
El experimento de David Rosenhan en 1973 desafió las bases de la psiquiatría, al demostrar que los sistemas diagnósticos podían ser fácilmente engañados por personas sanas, aunque investigaciones recientes han cuestionado la veracidad de su estudio. Esta controversia resurge en el análisis de Edward Bullmore, profesor de psiquiatría, quien advierte que, pese a los avances científicos, la profesión sigue marcada por una fractura ideológica entre enfoques biológicos y psicológicos, heredada del dualismo que separa la mente del cuerpo.
Al profundizar en las repercusiones históricas, Bullmore relata que tras el escándalo provocado por Rosenhan, la psiquiatría estadounidense endureció sus criterios diagnósticos. De allí surgió el manual “neo-Kraepeliniano” de 1980 de la Asociación Americana de Psiquiatría, que agrupó los síntomas en categorías aún más estrictas y consolidó la tendencia hacia la medicalización.
Sin embargo, como muestra Bullmore en The Divided Mind: A New Way of Thinking About Mental Health (La mente dividida: una nueva forma de pensar sobre la salud mental), la evolución conceptual del campo no siguió una línea recta de progreso científico, sino que osciló en función de fuerzas sociales, políticas y culturales, desde el auge del psicoanálisis tras la Segunda Guerra Mundial hasta la influencia letal del biologicismo nazi, responsable directo de la muerte de aproximadamente 260.000 internos psiquiátricos.

Bullmore alerta sobre la persistencia de un “cisma original”, producto de la visión cartesiana y, más atrás, de San Pablo, que divide las enfermedades en “orgánicas” —como el cólera o el Alzheimer— y “funcionales” —como la depresión o la esquizofrenia—, asignando las primeras al cuerpo y las segundas a un dominio psicológico independiente.
Esta división, según el académico, ha marginado la salud física de quienes padecen trastornos mentales y ha fragmentado a la psiquiatría entre la “tribu sin cerebro”, que ignora la biología, y la “tribu sin mente”, que la reduce todo a procesos cerebrales.
Citas textuales como “para recuperarse de un trauma es importante hablar de ello, de alguna forma, en algún momento del proceso de recuperación” (Edward Bullmore) ilustran la demanda de una integración realista de las distintas corrientes.
Bullmore recuerda que aun Freud, referente de la corriente psicológica, fue neuroanatomista antes que analista, mientras que el alemán Emil Kraepelin, descrito como “el psiquiatra más importante del que nunca ha oído hablar”, aspiraba a identificar un germen biológico responsable de la esquizofrenia, a la que denominaba “dementia praecox”.

En las últimas cuatro décadas, la investigación ha acelerado el desmantelamiento de esa frontera artificial. Bullmore señala que el progreso en neuroimagen, genética, matemáticas e inmunología revela que la esquizofrenia probablemente se origina en el desarrollo anómalo de redes cerebrales durante la niñez y adolescencia, condicionado por una disfunción inmunitaria y activado por variantes genéticas que interactúan con el entorno social, infecciones, maltrato o consumo de drogas.
Este nuevo modelo, que conjuga biología y experiencia, representa una revolución conceptual. Bullmore sostiene que la prevención, mediante la mejora de los servicios sociales y sanitarios para madres y niños, debería ocupar un lugar central en las políticas de salud mental.
El debate ideológico no se agota. En los años sesenta, figuras como RD Laing representaron la postura antipsiquiátrica al definir la psicosis como una reacción racional a situaciones insostenibles. Aunque Bullmore reconoce la vigencia de algunas intuiciones de Laing, también advierte las limitaciones de ese enfoque, así como la omisión de aspectos críticos como los efectos adversos de la medicación psiquiátrica crónica.

Al abordar temas aún tabú como la implicación directa de las teorías psiquiátricas en los crímenes nazis, Bullmore admite su sorpresa ante la escasez de investigaciones disponibles: pese a la magnitud documentada —260.000 asesinatos en hospitales psiquiátricos—, el olvido y la negación persisten. Concluye que el reconocimiento y la discusión de este pasado son imprescindibles para la reconstrucción ética de la disciplina.
Bullmore destaca por un estilo accesible que no sacrifica el rigor científico ni la sensibilidad humana. A través de su relato, rehúye el dogmatismo y apuesta por una psiquiatría capaz de superar sus atavismos ideológicos y sanar la antigua división entre cuerpo y mente.
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