El clasicismo de sus murales novecentistas, la modernidad de sus juguetes y el universalismo de su arte constructivo son las tres dimensiones del pintor y académico uruguayo Joaquín Torres García, a las que, sin desaprovechar un rincón, su museo rinde homenaje con una muestra por el 150 aniversario de su nacimiento.
La equis del compás áureo, la frase “Vitam impendere vero” (Consagrar la vida a la búsqueda de la verdad) y la sonrisa de un arlequín aguardan las visitas. El recibimiento lo hará una escultura tallada bajo la cual nadan peces koi y a la que escudriñan tres ojos: los del maestro Torres desde una pared y el blanco y circular de un pez distinto -cargado de símbolos- desde otra.
En su libro ‘Estructura’, de 1935, Torres dijo que las dimensiones que conforman al ser humano son la razón, el alma y lo material. Coincidentemente, son tres las etapas de su vida artística que el museo fundado en 1955 por su viuda Manolita Piña transforma en exposición para homenajearlo.

“Sobresaliente” en dibujo ya desde su niñez, dio sus primeros pasos como pintor en la Cataluña de fines del siglo XIX y comenzó a trabajar en encargos. A la par, señala su bisnieto, el director del Museo Torres García, Alejandro Díaz, ya investigaba en profundidad el arte grecolatino que volvería a aparecer en obras tardías.
En tiempos de pujanza modernista, se alejó de ese arte “poco humano” y “rebuscado” y se adentró así en las “nobles” formas clásicas evocando a una Cataluña mediterránea que quería olvidar la crisis de la Restauración.
Además de los nunca antes exhibidos bocetos de sus murales para la Iglesia de San Agustín de Barcelona, luego destruidos por un incendio, se exhibe en el primer piso, junto a otros dibujos y pinturas y sobre el lema latino para “Consagrar la vida a la búsqueda de la verdad”, la reproducción de uno de los frescos que decoraron su finca Mon Repòs en España.
Aquel fue el refugio donde, además de ver nacer a tres a sus hijos, Olimpia, Augusto e Ifigenia, pudo alejarse del ruido que generó su abordaje a los 12 murales del encargo para decorar el Palacio de la Mancomunitat -hoy Generalitat- que nunca terminaría.

“Había muchas personas que aspiraban a que (...) hubiera demostrado riqueza (...) Lo que hace es una pintura muy despojada, muy austera”, apunta Díaz sobre un “malentendido” que lo golpeó fuertemente y alejó del Novecentismo (movimiento literario, artístico e intelectual español).
Tras dejar Cataluña, se embarca a Nueva York, donde “entra en la modernidad y en la vanguardia” transformando “fuertemente” su arte.
“Encuentra en la ciudad la expresión material de la modernidad (...) la ciudad moderna tiene la velocidad, pero también las formas que dan los productos industriales, el anuncio en las calles, todo eso que le parece que puede ayudarlo a generar una plástica nueva”, describe su bisnieto.
De esta etapa vemos, en el segundo piso de la muestra, a sus dibujos “dessins”, sus collages de paisajes neoyorquinos y a los icónicos juguetes de madera que creaba y vendía para sustentar a su familia, negoció que llevó a una producción industrial al fundar con amigos la Aladdin Toys Company.

“Torres dice ‘si el niño rompe sus juguetes es para investigar, démosle los juguetes a pedazos y que los arme como quiera’, una idea de libertad, de juego”, detalla Díaz sobre juguetes que algunos rechazaron por “demasiado artísticos” y cuya etapa interrumpe el incendio de su fábrica.
Agradecido por un infortunio sin el cual, como pasó con los murales en Cataluña, podría no haber reencauzado su rumbo artístico, vuelve a París, donde se codea con los “popes” vanguardistas Theo van Doesburg y Piet Mondrian.
Allí logra la “extraordinaria” pintura de los años 1928 y 1929, funda con Michel Seuphor ‘Círculo y Cuadrado’, expone, escribe y da forma a su propio movimiento, que enseñará en Uruguay en la Asociación de Arte Constructivo y el Taller Torres García.
El compás áureo, los sólidos de esfera, cubo y pirámide, el pez y el triángulo constructivo introducen en el tercer piso del museo el homenaje a la etapa culmen de su obra, esa de la que hay piezas constructivas en decenas de museos y colecciones y en la que encontramos un mapa hoy reconocido por miles en el mundo.
“(El mapa) Es sin duda la obra más conocida, hay mucha gente que se la tatúa o que la utiliza en afiches o en libros, todo tipo de expresiones, muchas veces sin siquiera saber quién es el autor y eso es buenísimo, cuando una obra trasciendo a su autor y tiene una vida propia”, resume Díaz sobre su insigne pieza de 1943 ‘América invertida’, que muestra a Suramérica de forma invertida.
Fuente: EFE. Fotos: EFE/ Alejandro Prieto
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