Las polémicas literarias del otoño: de las críticas “mala leche” al premio del millón de euros

La llamativa cifra del Premio AENA obtenido por Samanta Schweblin y una crítica al nuevo libro de Roberto Chuit Roganovich generaron interferencias en el idílico panorama del medio ambiente ¿Por qué?

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Interferencias en el panorama literario
El premio del millón de euros a Samanta Schweblin y una crítica “mala leche” al nuevo título de Roberto Chuit Roganovich provocaron interferencias en el panorama literario. ¿Qué dice el electrocardiograma? (Imagen generada con IA)

La literatura es hermosa. Sí, hermosa. Un adjetivo que usan los enamorados, los fascinados, los enceguecidos. Un eslogan para empezar a convencer a futuros lectores, para atraer al mundo de los libros a esos ciudadanos confundidos cuyas sensibilidades aún no han sido deglutidas por la maquinaria digital. Entonces se dicen cosas como que la literatura es hermosa, que invita a pensar, que permite vivir mil vidas, etcétera. Lo cual no quita que sea cierto. Eso, hacia afuera. ¿Y hacia adentro?

En el capitalismo tardío la literatura perdió la fuerza que alguna vez tuvo. Porque ya no produce miles y miles de ejemplares, porque los intelectuales no pinchan ni cortan, porque el capital simbólico de leer es nulo, porque las ideas que en ella nacen no transforman nada. Es inútil, siempre lo fue, pero en esta era de atención fugaz y oda a la ignorancia un libro es un objeto raro, petulante, enigmático, de culto. Porfiados y necios, los que habitamos ese castillo en ruinas adoptamos el papel de la resistencia.

De pronto, la literatura se convirtió en una convención de derrotados que se abrazan, se dan fuerza, ánimos, buenas vibras. Los editores, los escritores, los traductores, incluso los lectores, todos resisten los embates de un mundo que no quiere saber nada ni con pensar ni con imaginar. En esa resistencia idílica donde todos somos aliados, escribir un libro parece ser suficiente, por eso proliferan las lecturas alegres, los halagos, los aplausos, la pereza, el tedio. Pero cada tanto, el panorama literario tiene interferencias.

Samanta Schweblin
La escritora argentina Samantha Schweblin posa para los medios tras proclamarse ganadora del primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, este miércoles en Barcelona (EFE/ Quique García)

En estos días aparecieron dos. La primera, por abajo, por adentro, por la negativa: la crítica de Thomas Rifé al nuevo libro de Roberto Chuit Roganovich. La segunda, por arriba, por afuera, por la positiva: el Premio AENA a Samanta Schweblin. En principio, uno podría decir que son dos elementos bien sistémicos, cosas que pasan todos los días, que reproducen la lógica estable, monótona y sosegada de la literatura. Pero en realidad no. ¿Por qué no? Porque la crítica fue “mala leche” y el premio, “millonario”.

Interferencias por abajo

En la revista digital Dolar Barato, Thomas Rife publicó un texto titulado “Dependencia cognitiva” donde critica con dureza El archipiélago de Roberto Chuit Roganovich, un libro de ensayo que editó El Gato y la Caja cuyo subtítulo es “Nuestra retirada del mundo y notas para un regreso”. Se puede leer gratis en la web de la editorial. No es un manifiesto, escribe el autor, aunque busca repensar un “nosotros”. Se trata de “una revisión molecular de nuestros deseos contemporáneos (...) para reconvertirlos”.

Roberto Chuit Roganovich, que nació en Córdoba en 1992, que es Doctor en Letras y becario del Conicet, irrumpió en la literatura con fuerza: con sus dos únicas novelas ganó dos premios: con Quiebra el álamo el Futuröck 2022, con Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, el Clarín 2024. En la ex Twitter, hoy X, se lo puede leer más íntimo y coyuntural. Con este libro de ensayos participó en programas de radio y streaming buscando intervenir en el debate público sobre cómo “imaginar el futuro”.

A Rifé, que también es Licenciado en Letras, que nació en 1993 en Buenos Aires, que publicó los ensayos Navidad en Japón y la novela Los sonámbulos, y que escribía en Revista Paco, no le gustó el libro. “Para leer hay que tener estómago”, empieza el artículo y luego, en el recorrido que hace capítulo a capítulo, dice que el autor “evade” ejemplos argentinos, que ese “nosotros” no existe y que confunde ocio con “trinchera política”. Pero el ensañamiento, más que con el libro, es con el autor. Ya volveremos.

