
“Julio llegaba y lo primero que hacía era acercarse a la parrilla para comerse su choripán, y ahí empezaba a picotear, a picar lo que en Francia no podía hacer”, recordó Claudio Stamato, y suelta una risa cálida, como si ese gesto del gran artista argentino, quien falleció el último sábado, se apilara en su memoria de manera vívida.
La escena era un clásico, dice Stamato, en El Descanso, un oasis que en el Delta de Tigre fusiona la belleza natural del paisaje con arte y que Julio Le Parc “utilizaba para recibir a sus amigos argentinos y extranjeros” cada vez que estaba de paso por Buenos Aires.
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“Una de las veces, por ejemplo, fue anfitrión del francés Christian Boltanski, cuando vino a hacer su muestra en el Museo del Inmigrante, por Bienalsur. Ese día comieron una asado con Bastón Díaz y Pablo Reinoso. A Julio lo que le encantaba eran los chivitos, pero siempre antes se comía su choripán", recuerda Stamato con Infobae Cultura, sobre las reuniones que se realizaban en el espacio que lleva adelante junto a Andrés Felipe Durán y donde surgió uno de los proyectos que “más lo emocionaron”: la proyección de sus obras en el Obelisco, en el marco de La Noche de los Museos de 2019.

“Venía mucho y ahí fue donde surgió la idea de realizar proyecciones en el Obelisco, algo le hacía mucha ilusión. Fue una noche gloriosa para él, estaba muy, muy emociando”, dijo sobre la famosa intervención.
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Y agregó: “Era un viejo sueño que él tenía y era la primera vez que experimentaba con luz en el espacio público. Me acuerdo que la gente del Gobierno de la Ciudad, que colaboró mucho, hizo apagar muchos carteles publicitarios, precisamente para que se pueda lucir más. Julio estaba realmente encantado y emocionado. El revuelo que armó, hizo que se congestionara todo el tráfico, tanto por la avenida 9 de Julio como por Corrientes, creo que 40 mil personas lo vieron y la música, la banda sonora, fue elegida por él para cada imagen”.

Antes, mucho antes, de ser un coleccionista de arte y presidente de la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes, Julio Crivelli ya conocía a Le Parc. De hecho, lo conoció siendo un niño, cuando el artista estaba de novio con su prima, Martha, a quien conoció en 1955 para casarse y radicarse en París en 1959.
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Desde entonces, los encuentros se repitieron durante la juventud y se extendieron en viajes, visitas familiares, muestras y gestos de cercanía en momentos de enfermedad y duelo. La relación no fue solo social o artística, sino también -en un punto- doméstica.
“Yo tenía unos 9 años y ellos venían a casa, enfrente del Museo de Bellas Artes, y entonces desde ahí iban al museo y a veces me llevaban”, rememoró Crivelli sobre aquellos primeros encuentros.
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“Yo todavía me acuerdo cuando tomó el barco para París. Él había ganado una beca muy importante. Perdí el contacto hasta mi primer viaje a Europa, cuando tenía unos 13 ó 14. Cuando fuimos a París, nos recibieron en su casa, con Marta y su primer hijo, Juan. Vivían en un departamento muy chiquito de Saint Germain, de un ambiente, y nos llevaron a pasear por lo ciudad”, dijo.

En 1966, Le Parc ganó el presitioso Gran Premio Internacional de Pintura en la Bienal de Venecia, como representante argentino se presentó con más de 40 obras cinéticas. Los festejos, ya de vuelta en el país, fueron en la casa de los Crivelli.
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“Se hizo un cóctel al que asistieron Le Parc y su esposa. Revisando hace poco papeles de mamá, encontré un artículo de un diario de aquella reunión. Él era muy querido por mis padres, Julio César Crivelli y Edith Sofía Correa. Cuando mi padre sufrió un ACV, Julio y Marta tuvieron una actitud formidable. El cuadro dejó a mi padre con vida, con todo su razonamiento y su capacidad, pero sin poder hablar, lo que lo obligó a retirarse de los negocios. Primero se ocuparon de que fuera a una serie de instituciones en París, donde se suponía que podían encontrar alguna solución. Por supuesto, no encontraron ninguna, pero lo intentaron por todos lados”, afirmó a Infobae.
A ese acompañamiento sumó otro recuerdo: la casa que el matrimonio tenía años después en Carboneras, junto a la playa, donde sus padres pasaban parte de los veranos europeos. En ese contexto mencionó también a los hijos de Le Parc y destacó a Yamil, a quien definió como “el continuador de la obra de su padre y como el impulsor de sus grandes muestras y de la dimensión pública y académica de su producción”.
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Así, cada vez que viajaba a la capital francesa volvía a visitarlos, primero en ese departamento y luego en una casa en las afueras de París, cuando la familia ya se había mudado de manera más confortable.
Crivelli recordó otros momentos del vínculo, de “reencuentro muy lindos” como cuando se realizó la muestra en el Bellas Artes cuando ya presidía la Asociación de Amigos, y otra en el MACA de Punta del Este, ocasión en la que compartieron varias reuniones en su casa. También comentó que Le Parc había regalado obras a sus padres, piezas que su familia aún conserva.
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La encuentro final, dijo, se produjo hace dos años, cuando juntó a integrantes del directorio de la Asociación de Amigos visitó el atelier parisino: “Nos recibió encantado en el taller. Estaba en su silla de ruedas con oxígeno, pero dirigiendo el taller. El seguía perfectamente consciente, con los planos de trabajo a la vista y atento a lo que hacía cada persona. La vejez lo fue averiando, pero no a su lucidez. Conservó su razonamiento, su capacidad de trabajo y su acción cotidiana hasta el final”.

