‘El desprecio’ según Dubet: cómo se convirtió en el combustible emocional de la sociedad contemporánea

El nuevo libro del sociólogo francés presenta un análisis que conecta emociones, populismo y desigualdad, invitando a los lectores a reflexionar sobre su propio papel en el mundo de hoy

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El libro del día: "El desprecio", de François Dubet
El libro del día: "El desprecio", de François Dubet

François Dubet advierte que el desprecio —esa emoción que aplasta el ánimo y que a menudo se confunde con vergüenza o indignación— se ha convertido en el combustible emocional del populismo en las democracias occidentales. El sociólogo francés, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y exdirector de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), desarrolla esta tesis en El desprecio, publicado originalmente por Seuil en septiembre de 2025 bajo el título Le mépris. Émotion collective, passion politique y editado en español por Siglo XXI Editores en abril de 2026.

La tesis central del libro es tan sencilla como perturbadora: todos, en algún momento, despreciamos y somos despreciados. Los pobres desprecian a las élites porque les dan lecciones desde el pedestal sin resolver sus problemas cotidianos. Los sectores dominantes —y no pocos progresistas— desprecian a quienes, a sus ojos, encarnan la ignorancia o el conservadurismo.

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Los maestros, los médicos y los investigadores se sienten ignorados por una sociedad que ya no los trata como referentes morales. Y entre los sectores populares, hay quienes dirigen su hostilidad hacia quienes reciben asistencia estatal o hacia los extranjeros que, según perciben, les disputan el trabajo. El desprecio flota, afecta a todos y no reconoce arriba ni abajo.

En una entrevista concedida al medio francés Le Café pédagogique con motivo de la publicación, Dubet explicó que este sentimiento no es nuevo, pero sí ha cambiado radicalmente su naturaleza. “Hace algunas décadas, el desprecio era una experiencia colectiva inscrita en un sistema de clases”, señaló el sociólogo al citado medio. “Hoy, la gente dice: yo soy despreciado, yo, como individuo. Ese es el cambio.”

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François Dubet
François Dubet (Télam)

La antigua conciencia de clase —que proveía identidad colectiva y protegía la dignidad del individuo dentro de un grupo— se ha disuelto, y en su lugar proliferan experiencias singulares de humillación que no encuentran cauce político.

Dubet traza una línea directa entre esa acumulación de agravios individuales y el ascenso de los populismos. Donald Trump y los líderes de la derecha radical en Europa movilizan de forma permanente la imagen de un pueblo despreciado por sus enemigos: las élites, los expertos, los extranjeros, los “asistidos”, los ricos.

La lógica que describe el sociólogo es circular y autorreferente: “Solo se libera uno del sentimiento de ser despreciado despreciando a su vez”, afirmó Dubet. “El líder populista habla en nombre de los despreciados.”

Este mecanismo es precisamente el que las derechas han sabido explotar con mayor eficacia: aprovechan el odio al sistema para alimentar liderazgos autoritarios. Lo que el libro ofrece, en ese sentido, es un ángulo analítico para trabajar sobre el propio desconcierto ante fenómenos políticos que parecen resistir las explicaciones habituales.

La novedad del argumento de Dubet no reside en señalar la existencia del desprecio, sino en mostrar cómo se ha diversificado e individualizado. Ya no depende únicamente de la posición de clase, sino que puede surgir del trabajo, los ingresos, el sexo, la sexualidad, el origen étnico, el nivel de estudios o el lugar de residencia. Incluso las mayorías pueden sentirse discriminadas cuando dejan de ser la norma sexual, nacional o social a medida que se reconoce la dignidad de las minorías. Dubet atribuye a esa dinámica la hostilidad hacia lo que se denomina “wokismo”: en el fondo, es el miedo a ser el próximo en ser despreciado.

Contracorriente - Wokismo
Dubet atribuye a esa dinámica la hostilidad hacia lo que se denomina “wokismo”: en el fondo, es el miedo a ser el próximo en ser despreciado

Uno de los núcleos del análisis es la relación entre meritocracia e injusticia percibida. El ideal de igualdad de oportunidades —según el cual cada persona debería poder acceder a cualquier posición social en función de su mérito individual— ha reemplazado a la antigua noción de justicia basada en la reducción de desigualdades entre clases. Pero ese reemplazo tiene un costo: cuando el sistema proclama que todos parten del mismo punto, los fracasos dejan de ser estructurales y se convierten en personales.

