San Carlos en la ciudad de Buenos Aires, sus padres lo enviaron a la prestigiosa Universidad de San Felipe, en Chile, donde se graduó como licenciado en Cánones y en Derecho. Tuvo como compañeros a personalidades que harían historia en nuestro país, como Tomás Godoy Cruz, Fray Justo Santa María de Oro, de quien fue un estrecho colaborador, y Felipe Arana, entre otros, y enseguida entró en sintonía con los movimientos independentistas chilenos.

Con los títulos bajo el brazo, volvió a San Juan a vivir de su profesión. No aceptó ser Procurador del Cabildo, porque sostenía que además de tener que ser una persona honrada, el funcionario debía responder con su patrimonio ante cualquier irregularidad; y como decía ser una persona que carecía de los bienes suficientes, declinó el cargo. Fue alcalde de primer voto, un puesto en el Cabildo que se ocupaba de la administración de justicia y de la seguridad, entre otras cosas.

El cura Oro lo presentó a José de San Martín cuando este fue gobernador de Cuyo. Su padre colaboró con dinero y cuatro esclavos —había ofrecido dieciséis— al ejército que se estaba formando contra viento y marea para la campaña libertadora.

Cuando en 1815 se celebraron elecciones en las provincias para designar a los diputados que participarían del congreso a reunirse en Tucumán al año siguiente, en San Juan primero fue electo Fray Justo Santa María de Oro, el fraile que sostendría el principio de la soberanía de los pueblos. Pero dado el número de habitantes, a esa provincia le correspondía otro diputado, y en septiembre realizaron una nueva elección que dio como ganador a Laprida. Sin embargo, este se negó a aceptar el resultado porque no habían manifestado su voluntad los hombres de zonas alejadas de la provincia y reclamó que se hiciesen nuevos comicios para que todos pudiesen participar. Había impugnado su propio voto.

“Que Laprida vaya a Tucumán”, ordenó terminante San Martín, luego que el asesor de la Intendencia le explicó que había sufragado la parte principal del pueblo. Y así el 24 y el 25 de marzo de 1816, con sus 29 años, prestaría juramento junto a los otros congresistas.

Por moción de Laprida, el Congreso otorgó a Juan Martín de Pueyrredón el grado de brigadier, y por moción de su compañero Oro, que Santa Rosa de Lima fuera proclamada patrona de América.

Del 1º de julio al 1º de agosto ocupó la presidencia del cuerpo y fue clave para incluir en el orden del día del 9 la cuestión de la independencia, la elección de Pueyrredón como Director Supremo y la aprobación de la bandera nacional. “Al fin estaba reservado a un diputado de Cuyo ser el presidente del Congreso que declaró la independencia, y doy a la provincia mil parabienes por tal incidencia”, escribió San Martín.

Luego de su participación en el Congreso de Tucumán volvió a su provincia donde durante tres meses en 1818 se desempeñó como gobernador interino en la gestión de su amigo José Ignacio de la Roza, quien en su momento había propuesto a San Martín su nombre para el histórico Congreso.

En esos noventa días hizo de todo: estableció reglamentos de policía, de instrucción pública, de moral, de agricultura y de comercio. Hasta fue el responsable de introducir el sauce llorón, gracias a los brotes que había traído de Chile. Sería nuevamente gobernador interino en 1821 cuando el titular enfermó.

Necesitó de una dispensa papal para casarse con Micaela Sánchez de Loria, ya que era su prima hermana. Tendrían cinco hijos: Clarisa del Carmen, Marisa Delfina, Amado, Josefina y la última, Delmira de Jesús, que nacería cuando su padre ya había sido asesinado.

Cuando en 1820 su amigo José Ignacio de Roza fue destituido y encarcelado, con una condena de fusilamiento a cumplirse en cualquier momento, Laprida iba a visitarlo. Una vez lo hizo vestido de fraile, le ofreció el hábito a su amigo para que escapase, y él propuso ocupar su lugar. De Roza se negó, aunque salvó la vida y fue desterrado. Laprida había dado una muestra de lo que era jugarse por un amigo.

Sería nuevamente diputado al Congreso de 1824 y, embanderado en la causa unitaria, decidió mudarse con su familia a Mendoza por la presencia del caudillo federal Facundo Quiroga en su provincia. “Ese doctorcito…”, decían los federales cuando aludían a él.