También desde Bellas Artes, Andrés Duprat, su director, comentó que fue “sin dudas unos de los artistas argentinos de mayor trascendencia internacional”.
“Lo despido con dolor. He tenido la oportunidad de conocerlo y de tratarlo, sobre todo en ocasión de la exposición que le dedicamos en el MNBA en 2019. Julio era un hombre culto y refinado, con una voluntad de experimentación constante, de ahí su paso por la figuración, la abstracción, al arte cinético y lumínico, el op art y el uso de las nuevas tecnologías. Nos deja una obra original, contundente y por siempre vanguardista”, dijo el también curador a Infobae, desde la Bienal de Venecia, parada anterior a la muestra de Le Parc en la Tate Modern.
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Para Mariana Marchesi, directora artística del MNBA y quien fuera curadora de aquella muestra, “fue una figura central dentro del arte local e internacional”: “En el escenario de cambios de las vanguardias de los años 60 fue clave en el impulso a una transformación radical: redefinir el rol del espectador que adoptaba una posición activa frente a la obra y desplazaba del foco de creación al artista. Con ese solo gesto se desafiaban las reglas del arte imperante hasta ese momento”.

El vínculo de Le Parc con el Bellas Artes se remontaba a 1964 cuando junto al Grupo de Investigaciones Visuales presentó la muestra “La inestabilidad”, que fue “un concepto clave que se vincula con una idea que guió toda su producción, el de la obra en transformación permanente”.
“En 2019 organizamos su última muestra en el museo: Julio Le Parc. Transición Buenos Aires-París (1955-1959), allí propusimos abrir nuevas perspectivas, volver sobre sus inicios, a los años de formación en Buenos Aires, donde Le Parc consolidó las bases que rigieron toda su trayectoria. Sus continuas búsquedas superaron las instancias materiales de la obra para dar lugar a una concepción estética que involucra la participación de todos los sentidos. Desde allí estableció un vínculo con el público que fue único. Su legado es enorme. La vigencia de su obra es prueba de la contundencia y el impacto de sus propuestas. Se lo va a extrañar mucho".
Julián Mizrahi, director de la galería Del Infinito, desde donde trabajan desde hace 15 años con la obra del artista en el país, Le Parc era una “estrella internacional” y un “héroe nacional”.

“Su pérdida nos toma en un momento muy especial, como era la retrospectiva que va a tener a partir de la semana que viene en la Tate de Londres, que era la consagración en una institución europea. Por más que haya tenido la muestra en el Palais de Tokyo (Paris) y demás, la Tate era el summum de todo esto. Por suerte él llegó a organizarla, a armarla, a dirigirla y, ahora que estamos justo en montaje y pasó esto", dijo.
“Creemos que con 97 años se convirtió en una estrella internacional. Esta muestra lo consagra, en Europa sobre todo, que era el lugar de validación, como un gran maestro, lo que nos deja como una sensación medio agridulce”. Su legado “es innegable”, comentó, quedará en manos del taller de L’Atelier Le Parc con sus tres hijos, “los cuales están muy capacitados para poder llevar el taller adelante”.
“Se despide su plano físico, pero trasciende por sus ideas. Saliendo desde Mendoza, llegando hasta ganar la Bienal de Venecia. Nosotros como Argentina creo que nos faltan héroes y con Le Parc se nos fue uno. Con su entereza, su forma siempre muy determinante de manejar su obra y su investigación, finalmente se convierte en eso que tanto investigó: se convirtió en luz y brindaremos por que tenga un buen viaje”.

