El español Manuel Borja-Villel es el único que viste de chaqueta de entre los curadores de la 35ª Bienal de San Pablo. También es la única persona blanca y la única que ha dirigido un museo europeo con nombre de reina.
Con esa chaqueta y ese bagaje, el exdirector del Museo Reina Sofía de Madrid reconoce que ha tenido que “desaprender para aprender” de los otros tres curadores de la Bienal, dos brasileños y una portuguesa de ascendencia africana (Diane Lima, Helio Menezes y Grada Kilomba)
“El movimiento descolonizador en el arte es imparable e implica cambios en la forma de trabajar. En general, las instituciones son jerárquicas; aquí hemos tratado de invertirlo y no hay curador jefe”, dice en el pabellón, frente a los restos de una vía férrea utilizada por los colonos ingleses en Gana.
La Bienal, la mayor muestra de arte contemporáneo del hemisferio sur, se inauguró el miércoles pasado con un número récord de artistas de color, más de un 80 %.
El arte para cuestionar mitos occidentales
La Bienal de Arte de San Pablo, el mayor evento en su tipo del hemisferio sur, se ha convertido este año en su edición 35 en la gran muestra del Sur Global, con 1.100 obras de diferentes lenguajes artísticos de 121 participantes, entre ellos dos argentinos (el Archivo de Memoria Trans y Elda Cerrato, fallecida en febrero pasado), que apuntan, en diferentes idiomas, a temas como el acceso a la justicia, la libertad en la diversidad y la idea mínima de igualdad.
El gran edificio de vidrio y curvas de concreto diseñado por el fallecido arquitecto Oscar Niemeyer en el Parque Ibirapuera, el principal pulmón verde de la gran urbe sudamericana, abrió sus puertas al público este miércoles de la 35a. Bienal de Arte hasta el 10 de diciembre, con entrada gratis. Es la segunda más antigua del mundo, apenas detrás de la de Venecia.
El tema de esta edición es la “Coreografía de lo imposible”, sin un curador jefe y sí con un colectivo que ha priorizado la pintura, instalaciones sensoriales y la diversidad étnica, con 80 por ciento de la producción hecha por no blancos, un dato nada irrelevante en un país con mayoría afrodescendiente descendiente de tres siglos de esclavitud y con una minoría indígena amenazada por el avance del agronegocio en el Amazonas y las tierras ancestrales.
Tras un “aprendizaje” de varios meses en Brasil, el curador español parece más dispuesto que nunca a cuestionar mitos occidentales que “se pretenden universales”.
Cita el concepto del “enigma”: “Para mí tal vez viene del poeta francés Stéphane Mallarmé, pero el enigma también viene de los yorubas”, los practicantes de las religiones originarias de Nigeria que se han diseminado por varios países de América Latina.
Y defiende el contar las historias de otra manera, como en el caso de un hipotético esclavo de quien solo se sabe que fue hecho prisionero por traficantes europeos y que murió durante el trayecto en barco hacia la colonia.
“Eso es lo que queda en el archivo, con lo cual permanece esclavizada eternamente. Es un doble castigo. El mundo del arte a veces se recrea en la miseria de los demás, pero lo que no sabemos es que esta persona tenía gustos, sensibilidad, afectos... “, afirma. El arte, según él, tiene la posibilidad de “generar nuevos mundos”.
Europa ha empezado a hacer autocrítica, pero todavía queda camino, dice el curador: “En el Humboldt Forum en Berlín se habla de que muchas de las obras fueron expoliadas, se habla de muertes, de guerras… pero siguen hablando los alemanes”.
Aunque rechaza caer en “cuotas” raciales porque considera que empobrece el elemento “poético” de una muestra de arte, Borja-Villel cree que las voces indígenas que pueblan la Bienal son una punta de lanza de la crítica al eurocentrismo.
El curador salta con naturalidad de África a Asia y de vuelta a América, donde los mayas consideran la naturaleza una parte de sí mismos y eso, explica él, marca su defensa del territorio y su arte.
“Los artistas mayas no tienen ningún problema en hacer activismo. Eso que en un museo occidental es casi una línea roja porque se supone que un museo tiene que dedicarse al arte, no a hacer política, en otras culturas no existe”, dice.
La barrera entre política y arte le parece a Borja-Villel una distinción “occidental”, artificial e insuficiente para lidiar con las “guerras culturales” y las “fake news” de hoy en día.
De hecho, su decisión de no volver a presentarse a la dirección del Museo Reina Sofía estuvo envuelta de polémica, con división de opiniones entre aquellos que defendían un trabajo innovador y los que le acusaban de haber politizado la institución.
“Mi salida ocasionó que algún medio de derecha me diera más portadas que a Pedro Sánchez (presidente del Gobierno de España), con lo cual debemos ser muy peligrosos”, recuerda con una sonrisa.
Lejos de arrepentirse, el curador sostiene que los museos deben “repolitizarse de otra manera” y superar las categorías “rígidas” de lo que es y no es arte. Ese es, según él, el “mejor antídoto contra la ultraderecha”. “No es casualidad que la derecha esté tan obsesionada por la cultura. La cultura es un primer paso para tomar el poder. Es cambiar la visión del mundo”, afirma.
Después de la Bienal, Borja-Villel volverá a cruzar el Atlántico hacia ese continente cuyo ombliguismo no para de criticar. Esta vez, aterrizará en Barcelona, donde el Gobierno catalán lo ha contratado como asesor para “repensar” el Museo Nacional de Arte de Cataluña.
“La misión será descolonizar las instituciones culturales. Es importante que el mundo de la vanguardia esté realmente en la vanguardia”.
Con información de Efe y Télam