“Incluso si las desigualdades apenas se modifican tras los recorridos escolares, los vencedores merecerían su éxito y los vencidos, su fracaso”, describió Dubet. Los diplomas se exhiben como prueba de mérito; la ausencia de diplomas, como prueba de insuficiencia. El resultado es que el desprecio no viene solo de afuera: también se interioriza.

Las consecuencias políticas de esta dinámica son visibles en las urnas. “Hace cuarenta años, los trabajadores sin diploma votaban a la izquierda, mientras los diplomados optaban por partidos conservadores. Hoy, los menos titulados no votan o apoyan a la extrema derecha, y los diplomados a los partidos progresistas, verdes y liberales”, señaló el sociólogo en la misma entrevista.

Esta fractura, insiste Dubet, no es exclusivamente francesa: atraviesa las democracias occidentales y refleja una reconfiguración profunda de los alineamientos políticos que tiene su raíz en cómo las sociedades producen y distribuyen el reconocimiento.

Imagen dividida en tres: maestro agotado en aula, enfermera con brazos cruzados en pasillo hospitalario, e investigador serio en laboratorio.
El libro también aborda la experiencia del desprecio en profesiones que históricamente gozaron de autoridad moralcomo maestros, médicos e investigadores (Imagen Ilustrativa Infobae)

El libro también aborda la experiencia del desprecio en profesiones que históricamente gozaron de autoridad moral. Maestros, médicos e investigadores se sienten hoy desconsiderados pese a que las encuestas muestran que su prestigio social se mantiene relativamente alto. Dubet atribuye esta paradoja al fin del monopolio simbólico que esas profesiones ejercían sobre el conocimiento y los valores.

“Antes de siquiera entrar en su aula, el maestro encarnaba valores considerados sagrados, especialmente cuando los diplomas eran algo raro”, recuerda el sociólogo en la entrevista con Le Café pédagogique. Ese mundo ya no existe. Hoy, alumnos, padres y usuarios “tienen derecho a opinar”, lo que introduce tensiones inéditas en la relación entre los profesionales y la sociedad.

El saber ya no es patrimonio exclusivo de quienes lo certifican: circula en redes, en medios, en plataformas. Y esa democratización de la crítica genera en quienes antes detentaban el monopolio cultural un sentimiento de pérdida que se vive, subjetivamente, como desprecio.

Lo que distingue al desprecio de otras formas de malestar social es que no se agota en las condiciones materiales. Al mezclarse con la vergüenza y la indignación por ser discriminado, opera como una emoción que aplasta el ánimo y que muchas veces se tiende a ocultar, como si la culpa fuera propia por no estar a la altura.

Cuatro panelistas sentados en un escenario frente a una audiencia de estudiantes con manos levantadas. Un niño sostiene un cartel que dice 'OUR VOICES MATTER'.
Alumnos, padres y usuarios “tienen derecho a opinar”, lo que introduce tensiones inéditas en la relación entre los profesionales y la sociedad (Imagen Ilustrativa Infobae)

El desprecio funciona como una cadena: quien lo recibe puede, a su vez, dirigirlo hacia otros. Los “blancos pobres” que votan a Trump en Estados Unidos, o sus equivalentes en Europa, no se sienten explotados en el sentido clásico del término; se sienten despreciados, y a menudo dirigen ese desprecio hacia las minorías que, perciben, reciben más atención que ellos.

Dubet diría ecupera a Tocqueville para explicar el mecanismo de fondo: en sociedades que se proclaman igualitarias, las desigualdades se vuelven insoportables precisamente porque contradicen la promesa fundacional. El resentimiento crece no cuando las condiciones empeoran en términos absolutos, sino cuando la distancia entre el ideal proclamado y la experiencia vivida se hace evidente.

Frente a ese diagnóstico, el sociólogo propone tres grandes líneas de acción: fortalecer instituciones que reconozcan múltiples formas de mérito y no solo la académica, priorizar el apoyo a los sectores más vulnerables en lugar de concentrar los esfuerzos en quienes ya están cerca de la cima, y movilizar asociaciones, sindicatos y comunidades profesionales fuera del ámbito estrictamente formal. “Una sociedad que reconoce varias formas de mérito es más justa que una que solo reconoce una”, sintetizó el sociólogo en la entrevista con Le Café pédagogique.

El desprecio llega en un momento en que el fenómeno que describe —el resentimiento como motor político, la fractura entre diplomados y no diplomados, la sensación generalizada de ser ignorado por el sistema— atraviesa de forma visible las democracias de América Latina y España.

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