“Como argentinos tenemos que estar orgullosos del gran artista que salió de nuestro país y que siempre representó muy fieramente, desde el lado político hasta el lado artístico. Así que se nos fue un héroe de esos que tanto necesitamos”, comentó.
El coleccionista y fundador del Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) Aldo Rubino, quien se especializa en arte geométrico, adquirió la obra -“Serie 26D, No. 1-3 3-1, 3-1 1-3″ (1979)- que es parte del acervo del espacio de San Telmo, en una subasta en Nueva York, hace unos 20.
En esa época, en los ‘90, comenzó una relación que tenía, además del amor por el arte, otro punto de encuentro: “una gran pasión por el tango”. Para Rubino, Le Parc es “una de las últimas grandes figuras” que tenía “una presencia internacional enorme”. Contó que el artista estaba internado desde “hace unos días” y que si hubiera “tenido un poquito de fuerza hubiera bajado también a la inauguración” en la Tate.
“Recuerdo siempre cómo relataba sus orígenes, su llegada desde Mendoza a Buenos Aires y su etapa de migración en París, en un contexto de falta de recursos”. Además, afirmó que, durante su período de residencia en Francia, vio con sus ”propios ojos” que siguió creando “hasta sus últimos días” y que “vivía realmente para su trabajo”.
También recordó un episodio durante la pandemia: Julio viajó a Tokio para una obra que revistió el edificio de Hermès, con medidas especiales de salud: “Él ya estaba grande, pero era un tipo que le ponía el cuerpo todo el tiempo”.
Para la investigadora, curadora y crítica Diana Wechsler, directora artística de Bienalsur, Le Parc era “inteligente, creativo y preciso a la hora de desarrollar su programa artístico, que sostuvo e hizo crecer a lo largo de toda su vida”.
“Un ejemplo interesante - entre tantos, en una producción (y vida) tan extensas- fue su participación en Imagina. Fantasías, Sueños, Utopías, la exposición que en el marco de Bienalsur 2023 curé para SAMOCA (Saudí Museum for Contemporary Art, Rriyadh). Su trabajo, dada su dimensión espacial y su impacto en las variaciones perceptivas debía formar parte de esta exposición. De hecho desde el comienzo imaginé que tenía que estar en el gran hall de acceso invitando-introduciendo al público en el clima de la Expo", comentó.

“Al contactarlo, no solo le interesó rápidamente el proyecto sino que, dado que era su primera presentación en Medio Oriente y que el color de Saudí Arabia es el verde, eligió hacer una de sus Spheres pero en este caso, su gran pieza de 2.50 m de diámetro se realizó en verde. Grand Sphere tiño el espacio de innumerable cantidad de matices de verdes y a quienes transitamos por allí“, recordó.
Desde el lado de los artistas, Infobae Cultura consultó a Gilda Picabea, uno de las grandes referentes geométricas contemporáneo, quien sin tener una relación directa con Le Parc, sí recordó con nitidez aquel primer choque con su obra: “Vi sus obras cinéticas, todo estaba a oscuras, lo único que se distinguía en el espacio era el movimiento de unos destellos de luz. Su obra cargaba una espiritualidad que no había percibido antes, y con espiritualidad me refiero a una forma del mundo que nuestra sola visión oculta”.
“El surgimiento del arte cinético y óptico buscó a través de sus formas la participación física del llamado espectador, estos artistas pretendían cambiar un mundo convulsionado dedicándose más allá de la formalidad de las obras a la experiencia directa del público. En este sentido ocuparse del sistema perceptivo era determinante. Habían eliminado las interpretaciones, representaciones, símbolos tal como lo hicieron las vanguardias abstractas para quedarse con la pura vivencia del aquí y ahora”.
“Luz, color y movimiento al servicio del cuerpo, el espacio y el tiempo podían conseguir que percibamos el mundo como es y no como simplemente lo vemos. En esta búsqueda radica su valor y legado, por eso al enterarme de su muerte descubrí que aún en vida lo sentía eterno”, dijo la artista que en este momento tiene una muestra en galería Hache.

En esa campo de espiritualidad, del “aquí y ahora”, Stamato, quien se hizo amigo del artista y de sus hijos Yamil y Juan en 2010, “cuando hizo ese gran móvil en el Centro Cultural Borges, en las Galerías Pacífico”, sostuvo que “la obra de Julio tiene el poder de despertar las miradas”.
“El espectador contempla y forma parte, la completa. Eso no sucede con todos los artistas. La belleza sucede con el cambio. Sus obras no ocupan el espacio, lo transforman. Nosotros tenemos algunas obras, como la Lamme Reflechiante, y cuando te ponés detrás de la obra, es como que se multiplica la imagen y es como una cosa lúdica. La multiplicación de los egos, digo yo. Es una obra que invita a despertar los sentidos, fundamentalmente. Y además, la luz que generan sus obras es como comenzar a dialogar. Es fantástico".
Entre asados y choripanes, Stamato finalizó que “Julio tenía una frase de cabecera y todo lo terminaba o lo empezaba con: ‘optimismo siempre’. Pero no era una frase vacía en su vida, era su leitmotiv. En realidad, era un tipo que estaba todo el tiempo haciendo bromas, aun en situaciones difíciles. La ironía y la broma estaban presentes diariamente, hasta que a veces decías: ‘Pero Julio, pará un poco’. Pero la verdad que esa era su forma de ser, muy seductor, y la verdad que era muy lindo escucharlo. Era un divino. Cuando entrabas a su atelier de París te transmitía alegría, ese ‘optimismo’. Por eso, su intervención en el Obelisco finalizaba con ‘Gracias Argentina y optimismo siempre’”.

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