Es especialmente significativo para mí que, en estos tiempos, hayáis elegido otorgar este honor a una escritora. No estoy segura de cuál es la situación en España, pero los profesores de humanidades están sitiados en las universidades norteamericanas. Las materias que enseñan —literatura, idiomas, historia, historia y teoría del arte, y filosofía, entre otras— están siendo tacha de estudios no esenciales en una época caracterizada por el rápido cambio tecnológico y la innovación científica. A los estudiantes se les dice que el estudio de esas materias no les ayudará a conseguir un trabajo, a pesar de que muchas empresas buscan, no personas con habilidades especializadas, sino personas que sepan innovar, que sean capaces de pensar más allá de lo convencional.
Se supone que son precisamente estos estudios humanísticos los que enseñan a las personas a pensar, a crear y a comprender a los demás, especialmente a quienes son diferentes a uno mismo. Una novela literaria —según nos dicen los neurólogos— es lo más cerca que uno puede estar, en términos de actividad cerebral, de adentrarse en la mente, el corazón y el alma de otra persona. No se puede pensar, si no se sabe hablar, y si no se sabe hablar con claridad y de forma cabal. «¿Cómo voy a saber lo que pienso hasta que no vea lo que digo?» es un famoso aforismo atribuido al poeta W. H. Auden. Una sociedad que ya no puede pensar, que ya no puede pensar con claridad y que ya no puede cuestionar sus propias suposiciones se dirige hacia el precipicio. En cuanto a los idiomas, son quizá la primera tecnología estrictamente humana. Permiten la cooperación en grupo, la creación de mitos —que unifican a la sociedad— y la creencia en conceptos y entidades abstractos —lo cual no es un bien puro, porque nada humano es un bien puro, pero es de vital importancia para la historia de la humanidad—. No podemos entender hacia dónde es probable que vayamos, a menos que tengamos una idea de dónde hemos estado, y de las historias sobre cómo llegamos aquí, a este lugar y este momento. Y solo podemos conocer el pasado a través de las artes, los artefactos y los documentos que las épocas pasadas nos han legado —aunque, incluso así, nuestro conocimiento está destinado a ser incompleto—. Por eso dedicamos tantas palabras a intentar interpretarlos, y también a interpretarnos a nosotros mismos.
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Se dice que el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II, en el siglo XIII, quería saber qué lengua hablaban Adán y Eva en el Edén. Pensó que si criaba a unos bebés en un entorno en el que nunca oyeran hablar, estos revelarían espontáneamente esa lengua primigenia. Alimentaban y vestían a los bebés, pero no les hablaban de ninguna manera, ni siquiera mediante la lengua de signos. No prosperaron y acabaron muriendo. Necesitamos el lenguaje. Necesitamos emociones. Necesitamos el pensamiento. Necesitamos historias. Eso es lo que somos, en tanto que seres humanos.

La otra dificultad a la que se enfrentan las humanidades es una crisis en las aulas. Según nos cuentan, los estudiantes están recurriendo a la IA para que les escriba sus ensayos. Esta práctica se ha extendido como la pólvora. Se supone que escribir un ensayo te enseña algo a ti, el autor o la autora; pero si no lo has escrito tú mismo o misma, no has aprendido nada, salvo a hacer trampa. Y si todos los demás hacen trampa y se benefician de ello, ¿por qué no ibas a hacerlo tú? Así que se ha producido un gran retorno a los exámenes en el aula y a los mini-ensayos, al igual que ha habido una reacción contra las pantallas en general.
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Luego está el problema de la libertad de expresión frente a la censura. Nunca en la era moderna, en Estados Unidos —que durante la Guerra Fría se consideraba el faro de la libertad y el principal bastión de la libertad de expresión en el mundo— se han prohibido tantos libros en las bibliotecas, ni se han retirado tantos de las escuelas. ¿Quién puede decir qué y a quién? La censura no es algo nuevo: cada sociedad tiene su propia versión de lo indecible, lo tabú, lo traicionero, lo blasfemo; pero es una cuestión de tema, grado y tipo. Es digno de mención el clamor por la libertad de expresión de un partido político en la oposición, seguido de medidas represivas y de la supresión de los medios de comunicación una vez que ese partido gana —especialmente si gana mediante una revolución, es decir, mediante el derrocamiento de un sistema existente y su sustitución por otro—.
