
En un número de la revista Crisis de 1973, María Esther Giglio le preguntaba a Borges por qué en sus cuentos tenía tan pocas mujeres. “Les he escrito cientos de poemas”, respondía él, en parte aceptando la crítica, en parte tratando de cambiar de tema. No son tantas, pero tampoco son tan pocas: la viuda Ching, la Lujanera, Emma Zunz, Beatriz Viterbo, la mujer de Pedro Salvadores, Juliana Burgos, algunas más. Casi todas comparten un destino de sangre y muerte; son vehículos de pasiones bajas: la infamia, el rencor, la venganza, las minucias del sexo. En aquella entrevista, él vinculaba lo femenino con la debilidad y la deshonra.
Las mujeres de su vida, sin embargo, fueron fuertes, resueltas, atrevidas. En esa contradicción se jugaban sus relaciones. Tímido y enamoradizo, tuvo muchos amores. Si propusiéramos una biografía a partir las mujeres que amó, comprobaríamos pronto que, desde la adolescencia, con las primeras amigas en Ginebra, y hasta el día de su muerte, hubo pocos momentos en los que no estaba en un noviazgo —real o fantaseado—. “Yo creo que he estado enamorado siempre a lo largo de mi vida, desde que tengo memoria”, le dijo a Osvaldo Ferrari en 1985.
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Las hermanas Lange, Emma Risso Platero, Estela Canto, Cecilia Ingenieros, Genoveva Felisca, Susana Bombal, Elvira de Alvear, Esther Zemborain, Elsa Astete, Wally Zener, María Esther Vázquez, María Kodama: la serie parece infinita.
Borges aceptaba con estoicismo los reveses del destino —la ceguera, el primero—, pero vivía la soledad como una carga, como un infierno: necesitaba una mujer a su lado. Y cuando sus sentimientos por ella se acababan o ella lo dejaba, rápidamente encontraba una sustituta. “La vida amorosa de Borges”, escribió Norman Thomas di Giovanni, “fue siempre un asunto cerebral”. Y Estela Canto: “El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza infantil. Al parecer, se entregaba completamente, suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable, al cual no se atrevía a aspirar. No era sentimental, sino lírico”.
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La mujer del fantasma
El saber popular ubicó a Norah Lange y a Estela Canto como los grandes amores —trágicos— de Borges. A cuarenta años de su muerte, es difícil, si no imposible, dar una dimensión real de esas relaciones. Sobre todo, porque se las agigantaba como una forma de menoscabar a María Kodama. Kodama era demasiado polémica, era la Yoko Ono de Borges y Bioy. Norah y Estela no solo eran más accesibles, sino que tenían algo aún más valioso: de las dos se podía contar historias escandalosas de alcohol, rivalidades literarias, sexo. Las dos participaban en ese deporte al que los argentinos nos entregamos con un placer maledicente, el chisme.

Kodama fue el pararrayos que le permitió a Borges una posteridad pacífica. A medida que la distancia aplacaba las disputas políticas en las que él había estado atrapado, era ella quien quedaba en medio de los conflictos. “Todo el periodismo me odia”, le dijo una vez a Pola Oloixarac, “pero la gente sabe que yo defiendo lo que Borges quería que yo defendiera. Por eso no les contesto a los periodistas, que me maltratan y me dicen que yo hago las cosas por dinero, cuando no es así. Es un voto de confianza de Borges que jamás voy a traicionar”. Actuó según lo que ella creía que era necesario para proteger la obra y la memoria de Borges. Fue inflexible, fue arbitraria, fue brutal, fue excesiva, fue cruel.
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En 2017, Kodama presentó su libro Relatos en la librería El Ateneo Grand Splendid y la escritora Alina Diaconú dijo que Borges la llamaba “mi samurái”. Como si se moviera con ese código de honor, arrasó con todo lo que podía poner en duda el futuro del fantasma: borró dedicatorias, canceló contratos, renegoció ediciones, quitó derechos, hizo juicios y denuncias, tuvo polémicas públicas con muchísima gente. Hizo que Alfaguara retirara la tirada completa de El hacedor (de Borges) remake, de Agustín Fernández Mallo, y en un hecho muy desgraciado llevó a juicio por plagio a Pablo Katchadjian, que había intervenido el cuento El aleph con un experimento típico de la vanguardia en el que expresaba un saber profundo de la obra de Borges.

Quizá la primera víctima de Kodama —la primera víctima de Borges— haya sido ella misma. Con el terror de no cumplir su misión, parecía que buscaba ser eterna. “Quizá viva 120 años, quizá nunca me muera”, me dijo una vez. Lo sobrevivió treinta y siete años. En todo ese tiempo organizó conferencias, homenajes, encuentros en universidades, bienales, charlas con académicos. No dejó de hablar de él, de pensar en él, de escribir sobre él. Nunca —al menos públicamente— se le conoció otra pareja. Consagró su vida a mantener la vigencia de Borges.
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“Está vivo gracias al trabajo que yo hago”, decía, “esa es mi obra”.
Primer amor, últimos ritos
En el final de su vida, nadie atendió y cuidó a Borges como ella. Nadie lo escuchó —sus ideas, sus deseos, sus temores— como ella. Él hablaba para ella, recitaba para ella, escribía para ella. Siempre medido en las dedicatorias, a Kodama le dedicó cuatro libros: Historia de la noche, La cifra, Atlas —que hicieron juntos: él, el texto; ella, las fotos— y Los conjurados.
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La dedicatoria de La cifra es quizás la más bella que se haya escrito jamás: “Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio”.
“Cuando caminaban juntos, es decir, casi siempre que Borges caminaba, era él el que la llevaba del brazo”, escribió Juan Martini en el blog de Eterna Cadencia, “y era visible que el gesto de Borges, antes que el de un ciego, era el gesto de un compadrito: el gesto firme y orgulloso del hombre que no solo está con la mujer que quiere estar, sino que dice: Esta mujer es mía”.
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Se sacaron cientos de fotos, pero hay una icónica que muestra claramente aquello que decía Martini.
Borges y Kodama salieron a caminar y ahora vuelven a Maipú 994, la casa de él. Ella no vivía ahí; tampoco, según Fanny, la empleada doméstica, tenía la llave. La foto es en la puerta del edificio. María tiene un vestido blanco liviano sin mangas que le cae hasta por debajo de las rodillas. Siempre —o casi siempre— iba de blanco. Tiene una cartera negra, como negros también son los zapatos de taco alto, parecidos a los que se usan para bailar tango. El pelo largo hasta los hombros vuela hacia atrás. Está girando la cabeza hacia él, como si le quisiera advertir algo. Tal vez quiere recordarle el escalón de mármol de la entrada. Borges va un paso atrás. Tiene un traje gris a rayas que le queda un poco ajustado, una camisa clara —blanca o celeste—, una corbata también a rayas. Tiene el mentón hacia arriba, un gesto característico que le da un aire malevo. Agarra el bastón con la mano izquierda y con la derecha la agarra a María. La agarra con fuerza. Le clava los dedos. Si no fueran Borges y Kodama, uno podría creer que él la atrae hacia sí para besarla o pegarle. La foto es perfecta. Una historia en sí misma.
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