Del bajón de la cocaína a la redención de la escritura: Alejandro Seselovsky se muestra en carne viva

El periodista que acaba de lanzar la versión audiolibro de ‘Negro argentino’, habla de su historia personal y el sentido de la crónica, su herramienta de trabajo: “Un texto que se hace preguntas y no tiene por qué contestarlas”, define

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Los audiolibros de Alejandro Seselovsky
Los audiolibros de Alejandro Seselovsky

“Mucha cocaína”, recuerda. “Mucha autodestrucción”. Alejandro Seslovsky tuvo que meter su vida entera en un vaso, taparlo con una mano y batirlo mucho, muchísimo, hasta que el cielo se aclare. Negro Argentino es un libro de crónicas, de las que tienen su impronta. Como las de Cristo llame ya!: crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina, como las de Trash: retratos de la Argentina mediática, como los textos que publica con mayor frecuencia. Acá eso existe, eso está, incluso más afinado, más trabajado, pero uno sobresale. Se llama “Mamá”.

“Es un trabajo que me rescató de una crisis profunda. Yo estaba hecho percha en el 2015. Venía arrastrando un malestar y estaba consumiendo mucha cocaína”, dice. Del otro lado de la línea, su voz se pone seria. Está en su casa, en el barrio de Saavedra, borde porteño, límite con Vicente López. En enero de 2015 murió su mamá, la mujer que lo adoptó, y a los dos meses se separó de su mujer. “Me fui a pasar una temporada en el infierno al departamento que mi vieja había dejado, donde yo había crecido. Tenía cuarenta y dos años. Me entré a hacer daño, un daño profundo”.

Era una tarde soleada. Es una tarde soleada. Alejandro Seselovsky acaba de dejar a su hija en un cumpleaños. Al teléfono, su ex mujer lo llena de reproches. Él tiene los suyos. Se gritan, se putean, se maldicen. La Avenida Cabildo está colapsada; los bocinazos aumentan, intermitentes, como si quisieran censurar las malas palabras, como si pudieran. Y ella, Natalia, su ex mujer, en un arrebato de lucidez, le dice:

—No sé qué te pasa, no sé dónde está tu problema. Tomá toda la cocaína que necesites, hacete bien mierda, pero a casa no vuelvas sin haber hecho lo que tengas que hacer —Y corta.

Rebalsado de bronca, Seselovsky se mete en la boca del subte, en la estación Juramento, la Línea D. “¿Qué es lo que tengo que hacer? ¡Nada!“, se dice. ”¡Yo no tengo nada que hacer!“, se repite. Saca el teléfono y se pone a escribir. ¿Qué escribe? “Era un texto en tercera persona. Un cuento”, recuerda ahora. “Un hombre de cuarenta años que se encontraba con una mujer de sesenta años, que era la mujer que lo había parido y que lo había dado en adopción. Imaginé cómo sería el momento del encuentro”. Fueron nueve estaciones de escritura. Bajó en Agüero y el texto estaba terminado.

“Después escribí otro, y después otro, y otro. Era siempre el mismo encuentro en distintos lugares. La encontraba en un canal de televisión, en uno de esos programas tipo Gente que busca gente, la encontraba trabajando en un prosti, la encontraba en una villa, la encontraba muerta, encontraba su tumba. La encontraba una y otra vez; eran variaciones. Pequeñas ficciones. Mientras tanto, yo seguía en un proceso de autodestrucción. Pero yo no hago ficción, yo soy periodista. Antes que ninguna otra cosa, soy periodista. Entonces ahí me di cuenta que sí tenía algo que hacer antes de volver a mi casa”, cuenta.

No era un cuento, no eran personajes ajenos, extraños, lejanos, sino una crónica, relatar un recorrido, el suyo, la vida misma, yendo a buscar a su madre biológica, la mujer que lo parió. Ir hacia ese encuentro. Y así fue. “La muerte de mi madre había habilitado eso en mí. Primero tuve que hacer un proceso de cuentos y cocaína hasta llegar a esa convicción. Para enero del 2016 estaba en Rosario con Natalia, ya había vuelto a mi casa, haciendo el trabajo de campo para ver si podía dar con esta piba que me había parido. Porque la investigación me llevó a Rosario a conocer a la gente que fue su empleadora. Así se hizo Mamá. Eso es Mamá”.

