
El 18 de junio de 1778, Wolfgang Amadeus Mozart estrenó su Sinfonía París ante el público del Concert Spirituel en el Palacio de las Tullerías. Los ensayos habían sido un desastre: la orquesta tropezó con la partitura dos veces seguidas. “La verdad es que estaba angustiado; con mucho gusto la habría ensayado una vez más, pero como siempre hay tantas cosas que ensayar, no quedaba más tiempo”, escribió días después a su padre, en una carta fechada el 3 de julio. El concierto, sin embargo, fue un triunfo.
Ahora, casi 250 años después, París le devuelve algo más. La Biblioteca Nacional de Francia (BnF) anunció este viernes el hallazgo de un manuscrito autógrafo inédito del compositor con siete piezas para arpa y flauta, nunca escuchadas hasta hoy. El cuaderno, de 44 páginas, contiene además una docena de lecciones de composición que Mozart impartió a diario entre mayo y julio de 1778 a Marie-Louise-Philippine de Bonnières de Guînes, hija del duque de Guînes, y arroja nueva luz sobre su última estancia parisina y su actividad como profesor.
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La París que Mozart detestaba
La estancia de 1778 fue la última que Mozart hizo en la capital francesa, y también la más amarga. Tenía 22 años cuando llegó en marzo acompañado únicamente por su madre, Maria Anna Mozart, tras haber sido rechazado en varios puestos en Mannheim y Salzburgo. París era entonces la capital cultural de Europa, el epicentro de la Ilustración, la ciudad donde Rousseau y Voltaire aún respiraban el mismo aire que los conciertos del Concert Spirituel. Para cualquier músico con ambiciones, era una parada obligada.
Pero Mozart la vivió como una trampa. El 18 de julio de 1778 escribió a un amigo que la ciudad era “muy en contra de mi naturaleza, deseo, ciencia y alegría” (“ganz entgegen meinem Genie, Lust, Wissenschaft und Freude”): enteramente contraria a su genio, sus inclinaciones, sus conocimientos y su alegría. La ciudad que había adorado al niño prodigio en sus visitas de 1763 y 1766 recibió al joven compositor con indiferencia y, con frecuencia, con descaro.
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Para pagar las facturas, Mozart aceptó dar clases particulares. Impartía dos horas de lecciones de composición a Marie-Louise-Philippine, de 19 años, arpista a quien el propio Mozart describió en una carta a su padre del 14 de mayo como una intérprete que tocaba el arpa magnifique, dotada de “una memoria incomparable” capaz de tocar de memoria más de doscientas piezas.
La relación con la familia de Guînes fue una fuente constante de frustración. El duque, diplomático que había representado a Francia en Berlín y en Londres, era aficionado a la flauta y tenía el favor de la reina. Mozart le compuso el Concierto para flauta, arpa y orquesta en Do mayor, K. 299, una obra de su catálogo parisino, y aceptó dar a su hija lecciones de composición a seis libras por sesión. El duque, sin embargo, pagaba con la misma negligencia con que cancelaba las citas.
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El 31 de julio de 1778, Mozart escribió a su padre una de las cartas más reveladoras de ese período: “Imaginad: el duque de Guînes, a cuya casa he tenido que ir dos horas al día, me dejó dar veinticuatro lecciones y —aunque la costumbre es pagar después de cada 12— se fue al campo y volvió diez días después sin decirme una palabra al respecto". Cuando fue a cobrar, el ama de llaves le entregó el dinero de solo 12 sesiones con la excusa de que no tenía más efectivo. y anotó con mordacidad: “Así que el señor le Duc no tiene ni un ápice de honor y debió de pensar: ‘Después de todo, es un hombre joven y, además, un alemán tonto, así que estará bastante contento con esto’. Pero el alemán tonto no estuvo nada contento en absoluto; de hecho, no lo aceptó.”
El cuaderno que mezcla dos manos
El manuscrito ahora descubierto es el registro directo de esas lecciones. Sus 44 páginas documentan una docena de ejercicios de composición en los que el método de trabajo de Mozart queda visible en la propia escritura: en ocasiones, el compositor redactaba la parte del arpa y pedía a su alumna que escribiera la de flauta; luego intercambiaban los roles. Las 7 piezas para flauta y arpa —la última de ellas inacabada— parten siempre de una idea propuesta por Mozart, y en ellas "las manos del maestro y de la alumna se mezclan en proporciones variables“, según la BnF.
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El cuaderno fue localizado entre un paquete de unos 20 manuscritos anónimos. Goy atribuyó la identificación a rasgos gráficos específicos y a la coincidencia de los sellos del papel con los de una copia francesa del concierto K. 299, la obra que Mozart había compuesto para ese mismo círculo meses antes. El documento fue sometido a peritaje y su atribución validada a finales de abril por la Fundación Mozarteum.

Las siete piezas suman aproximadamente 20 minutos de música. La primera audición pública tendrá lugar este domingo en la Fiesta de la Música de Francia, a cargo de la flautista Mathilde Caldérini y el arpista Nicolas Tulliez, ambos de la Orquesta Filarmónica de Radio France, que ya han ensayado en privado unas partituras que ningún músico había tocado en casi 250 años.
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Una estancia marcada por la pérdida
El verano de 1778 no fue solo el de las lecciones impagadas y los conciertos aplaudidos. El 3 de julio, en la misma carta en que relataba a su padre los detalles del estreno de la Sinfonía Paris, Mozart le anunciaba que su madre agonizaba. “Tengo que daros noticias muy desagradables y tristes”, comenzaba. Maria Anna Mozart murió esa misma noche, a las diez y veintiún minutos. Tenía 57 años. Fue enterrada en el cementerio anejo a la iglesia de Saint-Eustache, en Les Halles. Su tumba se perdió con el tiempo.
Mozart permaneció en París varios meses más, incapaz de obtener el nombramiento o el encargo que justificara la estancia. Rechazó una plaza de organista en Versalles por considerarla indigna de sus ambiciones. Su padre, Leopold Mozart, le escribía desde Salzburgo con urgencia creciente para que regresara. En septiembre de 1778 le recordó que en París solo le esperaba el trabajo de los alumnos, correr para conseguirlos; luego, cansado por ese trabajo desagradable, sentarse en casa a componer.
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Mozart partió de París a finales de septiembre. El cuaderno que dejó atrás, guardado entre papeles anónimos en los archivos de lo que hoy es la Biblioteca Nacional de Francia, esperó 248 años para ser abierto de nuevo.
[Fotos: Kenzo Triboulliard/AFP]
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