
Hoy asociamos la palabra blockbuster al estreno de una película de superhéroes que revienta las taquillas o a la preventa caótica de entradas para ver a una estrella de rock. Sin embargo, este fenómeno de masas no nació en las salas de cine ni en los estadios, sino en los solemnes salones de arte del siglo XIX. Si viajamos en el tiempo a la era victoriana y el auge de las grandes academias europeas, veremos que las exposiciones anuales eran el equivalente cultural de los mundiales de fútbol actuales.
En una época sin televisión ni redes, las clases sociales se mezclaban en los museos impulsadas por el mismo deseo: ser testigos del cuadro del que todos hablaban. El arte no se contemplaba en un silencio místico, no. Era tal la histeria colectiva que las instituciones debieron improvisar, por primera vez, vallas físicas de protección y contratar guardias para contener las mareas humanas. A continuación, la historia de cinco obras maestras que se convirtieron en auténticos fenómenos de masas.
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“Los pensionistas de Chelsea leyendo el informe de Waterloo”, de Sir David Wilkie

El fenómeno de la primera barandilla protectora en la historia del arte ocurrió en la Exposición de Verano de la Royal Academy de 1822, del escocés Sir David Wilkie, apodado el “pintor del pueblo” por su capacidad de retratar la vida cotidiana con la minuciosidad de los maestros holandeses. El cuadro, un encargo del Duque de Wellington, capturaba el momento en que un grupo de soldados veteranos y ciudadanos celebraban en la calle la noticia de la victoria definitiva sobre Napoleón Bonaparte.
La carga emocional para el público británico era total: casi todas las familias de Londres habían perdido a alguien en esa guerra. Cuando las puertas de la Royal Academy se abrieron, la locura fue inmediata. El público se agolpaba de tal manera sobre el lienzo para buscar los rostros de los personajes, leer las cartas pintadas al detalle y llorar a sus muertos, que los ujieres temieron que la pintura fuera destruida por el roce de los cuerpos y la respiración de la masa.
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La junta de la academia tuvo que tomar una decisión sin precedentes en la historia de los museos occidentales: mandar a construir de urgencia una barandilla de madera para mantener a la audiencia a un metro de distancia. Wilkie se convirtió oficialmente en el creador del primer blockbuster pictórico.
“La balsa de la Medusa”, de Théodore Géricault

Mientras que en el Salón de París de 1819 el monumental óleo de Théodore Géricault generó un escándalo político y divisiones ideológicas, su verdadero éxito de taquilla comercial ocurrió un año después al cruzar el Canal de la Mancha. En 1820, el astuto empresario William Bullock alquiló la obra y la exhibió como una atracción principal en el famoso Egyptian Hall de Piccadilly, en Londres. El morbo y la fascinación por la tragedia real del naufragio de la fragata Méduse hicieron que el público masivo enloqueciera.
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Más de 40.000 personas pagaron la entrada de un chelín para ingresar a una sala especialmente acondicionada con iluminación dramática. El realismo anatómico de los cuerpos putrefactos y la inmensidad del cuadro (de casi cinco por siete metros) provocaban desmayos y gritos de horror. Para evitar que la gente, en medio del shock o de la fascinación morbosa, tocara la superficie del lienzo, se tuvieron que instalar pesadas barandas de hierro y cordones que canalizaban el flujo de personas.
“El día del Derby”, de William Powell Frith

Tuvieron que pasar 36 años desde el incidente de Wilkie para que la Royal Academy se viera obligada a reinstalar una valla protectora. El culpable esta vez fue William Powell Frith con su obra El día del Derby, una radiografía panorámica e hiperdetallista de la sociedad victoriana reunida en las carreras de caballos de Epsom. En el cuadro convivían desde aristócratas y burgueses hasta apostadores, mendigos, carteristas y prostitutas. El público se obsesionó porque funcionaba como un espejo social.
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Frente a la obra, cada asistente buscaba identificarse o criticar al vecino. Las crónicas de la época describen que los empujones frente al cuadro eran tan violentos que la ropa de las damas se rompía en los tumultos. El propio Frith anotó con orgullo en su diario que la mismísima reina Victoria tuvo que solicitar asistencia de la guardia para poder admirar el óleo. La galería instaló una barandilla de hierro fija y asignó a un policía de forma permanente al lado del cuadro para agilizar la fila de espectadores.
“Pasando lista”, de Elizabeth Thompson (Lady Butler)
En el siglo XIX, las mujeres eran sistemáticamente invisibilizadas por las instituciones, pero en 1874, una joven de 27 años llamada Elizabeth Thompson (luego conocida como Lady Butler) rompió todos los techos de cristal con Pasando lista. La pintura mostraba las dolorosas secuelas de la Guerra de Crimea: una fila de soldados heridos, exhaustos y cubiertos de nieve siendo evaluados por su oficial, distanciándose de la glorificación patriótica habitual para mostrar el sufrimiento humano real.
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El impacto emocional en la sociedad fue devastador. La marea de visitantes en la Exposición de Verano colapsó las salas. La gente lloraba frente al lienzo y estiraba las manos para tocar los uniformes pintados. La Royal Academy revivió sus peores pesadillas logísticas: colocaron una barandilla reforzada a contrarreloj y apostaron a un guardia permanente. El furor llegó a tal punto que la reina Victoria exigió que se lo llevaran temporalmente al Palacio de Buckingham para contemplarlo en paz.
“La Mona Lisa”, de Leonardo da Vinci

El concepto del blockbuster pictórico entró a la modernidad y sentó las bases de la museografía actual gracias a la gira que la obra de Da Vinci hizo por Estados Unidos en 1963, gestionada directamente por la primera dama Jackie Kennedy. La Mona Lisa dejó el Louvre para exhibirse en la National Gallery de Washington y en el Metropolitan Museum de Nueva York (Met). Por primera vez un cuadro recibió el tratamiento logístico y de seguridad de un jefe de Estado o de una banda como The Beatles.
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Más de un millón de personas hicieron filas de varias cuadras en temperaturas bajo cero solo para ver el retrato durante unos segundos. Para gestionar semejante masa humana, el Met diseñó un circuito estricto: la pintura se colocó detrás de un vidrio antibalas flanqueado por marines armados con bayonetas. A metros de distancia, se instalaron pasamanos de acero y barreras de cuerda pesada que impedían que nadie se detuviera. Los guardias apuraban el paso al grito de “Keep moving!” (“¡Sigan caminando!”).
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