
Es, quizás, el aforismo definitivo del realismo sucio. No hay bar de mala muerte, perfil de Instagram con pretensiones existenciales o remera de algodón barato que no haya replicado alguna vez esas palabras. Charles Bukowski, el “viejo indecente” de la literatura estadounidense, condensó en apenas tres líneas una verdad tan cínica como universal: “Ese es el problema de beber: si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno pasa, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que algo pase”.
Pero, ¿de dónde salió este mantra del exceso y por qué, décadas después, nos sigue interpelando con la fuerza de un golpe en la mandíbula? El origen es un catálogo de derrotas: la frase aparece en su novela Mujeres (1978), la obra que consolidó el mito de su alter ego, Henry Chinaski. En este libro, Bukowski ya no es el empleado postal alienado de Cartero, sino un escritor que saborea el éxito y, paradójicamente, lo combate con la misma arma que usó para sobrevivir al fracaso: el alcohol.
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El contexto de la obra es un desfile de relaciones tóxicas, hoteles de paso y resacas frente a la máquina de escribir. En ese escenario, beber no es un acto social ni un placer gourmet; es una función biológica para gestionar el tiempo. El alcohol aparece como el único elemento capaz de dotar de significado al vacío. Lo que Bukowski describe no es solo alcoholismo, no, es algo más profundo: una estructura lógica de la existencia. La frase divide la realidad en tres estados y ofrece una sola solución para todos.

Por un lado, la tragedia (el alcohol como anestesia). En segundo lugar, la euforia (el alcohol como subrayador de la felicidad). Y por último, el tedio (el alcohol como motor de la acción). Este último punto es el más aterrador y, a la vez, el más brillante. Para Chinaski, el peor enemigo no es el dolor, sino la nada. Beber para que “algo pase” es el reconocimiento de que la sobriedad, a veces, es un desierto demasiado vasto para atravesarlo a pie. Lo curioso es cómo, pese a ya estar en otro siglo, la idea persiste.
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La viralidad de esta frase en la era digital no es casualidad. Su estructura de tríptico la hace perfecta para el consumo rápido. Pero más allá de su forma, es su honestidad brutal lo que la mantiene viva. En un mundo de optimismo tóxico y frases de autoayuda que nos obligan a ser felices, Bukowski nos da permiso para ser un desastre. La frase es “aesthetic” antes de que el término existiera. Captura ese romanticismo de la derrota que tanto fascina a las nuevas generaciones: un sentimiento de desorientación.
Si vivimos en lo que Byung-Chul Han llama la “sociedad del cansancio”, donde el exceso ya no es solo etílico sino es dopamínico, entonces beber para que “algo pase” es hoy el equivalente a scrollear infinitamente en el celular para llenar el hueco del aburrimiento. Bukowski anticipó nuestra incapacidad para estar a solos. Ya sea con una botella de vino barato o con una notificación en la pantalla, la sociedad actual sigue buscando ese “algo” que nos saque de la inercia. Por eso no es solo una frase, sino un espejo cruel.
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Quién fue Charles Bukowski
Nacido en Andernach, Alemania, en 1920, Charles Bukowski se mudó a los dos años a Los Ángeles, la ciudad que se convertiría en el escenario principal de su geografía literaria y personal. Criado bajo la violencia de un padre abusivo y marcado por un acné severo que moldeó su carácter huraño, vivió la mayor parte de su vida entre pensiones de mala muerte y empleos precarios, como el de clasificador de cartas que inspiró su primera novela, Cartero (1971), hoy considerada una obra de culto.
Su residencia en East Hollywood y sus constantes visitas a las pistas de carreras de caballos fueron el caldo de cultivo para obras fundamentales como Factotum (1975) y La senda del perdedor (1982), donde diseccionó su juventud durante la Gran Depresión. Tras décadas de anonimato y excesos, su carrera despegó gracias al apoyo de la editorial Black Sparrow Press, lo que le permitió dedicarse exclusivamente a escribir hasta su muerte en 1994, en San Pedro, California, a causa de una leucemia.
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Su producción fue monumental, dejando un legado de seis novelas, cientos de relatos y miles de poemas recopilados en libros como El amor es un perro del infierno (1977). Su epitafio, “Don’t try” (No lo intentes), resume la filosofía de un autor que prefirió la honestidad del fracaso a la impostura del esfuerzo, consolidándose como el cronista definitivo de los callejones y las barras de bar de la costa oeste.
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