Roberto Chuit Roganovich
"El archipiélago", el nuevo libro de Roberto Chuit Roganovich. Es de ensayos, lo editó El Gato y la Caja y subtítulo es “Nuestra retirada del mundo y notas para un regreso”

Interferencias por arriba

Guita. En la cultura no se habla de guita. Nadie sabe cuánto gana tal, si factura, si cobra en negro, si tiene un kiosquito, si explota, si tranza, si pierde. Pero de pronto aparece un premio millonario. España lanza un galardón que otorga al ganador un millón de euros. Hice la cuenta: con mi sueldo, tardaría 138 años en juntar ese monto. No importa. La cuestión es que el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana pertenece a la empresa aeroportuaria homónima, que es pública. Y lo ganó Samanta Schweblin.

Antes de saber que el galardón se lo llevó la autora argentina, la cifra ya venía haciendo ruido entre los españoles. “Los premios privados tienen como objetivo promocionar un libro y una editorial y recuperar lo invertido. De lo que estoy en contra es del uso de dinero público de forma tan… obscena“, escribió Carmen Domingo en una columna en el diario El País. Claro, es cierto, ya hay premios millonarios de empresas privadas. Basta con nombrar el Planeta de Novela que se otorga en España: un millón de euros.

El premio mejor pago está en Emiratos Árabes Unidos: se llama 1 Million’s Poet, es un concurso de poesía televisado y da aproximadamente 1.3 millones de dólares. Como el Planeta, el Nobel de Literatura da un millón de euros. Le siguen el Premio Memorial Astrid Lindgren enfocado en literatura infantil y juvenil (435.000 euros), el Premio Internacional Ibsen para dramaturgos (215.000 euros) y el Cervantes (125.000 euros). La literatura es hermosa, dijimos, pero también hay cifras.

En el mismo medio, el español Sergio del Molino sostuvo que “en el moralista mundo cultural molesta que un agente externo rompa el ambiente de pobretería en el que hemos de vivir los escritores si aspiramos a la pureza literaria”. Por su parte, Martin Caparrós dijo en X que “muchos escritores consideramos vulgar hablar de dinero. En una época me daba risita; ahora, en este mundo donde todo es plata, me da orgullo”. Un cono de luz se posa sobre el tema monetario y la literatura sufre un cimbronazo.

AENA ha anunciado a sus cinco finalistas para la primera edición de sus premios de narrativa
AENA, la empresa que da el premio, tiene propiedad mayoritaria del Estado: el Gobierno de España, a través de la entidad pública Enaire, posee el 51% de sus acciones. El 49% restante pertenece a inversores privados

Contra la modorra intelectual

Retomemos la otra interferencia. El archipiélago: “Volver a la pregunta por lo humano no puede ser entendido como un horizonte meramente metafísico o gnoseológico (...) La pregunta por lo humano se trata, entonces, de una disposición vital de rebeldía. El avance sin parangón ya no del capital, sino de su propia lógica estructurante, licúa toda especificidad identitaria en nombre de un rasero violento que no ve en los cuerpos y las cosas del mundo nada más que objetos dispuestos a ser explotados”.

Chuit Roganovich navega en la incertidumbre que envuelve el mundo. Cita, cruza, reflexiona, intenta pensar un futuro, salir de la modorra intelectual, activar. Pero Rifé le cuestiona lo que le adjudica representar: la materialización de la relación del progresismo con el Estado: “Robi odia a la democracia porque detesta al individuo y desconfía de su capacidad de tomar decisiones libremente, pensar distinto y, en todo caso, gobernarse a sí mismo sin la tutoría de un Estado que lo cuide y lo oprima”.

El autor es consciente de la impotencia de ese “estatismo del pensamiento y de la acción”. El archipiélago nace de ese nudo. Pero Rifé insiste con que el problema “no fue imaginar el futuro, sino administrar el presente”. “No es que el progresismo neoliberal se ‘equivocó’ en sus formas pero no en el contenido a la hora de cancelar, perseguir y purgar ideológicamente como si fuera un gris mecanismo policial, el progresismo es y solo es cancelación, persecución y corrección como red opresiva de modales e ideas”.