La Revolución Francesa —a la que considero la primera revolución moderna, es decir, la primera que se apoyó en una turba populista— estaba totalmente a favor de la libertad de expresión antes de que estallara la revolución. Por supuesto que sí: querían poder denunciar el orden establecido. La revolución propiamente dicha fue precedida por unos cuarenta años de intensa actividad panfletaria. Una vez que los revolucionarios llegaron al poder comenzaron las luchas de poder entre facciones que siguieron, se destrozaron las imprentas, se suprimieron las publicaciones y, finalmente —al inicio del Terror—, se promulgaron leyes que incluían, entre otras cosas —como la prohibición de presentar pruebas en los juicios—, la condena de quienes se sospechaba que tenían pensamientos contrarrevolucionarios. ¿Cómo podían los tribunales revolucionarios saber qué tipo de pensamientos tenía una persona? Ni lo preguntes. Simplemente lo sabían. Y rodaron muchas cabezas. Lo mismo ocurrió durante las purgas de Stalin: en los juicios espectáculo, la gente confesaba cosas que no había hecho, e incluso cosas que desconocía. A esto es a lo que se refiere Orwell en 1984 con la expresión «delito de pensamiento». El régimen de 1984 pretende consolidar su poder —la bota pisoteando el rostro humano para siempre— eliminando del lenguaje cualquier palabra que permita a la gente hacer lo que hoy en día, todavía, podríamos llamar «pensar». ¿Será capaz la IA de lograrlo? Averigüémoslo.
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Me apresuro a añadir que las revoluciones pueden ser tanto de derechas como de izquierdas. La rueda del destino gira, los de abajo se convierten en los de arriba, pero esa rueda puede girar tanto de izquierda a derecha como de derecha a izquierda. Fíjense en la enérgica agitación en favor de la libertad de expresión antes de que los trumpistas llegaran al poder. Fíjense en las represiones mediáticas, las demandas, los despidos y las adquisiciones de periódicos y cadenas de televisión desde entonces. Estados Unidos aún no tiene medios de comunicación estatales, y no es que esté precisamente destrozando imprentas; pero no por falta de ganas.

Como nota al margen, hay que mencionar que en 1984 existen máquinas de escribir novelas que producen bodrios románticos para las masas. La heroína, Julia, trabaja en este departamento. Cito: Julia tenía veintiséis años... y trabajaba... en las máquinas de escribir novelas del Departamento de Ficción. Disfrutaba de su trabajo, que consistía principalmente en manejar y mantener un motor eléctrico potente pero complicado... Podía describir todo el proceso de composición de una novela, desde la orden general emitida por el Comité de Planificación hasta el retoque final a cargo del Equipo de Reescritura. Pero no le interesaba el producto final. «No le interesaba mucho leer», decía. Los libros eran solo una mercancía que había que producir, como la mermelada o los cordones de las botas.
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La máquina de escribir novelas era pura fantasía en 1948, cuando Orwell estaba escribiendo su libro. Pero quizá ahora ya no lo sea. Recientemente se ha producido un incidente relacionado con los premios literarios de la Commonwealth en torno a un relato que ganó un premio, pero que luego fue acusado de haber sido generado por inteligencia artificial. Dos sitios web de análisis de IA dijeron que sí, otros dos dijeron que no. Dado que estos analistas de inteligencia artificial eran ellos mismos IAs, ¿en qué situación nos pone eso? Quizá de vuelta al mundo de la escritura humana real. O quizás en 1984. Si es lo segundo, adiós al acto de la escritura humana real. No creo que vaya a suceder eso, pero lo averiguaremos.
Hasta ahora, solo he hablado de las crisis en las humanidades. Pero están ocurriendo en el contexto de una tormenta perfecta de otras crisis. Tres guerras cruciales: la de Ucrania, la de Gaza y la de Irán. La reorganización del orden geopolítico que estas guerras han provocado: la disminución del poder y del prestigio mundial de Rusia, Estados Unidos e Israel, y el ascenso de China. Las crisis medioambientales: la extinción de especies, la degradación de los ecosistemas, la destrucción de hábitats tanto animales como vegetales, pero también humanos: necesitamos oxígeno para respirar, y si destruimos la vida de los océanos, se acabará.
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Las crisis económicas: subida de precios, pérdidas de empleo y una lista muy, muy larga. Permítanme añadir a la mezcla la deuda pública y la hambruna. Ambas precedieron a la Revolución Francesa. Solo lo comento. En este momento, ustedes en España se encuentran en una situación relativamente favorable. No están en guerra. Están bastante lejos de Rusia. Es poco probable que Irán los ataque. Cuentan con una rica historia y un tejido cultural diverso y fascinante. Tienen una monarquía constitucional —una democracia con un rey cordial como jefe de Estado— y, dado que Canadá tiene un sistema similar, naturalmente creo que es un buen orden. Es poco probable que se conviertan en una dictadura totalitaria en un futuro próximo. ¿Podría ser que, si los tiempos se tornan más sombríos, España se convierta —como lo fue Irlanda durante la Edad Media— en un santuario para la preservación de la alfabetización y el saber? No es algo descabellado.
Para concluir, les doy las gracias una vez más; les aseguro que este discurso no lo ha escrito una inteligencia artificial, sino yo misma, y deseo por el bien de todos nosotros que las humanidades pervivan, y también mucha suerte.
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Gracias.
[Fotos: Universidad de Granada]
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