Alejandro Seselovsky, de bebé, con
Alejandro Seselovsky, de bebé, con su madre adoptiva, "madre de crianza, madre a secas"

Seselovsky nació en Rosario en 1971. Pasó por muchas redacciones, escribió para muchos medios. En un momento se sacó de la cabeza la idea de “los lectores”. Prefiere pensar el estadio previo: el editor. “Yo escribo para un tipo que le va a vender a sus lectores lo que a mí me compra. Entonces me resulta importante construir vínculos de trabajos bien hechos, que carguen tiempo encima, que me conozcan”, dice y nombra a los editores de los tres medios para los que trabaja: Sebastián Cabrera de El País de Uruguay, Carolina Martínez de la revista Orsai y Gonzalo Abascal de Clarín. “El texto, la crónica, es un producto de los dos. Al autor le toca firmarlo”. Además, y desde hace veinte años, da clases en la Universidad de Buenos Aires, en la carrera de Ciencias de la Comunicación.

Volvamos al libro. Negro argentino tiene más crónicas. Se mete en los bailes de la Mona Jiménez, en una gira con Damas Gratis por el conurbano, en un show demencial del Indio Solari en las afueras de Mendoza. Desde ahora no solo se lo puede leer, también escuchar. Forma parte del catálogo de Bajalibros en forma de audio. Un audiolibro. Lo narra el propio autor. Lo trabajó junto a Federico Aiub. Los textos de Negro argentino exploran la argentinidad, intentan dar con ese entramado complejísimo, por momentos palpable, por otros abstracto. “La Argentina es mi tema, mi hashtag”, dice.

Por estos días se va a reeditar Trash por El Cuaderno Azul. “Hay un argumento: quince años después, los mediáticos meten un presidente”, dice y larga una risa. “Hay una curva que va de Fort a Milei, que es una curva que hay que contar. Esa curva existe. Siento que hace quince años atrás estaba dando en el clavo del tipo de personajes que el futuro argentino nos iba a gobernar“, agrega.

—Ya nadie lo recuerda: Milei nace en la república panelista, en el griterío de la tele de la grieta.

—Milei es de constitución y de naturaleza mediática. Esto no lo hace ni peor ni mejor, no lo deslegitima ni una astilla como presidente, porque no es presidente porque es mediático, pero su naturaleza es de mediático, como lo es la de Lilia Lemoine, o la de Santiago Cúneo que descorcha una botella de champán cuando muere la reina de Inglaterra. O la de Maslatón, o la del Gordo Dan.

—En tus textos sobre esas figuras aparece algo que podría ser muy argentino, y quizás estoy exagerando, que es el fervor, la exaltación, la excitación. De pronto, esos mediáticos se vuelven ídolos, héroes...

—...presidentes. Sí. No sé si Fort era interesante per se, lo interesante es lo que dice de nosotros. Wanda Nara no es buena en casi nada de lo que hace. Yo la fui a ver al teatro cuando arrancaba, porque yo siempre consumí todo ese desperdicio, esos materiales poco validados por la cultura. Era un teatrito re chorongo en Mar del Plata, estaba con Jorge Corona. No da en el escenario, no baila bien, no es especialmente buena conductora, y sin embargo es un tren de popularidad y está coronada por las multitudes. La coronamos, no sé si vos o yo, pero el cuerpo social la coronó. Wanda Nara no es interesante por Wanda Nara, lo interesante es por qué la coronamos, quiénes somos nosotros. Lo que me interesa de estos personajes es lo que pueden decir de nosotros, lo que yo pueda pesquisar y descubrir de nosotros en ellos, de quiénes somos como país, como sociedad, como cuerpo social, como territorio, como gente que comparte un mismo suelo bajo el ordenamiento de una misma bandera. Hay una línea muy linda del ex presidente Sanguinetti. Como yo escribo para El País de Uruguay, y estoy casado con una uruguaya, lo tengo muy presente. Sanguinetti dice: “Uruguay es una república, la Argentina es una nación”. La idea de nación tiene esto que vos decís, esa exacerbación, esa furia. La Argentina es exaltada. Y estos personajes hacen rebotar la exaltación del consumo. Al principio era solo del espectáculo, ahora es de la política también, lo que lo vuelve más real. No es lo mismo organizar una escena de Vicky Xipolitakis en la pista del Bailando que organizar una foto de Leila Gianni en tetas, diputada electa por La Matanza. No es el mismo ordenamiento, sus cuerpos trabajan sobre tejidos diferentes. Del entretenimiento puro a lo real: Leila Gianni decide qué apoya o qué no para el bienestar de los bonaerenses. Es una comparativa. Pienso en Luli Salazar. No sé si te acordás pero en el 2000 se produce un acontecimiento escandaloso, escandológico: en la presentación de los MTV Awards con Diego Luna sale en bolas con dos pezoneras. Era el momento de “dame tetotas”. Esas tetotas son la teta libertaria. Ella inventó la teta libertaria, o yo veo eso y sugiero que esa es una línea de trabajo. Porque la tenés a Leila Gianni, pero también la tenés a la Santillán. Hay una teta libertaria hoy que encima puso a las mujeres progresistas a llamarlas gato. Hay algo interesante ahí, no en Luciana Salazar en sí, ni en pedo, sino en las conclusiones acerca del país que somos.

