
Henri Fantin-Latour, Eugène Boudin, Jules Bastien-Lepage, Puvis de Chavannes, Auguste Rodin y Claude Monet están sentados en círculo, comparte una mesa del extinto y muy lujoso Hotel Continental, en rue Castiglione, en París, donde hoy se erige el Westin Hotel, y, en la cabecera, una silla permanece vacía.
El banquete es ceremonial, pagado del bolsillo de los artistas que esperan al homenajeado, un pintor de pintores, esa raza de artistas que suelen tener nulo o moderado éxito, pero que es admirado por sus colegas y que si tiene suerte puede vivir algún tipo de regreso triunfal en un futuro, en una de esas campañas de recuperación que, por verdadero valor artístico o solo por fundamento comercial, dan luz al legado de una vida ya apagada.
Es el año 1884. El homenajeado llega a la mesa. Antes de sentarse observa, frente a él, una medalla grabada con la inscripción: “Théodule Ribot, artista independiente”.
Ribot (1823-1891), de quien el mes pasado se cumplieron dos siglos de su nacimiento, es hoy uno de esos pintores de relleno en los grandes museos del mundo, una de esas firmas que los visitantes casi omiten o que cuando leen su nombre en el cartelito de la pared inmediatamente deciden seguir de largo. En Argentina, de hecho, el Bellas Artes posee dos de sus retratos, Anciana bretona, que se encuentra fuera de exhibición, y Hombre de época, que sí se encuentra colgado en el MNBA de Neuquén.

“¡Bebo por el arte! ¡El arte que amo! ¡El arte de nuestros maestros! ¡El arte de Millet, Corot, Daubigny, Courbet!”, dijo el anciano antes de romper en llanto. Los otros también dan discursos, resaltan su pasión por la pintura, su pincelada, los temas en los que ingresó, su legado.
Ribot fue un artista fascinado por la fragilidad de lo humano, por la sencillez de los oficios, por el dolor de los que menos tenían. Durante su tiempo, Francia atravesó importantes transformaciones políticas y sociales, pasando por la Revolución de 1830 y la Revolución de 1848, que llevaron a la caída de la monarquía y al establecimiento de la Segunda República.
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Estos acontecimientos tuvieron un rebote en el ambiente artístico de la época, con cambios sociales que generaron una cierta libertad de expresión y un crecimiento del realismo. Ribot se enfocó en temas de la vida cotidiana a partir de escenas de la clase trabajadora, retratos de mendigos, músicos callejeros y personajes marginales, como las esposas de las pescadores como retrata en El sermón, obra que se encuentra en el Museo de Orsay, París.

Estas mujeres nos observan, hay un abatimiento que parece caer sobre sus párpado, el cansancio de la jornada quizá, la exigencias de una vida que parece ser cuestionada y que no por ser ordinaria se convierta en reconfortante. Este es un patrón en los trabajo de Ribot, esos ojos que nos cuestionan lo irremediable de las cosas.
“De origen humilde, Ribot comenzó a estudiar pintura en el taller de Auguste Barthélémy Glaize. En forma paralela, debió encarar proyectos comerciales a fin de procurarse el sustento. Las noches, bajo la luz de la lámpara, fueron los momentos destinados a la práctica de la pintura, lo que estaría en el origen de los fondos oscuros y los contrastes lumínicos de su producción”, escribe la doctora en Historia del Arte María Isabel Baldasarre.
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En ese sentido, el artista ingresó con profundidad en la esencia de las personas representadas, a partir de un estilo en el que elegía una paleta de tonos terrosos, creando atmósferas herederas del tenebrismo de Caravaggio y José de Ribera, para crear así obras que basculan entre la melancolía y la reflexión.
Sin embargo, eso no lo privó de construir piezas aparentemente sencillas, como lo que se observaba en la vida diaria, construyendo escenarios límpidos, en un sentido, que revelan la vulnerabilidad del otro y, sobre todo, la sensibilidad propia, por lo que se lo considera un maestro del retrato psicológico.

En sus inicios Ribot se dedicó a trabajar como ilustrador para distintas industrias. Primero, con un decorador ciego, para quien pintó bordes para máquinas de helados. En 1845, tras casarse, se mudó a París donde fue empleado de un taller, y en la Ciudad de la Luz comenzó a estudiar con Glaize y a realizar sus primeras obras en sus ratos libres.
Luego, se muda a Argelia y a su regreso, en 1851, sobrevive con encargos para industriales, que le piden dibujos técnicos, y realiza copias de Antoine Watteau y Nicolas Lancret para el mercado estadounidense.
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Durante micho tiempo, el Salón rechazaba sus pinturas porque, en relación a sus contemporáneos que presentaban grandes relatos mitológicos o históricos, los temas de Ribot eran triviales y oscuros.
Sus colegas Fantin-Latour, Bonvin y Antoine Vollon fueron quienes más defendieron su obra en los círculos parisinos y tras una exposición independiente de 1859, que reunió a la nueva generación de pintores realistas, comenzó a ser más respetado y, dos años después, se produjo su aparición ante el gran público cuando se aceptaron seis lienzos de interiores de cocinas y patios en el Salón.

Ribot no siguió los cánones de la época y para sus retratos, realizados la mayoría en sus últimos años, sus modelos fueron su propia familia, su círculo más cercano. En los ‘60, recibió apoyo estatal para sus composiciones religiosas, lo que por primera vez le generó una entrada de dinero, lo que le permitió vivir con un poco más de comodidad, aunque su oficio nunca lo hizo autosuficiente y tuvo dificultades para mantener a su familia hasta el final.
Tampoco hay paisajes en su legado, aunque sí mucha naturaleza muerta, que podrían ser ejercicios propios de su perfeccionamiento técnico. Lamentablemente, cualquier análisis de su obra será incompleto ya mucho de su legado estaba almacenado en su taller de Colombes, que se incendió durante la guerra de 1870.
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