Manuel Vilas y el arte de narrar un divorcio: “La gente normalmente intenta seguir adelante, los escritores usamos un montón de palabras”

En “Islandia”, el poeta y novelista español relata su propia experiencia sobre la complejidad de enfrentar una ruptura sentimental. “Es un acto estético”, dice

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Manuel Vilas y el arte
Manuel Vilas y el arte de narrar un divorcio: “La gente normalmente intenta seguir adelante, los escritores le echamos un montón de palabras”

Dos días antes de que su pareja le anunciara su intención de separarse, Manuel Vilas y su mujer compraron billetes para un crucero a Islandia. Ese viaje ha acabado siendo una despedida en las páginas de Islandia, una novela autobiográfica de “alto riesgo” que desearía no haber escrito.

El crucero simboliza el tránsito del amor de pareja a la amistad, algo que a juicio de Vilas (Babastro, Huesca, 1962), no solo es posible, sino que no hacerlo es un error. “Echarse los trastos a la cabeza es muy antiguo y muy del subdesarrollo emocional”, sostiene.

El autor de Ordesa (Alfaguara, 2018) cuenta que todo empezó con una llamada telefónica. Él estaba en un hotel de Sevilla y su mujer, la también escritora Ana Merino —en la novela es Ada— le llamó por teléfono desde Madrid y le dijo la fatídica frase: “Ya no estoy enamorada de ti”. Después vino la conversación larga y tendida y lo que Vilas describe como una partida de tenis con una pelota ardiendo. “He querido explorar qué ocurre en la mente de alguien al que le dan esa noticia: se rompe por dentro, sufre muchísimo, tiene miedo a quedarse solo de por vida y, por otro lado, exalta a la que ha sido su esposa, la idealiza”.

“Islandia”, de Manuel Vilas
“Islandia”, de Manuel Vilas

El narrador de Islandia atisba dos dimensiones temporales, antes y después de esa frase, dos tiempos históricos, vitales, existenciales. “La novela es muy proustiana —dice Vilas—, hay mucho rescate de la memoria personal de la pareja y la pregunta que se hace es si el tiempo que se abre, el nuevo tiempo presente, donde ya no va a existir ese amor, va a hacer que el amor que existió también desaparezca, es un conflicto existencial entre el pasado y el presente”.

A Vilas no le gusta la palabra ‘divorcio’, ni tampoco ‘ruptura’, prefiere ‘adiós’. Un adiós que también conlleva, señala, un cambio de identidad. “Lo raro es ponerse a pensar en esto, la gente normalmente lo que hace es intentar seguir adelante y ya está, hacer footing o irse de escalada con los amigos, los escritores le echamos un montón de palabras”.

En un momento de la entrevista el autor llama la atención sobre la dificultad que entraña ponerle palabras al amor de pareja. “Se dice mi pareja, mi marido, una relación romántica, sentimental, matrimonio si tiene ya un carácter contractual serio, pero ninguna es satisfactoria; cuando hay dificultad para nombrar algo quiere decir que allí hay conflicto”.

Manuel Vilas en la La
Manuel Vilas en la La Caja de las Letras del Cervantes, donde depositó sus diarios (Foto: Europa Press)

Según Manuel Vilas, su exmujer ha entendido que escribiera este libro, aunque no lo ha querido leer. “Primero, porque le iba a doler y segundo, porque iba a tener la tentación de cambiar cosas”, sostiene, aunque después matiza que el libro está llevado al terreno de la ficción. “Este es el eterno tema de la literatura, su compleja relación entre lo real y lo inventado”. Muchos de sus amigos y conocidos se han enterado de su divorcio a raíz de la publicación de Islandia, algo que ha sido perfectamente premeditado y que califica de “acto estético”.

Exponente de la narrativa de autoficción, con toques de humor y melancolía, que también practicó en Ordesa (2018), Alegría (2021) o El mejor libro del mundo (2024), hace dos semanas Vilas depositó una veintena de sus diarios íntimos en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.

“Eran diarios antiguos que iban de los años 90 al 2010, la persona que aparecía allí era un joven en el que no me reconocía y que decía cosas que yo podía deplorar; ante la posibilidad muy cierta de que un día me diera el siroco y los cogiera todos y los tirara al cubo de la papelera, pensé que donarlos era una buena manera de evitar la tentación”, dice. Lo hizo con la cláusula de que no se pueda abrir hasta el 2051. “Para entonces dará todo igual, yo estaré muerto o completamente gagá”.

Fuente: EFE