“Negro argentino” (Orsai) de Alejandro
“Negro argentino” (Orsai) de Alejandro Seselovsky

—Te solés mover en una zona que no es la crítica furibunda a la farándula ni la celebración ingenua y desvergonzada. Ese fervor, esa exaltación, ¿es lo que nos condena o lo que nos termina salvando?

—No lo sé. Por supuesto que yo tengo mis posiciones políticas, mis convicciones y sé dónde estoy parado, pero lo suprimo a la hora de ir a un personaje. Si voy yo, voy ciego. El cronista es como un desplazamiento, un sujeto que uno construye para poder ir al campo. Durante dos años fui profesor en la Universidad de las Madres, lo hice ad honorem, fue mi aporte, algo completamente personal. Y también fui a la casa de Cecilia Pando a escribir un retrato para la revista Gatopardo. Yo tengo que poder ir a la casa de Cecilia Pando a tomar mate con ella, con sus hijos, con su marido, tengo que dar la mano, compartir bombilla. No hay manera de ir a un personaje así que no sea dejando de lado tus apreciaciones más personales, que no sea humanizándolo. Si vas pensando que Cecilia Pando es una hija de puta defensora de genocidas, mejor no vayas. Andá a militar, querido, pero no escribas crónicas. Tiene que haber algo que sea anterior a la definición de las cosas. Vas al campo a ver qué te entrega el campo. No vas a definirlo. El campo te tiene que definir a vos, no vos definir al campo. Si ya lo tenés definido, quedate en tu casa, escribilo; entonces producís ensayo, no crónica. La crónica es básicamente un texto que se hace preguntas y no tiene por qué contestarlas.

—No parece ser un contexto muy propicio. Pienso en la época: pantallas, confusión, poco diálogo, nuevas individualidades. ¿Qué puede hacer la literatura, la lectura, la crónica? ¿Hay algo ahí que pueda tender un puente hacia algo que esté más allá de esta encrucijada?

—Sí, y yo creo que hacer un periodismo y una no ficción física, de cuerpo, que sea capaz de ir. La madre de todas nuestras crónicas es Una excursión a los indios ranqueles, y el método es el de Mansilla. Antes primaba informe topográfico y la crónica de Indias. Finalmente Mansilla es una de las cuatro tortugas que sostienen el mundo de la literatura argentina del siglo XIX. Facundo es el ensayo, El matadero es el cuento, Martín Fierro es el poema y Una excursión a los indios ranqueles es la crónica. Esas cuatro tortugas sostienen el mundo que después será el mundo de la literatura argentina. Y Mansilla tiene un método. Se trata de ir. El cronista es alguien que va. Lo que podemos hacer en este momento es buscar los recursos para ir. No hay guita, es caro hacer crónica, pero hay que ir. Yo estuve el año pasado haciendo una crónica en Anillaco para a ver de qué se trataba esta vuelta de Menem, y había que ir a Anillaco a verla. Salió un huevo ese viaje: hubo que estar cinco días allá, avión de ida, avión de vuelta. No está esa guita o no la quieren poner, no sé. Tenemos que ponernos creativos e ir hacia esos personajes. Fui a todos los actos de Milei, capaz que hay alguno que no fui. Desde junio del 2022, cuando lanzó su candidatura en la cancha del Porvenir, en Gerli, que no había nadie, fracaso total, hasta el Movistar Arena, donde hizo Rock del gato. Un cronista tiene que ir a comprender la época, ofrecer un punto de vista. Ir sin prejuicio y escribir desde el cuerpo. Al cronista que fue a la casa de Pando lo colgás en el perchero, y ahí sí sos más vos, y ese es el que produce el texto. Nuestro laburo es ir a esos lugares. El periodismo es un bien social. El ferretero no puede ir a Jujuy a ver si Milagro Sala es culpable o es inocente, tiene que ir un periodista. Ahora, resulta que el periodismo está flagelado por esto del periodismo de afirmación. Entonces, el periodista que va a ver si Milagro Sala es culpable o inocente, o si los judíos están comprando la Patagonia, o si la incendiaron los mapuches, lo que sea, cualquier ariete de la realidad funciona de la misma manera. Entonces, el periodista va al territorio, intuye, ve, mira, despliega su sistema nervioso, su aparato sensorial, y vuelve con una comprensión honesta para entregar. Eso es lo que deberíamos estar haciendo y lo que podemos hacer en este momento de ruido, de confusión, de aturdimiento.

