
En un mundo dominado por el destello inmediato de las pantallas, la velocidad del algoritmo y la promesa de que la satisfacción personal se encuentra a solo un clic de distancia, el malestar se ha vuelto una sombra constante. En 2006, en Madrid, en el marco de sus conferencias e intervenciones en la Fundación del Campo Freudiano, la pensadora francesa Judith Miller arrojó una definición incómoda: “La sociedad de consumo no produce más felicidad en el individuo, lo hace sufrir”.
Lejos de ser un eslogan moralista o un lamento nostálgico, la frase constituye un riguroso diagnóstico clínico y político. La autora, cuya vida estuvo marcada por la custodia y difusión de la obra de su padre, el célebre psicoanalista Jacques Lacan, entendía que el capitalismo tardío no opera simplemente como un sistema económico, sino como una sofisticada maquinaria de producción de subjetividad. Un sistema que, para subsistir, necesita inocular una insatisfacción crónica en cada ciudadano.
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Miller observaba con preocupación cómo la autoayuda, la farmacologización del sufrimiento y la publicidad empezaban a colonizar los espacios más íntimos del ser humano. El mandato de la época ya no era el deber reprimido del siglo XIX, sino el mandato de gozar, de exhibir éxito y de alcanzar una supuesta plenitud material. Aunque no concentró sus tesis en un único volumen cerrado, estas ideas cobraron un peso fundamental en los cuadernos y compilaciones de la Colección del Campo Freudiano, textos que funcionaron como bitácoras de debate global.

De esta forma sentó la bases para denunciar lo que el psicoanálisis de orientación lacaniana define como la gran estafa del mercado. Pero, ¿por qué el consumo produce sufrimiento en lugar de bienestar? La respuesta que se desprende del pensamiento de Judith Miller es estructural. El mercado ofrece mercancías bajo la promesa de que van a colmar la falta constitutiva del ser humano, ese vacío existencial que nos habita a todos. Sin embargo, el objeto de consumo está diseñado para decepcionar: es efímero.
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El sufrimiento aparece en el reverso de este circuito. El sistema requiere que el individuo se sienta frustrado rápidamente para que vuelva a consumir de inmediato. Pero, además, la sociedad contemporánea culpabiliza al sujeto: si tenés acceso a los bienes y aun así te sentís vacío, deprimido o ansioso, el problema es tuyo. Es esta dinámica la que Judith Miller denunciaba con insistencia, especialmente al analizar las nuevas infancias, expuestas desde la cuna al bombardeo del marketing.
La autora tendió un puente entre la alta teoría analítica y la vida cotidiana. Para ella, el consultorio no era un refugio para aislarse del mundo, sino el único espacio donde el sujeto podía detener la velocidad frenética del consumo para interrogar su propio dolor. Frente al empuje del mercado que intenta tapar la angustia con objetos, el psicoanálisis propone escuchar el síntoma. Porque el sufrimiento, en definitiva, es la última frontera de lo humano que la sociedad de consumo no ha logrado estandarizar.
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¿Quién es Judith Miller?
Judith Miller nació en París en 1941, plena ocupación nazi, en el seno de una de las familias más influyentes del pensamiento francés contemporáneo: hija del psicoanalista Jacques Lacan y de la actriz Sylvia Maklés. Fue inscripta inicialmente con el apellido del escritor Georges Bataille. Su madre seguía casada legalmente con él, aunque ya era pareja de Lacan. Su juventud estuvo marcada por una intensa militancia maoísta en el mayo del 68 y por la obtención de su doctorado en Filosofía en La Sorbona.
En 1966 se casó con el filósofo Jacques-Alain Miller, el discípulo dilecto de su padre. Tras la muerte de Jacques Lacan en 1981, asumió el rol político e institucional más crucial de su vida: el resguardo, la edición y la difusión internacional del legado paterno. Su producción intelectual no se plasmó en libros teóricos individuales, sino en una vasta obra colectiva y de agitación cultural a través de la dirección de revistas de vanguardia como L’Âne (El Asno) y las publicaciones de la Colección del Campo Freudiano.
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Como presidenta de la Fundación del Campo Freudiano, fundó escuelas y una federación internacional de bibliotecas en Europa y América Latina, tendiendo puentes con ciudades como Buenos Aires. Judith Miller falleció en París en diciembre de 2017 a los 76 años, dejando como herencia una estructura global que mantiene vivo el debate del psicoanálisis frente a los malestares de la civilización moderna. Hoy, en este artículo, rescatamos algunas de sus ideas, tan útiles para esta época.
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