
A los autócratas les gusta ser amados. En los primeros días de la invasión nazi a Polonia en 1939, los propagandistas alemanes alardeaban sobre la “apasionada devoción” de los berlineses por su Führer. Sin embargo, observadores atentos notaron una apatía inesperada que se asentó sobre la capital. El periodista estadounidense William Shirer, radicado en Berlín, reportó que no presenció “ninguna emoción, ningún hurra, ningún aplauso”. Ni siquiera detectó odio hacia los enemigos británicos y franceses.
En realidad, los dictadores prosperan no gracias al amor, sino a la indiferencia. Como muestra Ian Buruma en Stay Alive, su historia concisa y relevante sobre el Berlín en tiempos de guerra, los regímenes se alimentan de la tibia respuesta ante la violencia y de los miles de compromisos diarios que los ciudadanos adoptan para sobrevivir. La mayoría de las personas en el Berlín de la guerra, escribe Buruma, “no eran cínicas, ni abusivas, ni fanáticas; simplemente se adaptaban”. Su historia funciona como advertencia sobre la “tentación de mirar hacia otro lado” ante la deriva hacia la autocracia.
Durante los años de la guerra, los berlineses convirtieron el “mirar hacia otro lado” en una forma de arte. Se distraían con películas, conciertos y desfiles de moda. Algunos buscaban consuelo en vinos finos que los alemanes habían obtenido de Francia; otros conseguían café y pasteles racionados. “Por el precio adecuado, se puede conseguir cualquier cosa”, escribió el autor Erich Kästner en su diario en el invierno de 1941. “Todo está en venta”. Hasta 1944, los espectadores seguían llenando las gradas para ver partidos de fútbol, aunque fuera en campos llenos de cráteres.

La mercancía esencial era las Beziehungen: influencias. Quienes tenían buenas conexiones dentro de la jerarquía nacionalsocialista gozaban de mayor poder. La promesa de influencia transformó aspectos fundamentales de la identidad personal. Buruma cita el caso de Erich Alenfeld, un judío convertido al cristianismo, quien escribió una carta a Hermann Göring en 1939 ofreciéndose como voluntario para el ejército alemán; su hijo luego ingresó a las Juventudes Hitlerianas. Estas transformaciones no siempre fueron acomodos cínicos. También respondían al espíritu nacionalista de la época. Personas como los Alenfeld, según Buruma, “estaban tan influidas por el romanticismo alemán como cualquier otro de su generación”.
Cuando el escapismo y el patriotismo no bastaban, quedaba el exilio, una opción popular entre literatos alemanes de distintas tendencias políticas. Bertolt Brecht, dramaturgo de izquierda, y Thomas Mann, novelista antes conservador, abandonaron el país en 1933 al llegar los fascistas al poder. Mann fue muy crítico con quienes decidieron quedarse. Todo lo publicado en Alemania entre 1933 y 1945, afirmaba, tenía el aroma “de sangre y vergüenza”.
El director de orquesta Wilhelm Furtwängler se decía ante todo artista —“unpolitisch”, en el idioma de la época—. Permaneció en Alemania y, pese a su oposición al Reich, dirigió la Filarmónica de Berlín en 1942 durante el cumpleaños número 53 de Hitler. La marca de sangre y vergüenza lo persiguió el resto de su vida. Tras la guerra, cuando le ofrecieron dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago, su contemporáneo italiano Arturo Toscanini y otros se opusieron. La sinfónica retiró la oferta.

Muchos alemanes, en realidad, no tenían alternativa. Los impuestos de salida para residentes judíos hacían que emigrar resultara costoso. En su lugar, se vieron forzados a huir al submundo berlinés. La capital de los años 40 estaba apenas a una o dos décadas de distancia de la Babilonia berlinesa de la era de Weimar. Familias alquilaban habitaciones en burdeles y se escondían en billares de mala reputación. Esta situación las hacía vulnerables a la extorsión sexual. Estos refugiados domésticos se autodenominaban “U-boats”, sumergidos bajo la superficie de la sociedad.
El propio padre de Buruma, Leo, pasó parte de la guerra en Berlín, esquivando bombardeos aliados e intentando encontrar su equilibrio entre la resistencia y la supervivencia. Leo había sido obligado a trasladarse de los Países Bajos a Alemania, donde trabajó en una fábrica que producía frenos para locomotoras y también ametralladoras ligeras. Recordaba ver los bombarderos aliados brillando en el cielo como un banco de peces plateados. Las bombas de un ataque rompieron una tubería de gas y causaron heridas a su novia. Durante el resto de su vida, cuenta Buruma, su padre no soportó el sonido de los fuegos artificiales.
El relato de Buruma se apoya en anécdotas y fuentes primarias, pero carece de grandes ideas estructuradas. Exeditor de The New York Review of Books, es un autor habituado a la historia intelectual; publicó un estudio reciente sobre el filósofo Baruch Spinoza. Tal vez por eso, entre los detalles del Berlín en guerra que aparecen en “Stay Alive”, surge el deseo de que profundice más. Alemania en la primera mitad del siglo XX fue un crisol para los grandes debates entre arte y política. El volumen se beneficiaría de una exposición más estructurada y de mayor contexto.

Al final de la guerra, la ideología elevada se había transformado en nihilismo. Los berlineses enfrentaban peligros en todos los frentes. Mientras la dirigencia nazi se entregaba a orgías finales bañadas en alcohol, los “U-boats” humanos debían ocultarse de los “perros encadenados” del Reich, matones que arrestaban y ejecutaban a cualquiera mayor de 15 años que se negara a luchar. Los habitantes de la ciudad sufrían la llegada de las tropas soviéticas; más de 100,000 mujeres y niñas de Berlín fueron violadas. Buruma entrevistó a una sobreviviente en una residencia asistida, quien relató que fue violada dos veces por soldados rusos cuando tenía solo 14 años.
Un valor central del libro de Buruma son sus entrevistas con sobrevivientes, un grupo que desaparece con rapidez. Alguien que tenía 10 años en 1945 hoy tendría 91. En ese sentido, el título “Stay Alive” adquiere un significado adicional. Su historia preserva un mundo que se desvanece de la memoria viva. Aunque la memoria puede alimentar el ultranacionalismo, también puede servir como herramienta de reconciliación. Buruma define su libro como una especie de “carta de amor” a la ciudad, un desafío propio al poder corrosivo de la indiferencia.
Fuente: The New York Times
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