
“No les corresponde a las víctimas llevar la carga de la vergüenza”, dirá una y otra y otra vez Caroline Darian. Esa idea fue la que logró que su madre, Gisèle Pelicot, siguiera de pie cuando fue enterándose, y cuando el mundo fue enterándose, de lo que le había hecho su marido, el papá de Caroline. Se sabe: Dominique Pelicot drogó a su esposa e hizo que otros hombres la violaran... durante diez años. Lo descubrieron por casualidad. Había pruebas visibles. Espantosas.
Esto ocurrió en 2020. Dominique fue preso. Caroline tuvo que ver fotografías de ella misma semidesnuda y aparentemente drogada, aunque su padre negó haberla tocado. Se deprimió. Se levantó. Y en 2022 escribió el libro Y dejé de llamarte papá que ahora, tras el juicio donde su padre resultó condenado, se publica en español.

Aquí, el relato de Caroline Darian en su libro.
Domingo, 1 de noviembre de 2020
Mañana mi hijo Tom, de seis años y medio, tiene que llevar mascarilla al colegio. Así que ensayamos el gesto. Una, dos, diez veces.
Publico una foto suya, con mascarilla, en mi cuenta de Facebook. Inmediatamente, mi padre responde:«Pobrecito Tom. Buena suerte para este comienzo de curso tan especial. Tu abuelo, que te quiere».
Todavía no lo sé, pero este es el último contacto con mi padre.

La vergüenza cambió de lado
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¿Cómo es mi vida en esos momentos? Tengo cuarenta y dos años, un trabajo que me apasiona, un marido, un hijo y una casa. En otras palabras: una vida sencilla, que no se ve afectada por ningún seísmo. Una vida privilegiada. Aún conservo la inocencia de los días que transcurren sin sobresaltos. El mañana es una promesa, nunca una amenaza. Mi vida gira en torno a mi marido, mi hijo, mi trabajo, mis actividades, mis padres, mis hermanos y mis amigos. Todo es absolutamente banal.
Pero nadie mide el precio de lo banal hasta que lo pierde.
Lunes, 2 de noviembre de 2020
Dejo a Tom en la puerta del colegio, justo a tiempo. Le doy un beso cariñoso. Vuelvo a casa, preparo un café, me conecto. En la agenda: reunión, reunión, reunión. Videoconferencias sin fin.
11.00 horas. Mi marido llega a casa. Paul trabaja por turnos. Le envía un mensaje a mi padre: «Acabo de enterarme del recorrido del Tour de Francia 2021. Propongo un plan fantástico en familia: el 7 de julio puedes llevar a tu nieto por la ruta del Mont Ventoux, ¿OK?». Se prepara un almuerzo rápido y luego se echa una siesta.

Cuando despierta, descubre dos llamadas perdidas desde números fijos del Vaucluse.
Este es el punto de inflexión. Un mensaje telefónico, como cuando un hospital avisa a la familia.
A menudo este punto de inflexión tiene una voz, un rostro. El anuncio de una desgracia siempre se encarna en alguien. Durante el resto de nuestras vidas recordaremos la voz o el rostro de la persona que nos dio la noticia. También recordaremos, con todo detalle, lo que estábamos haciendo justo antes.
Mi punto de inflexión se produjo como un efecto dominó. Fue mi marido el primero en enterarse de la noticia. Paul escucha el primer mensaje dejado por mi madre: «Soy yo, es urgente. Se trata de Dominique. Por favor, llámame».
Dominique, mi padre, pesa más de cien kilos y tiene problemas respiratorios.
Así que, naturalmente, en plena crisis de covid, Paul ya se lo imagina en cuidados intensivos. Pero el otro mensaje procede de un teniente de la policía departamental de Carpentras. Paul llama primero a mi madre:
—¿Pero qué pasa?—Dominique va a ingresar en prisión. Lo descubrieron filmando bajo las faldas de tres mujeres en un supermercado. Permaneció detenido cuarenta y ocho horas y después lo soltaron. Mientras tanto, la policía inspeccionó su teléfono móvil, varias tarjetas SIM, su videocámara y el ordenador portátil. Los hechos son mucho más graves.

Si mi madre ha decidido llamar a Paul antes que a mí es porque todavía no tiene fuerzas para decírselo a ninguno de sus tres hijos. También sabe que puede confiar en él. Paul es lo bastante fuerte para oír este tipo de noticias.
Llegan a un acuerdo. Mi madre me llamará primero, y delante de él.
Un poco aturdido, Paul telefonea al teniente de policía. El mazazo.
—Hemos encontrado vídeos que muestran a su suegra dormida, visiblemente drogada, con hombres abusando de ella.
Esas palabras suenan huecas. Abren una brecha aterradora. Paul se ve propulsado a otra dimensión, la de las noticias de sucesos impensables revelados por los medios de comunicación, que hasta ahora han trazado una línea divisoria entre lo sórdido y nuestras vidas, que pertenecían al mundo de antes.
Imperturbable, el teniente da cuenta de las informaciones, y todas ahondan en el abismo de lo imposible, instalándolo en nuestras vidas.
Las agresiones sexuales se vienen produciendo al menos desde septiembre de 2013, fecha de las primeras imágenes que los investigadores extrajeron de los distintos dispositivos digitales de mi padre. El número de agresores es asombroso:
—Setenta y tres, por el momento. Hasta ahora hemos identificado a unos cincuenta. Tienen edades comprendidas entre los veintidós y los setenta y un años, procedentes de todas las categorías sociales: estudiantes, jubilados, incluso un periodista. Su suegro organizaba, fotografiaba y filmaba todos los actos. Hasta para mí ha sido difícil ver todos esos vídeos. Y todavía no hemos terminado de peritarlo todo.
El equipo policial llevaba mes y medio trabajando día y noche. Los investigadores temían por la vida de mi madre. Tantas drogas, cuando está a punto de cumplir sesenta y ocho años... El teniente concluye:
—Cuídenla bien. Va a necesitar apoyo.
Paul solo tiene una cosa en mente. Salir. Escapar de la casa. Sabe que aún me quedan unas horas de descanso antes de que me catapulten al otro mundo. Abducida tras la pantalla de mi ordenador, ni siquiera lo veo pasar por mi lado y salir de casa.
En el coche, Paul llama a su hermana Véronique, la madrina de Tom. Le pide ayuda esa misma noche. Idean una estratagema para no despertar mis sospechas.