En Mendoza se enroló como cabo en el Batallón de El Orden de la División de Cívicos. Le habían ofrecido el rango de oficial, pero se negó por no ser militar. En abril de 1829, el general José María Paz había derrotado a Quiroga en el combate de La Tablada y los unitarios, sintiéndose fuertes, derrocaron al gobierno federal local, y colocaron en la gobernación a Rudecindo Alvarado, un general héroe de las guerras de la independencia.

Venerable maestro masón de la Logia San Juan de la Frontera e integrante de la Logia Lautaro de Mendoza, estuvo muy comprometido en la lucha política y en la defensa de los valores republicanos. Eso lo hizo ubicarse en la mira de muchos, y sus amigos le insistieron en que debía ponerse a salvo en Chile, pero se mantuvo fiel a sus convicciones. “Este es mi destino y lo seguiré hasta el final”.

El federal Aldao llegó a Mendoza a poner orden. Acompañado por su hermano Francisco, por el general Benito Villafañe y por el coronel Manuel Quiroga Carril, hizo sitiar la ciudad.

Ese martes 22 de septiembre de 1829, los ejércitos se encontraron en lo que hoy es el barrio Batalla del Pilar, en Godoy Cruz, que entonces se llamaba San Vicente. Aldao envió a su hermano a parlamentar con los unitarios. Aparentemente, las gestiones prosperaban hasta que ocurrió lo impensado.

Fue todo muy confuso y hay varias versiones sobre lo que aconteció. Una, que Aldao, borracho, habría hecho disparar seis culebrinas sobre el grupo que parlamentaba, y uno de los caídos habría sido su propio hermano. O que sin esperar los resultados del parlamento, la avanzada federal se lanzó al ataque y el jefe unitario Juan Agustín Moyano lo mató de un pistoletazo en el rostro.

El combate se desató, y en menos de una hora los federales se habían hecho dueños del terreno. Cuando Aldao vio a su hermano muerto, se descontroló y mandó perseguir a los derrotados. Ese día se fusiló a más de un centenar de hombres que habían sido apresados o que se habían rendido.

En el medio del desbande, Laprida alcanzó a aconsejarle a un joven de 18 años, sanjuanino como él, llamado Domingo Faustino Sarmiento, que escapase, que era muy joven para morir. “Laprida, el ilustre Laprida; me amonestó del peligro que acrecentaba; si lo hubiera seguido no podría deplorar ahora la pérdida del hombre que más honró San Juan”, escribió tiempo después. El propio padre de Sarmiento, José Clemente, también pudo huir junto a su hijo.

El futuro presidente vio por última vez a Laprida cuando escapaba junto al capitán Barrera.

En el campo de batalla quedaron 400 cadáveres. Laprida, como tantos, se dirigió hacia el este. Fue acorralado por una partida enemiga en un callejón en San Francisco del Monte, donde fue ultimado. Le faltaba un mes para cumplir 43 años.

El misterio es que no se sabe cómo murió.

Unos dicen que recibió un lanzazo y que luego fue degollado; otros le adjudicaron una muerte aún más horrenda. Que fue enterrado vivo en el medio de la calle, y que dejaron libre solo su cabeza, y que las patas de los caballos hicieron el resto.

Sí se supo la identidad del victimario: Buenaventura Quiroga del Carril. Los rumores decían que le había dado muerte porque siempre había querido a su esposa. Cuando Facundo Quiroga fue derrotado en Oncativo, Lamadrid lo hizo fusilar el 6 de noviembre de 1830 por haber dado muerte a Laprida fuera del campo de batalla por cuestiones personales.

Habrían identificado el cuerpo del infeliz Laprida por el monograma “N. L.” bordado en su camisa. Se sostuvo que su cuerpo fue llevado al Cabildo de Mendoza, donde el juez del crimen Gregorio Ortiz lo reconoció, y que luego sus restos terminaron en una fosa común.

Jorge Luis Borges, descendiente de Laprida por vía materna, escribió en 1943 el Poema conjetural, dedicado a su ilustre antepasado. Esa brillante pieza literaria finaliza:

Pisan mis pies la sombra de las lanzas

que me buscan. Las befas de mi muerte,

los jinetes, las crines, los caballos,

se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,

ya el duro hierro que me raja el pecho,

el íntimo cuchillo en la garganta.

