
Entre esos nombres que los libros no suelen incluir se encuentra Vladimir Dimitrov, el Maestro, uno de los grandes artistas búlgaros del siglo XX, quien si bien hoy no es recordado alcanzó en su época un reconocimiento internacional al obtener la medalla de oro en la Bienal de Venecia por su “Madonna”, un retrato que cambió para siempre la tradición pictórica del país.
La vida de Dimitrov podría dividirse en dos grandes etapas. En la primera, la de una juventud deseosa de imágenes, de conocimiento, que lo llevó por gran parte de Europa, mientras que en la segunda, se convirtió casi en un asceta, con una apariencia andrajosa incluída, en la que se afincó en un pueblito de su país para retratar una cultura que estaba falleciendo.
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Su existencia estuvo marcada tanto por la pobreza original, la de la cuna, y una deliberada, así como por una búsqueda incesante de una armonía entre el ser humano y lo natural, una tensión que se refleja en la fuerza simbólica, idealismo y riqueza cromática de sus obras.

Considerado por críticos como el mayor estilista búlgaro tras la independencia del Imperio Otomano, Dimitrov se propuso elevar a la humanidad mediante sus pinturas, acercándola “a la unidad representada por un espíritu rector omnipresente en la naturaleza”, según sus propias palabras.
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Dimitrov nació en 1882 en el pequeño pueblo de Frolosh, fronterizo con Macedonia y Serbia, en medio de un clima gélido y montañoso; un pueblo que hoy no supera los 120 habitantes y donde se erige un gigante de bronce que más dos metros con su figura.
Por supuesto, el entorno ya nos marca que la necesidad era parte de la familia y por eso, cuando tenía 7 años, se mudaron a Kyustendil, la ciudad más cercana que tenían, en busca de mejores perspectivas. Allí debió abandonar la escuela para trabajar, aunque en aquella época comenzó su formación autodidacta, porque en el caso de Dimitrov, primero, artista se nace.
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En 1903 llegó a la gran ciudad, Sofía, para ingresar a la Escuela Estatal de Arte e Industria a la vez que sobrevivía con un sueldo de oficinista en un tribunal local. En la Escuela consiguió el apodo del que jamás se desprendería: “el Maestro”, que surgió irónicamente debido a que saludaba a sus colegas diciendo: ‘Hola, maestro. ¡Buen trabajo!’. Como muchos apodos éste se quedó, pero se resignificó con los años.
Comenzó a viajar y a recorrer museos, a buscar más influencias estéticas y aprender nuevas técnicas claro, Rusia, Italia, Austria, Inglaterra Francia, Alemania y Estados Unidos, gracias a la venta de obras mientras el mundo que conocía se llenaba de sangre, primero por la Guerras de los Balcanes (1912-1913) y luego por la Gran Guerra (14-18), de las que realizó dibujos a tinta y acuarela.
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Allí tomó una decisión trascendental, su mudanza al pueblo de Shishkovtsi, cercano a Kyustendil, donde el clima era más hospitalario, templado, y podía incursionar entre los campos, conocer a sus ahora vecinos, retratarlos como testimonio de un momento, de una vida, de un aquí y ahora.

Allí realizó, a lo largo de dos décadas, más de 70 pinturas que retratan la vida rural de la región, con figuras de campesinos, niños y ancianos en interacción con frutas locales como uvas, manzanas y cerezas, motivos que resaltan la fertilidad y la conexión con la tierra.
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Allí también pintó uno de sus cuadros más conocidos, el que aquí nos reúne, Joven campesina del pueblo de Shishkovtsi, pieza que presentó en la Bienal de Venecia durante la década de 1930 y por la que obtuvo una medalla de oro, siendo el primer búlgaro en lograrlo.
La obra a la que se llamó “La Madonna búlgara” plasma a Dafina Koteva, una joven de 14 años afectada de tuberculosis —enfermedad que asoló la Bulgaria rural del siglo pasado y a la que sucumbió poco después de haber sido pintada por Dimitrov—, quien aparece envuelta en un halo translúcido sobre un fondo vibrante de manzanas y flores rojas.
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Su familia, demasiado humilde para conservar siquiera una fotografía de la niña, recibió de Dimitrov a modo de agradecimiento un retrato de ella, diferente, más pequeño, como obsequio. Ambos se conservan hoy en la galería de Kyustendil.
“Los campesinos búlgaros son padres patriarcales y madres santas”, afirmó Dimitrov, en una definición que resume la manera reverencial con la que representaba a sus personajes principales y de la que podría verse cierta mirada mística, religiosa, sobre los trabajadores del campo.
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La popularidad internacional del Maestro siguió en ascenso, aún cuando estaba alejado de la vida social, y participó de exhibiciones, en solitario o grupales, en India, Japón, Rusia, Austria, Grecia, México o la URSS, entre otros países.

Si bien no se consideraba un artista religioso, sí atribuyó sus impulsos creativos a la influencia de la fuerza espiritual de la naturaleza. Su obra, sin embargo, evita los dogmas convencionales y sigue una búsqueda personal.
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Durante su vida en Shishkovtsi, Dimitrov tuvo una vida de asceta, una doctrina filosófica con orígenes hindúes, incluso anterior al budismo, la religión más antigua del planeta, por lo que dejó de lado las posesiones llevando una vida de austeridad extrema, regalaba sus pertenencias y dinero, y no le interesaba el mundo de las apariencias, por lo que no se afeitaba, vestía ropa vieja y mantuvo una estricta dieta vegetariana. Esta forma de vida, alejada de la banalidad, le dieron un aura de santo en vida.
En el pueblo también fundó una escuela de arte con un sistema pedagógico que buscaba tanto el conocimiento como generar valores de solidaridad, respeto y amor entre los alumnos. Su pedagogía continúa vigente a través del club de pintura “Los Nuevos Maestros”, que fomenta el desarrollo de jóvenes talentos en Kyustendil mediante la reinterpretación de sus obras y la organización de muestras y proyectos artísticos a escala local.

La mayor parte de su obra se encuentra en la Galería de Arte Vladimir Dimitrov en Kyustendil, la primera edificación en Bulgaria diseñada específicamente para mostrar un legado artístico, donde se encuentran más de 700 óleos.
Dimitrov falleció en 1960, apenas un año después de la apertura de la galería, y por su trabajo, en especial la relación entre el arte y la gente, recibió los títulos de “Artista de Honor” (1950) y “Artista del Pueblo” (1952). Hoy, un importante premio lleva su nombre.
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