El premio de Samantha Schweblin

“No sé contar cuánto es un millón, es un número tan grande que me pierdo. No sé cuántos ceros tiene. Es algo muy raro. No sé qué hacer con eso”, dijo Samanta Schweblin cuando ganó el Premio AENA. “En mi imaginario, siempre, desde que dejé la casa de mis padres, lo que toda la vida quise tener es un sueldo todos los meses. Este número lo asocio un poco con esa idea fantasiosa del sueldo para siempre”. ¿También será para siempre la asociación de El buen mal como “el libro del millón de euros”?

No hay dudas: su literatura se destaca a fuerza de atmósferas e inventiva. Pero acá la interferencia vino de afuera: una inyección de dinero para, según sus autoridades, “reforzar el hábito lector, escritor y estimular para que en España y América Latina se publiquen buenos libros”. Pero lo que se premia son títulos ya publicados, que ya tienen un recorrido, una recepción, un nombre. Repasemos los sellos de los finalistas: Seix Barral, Anagrama, Alfaguara, Random House. Ni una editorial independiente.

La escritora chilena Nona Fernández (i), la argentina Samantha Schweblin (2i), el colombiano Héctor Abad Faciolince (2d), y los españoles Marcos Giralt Torrente (c), y Enrique Vila-Matas (d), los cinco finalistas del primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, galardón con una dotación de un millón de euros que se dará a conocer mañana miércoles, momentos antes de la rueda de prensa en la que han defendido la importancia de poner en valor tanto social como económicamente el pensamiento, las humanidades y la literatura
Los cinco finalistas del primer Premio Aena: la escritora chilena Nona Fernández, la argentina Samantha Schweblin, el colombiano Héctor Abad Faciolince, y los españoles Marcos Giralt Torrente y Enrique Vila-Matas (Foto: EFE/Quique García)

Escribe Carmen Domingo que “por más que desde el jurado se insista en que la intención es crear un premio de prestigio, una vez conocida la lista de los finalistas, una no tiene más remedio que preguntarse si lo que se pretende es fomentar aún más a los grandes grupos editoriales o mantener a los autores consagrados en su consagración”. Lo más importante es la literatura, sin dudas, pero convengamos que asomarse a ver el brillo metálico de las estructuras debajo de la celebración tiene su encanto.

El electrocardiograma de un corazón muerto

Aquella pequeña crítica despertó una marea dormida. De pronto, la ex Twitter debatía sobre literatura y progresismo, sobre crítica y política. Todos, desde el más progre al más facho, tenían algo para decir. Un debate que “convocaba”. El autor, el criticado, escribió: “La crítica literaria ya no existe porque la critica sin aparato teórico es un grito desesperado a una nube. Ya quisiera yo que crezca verdaderamente una ‘guerra de estéticas’ seria y no una cascada inconexa de adjetivos. Para esa guerra estoy”.

Muchos le criticaron el tono a Rife, su ensañamiento. Curiosa observación pacata. Una digresión: pienso en esos periodistas indignados con que un manifestante le lance una piedra a la policía. Como si la violencia de un Estado que no solo te empobrece, sino que además te reprime, pero sobre todo te anula como sujeto político, debiera responderse con pacifismo. No es una analogía. Cada uno escribe desde su lugar. La bronca que nos quema las entrañas día a día ya nos constituye. A no esquivar el bulto.

Lo mismo pasó hace unos meses cuando Rodrigo Cañete escribió en LoveArtNotPeople sobre El contrabando ejemplar de Pablo Maurette, ganador del Premio Herralde. “Su Argentina es un producto curado para el mercado internacional: exótica, melancólica, irónica, perfectamente exportable”, decía la crítica. No solo saltaron elucubraciones sobre el uso de inteligencia artificial sino que se le cuestionaba el tono “mala leche”, el encono, el resentimiento. El problema de exigir debate sin debatir.

En la superficie está lo que Juan Tavella, en una nota en Seúl, ve en el fondo: una “polémica cultural picantísima sobre dos penes”. Eso existe, sin dudas. Pero quitándole las coloridas cáscaras de cinismo al asunto, lo que hay es una necesidad no del todo asumida: que la literatura es hermosa, pero el tono monocorde del panorama literario a veces se parece al electrocardiograma de un corazón muerto. Necesitamos interferencias, necesitamos latidos. En esa suciedad radica su vitalidad.

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