En el barrio Batalla del Pilar de Godoy Cruz hay una plaza que recuerda a este hombre conocido por sostener que el funcionario público debía responder con su patrimonio, y que tanto tuvo que ver con el proceso de nuestra independencia, declarada en esa casa de los Laguna, ubicada sobre la calle del Rey, a una cuadra de la plaza de la ciudad.

Una chica superpoderosa

Nada sería sencillo para la joven Elvira. Nacida en Junín el 19 de abril de 1867, tenía seis años cuando su familia se radicó en Mendoza, donde se recibió de maestra normal y fue una de las primeras educadoras en esa provincia.

Escandalizó a sus conservadores padres, el coronel Juan de Dios Rawson y Elizarda Guiñazú, cuando les comunicó que deseaba estudiar medicina. Como no apoyaban semejante decisión —en una época en la que no se concebía que una mujer revisase cuerpos ajenos—, debió costearse los estudios. Para ello, se empleó como maestra en la escuela Benjamín Zorrilla.

Elvira Rawson fue la única mujer de la promoción 1892 de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Pasó a la historia como una de las luchadoras por los derechos de la mujer.

Cuando ingresó a la facultad, debió hacerlo como oyente, porque a pesar de sus estudios completos en la Escuela Normal, le exigieron aprobar los cinco años del bachillerato tradicional, los que debió rendir para poder ser una alumna regular.

Los padecimientos de la chica no terminarían allí, sino que a lo largo de la carrera debió soportar el bullying de sus compañeros varones y de algunos profesores, que rechazaban la estrafalaria idea de que una mujer fuese médica.

Con 23 años cumplidos, era una estudiante de tercer año de medicina cuando el 26 de julio de 1890 estalló la Revolución del Parque, un movimiento cívico-militar contra el gobierno de Miguel Juárez Celman. Se combatió en las calles: el centro y la zona del actual barrio de Tribunales se convirtió en un infierno, mientras que en Plaza Lavalle se levantó un hospital de campaña.

Durante la revolución, el director del Hospital Rivadavia, donde era practicante, le negó una ambulancia para asistir a los heridos porque no quería que atendiera a los insurrectos, pero ella se la llevó igual.

Se colocó una faja de la Cruz Roja en el brazo y por Bustamante llegó a Santa Fe. Como no había cochero, porque era domingo, ella tomó las riendas, y antes de llegar debió parar para herrar a uno de los caballos. De ahí siguió hacia el Hospital de Clínicas y se unió a un grupo de practicantes que, botiquines en mano, se dirigían hacia la zona de lucha. Debieron hacer el último trayecto a pie, porque cuando se acercaron a la zona de la refriega y el fuego cruzado mató a los animales.

Una vez llegada al lugar, el grupo de médicos ya había partido. En plena zona de combate callejero, alcanzó Lavalle y Talcahuano, donde se sumó al cirujano mayor Guillermo Udaondo, a Juan B. Justo, Alejandro Castro, Rodolfo de Gainza, Nicolás Etchepareborda y Julio Fernández Villanueva y a una treintena de practicantes. Este último era un médico quilmeño de 32 años, de extraordinario talento para la pintura. Cuando junto a Udaondo fueron en una ambulancia a buscar heridos, fue acribillado por disparos de la policía.

En el hospital de sangre se atendían a hombres de ambos bandos, lo que le valió a Elvira una reprimenda del gobierno por ocuparse del cuidado de los revolucionarios. “Los hospitales son del pueblo, no de los gobiernos”, respondió.

En el informe del director del hospital de campaña al general Manuel Campos, se señaló que “recomendable es, también, señor general, la conducta de la señorita Rawson, estudiante de medicina, la que en los últimos días nos acompañó con celo digno de todo aplauso, cuidando con solicitud y contracción a nuestros heridos”.

Leandro N. Alem, líder del levantamiento, en reconocimiento le regaló un diploma y un reloj de oro en un mitin que organizó la Unión Cívica en el Teatro Politeama el 1º de septiembre de ese año, para celebrar el primer año de la agrupación política. En esa oportunidad, daría su primer discurso: “Cívicos: La mujer argentina no ha podido acallar en su alma el grito de júbilo y aplauso sincero que desde un extremo al otro de la República ha despertado unánime esa legión de patriotas que se llama Unión Cívica. […] Envuelta en esa oleada de entusiasmo, me ha cabido el honor de ser la intérprete de sus ideas, y no es preciso que diga si orgullosa y complacida acepté la misión […] Creíamos en el patriotismo, la virilidad y el valor eran recuerdos de otros tiempos que pasaron para nunca más volver, y cuanto más el desaliento nos invadía, habéis venido a probar que sois dignos herederos del sacro nombre que nos legaron nuestros padres. Os habíamos hecho una injusticia, y hoy, complacidas, venimos a devolveros vuestro crédito. ¡Al fin sois argentinos!”.

