El objetivo: enseñar (si es que puedo concederme el verbo) el relato Tema del traidor y del héroe, de Jorge Luis Borges, a mis alumnos de la Universidad de Chicago. El riesgo: que los estudiantes (tienen entre 20 y 22 años) no se entusiasmaran, que se aburrieran, que se quedaran dormidos. Nada más penoso que el aula en silencio. Tenía delante un desafío pedagógico (o una trampa mortal), pero junté coraje (tema muy borgiano) e hice lo que pude.
Borges empieza así: “Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes inútiles”.
Lo leí en voz alta afectando la voz. Mis alumnos no se emocionaban. Mencioné someramente el plot. Un tal Kilpatrick, supuesto líder revolucionario, era en verdad un “topo”, un traidor. Los revolucionarios lo descubren, pero en vez de condenarlo en seguida, urden un plan más eficaz. Lo exaltan como héroe, le dan muerte durante una representación teatral (Julio César, de Shakespeare), pero culpan al enemigo. Al hacerlo, consiguen darle curso a la revolución. Kilpatrick es un traidor, pero al haberla descubierto a tiempo, los revolucionarios utilizan su traición en su provecho: es traidor y es héroe al mismo tiempo.

Seguí hablando ante párpados caídos. Dije que Borges cuestionaba la disciplina de la historia, que era incapaz, o al menos insuficiente, para la recuperación cabal de los hechos. Dije que a Borges le gustaban las paradojas y los oxímoron (la idea es de Beatriz Sarlo), y que un “héroe-traidor” era un muy buen ejemplo. También mencioné el afanoso desgano: en la primera línea Borges dice que “tal vez” escribirá este relato, y que hacerlo lo justifica en sus “tardes inútiles”. Me permití un chiste, del que nadie ni siquiera sonrió: quién pudiera escribir un cuento así, inmortal, en una tarde perdida.
No hubo mucha respuesta. En el silencio de la clase, como una aparición angelical, recordé la voz de David Lebón en “Nos veremos otra vez”): “Debes ser fuerte en estos tiempos /para resistir la decepción”. La música llevó a la música. Pensé en “Ya no sos igual”, de 2 Minutos.
Conecté la computadora, busqué en Youtube, superé el umbral, el decoro con el volumen, y los introduje al punk argentino. La primera estrofa y el estribillo son memorables: “Carlos se vendió al barrio de Lanús / Al barrio que lo vio crecer / Ya no vino nunca más por el bar de Fabián / Y se olvidó de pelearse los domingos en la cancha / Por la patrulla la ciudad, molestando y levantado a los demás”. Lo siguiente es el dolido estribillo: “Ya no sos igual, ya no sos igual / Sos un vigilante de la Federal / Sos buchón, sos buchón”.
Los estudiantes se encendieron, llegaron las preguntas, empezamos a hablar: victoria de lo popular sobre lo erudito. Contesté que “buchón” era “topo”, en inglés “mole” o “rat”: un informante. Aclaré que “la Federal” aludía a los “cops”, y que la canción trabajaba a una transformación esencial y profunda: Carlos, el amigo, perdía su identidad, se cruzaba de bando, sustituía los ritos comunes (ir al bar, a la cancha), se entregaba al ejercicio institucional de la violencia al enrolarse en la policía. En vez de “pelearse los domingos” ahora se dedicaba a “patrullar la ciudad”. Adoptaba su vestimenta, las distinciones icónicas (“se dejó crecer el bigote) y el armamento reglamentario (”una nueve para él”): una transformación (una traición) absoluta, y por lo tanto, irreversible.
Entusiasmado, un estudiante de Nueva Jersey dijo que “Ya no sos igual” era la antípoda del Martín Fierro (lo leímos al inicio del cuatrimestre). Cruz era policía y se hacía bandido para seguir a Fierro. Carlos, en cambio, era un chico de barrio que abandonaba las amistades y se volvía policía. En ambos casos había traición, dijo el estudiante, pero con signos distintos. Lo felicité, fui hasta la computadora, y la escuchamos otra vez, entera, un poco más fuerte. Levanté mis brazos, agité un poco. Me sentí viril, casi pendenciero. Los chicos movían las cabezas. Yo celebraba mi golpe de suerte.

De pronto se oyeron tres golpes en la puerta, que se abrió. La presencia demoníaca del más famoso dantista de la Universidad de Chicago me ensombreció. No hizo falta que dijera nada. Interrumpí la canción. Como un Caronte de los pasillos del edificio de lenguas romances, se acercó al sistema de audio y dijo en inglés: si vas a escuchar punk, hacelo en serio, dude. Triplicó el volumen, hizo una seña, y le dimos mecha a “Ya no sos igual” desde el inicio. El dantista la escuchó con nosotros, de punta a punta. No sonreía (no lo hacía jamás) pero estaba feliz. Al terminar, sin saludar, se retiró a su oficina a leer complejos documentos medievales.
Como en Tema del traidor y del héroe, la traición se paga con la muerte. La canción termina con una amenaza: “Él sabe muy bien que una bala en la noche espera por él”. Más de medio siglo antes, Borges titulaba con displicencia: la palabra “tema” sugiere la repetición, la azarosa fatalidad de lo que volverá a suceder una y otra vez. Los temas (la idea es suya) son siempre los mismos.
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