Moda, arte y poder: cómo cada época vistió sus luchas de clase, opresiones y emancipaciones

Artistas como Jan van Eyck, Fragonard, Velázquez, Sargent y Warhol lo registraron en sus lienzos: cada siglo impuso al cuerpo humano sus propias reglas de tela, color y silueta

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Retrato de una mujer de perfil con cabello oscuro recogido, vestida con un top negro de tirantes dorados, sobre un fondo marrón liso
"Madame X (Madame Pierre Gautreau)", de John Singer Sargent/ 1883–1884 (Foto: MET Nueva York)

La moda jamás fue un hecho superficial. Desde los palacios de Versalles hasta los algoritmos del guardarropa contemporáneo, el arte y la moda constituyen un registro siempre demostrativo. En la evolución y el reflejo de las revoluciones, la moda expone a las sociedades: sus exclusividades, deseos, miedos, vanguardias, horrores y sueños. Cuando la aguja se cruza con el pincel, la historia deja de ser una acumulación de fechas y se convierte en una materia viva que el tiempo revela. Las clases se diferenciaban por sangre, sedas, piedras, pieles y terciopelos.

La necesidad de marcar diferencias de clase a través del ropaje es tan antigua como la civilización, y su punto más álgido se observó en el Renacimiento, durante el siglo XV. Cuando la clase comerciante enriquecida comenzó a pujar en las ciudades italianas y flamencas, los nobles se sintieron amenazados: los burgueses tenían dinero suficiente para adquirir las mismas telas que la aristocracia. Los monarcas respondieron con las llamadas Leyes Suntuarias. Estos decretos reales prohibían el uso de ciertos colores, pieles como el armiño o sedas a cualquiera que careciera de un título de nobleza legítimo. El castigo ante cualquier transgresión era la cárcel. Con ese decreto exclusivo, la ropa se convirtió oficialmente en un documento de identidad legal de la casta.

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Una obra que da cuenta de aquella época y de su malestar social es el Matrimonio de los Arnolfini (1434), de Jan van Eyck. Arnolfini era un mercader de telas, no un noble. Al retratarse con un opulento abrigo de piel y terciopelo oscuro, desafiaba al poder y los límites de su clase: comprar el estatus del rey, aun sin sus privilegios, burlaba la tinta de las plumas que firmaron las restricciones.

En el 1700, la sofisticación de los vestidos en las cortes de Francia e Inglaterra alcanzó un nivel de teatralidad sin precedentes. La exclusividad de la aristocracia ya no se medía únicamente en la calidad de las sedas, las incrustaciones o los bordados; en ese momento también intervenía la inmovilidad del cuerpo en función del atuendo. Los cuerpos femeninos parecían insensibles al dolor, sometidos a verdaderas proezas de ingeniería cortesana: los paniers, los armazones internos de mimbre, madera o barbas de ballena, servían para ensanchar las caderas de manera hiperbólica y obligaban a las mujeres a cruzar los espacios reducidos o las puertas de costado.

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A diario, esa opulencia terminaba como una carga física tortuosa. Un vestido de gala, con capas de enaguas, armazones y pedrería, podía pesar entre quince y veinte kilos. Los bailes podían durar diez horas y provocaban dolores crónicos de columna y llagas sangrientas en la cintura.

“El columpio” - Jean-Honoré Fragonard
'El Columpio', de Jean-Honoré Fragonard/ 1767 (Foto: Wallace Collection)

Ese dolor no era expresión de sensibilidad femenina. El corsé tensado para llegar a los cuarenta centímetros de cintura desplazaba los órganos internos y colapsaba los pulmones. La presión provocaba desmayos, y también aquí la belleza ocultaba las razones con conceptos históricamente conocidos como ataques de “extrema sensibilidad o fragilidad femenina”, un concepto romántico que enmascaraba síncopes, lesiones, fracturas por presión y falta de oxígeno.

