
Outside: Papeles Diarios de Marguerite Duras llegó a librerías. Se trata de una selección de textos periodísticos reunidos por Yann Andréa -el último amor de Duras- y traducción de Clara Janés. Sale dentro de la Colección Perdita de la editorial chilena Banda Propia Editoras. El volumen reúne entrevistas, crónicas y artículos “inclasificables” que Duras publicó en la prensa, con un repertorio de interlocutores que va de figuras públicas a personajes anónimos e intelectuales como el filósofo Jean-Paul Sartre y la pensadora feminista Monique Wittig.
Marguerite Duras (Indochina francesa, 1914 – París, 1996) fue una novelista, dramaturga y cineasta clave de la literatura universal del siglo XX, reconocida por su estilo fragmentario, poético y cargado de silencios. Su infancia en Saigón y su militancia en la Resistencia francesa marcaron una producción obsesionada por el deseo, la memoria y el trauma social. Alcanzó el reconocimiento masivo global y el Premio Goncourt gracias a El amante, una novela de tintes autobiográficos que condensa la intensidad de toda su obra.
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Outside no es un libro de perfiles ni de contingencia, sino que muestra cómo la autora asumió el periodismo como un espacio de riesgo político y literario. Como perla, incluye un texto de María Moreno, una de las cronistas y ensayistas argentinas más influyentes, autora de la aclamada memoria autobiográfica Black out. A continuación, fragmentos del prólogo mencionado.

La única única
Marguerite Duras, que no solía decir lugares comunes, consideraba que la literatura superaba al periodismo salvo que sirviera para la denuncia, el jaqueo al poder, la razón de los prisioneros, los indocumentados, los analfabetos. Pero casi al fin de su vida —murió el tres de marzo de 1996— publicará Outside por insistencia de Jean-Luc Hennig, director de la colección Illustrations, de Albin Michel, cuidadosamente prologado y organizado por su amor-fusión, Yann Andréa. El libro merece una escueta introducción suya donde ubica el oficio en una suerte de vida paralela, de estrategia terapéutica para salir del libro que acaba de escribir y que la obsesiona cada vez.
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Marguerite, primero una escritora de unos pocos (aunque esos pocos no son cualquiera) y luego autora del bestseller El amante, recreado más tarde en El amante de la China del Norte —vieja astuta— y una vez hecha la película de Jean-Jacques Annaud, será definitivamente millonaria, fiestera dadivosa a pesar de su célebre tacañería.
Marismas o el don
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Su padre, Henri Donnadieu, genio de las matemáticas según la hija, será un funcionario pedagógico en las colonias, casado, luego viudo, casi siempre enfermo entre Francia e Indochina, muerto cuando Marguerite tenga cuatro y ya haya conocido el sexo con los torpes intentos de violación de un mestizo de once años, al que ella considerará diáfano y no traumático. En el futuro será no monógama, apasionadamente sensual, demandante, o mejor dicho, toda-deseo aunque también toda-escritura, feroz militante de la Resistencia y miembro obediente del partido comunista.
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Primero escribirá a la americana, fascinada por Hemingway, Faulkner y Fitzgerald, y será rechazada por su primer editor de la casa Gallimard, Raymond Queneau, hasta que termine de afrancesarse, ella, que habla el vietnamita. En su juventud estudiará derecho y será mantenida por su madre y, obsesionada por los motores, se paseará con caros descapotables. Será alcohólica, de su casa al bar popular en donde se hará adicta al Campari, mezcla falsamente inofensiva y barata.
Escribir en el acto
La obra de Duras es una larga espera de que, en el presente, pueda ser escuchada, que logre sobreponerse a ese pasado inventado y sobre-escrito a través de figuras incestuosas que cambian para repetirse, siempre solitarias, lacónicas de sus secretos terribles. Tránsfugas en su pose de memorias, se escriben a lo largo de un tiempo prolongado, inevitable e hipnótico, como si la autora fuera víctima de un rapto: salir siquiera a comprar un pan, beberse un tinto en el bar, hacerse de unas flores, es dejar de escribir. Duras llegó a decir que lo malo de morir era dejar de escribir. Escribir en los diarios es escribir en el acto, respetar los tiempos de entrega, salir. En Outside dice que el periodismo debe ser moralista, que para ella fue su «primer cine» o sea una escena recortada que exige mirar y ver lo que los demás —como los que no están en la sala— no pueden ver. Diga lo que diga será un trabajo partidario —de Duras— justiciero, indignado. Ella hace hablar a los perseguidos, a los «perversos» que ella llama sin dudar «enamorados», a los condenados a morir, a los niños, a los parroquianos de bares de mala fama, a los asesinos (casi siempre las asesinas).
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Son a menudo mujeres a las que Duras pone en primer plano como Germaine Roussel, de cincuenta y dos años, obrera en una fábrica metalúrgica, que no sabe leer, o Nadine d’Orange cuyo marido se suicidó porque lo detuvieron por amar a una niña —«yo creo plenamente en este amor», opina Marguerite— o Simone Deschamps, una vieja fea que, con lancería erótica bajo su tapado, hacía servicios sexuales s/m y terminó por acuchillar a su partenaire, el doctor Evenou a quien amaba. Para Marguerite si se trata de amor todo es muy simple: «Te amo y por lo tanto te odio, por lo tanto te mato». Conoce de antemano al pueblo porque ha bebido largamente con ellos, los borrachos a los que encuentra en los mostradores de los bares y que pueden ser tanto un ingeniero como un pescador.
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Por eso entrevista con mayor responsabilidad, espíritu de justicia —la policía y el sistema judicial son sus enemigos— a los «delincuentes», a los habitantes de los guetos, a los de barrios bajos. Recoge los testimonios más atenta a la experiencia vivida que a los análisis políticos y los compara como en «Los dos guetos», muestra la experiencia de la cárcel desde los saberes librescos de los prisioneros como en «Entrevista a un “delincuente” no arrepentido» donde pueden pescarse los fundamentos empíricos de Michel Foucault.
Jamás fonetiza el habla popular, en cambio pone en evidencia el saber fuera de las instituciones, el registro oral y sus riquezas lingüísticas. En su últimas entregas ya Capote ha inventado la no ficción, Tomas Wolfe, el nuevo periodismo. ¿Pero qué tiene que ver todo eso con Duras? Francia no problematiza la escritura basada en «hechos reales» y no vacila en llamar novelas las de Emmanuel Carrère, a quien adora y odia mientras se mantiene en la lengua de Racine.
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Duras no se adapta, a lo sumo hace patente su condición de militante comunista, de miembro de la resistencia, de outsider. Es ella la sublime, la transgresora, la vidente más allá de lo visible, la «única única».
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