Militó en ese naciente radicalismo, aunque no ocupó ningún cargo partidario.

Se graduó en 1892 con su tesis sobre higiene de la mujer; fue maestra, profesora de higiene y puericultura. A esa altura se había casado con el médico Manuel Dellepiane, quien sería director de la Asistencia Pública, y tendrían ocho hijos.

Se especializó en enfermedades femeninas, y fue introductora de la eugenesia, una corriente que defendía la mejora de los rasgos hereditarios. Asimismo, fue la fundadora y directora de la primera colonia de niñas débiles de Uspallata y alma mater del primer centro feminista en 1905, en los tiempos en que las mujeres —que no votaban ni podían, por ejemplo, celebrar contratos— reclamaban tener los mismos derechos que los hombres.

“Vemos el contraste ridículo entre la tenaz opresión a que la mujer reciba igual instrucción que el hombre, no faltando caritativos paladines que salven en defensa de este monstruoso atentado contra la salud y el porvenir de la mujer; y el silencio, la indiferencia culpable con que se mira el abuso que diariamente se hace con estas mujeres máquinas, humildes obreras de las artes e industrias y cuyas fuerzas se explotan sin compasión”, escribió.

En 1906 fundó el primer centro feminista, y fue su presidenta, donde abogó por la fundación de una casa que albergase a madres solteras y a sus niños. Durante nueve años se desempeñó como médica en el Departamento Nacional de Higiene y veinte en el cuerpo médico escolar.

En 1910 fue una de las organizadoras del Congreso Universitario Argentino, que se hizo aprovechando que la ciudad de Buenos Aires era un hervidero por los festejos del centenario de la Revolución de Mayo, y fue una de las vicepresidentas. Propuso una reforma al código civil en cuanto a los derechos femeninos. En 1915 dirigió la primera colonia para maestras.

En 1919 fundó la Asociación Pro Derechos de la Mujer. Junto con Alicia Moreau de Justo y Julieta Lanteri, entre otras, organizaron una votación paralela de las mujeres en las elecciones legislativas del 7 de marzo de 1920. Votaron 5000 en 20 mesas, y ganaron las socialistas. “Se pretende negarnos el derecho a voto e interesarnos y colaborar en asuntos de interés público so pretexto de que no hacemos el servicio militar y pagamos el derecho de sangre. ¡Y las vidas que con nuestras vidas creamos! Y los tiernos y adorados fusiles de carne que amorosas mecen nuestros brazos y amamantan nuestra savia, y que dan a la Patria su labor y esfuerzo para hacerla grande y próspera, ¿no valen por los millones de mortíferos cegadores de vida que empuñan las manos del hombre? ¡No! No hay razones para hacerse sordos a nuestro reclamo”.

Luchaba por los derechos civiles, políticos y económicos de la mujer, sostenía que a igual trabajo el salario debía ser el mismo que el que percibía el hombre. Asimismo, insistía en que se le diera cabida en cargos públicos y, especialmente, en el Consejo Nacional de Educación. Militaba a la par de figuras como Alfonsina Storni, Adela de Carlo o Alicia Moreau de Justo. Por 1919, declaró a la revista Caras y Caretas que “será preciso suponer que el hombre se coloca la mano sobre los ojos para no ver. ¿Acaso hay uno que se atreva a negarnos que la mujer ha jugado un rol importantísimo en todas las épocas y en todas las difíciles circunstancias por que han atravesado los pueblos?”.

Fue la impulsora de la creación de tribunales especiales para atender a menores delincuentes y abandonados y de leyes de protección del niño. En 1925 fue vocal en el Consejo Nacional de Educación.

Aquella que sostenía que la mujer debía ser la compañera y no sierva del hombre, y que para ello era necesario romper definitivamente con el pasado, murió en la ciudad de Buenos Aires el 4 de junio de 1954 y alcanzó a ver votar a las mujeres, una de sus tantas luchas. Mientras tanto, otros libraban también sus particulares combates, pero muy lejos de su país.

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