El thriller político y por cierto costumbrista El agente secreto, su director Kleber Mendonça Filho y el protagonista Wagner Moura han puesto nuevamente al cine brasileño en la cresta de la ola mundial, después de Aún estoy aquí, la emotiva historia de resistencia familiar de Walter Salles que se llevó el Oscar en 2025, un logro que fue festejado como si se tratara de un mundial de fútbol -en una nación que, ya se sabe, siempre quiere ganar un mundial de fútbol-. En ambas películas, aunque narrativa y estéticamente resultan distantes, el hilo conductor es uno: la memoria de la dictadura militar que gobernó el país “bendecido por Dios y bonito por naturaleza” entre 1964 y 1985.
El agente secreto, que aspira al mismo Oscar que ganó Aún estoy aquí (mejor película extranjera), suma este año las nominaciones para mejor película, mejor director y casting, lo que ha potenciado su impacto a escala global. Se estrenó esta semana en salas argentinas y llegará al streaming vía Mubi a partir de la primera semana de marzo: es la historia de un profesor universitario que llega a la norteña ciudad de Recife para buscar a su hijo y escapar de la opresión del gobierno militar. Durante el desarrollo del relato, que por momentos toma caminos inesperados, emergen otras cuestiones que flotan en el aire pesado de esa semana de carnaval de 1977: la violencia del Estado, la persecución política, la corrupción, y el miedo.

Pero también, en medio de las sombras, emergen la alegría natural de un pueblo en su fiesta favorita, el boom por el estreno de Tiburón en los cines de la ciudad, la camaradería en una casa que parece refugio de todo tipo de perseguidos (regenteada por un hipnótico personaje encarnado por una actriz de 79 años, Tania María, inesperada estrella de la película). Todo cabe en dos horas cuarenta de tensión, con el suave carisma de Wagner Moura en un protagónico casi omnipresente, pero también de contemplación de un tiempo y un lugar. Estamos lejos de 1977 y también de Recife, pero igualmente resulta impactante. Dice su director, en diálogo con Infobae Cultura en medio de una campaña promocional que lo tiene ciertamente agotado: “Me gusta mucho la idea de poder conmover a alguien que no entiende bien por qué es conmovido. Algo es bueno porque es real, tiene textura”.
—La repercusión mundial de ‘Aún estoy aquí’ el año pasado, con el Oscar incluido, y ahora de tu película invita a pensar que el cine brasileño ha vuelto su mirada sobre un período de la historia de tu país que tal vez no había sido tratado en profundidad...
—En realidad, el cine brasileño sí se ha dedicado al tema de la dictadura. Yo creo que existe un subgénero, tanto en el cine brasileño como en el cine argentino y chileno, de películas que analizan ese período histórico. Tuvimos grandes películas como Adelante Brasil, en 1982 o ¿Qué es esto, compañero?, que fue una película nominada al Óscar en 1998. Un ejemplo reciente es la propia Marighella, de Wagner Moura... El año pasado, Aún estoy aquí, y ahora El agente secreto, que son dos películas que tienen un año de diferencia, pero que creo que tocaron un nervio muy expuesto, una herida que todavía está abierta en la sociedad brasileña. Por eso, hoy tenemos una discusión que creo que es muy buena en torno a la memoria. Pero creo que El agente secreto, además de ser una película sobre la memoria, es también una película sobre el pueblo brasileño. El personaje de Wagner es un buen brasileño... Creo que también es una película que es brutal de cierta manera, pero a la vez tiene mucho amor, cariño y afecto también.
Creo que el subgénero de “película sobre la dictadura” es muy bienvenido, porque cualquier obra cinematográfica que discute la historia de una manera, casi como una crónica, se torna extremadamente útil para discutir el propio país. Y en el caso de El agente secreto, no solo se está discutiendo Brasil, sino que parece provocar una discusión en varios países. Estados Unidos, por ejemplo, es uno de esos países donde hoy la película está siendo muy discutida actualmente.

—De tu memoria de niño durante el período de la dictadura ¿Cuáles son los recuerdos que vienen a tu mente? ¿Los tuviste en cuenta para escribir el guion?
—Yo no creo en la comparación de tragedias. No creo que existan reglas o balanzas para pesar tragedias. La dictadura en Brasil destrozó a cientos de familias y a miles de personas, y la dictadura en Argentina y en Chile también hizo lo mismo. Preferiría no hacer una medición estadística y matemática. Creo que la violencia de Estado es terrible como concepto, no importa cómo. Yo, cuando era niño, recuerdo una atmósfera y esa atmósfera es la que intenté reconstruir en la película. También quería decir que hay un discurso muy presente en la derecha en Brasil, incluso de los propios militares en los años setenta y todavía en personajes políticos como Jair Bolsonaro, que siempre dicen que no tuvimos una dictadura, que tuvimos una “dictablanda”. Y eso es una falta de respeto enorme a todos los torturados y a todas las personas que fueron desaparecidas, asesinadas y secuestradas en todo ese tiempo.
Mi familia no tuvo repercusiones directas de la dictadura, pero el clima de miedo, de aprensión, las voces bajas en las conversaciones íntimas... Todo eso me vino cuando estaba escribiendo el guion y creo que el clima de opresión y de absoluta corrupción como algo normal en la sociedad, creo que todo eso es muy fuerte para construir el clima de aquella época. Y preferí, por ejemplo, no tener algunas de las cosas que ya han sido abordadas por otras películas tan buenas sobre el tema, como por ejemplo, la presencia de uniformados, de los militares. Preferí no tener militares en la película y, aun así, establecer un clima de opresión y de violencia galopante, que formaba parte de la lógica de ese momento.

—En tu filmografía se destaca, entre otros rasgos característicos, la presencia de Recife como un protagonista más ¿Por qué?
—Porque es mi ciudad. Sería como preguntarle a un cineasta estadounidense por qué otra vez Estados Unidos, ¿no? Recife es donde vivo, es una ciudad que conozco, sé dónde colocar la cámara, tengo una buena idea de su historia, de la personalidad de Recife, de la forma, de la manera de ser, del comportamiento de la ciudad y de la manera de hablar también... Poco a poco fui transformando Recife en un personaje. Me parece increíble que Lucrecia [Martel] haya hecho películas en Salta y no en Buenos Aires, como tal vez algunas personas esperarían, ¿no? Y que Spike Lee haga películas en Nueva York, que Almodóvar las haga en Madrid o Mike Leigh en Londres. Para mí es absolutamente natural.
—¿Cómo pasaste de ser crítico de cine a director?
—Muy lentamente. Durante los años que trabajé como crítico de cine, al mismo tiempo experimentaba con cortometrajes. Los cortometrajes poco a poco fueron ganando terreno y empezaron a atraer mucha atención. Cuando escribí mi primer largometraje, sentí que mi trabajo como crítico de cine llegaba a su fin. También me sentía un poco cansado. Era mucho trabajo: ver cinco, a veces siete películas a la semana. Cada película duraba dos horas. Escribía sobre ellas. Entrevistas. No me arrepiento de nada. Fue uno de los mejores y más constructivos períodos de mi vida, pero la transición finalmente llegó un viernes. Dejé mi trabajo como crítico de cine y el sábado comencé la preproducción de mi primera película.
[Fotos: MACO Cine/Mubi]
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