Cuando me doy cuenta de que mi hijo y mi marido han vuelto del colegio, mi jornada maratoniana acaba de terminar y son casi las siete de la tarde. Les propongo una cena japonesa. Y justo cuando estoy a punto de salir de casa, suena el timbre. Es Véronique. Alegre, sonriente y cariñosa como siempre.
—Solo pasaba por aquí.
Tom salta a sus brazos. Me dirijo al restaurante japonés. En el coche, telefoneo a mi madre, que, extrañamente, me despacha a toda prisa. Tengo un mal presentimiento.
De vuelta del restaurante, pongo las bolsas en la mesa del comedor. Oigo reír a mi hijo con su madrina. Esos pequeños sonidos de la vida cotidiana todavía no son reliquias.
En la cocina, Paul me mira con expresión seria. Me pide que me siente.
Suena mi móvil. ¡Por fin me llama mi madre! El reloj del horno de nuestra cocina, que veo justo detrás de Paul, marca exactamente las 20.25 horas.

Más tarde sabría que las personas que han sufrido un shock traumático a menudo solo retienen un detalle, un olor, un sonido, una sensación, algo minúsculo que se convierte en enorme.
En ese momento veo el reloj del horno. Son las 20.25 en números blancos. Una frontera cifrada. Me llamo Caroline Darian y estoy viviendo los últimos segundos de una vida normal.
Sigo oyendo la voz temblorosa de mi madre. Me pregunta si he llegado a casa y si estoy con Paul. Insiste. Se asegura de que estoy sentada y tranquila para oír lo que tiene que decirme.
—Caro, tu padre está en prisión preventiva desde esta mañana, y no podrá volver a salir. Lo van a encarcelar.
Me echo a temblar, no entiendo muy bien lo que me dice.
—Tu padre me drogaba con somníferos y ansiolíticos.
—Pero, mamá, ¿qué estás diciendo?
—Y eso no es todo. Tu padre también invitaba a hombres a casa cuando yo estaba inconsciente en nuestro dormitorio. He visto varias fotos mías. Dormida, tumbada boca abajo y en mi cama, con hombres diferentes cada vez, todos desconocidos.
Pierdo el control. Grito, insulto a mi padre. Voy a romperlo todo.
—Caro, es la verdad. Tuve que ver varias fotografías en la comisaría. Creí que mi corazón dejaría de latir. El teniente me dijo que también había muchos vídeos en los que me agredían. Quería que viera uno, pero le dije que las fotos ya eran bastante insoportables. Me dijo: «Lo siento, señora, pero lo que ha hecho su marido es monstruoso».
Se echa a llorar. Paul me abraza.
Las imágenes se superponen, abyectas, sin sentido: mi madre en su cama con un desconocido, con los ojos cerrados, inerte…
Te recuerdo al volante del Renault 25 negro, demasiado cargado, cuando nos íbamos de vacaciones. Contabas chistes, ponías a Barry White y marcabas el compás del estribillo con la cabeza, tan excitado como nosotros, los niños, que íbamos apretujados atrás. Esa imagen feliz acaba de hacerse añicos. A partir de ahora eres un organizador de orgías, además de un terrible mentiroso: mamá me cuenta que tu último desayuno fue absolutamente normal. ¿Qué reservas de duplicidad debes de tener para haber representado la comedia de la tranquilidad durante todos estos años…?
Mi madre cuelga, ahora tiene que llamar a David, mi hermano mayor, y luego a Florian, nuestro hermano pequeño.
Me derrumbo. Acurrucada contra mi marido, me siento abrumada. Me cuesta respirar.
Mi padre drogó a mi madre antes de hacer que la violaran unos desconocidos. Esa frase es inverosímil. Es tan violenta que solo puedo percibir los reflejos, como una piedra afilada, fragmentos que arañan mi conciencia, sin darme cuenta del alcance de su destrucción. ¿Y si una sobredosis la hubiera matado? ¿Y si no se hubiera despertado? El horror se prolonga desde que se mudaron al Vaucluse hace casi ocho años, cuando mi madre se jubiló.
Yo no vi nada, no sospeché nada. Ni ella tampoco.
Ni rastro, ni el más mínimo atisbo.
Todo se borraba gracias a las frecuentes y diminutas dosis de medicamentos que mi padre solía darle. Recuerdo nuestras conversaciones telefónicas, cuando mi madre estaba desorientada o parecía divagar. Sus ausencias nos preocupaban. Nosotros, sus tres hijos, vivimos a más de setecientos kilómetros de ella. Incluso habíamos pensado en un principio de alzhéimer. Mi padre le restaba importancia. Solía decir:
—Vuestra madre no sabe cuidarse, siempre está de aquí para allá, es hiperactiva, es su forma de gestionar el estrés.
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