
“Albertine Diesbachse embarca en el trasatlántico Giulio Cesare, perteneciente a la Navigazioni Generale Italiana la mañana del 13 de julio de 1922. El año anterior, y en otro navío, había realizado su primer viaje a Sudamérica. El recorrido era exactamente el mismo. La segunda de las escalas sería Rio de Janeiro y el destino final, Buenos Aires. Dos días antes habían enterrado a su madre en el Cementerio del Père-Lachaise - después de un cáncer impiadoso que había minado y empequeñecido el cuerpo de la vieja baronesa hasta convertirlo en una muestra irreconocible de su legendaria belleza. Albertine había llorado amargamente el destino de su madre”.
Así comienza La parisina, de Juan Basterra, un relato que se remonta a principios del siglo XX para contar las aventuras de una mujer independiente y audaz que, entre salones elegantes, obras de arte y libros –muchos libros se citan en esta novela – descubrirá el amor o, mejor dicho, el espejo del amor, es decir, conocerá al hombre en el que su ideal de varón se proyecta y actualiza.
El hombre en cuestión es el argentino Enrique Aparicio Muniagurria, un joven ganadero de la elite porteña, con quien Albertine vivirá una vibrante historia de amor, atravesada por otros viajes, lecturas, conversaciones. Muniagurria la llevará a conocer a la creme de la creme de Buenos Aires, que incluye entre otros a un joven Borges, humorístico, preciso, personaje que tiñe de verosimilitud el andar de la pareja.

El relato avanza como en un ensueño. El tiempo pasado y los recuerdos se pliegan sobre las escenas del presente. La historia avanza y retrocede con ritmo (del amante argentino al recuerdo del varón alemán, de los paseos por Recoleta a las vueltas por Paris) en una cadencia de frases súper articuladas, descripciones detalladas, perfumes y postres untuosos, ornamentación arquitectónica, elegancia bon vivant de un pasado añorado no exento de nostalgia.
“Proyecté en los personajes y en sus vivencias algo de lo que me hubiera gustado vivir a mí”, dice Juan Basterra, autor de La parisina. “Los escritores tenemos la ventaja de poder proyectar en nuestros personajes escenas y cualidades que nos gustaría haber vivido o haber tenido. Además, estoy en un momento particular de mi vida en el que el camino por recorrer es más acotado que el camino recorrido. La parisina da cuenta de cierto tipo de personajes literarios que para mí fueron muy importantes desde muy joven”, puntualiza Basterra, autor también de La cabeza de Ramírez (2016), Tata Dios (2018) y El amor y la peste (2019), todas novelas históricas.
-¿Cómo fue le proceso de escritura de la novela?
-La parisina se fue escribiendo casi sin esfuerzo. Es una novela breve, de capítulos acotados, que desarrollan el periplo existencial de una mujer que, de alguna manera, recupera fantasías personales que tengo desde joven con respecto a ciertas mujeres europeas y también argentinas. Es un tipo de mujer que refiere a personajes de las novelísticas rusa e inglesa de fines del siglo XIX y principios del XX. Mujeres que comenzaban a tener independencia, elecciones propias, cierto refinamiento que siempre fue muy importante. Albertine tiene préstamos de estos personajes de novelas que yo tomaba de la biblioteca familiar. De chico yo veía a mi madre leer esos libros y cierta fascinación por esos personajes y ambientes quedó impregnada en mí.
-Y en relación a los personajes masculinos, ¿hay un ideal de varón desplegado en la novela?
-Muniagurria también es un personaje idealizado, sin duda. Todos esos personajes son fruto de mis lecturas y la proyección de un deseo: como me hubiera gustado vivir, qué tipo de hombre hubiera querido ser. Los escritores muchas veces proyectamos nuestros deseos en nuestros personajes.

La tragedia del amor
El viaje que Albertine emprende en 1922 es también un movimiento de fuga hacia adelante, después de varias muertes. Porque al tomar el barco esa mañana Albertine no solo había dejado a su madre en el cementerio sino que también en alguna tumba del Père-Lachaisese encontraba su amor de antaño, el conde alemán von Richthofen, con quien la parisina había vivido 14 meses de profundo y tórrido romance.
Huyendo de la muerte, huyendo también de una Europa de posguerra, de miseria moral, la parisina se embarca en un juego de espejos que deviene en estructura de la novela. Es decir, la similitud entre ambos hombres permite desarmar el tiempo del relato: en La parisina el relato lineal está interrumpido por cartas que vienen del pasado (y también del futuro de la nueva pareja), los recuerdos se superponen con las escenas del presente, la constante del amor, el deseo y el movimiento de los viajes trastocan el orden temporal del relato.
“Se trata también de las afinidades electivas, que son correspondientes entre el conde alemán y el argentino. Por eso Albertine ve en Muniagurria un espejo de su amor anterior”, señala Basterra.
La lectura instala entonces una pregunta inquietante: ¿Hay un tipo de hombre que busca (o “casualmente” encuentra) Albertine? ¿Hay un patrón que se repite en el sujeto/objeto de deseo? ¿El espejo de un amor siempre es otro amor?

Entre postas de felicidad, Albertine vive el sufrimiento, la pérdida, y por supuesto un final que profundiza con el color de la nostalgia el devenir de la novela: “Porque el amor trágico cuenta también la caducidad, la fugacidad, de la vida y de un sentimiento que todos quisiéramos que fuera eterno”, comenta Basterra.
Entre tanto, la prosa despliega una cadencia muy propia del tiempo histórico que narra. El tono de La parisina es, ciertamente, proustiano: frases largas súper articuladas, descripciones detalladas, refinamiento del lenguaje, elegancia y glamour en las oraciones.
“Para mí fue importante rescatar algo de ese momento del siglo pasado, rescatar parte de mi vida, lecturas de juventud, de comienzo de la madurez, que fueron importantes en la edificación del héroe al que todos aspiramos, que a su vez simboliza todos los deseos que uno puede tener”, dice Basterra y agrega: “Me gustaría que los lectores se emocionen. Más allá de lo estilístico y lo formal uno busca la emoción propia y la emoción de los otros. Cuento una historia de amor porque es el sentimiento fundamental. El amor a las personas, a la naturaleza, a la vida. El amor es el elemento de unión, de cohesión de la vida”, concluye el autor.
Embarcarse con Albertine implica entonces vivir en los aires de ese siglo XX prometedor, lujoso, iluso. Cuando la modernidad impulsaba y el amor loco era capaz de barrer con la desgracia.
Quién es Juan Basterra
♦ Nació en La Plata en 1959.
♦ Es profesor de Biología y chaqueño por adopción.
♦ Publicó Tata Dios (2018), El amor y la peste (2019) y La cruz y la espada (2021), todas novelas históricas editadas por Bärenhaus.
♦ Su novela La cabeza de Ramírez fue seleccionada para la Antología bilingüe español-inglés 12 narradores argentinos 2016-2017, editada por el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
♦ Vivió en París y Barcelona. Actualmente reside en Resistencia, Chaco.
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