
Joyas de los grandes maestros del pincel del Siglo de Oro español, como Diego Velázquez o Francisco de Zurbarán, además de ejemplos del arte barroco que, en paralelo, se destapaba en América Latina y otras colonias, aterrizan esta primavera de manera excepcional en Europa, en París, procedentes de Nueva York.
Desde este 26 de marzo y hasta el 2 de agosto, el museo privado Jacquemart-André será su hogar con motivo de la exposición Splendeurs du Baroque (Esplendores del Barroco), una iniciativa inédita posibilitada por un préstamo excepcional de una cuarentena de obras -entre ellas varias que nunca habían viajado al Viejo Continente- de la Hispanic Society of America.
Se trata de un museo y biblioteca neoyorquinos fundados en 1904 por Archer Milton Huntington para el estudio de las artes y cultura de España, Portugal, Iberoamérica y Filipinas cuya colección comprende en total cerca de 800.000 pinturas, libros, objetos artísticos, fotos, documentos y antigüedades.
“Huntington no compraba en España, solo en el mercado internacional (...) él no quería participar en la hemorragia del arte español y compró principalmente en París, Londres y los Estados Unidos”, explicó este miércoles para esta nota, durante la presentación a la prensa de la muestra, Guillaume Kientz, director de la Hispanic Society of America.
“Tiene una frase en su diario –prosiguió Kientz– que dice que los cuadros son como los pájaros y cuando están en su nido, en su árbol, no hay que molestarlos. Pero si se han perdido hace falta darles uno nuevo y la Hispanic Society of America es un árbol para esos pájaros perdidos, que son los cuadros españoles”.
Llegado de ese “nido” neoyorquino, a París ha viajado uno de los retratos más importantes realizados por Velázquez, el misterioso Retrato de una joven (datado entre 1638-1642) que muestra una figura anónima que podría ser su nieta Inés Manuela, aunque su identidad permanece como uno de los grandes enigmas del arte barroco español.
También del maestro sevillano, el Jacquemart-André expondrá Escena de cocina, un óleo sobre lienzo de 1617 que, según Kientz podría ser la obra de Velázquez (1599-1660) más temprana conocida, datada de sus años de aprendizaje junto a Francisco Pacheco y que ya delataba su genialidad.

El papel de la monarquía, con retratos como el del rey Felipe IV firmado por Juan Carreño de Miranda, o la pintura religiosa y humanista del Greco, con exponentes como la Piedad que ilustran la ambición de Doménikos Theotokópoulos por ser a la vez Tiziano y Miguel Ángel, son otros ejes que recorren la muestra, ubicada en el distrito VIII de la capital francesa.
La plenitud del arte barroco español, más allá de una sala que está dedicada específicamente a la excelencia de Velázquez, quedará también patente con lienzos de Francisco de Zurbarán o Bartolomé Esteban Murillo.
Las escuelas de América Latina
Algunas de estas obras ya habían pasado por museos de España y Europa, prestados para exposiciones específicas, pero en su conjunto la Hispanic Society of America no había realizado antes un préstamo de esta envergadura -posible solo por encontrarse en plena reforma de sus instalaciones neoyorquinas- para ilustrar la efervescencia del Siglo de Oro español.
“España, por definición, es a la vez una cultura interconectada y un catalizador. Es decir, para comprender el arte español en general, y no solo el barroco, hay que comprender el arte flamenco, el italiano...”, precisó Kientz.
Esas interconexiones del arte español comprenden los extensos territorios que conformaban entonces el territorio de la Corona y, muy particularmente, las colonias en América, que no en vano aportaron al Estado el metal precioso que permitió financiar este Siglo de Oro, en palabras de Kientz.

A la vez, las colonias desarrollaron su propias escuelas de arte, influidas pero no necesariamente subordinadas a la metrópolis, como demuestran en Splendeurs du Baroque ejemplos como el cuadro mexicano San Juan Bautista, de Baltasar de Echave Ibía, considerado la primera muestra de ‘caravaggismo’ (la influencia de Caravaggio y sus claroscuros) en América Latina.
“Estas personalidades (los emigrados a las colonias y sus primeros descendientes) tenían una misión que cumplir, la de convertir a las poblaciones no cristianas en América. Así que tenían que hacer objetos mágicos que fueran atractivos, que maravillaran”, explicó Kientz sobre ese barroco latinoamericano.
“Y de una cierta manera hacía falta que los cuadros fueran simples de leer, porque era como aprender una nueva lengua”, completó el director de la Hispanic Society of America sobre esta corriente, que para él conformó algo más que un mero arte de colonización al desarrollar sus características propias.
Fuente: EFE.
Fotos: EFE/ Edgar Sapiña Manchado.
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