Esa belleza visual y táctil, reservada para unos pocos, fue la demostración de una opulencia flotante y ajena a la realidad. La obra rococó El columpio (1767), de Jean-Honoré Fragonard, plasma una supuesta liviandad en el aire. La protagonista, en su silueta artificial, coquetea con el viento, sus movimientos y sus enaguas. Nada es inocente: el columpio se mece entre dos hombres —su esposo y su amante— en una escena de intensa carga rococó. Entre las exuberantes telas se detecta el reflejo de la decadencia aristocrática y los placeres mundanos. Más allá de los ropajes, la rebeldía de las pasiones no tiene límites.

En medio de las opresiones estéticas y morales existió un espacio de resistencia: los bolsillos ocultos. Al no existir bolsillos cosidos directamente a las faldas, las mujeres usaban bolsas independientes atadas a la cintura, ocultas bajo el armazón. El acceso, de uso personal exclusivo, se disimulaba entre los pliegues de la tela. En aquella sociedad donde la mujer carecía de derechos legales, esos bolsillos eran un lugar propio: allí guardaban dinero, dagas de defensa y cartas secretas.

Lo más grave de esa era fue la cancelación de la infancia. Las niñas de la aristocracia eran tratadas como adultas en miniatura y piezas de intercambio dinástico. Entre los cuatro y los siete años, eran embutidas en versiones idénticas a los trajes de sus madres, incluidos los corsés rígidos que moldeaban a la fuerza sus huesos en crecimiento para ajustarlos al postureo de la corte. Las Meninas (1656), de Diego Velázquez, lo ilustra con elocuencia: la infanta Margarita, de cinco años, aparece encajonada en un pesado y rígido atuendo que la despoja de cualquier acción espontánea propia de la infancia.

Un nuevo elemento vino a confirmar los mensajes que traen los lienzos: la aparición del negro como color de poder, en el siglo XVI. Era todo un desafío técnico; tras años de intentos, no se lograba un negro pleno. Gracias al monopolio español sobre el palo de campeche, importado desde América, ese color se convirtió en el uniforme de gala más caro y exclusivo del mundo, expresión del poder imperial en su forma más absoluta. A finales del siglo XVIII, en Inglaterra y Francia surgió una rebelión de la elegancia masculina: el Dandismo, con principios claros de armonía y perfección sin extravagancia. Figuras como Beau Brummell rechazaron la afectación aristocrática y refinaron el traje hacia el negro y el azul noche, con la sastrería como protesta intelectual contra la vulgaridad de la producción en masa de la Revolución Industrial. Cada época lleva las marcas de las luchas de clase representadas en vida, acción y obra.

Pintura con tres figuras estilizadas de espaldas. Vestidos con patrones geométricos: triángulos azules y blancos, franjas marrones/doradas/rojas, y uno negro. Fondo geométrico
'Vestidos simultáneos. (Tres mujeres, formas, colores)', de Sonia Delaunay/1925 (Foto: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)

En el guardarropa de las damas, el verdadero cataclismo llegó en 1884, y su mayor testimonio es el Retrato de Madame X, de John Singer Sargent. Al retratar a la socialité Virginie Gautreau con un vestido de satén negro, profundo y sugestivo, Sargent escandalizó a París. Por primera vez, el negro abandonaba el luto y la devoción religiosa para convertirse en una herramienta de erotismo y seducción modernista. El tejido oscuro ya no ocultaba: funcionaba como el marco cromático perfecto para contrastar la palidez de la piel y la sensualidad de las formas femeninas en la esfera pública. Ese momento marcó el inicio de la liberación estilística que vendría después, y que continúa hoy.

Las prisiones de metal y ballenas fueron demolidas en el siglo pasado. En la década de 1920, la moda bailó al ritmo del jazz y la emancipación. La silueta recta, los colores claros y el acortamiento de las faldas redefinieron a la mujer moderna. Ese quiebre quedó plasmado en el lienzo Vestidos simultáneos (Tres mujeres, formas, colores) (1925), de Sonia Delaunay: una obra que nació como catálogo de moda real y vanguardia, con jóvenes vestidas con ropas sueltas hasta las rodillas y patrones geométricos luminosos, listos para moverse, bailar y trabajar.