Alejandro Seselovsky nació en Rosario
Alejandro Seselovsky nació en Rosario en 1971. Es periodista, escritor, docente universitario

—Quiero volver a Milei, el gran mediático, o el mediático que llegó a la Presidencia. ¿Qué dice de nosotros? ¿Qué dice de la Argentina?

—Dice que nos sentimos muy defraudados, profundamente defraudados por nuestros representantes. Por eso fuimos a buscar un representante nuevo, fracturador del sistema de representación que hasta acá habíamos tenido. Vivimos en un sistema que está determinado por las mayorías. Por eso a mí me interesa también lo masivo, porque finalmente Luciana Salazar, Ricardo Fort, Wanda Nara operan dentro de un sistema de mayorías y producen mayorías. Y vivimos en un sistema de mayorías. Se llama democracia. Acá el que más votos tiene, gana y se la lleva. Las mayorías argentinas son el tema. ¿Qué dice de nosotros este presidente que hoy tenemos? Que las mayorías argentinas están frustradas, desengañadas. Estamos en un sistema de representación. Las mayorías no van y producen ley o dictamen. Las mayorías son representadas por. Y hasta acá nuestros representantes nos han defraudado, más allá de lo que vote cada uno. Han defraudado a las mayorías porque tenemos un país pobre, estructuralmente pobre.

—No es que la Argentina se volvió de derecha, como dicen, o que adoptó las ideas de Milei como propias...

—No, yo no creo que la Argentina sea de ultraderecha, definitivamente. La Argentina está frustrada con sus representantes y eligió un nuevo camino de representación. ¿No sale? ¿Esto no arranca? ¿El salario real no sube? ¿El consumo no se dispara? ¿La gente no está mejor? Una patada en el orto, como se le hizo a Menem. Acá no dura nadie. Milei jugó al emperador hasta que perdió una elección dura. Puede que conserve algo del estilo para la propia tribu, para los chicos que le llenan el Movistar Arena. Pero acá finalmente lo que se impuso fue el sistema democrático. La democracia argentina está más viva que nunca. Haberse permitido elegir a Milei es un gesto de amplitud democrática. Las mayorías dijeron: “No, hartos de ustedes. Vos, loco, entrá“. Eso pasó y es un gesto. No, no estoy diciendo que él sea democrático. Luciana Geuna le pregunta si cree en la democracia y no puede contestar. Las mayorías argentinas se dieron el permiso soberano de elegir algo que no estaba en los papeles de nadie, que hasta no era elegible, pero a las mayorías argentinas no les importó. ¿Por qué? Porque la democracia está viva, está sana. Atravesó cuarenta quilombos en cuarenta años, le pasó de todo, y sobrevivió a sus propias heridas. Y hoy esas mayorías que la determinan eligen soberanamente. Me interesa mucho el fenómeno. Sigo mucho lo libertario. Es un gran fenómeno argentino y de constitución social muy profunda, que no tiene que ver con que la gente sea de ultraderecha, sino con que está frustradísima, enojadísima, harta, entristecida. Y fueron a buscar una opción que no estaba en los papeles. ¿Por qué tenía que estar en los papeles? Eso es lo que dice Milei de nosotros, para mí, hoy.