
Nunca más voy a escribir una biografía. Mentira, no sé si lo haré porque, la verdad, es un género muy difícil. Implica/necesita de mucha investigación, y también suerte. Requiere de obsesión, de meticulosidad. Y, sin embargo, siempre, siempre, siempre, siempre sabés que en un punto vas a fallar. Es inevitable: va a faltar algo. No es posible conocer todo ni poner a jugar los datos completos. La información de una vida es enorme, un mapa infinito, intangible. Y hay que tomar decisiones de recorte, subjetivas, aunque se busque una objetividad. Si esa persona no está para decir “así sí” o “así no”, es peor. O mejor. Las dos cosas. Peor-mejor.
Nunca más voy a escribir sobre alguien a quién quise y extraño. Trae muchos problemas existenciales que entorpecen el trabajo. Bueno, mentira también. El corazón del asunto, el retrato biográfico que hice sobre Irene Gruss, que fue mi maestra, compañera de trabajo, (en gran medida) y mi amiga, ya está en librerías, editado por Gog & Magog. Y acá estoy, sigo escribiendo sobre ella. Colateralmente, al menos.
Escribo con Irene en mente. No necesariamente poesía. También narrativa, este texto, notas periodísticas. Todo. A veces hasta mails importantes. Dice que no me exceda con los “me”, los “mi”, que piense en los sonidos, el ritmo, que no reitere o que me apegue a una sola metáfora. ¿Esa palabra es la correcta o hay una mejor? No ser críptica ni cursi ni imprecisa. Es como un pequeño diablillo/angelito, a la vez en cada hombro, que va soplando en estéreo, marcando un modo.
Es involuntario, pasa. Y me mejora, creo. Lo agradezco. Pero al escribir su retrato biográfico estaba presente el doble. No, el quíntuple y un poco más. Al principio, esa energía me detuvo durante muchos meses. Lo quería hacer perfecto, para ella. Y bien, para su hija, su hijo, sus amigos y amigas. También necesitaba apegarme al género, no ser complaciente ni exagerada o mentirosa. Me daba temor, respeto, inquietud. Después, esos mismos sentimientos fueron el impulso. Y ella, sobre todo: su desfachatez adorable y ese “imprescindible tener sentido del humor” que pedía para sumarse a su taller, por ejemplo entre tantas otras cosas, ayudaron a que pudiera meterme de lleno.

Entonces, no quise salir. Estaba con Irene, en el mundo de Irene, tomando café en sus barcitos, charlando con sus seres queridos. Escribía, y hablábamos. Como antes. Elegíamos poemas. Discutíamos un título. Buscábamos algo para leer. Armaba las escenas y estábamos otra vez vivas a la vez, ella en su casa, con sus gatos. Yo la veía. O la espiaba. Con cariño y distancia. Ahí encontré un tono.
El proceso de ponerla en palabras, mías, a Irene, su vida, su obra, sus cosas, fue un regalo inesperado y precioso. Todo el tiempo había algo más para pensar, ahondar, corregir (“siempre en tres ejemplos, vos, Pasik”, la vuelvo a oír). Mi editora, Vanina Colagiovanni, aguantó con cierta paciencia ese proceso final hasta que dijo “basta ya”. Aunque me pareció cruel en ese momento, es lo que más le agradezco. Y bueno, lo solté.
Cuando empecé el trabajo que terminó siendo El corazón del asunto me regía un deseo, que convertí en mandato. Que Irene siga presente a través de este libro y de las vivencias que compartimos con ella cada una de las personas que la conocimos y/o la leímos. Pero, también, quienes no tienen idea. Para que la tengan.
“No me gusta la poesía”, dice mucha gente. La poesía “es difícil”, “es cursi”, “no me llama”, “me aburre” también se suele comentar. Otras personas se la toman demasiado en serio, ponen un ojo solemne donde no es necesario y desprecian lo que no es puro bronce. Recomiendo salir de esos prejuicios. Pasa que la poesía da miedo. Porque mezcla todo. Vida, escritura, aventura, inquietud, música. Hay que perderle miedo al miedo, también.
Intenté contar la historia de una mujer tremenda, en toda su polisemia. La que publicó 18 libros geniales. A la que conocí en asambleas en el diario Perfil cuando reclamamos por salarios. A mi maestra de taller. A la que formó parte del mítico taller Mario Jorge De Lellis desde el inicio en los años 70 y que colaboró en revistas como El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. A la amiga que mandaba mails con cadenas pavotas y a la que me recomendaba las mejores lecturas. A la poeta original, irrepetible, brillante. A la voz más original de su generación. A la persona adorable y noble que podría ser durísima o dar miedo. Al cangrejo blandito que había debajo de ese caparazón épico y defensivo.

Cómo pasar de la anécdota al poema era el tema que ocupó a Irene, su marca característica. Salir de la ocurrencia y convertirla en idea. En contexto de taller, preguntaba: “¿y eso a mí que me importa?”. Era una forma bestial y efectiva de invitar a salir del ombligo y ver el corazón del asunto para ir al hueso. A mí me importa que a ella la lea todo el mundo. Por fuera del ambiente de la poesía, incluso por fuera del circuito literario. Por eso quise, intenté, hacer un libro que le hable a cualquiera. Con poemas, análisis, ensayo, datos biográficos y también fantasmas, suspenso, humor.
Abelardo Castillo, gran amigo y mentor de Irene, decía que hay que aspirar a tener el borrador más hermoso posible. Eso también ayudó a escribirlo primero y dejarlo ir al mundo después. El corazón del asunto es eso y al menos en esta primera edición ya no molesto más (risas). Ahora me voy yendo, la dejo hablar mejor a ella para cerrar esto, que insorprendentemente no puedo abandonar, con un poema breve de El mundo incompleto, editado en 1987 por Libros de Tierra Firme:
Gracia
El perfil de mis dedos
está manchado de pelar papas, batatas,
de nicotina y
de limón,
de polvo de azuleno,
todo cubierto y de perfil, por
tinta,
todo imborrable
y tinta.
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