El pantalón femenino llegó poco después. Lo inició Paul Poiret en 1911, como una excentricidad de inspiración oriental, pero quien lo consolidó fue Coco Chanel en los años 20. Chanel tomó prestadas prendas de los marineros y dio inicio a la verdadera revolución del pantalón, no como estética sino como muestra política y pragmática que se impuso por necesidad durante las guerras, cuando las mujeres ocuparon los puestos de trabajo en las fábricas. El pantalón dejó de ser un tabú masculino para convertirse en una armadura flexible de emancipación laboral y un símbolo de transformación. Ese reflejo de igualdad y libertad en espacios públicos, deportivos y sociales fue la afirmación que varios segmentos esperaban para la liberación de tantas restricciones. Con una prenda comenzaba la posibilidad de elegir la estética que se llevaba en el cuerpo y, con ella, la visibilidad de las futuras conquistas de emancipación.

Un vestido sin mangas blanco con franjas rojas y el logotipo de sopa Campbell's repetido, exhibido en un maniquí gris
'Souper Dress', de Andy Warhol/1965 (Foto: Met Nueva York)

En la actualidad, la moda enfrenta una paradoja: nunca antes existió tanto acceso a la diversidad de prendas y, a la vez, nunca antes los distintos segmentos de la sociedad se vieron tan uniformados. Con el nacimiento de la hipersegmentación algorítmica en redes sociales y el Fast Fashion, se industrializó el alma del consumo. Hoy, la detección de una microtendencia y su viralización global inmediata llevan a que, en tiempo récord, una fábrica genere millones de prendas baratas. Para adolescentes y jóvenes, la ropa funciona como un código de barras de identidad instantánea: ya no se busca la durabilidad ni la herencia, sino el impacto visual entre pares o la acumulación de likes en una pantalla. En el esfuerzo por pertenecer a una comunidad —tal vez solo digital— muchos terminan adoptando uniformes prefabricados. La moda pasó a ser parte de una política liviana en calidad, portátil y descartable. Grandes diseñadores dan batalla, día a día, a un tiempo que parece ajeno al valor del trabajo artesanal, la creatividad personalizada y la dedicación que exigen los procesos creativos.

Esa lógica de la repetición y el desecho masivo tuvo su profecía artística en 1962 con las Latas de sopa Campbell, de Andy Warhol. Al alienar y repetir matemáticamente un objeto de supermercado, el Pop Art advirtió que la modernidad devoraría la individualidad. Hoy, los jóvenes consumen estéticas identitarias en serie y las descartan con la misma velocidad con que se pasa de largo una lata de sopa en una góndola digital.

La ropa habla. Siempre lo hizo. En el 1700, hablaba de estatus y casta; el ancho de las caderas medía el tamaño de las tierras. En 1960, el tema era la liberación; el largo de la falda medía el tamaño de la libertad. Hoy habla de velocidad y pertenencia efímera. Aun así, en cada tiempo hay transgresores que se niegan y resisten, que dan valor a los detalles, redoblan el esfuerzo y mantienen firme —como encorsetada— la convicción de que esos detalles describirán, a futuro, cada cultura y cada época.

En este recorrido por los siglos es posible observar belleza y esplendor, pero también dolor, opulencia, secretos, rebeliones y luchas sociales que aún hoy tienen costuras abiertas y pinceles que siguen tomando decisiones y eligiendo por color.

Desaparecidos el corsé de ballenas, los bolsillos ocultos y los atuendos pesados, hoy son otros los reyes que imparten sus órdenes. Tal vez algún día el mundo diferente que se imagina aparezca entre sueños de libertad más allá de los harapos.

Los vestuarios cambian de época, se rompen, se devalúan, se vuelven obsoletos en cualquier escaparate. Lo que permanece inalterable, más allá de las sedas o el brocato, es la esencia humana que decide qué batallas pelear.

Al final del día, la ropa será solo un disfraz, una parte del cuento, de ese momento y esa historia. Cada uno es un lienzo, con o sin hilos dorados, algoritmos u óleos plateados. Un auténtico original, una obra libre que se cuestiona y se expande en el eco de la luz propia.

Somos la auténtica existencia, más allá de los trapos.

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