
¡Qué difícil la relación entre realidad y representación! Desde el mero hecho de nombrar: se sabe que la palabra “mesa” no es una “mesa”. Más fácil: la palabra “caballo” no trota y la palabra “espejo” no se rompe. ¿Pero si ahí está la prueba de la imagen? ¿El documento de la imagen? ¿No es la imagen la mera exposición de la realidad? Pero, ay, no. Tampoco. Lo real, decía el bueno de Lacan, es aquello que no es imaginario ni se puede simbolizar. ¿Pero y el cine? Y más aún, ¿el cine documental? ¿No es el cine documental la prueba de la representación real de “lo Real”?
Pues no. Es un punto de vista. Una cámara puesta en cierto lugar. Un centro que enfocar. Una decisión sobre lo que queda por fuera del ángulo que se filma. Aunque sea el tren de los hermanos Lumiere. No existe la posibilidad, aunque sí la pretensión, de representar objetivamente la realidad. Pero debemos admitir que, de haberla, el cine documental es lo más cercano (hay que tomar en cuenta que Susan Sontag le atribuyó, en cierto momento, “el grado cero de la representación” a la pornografía, pero ese es otro debate arduo).
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La genialidad de las películas del ucraniano Sergei Loznitsa es que pone en juego las imágenes documentales de sus filmes, de un modo que tales documentos (obtenidos en archivos de metrajes crudos de filmes de propaganda o de archivos de filmaciones sin uso posterior e incluso de filmaciones de aficionados) son usados mediante el montaje para una representación de la realidad, en tanto documentales. Pero es consciente del poderoso uso de la edición para ese fin. Las películas documentales de Loznitsa ponen al descubierto el artificio y no dejan, sin embargo, de ser documentales: ese acercamiento tan cercano –el más cercano posible– a la realidad real.

Una historia natural de la destrucción es la nueva película de Loznitsa que inauguró el Festival de Cine de la UBA y que podrá ser vista otra vez este domingo en el cine Gaumont. Estrenado en Cannes, el film tiene un objeto que delimita mediante imágenes colocadas en un lugar y tiempo rigurosos. El método del cineasta no admite locuciones ni que existan otros elementos que hablen sino las imágenes –bueno, también está la música, que forma parte de la edición final, claro, y que no es una elección menor, aunque no central de la narratividad obtenida–. En este caso, la película intenta reflexionar mediante filmaciones de archivo, audios de discursos o anuncios radiofónicos, tomas aéreas desde aviones de guerra y más, acerca de cómo se usaron los bombardeos sobre centros urbanos, retaguardias civiles en las contiendas, en la Segunda Guerra Mundial.
Si bien el eje se pone en las ciudades alemanas destruidas por obra de las bombas lanzadas desde el aire, también se detiene, como un espejo de la instrumentalidad de la razón destructora, en las ciudades británicas bombardeadas por el Blitzkrieg germano sobre esas urbes (la “guerra relámpago” alemana estaba planificada en principio para ser aplicada sobre las trincheras).
El film comienza delimitando campos, ya que no se mostrarán campos de concentración ni otras atrocidades genocidas, sino el efecto de los bombardeos sobre las poblaciones urbanas –hecho que en su planificación debía llevar a la desmoralización de la población civil, más que a la destrucción de objetivos tácticos o estratégicos propios de la guerra en sí–.

Por eso se ve el footage de una ciudad alemana, digamos Colonia, con sus clases sociales bien diferenciadas: los sectores laboriosos en las fábricas o en los puertos, descansando de la faena al son de unas guitarras; los sectores medios observando con largavistas el paso del globo aerostático por los cielos; la burguesía alemana comiendo en el salón del Graf Zeppelin o en un baile de salón de la Alemania nazi de los años treinta. O escuchando a una orquesta tocar a Wagner bajo el signo de la svástica. La “normalidad”, con siete comillas, previa a la guerra.
Los bombardeos. La humanidad. El horror.
Cadáveres, edificios destruidos, niños en largas hileras de muertos al azar en una noche de bombardeos. Un bebé envuelto en una manta blanca. Parece vivo, pero no.
De un lado, un militar alemán recorre la zona de la destrucción en un jeep mientras los grupos que se ocupan del rescate de cadáveres y posibles sobrevivientes, lo reciben con el brazo derecho en alto, saludo hitleriano. Del otro lado, el británico Winston Churchill en la parte superior de una camioneta saludando a los damnificados por la destrucción de la noche anterior, aplaudido por las víctimas bastón en mano.
Los discursos. Churchill: “Para evitar sufrir, los ciudadanos alemanes deben abandonar las ciudades y sus trabajos, vayan a la campiña. En última instancia, ustedes lo merecen”. El inglés general Montgomery: “Ya conocen lo que pasó en Colonia y otras ciudades y vamos a continuar hasta que no quede moral. Dicen que los bombardeos sobre las ciudades no sirven. Nosotros decimos sí, ya que no hay experiencias anteriores que lo desmientan”. Una grabación radial alemana: “Los angloamericanos nos quieren bombardear con sus ataques por las noches. Es un método del terror. Pero decimos que al Terror le opondremos el Contraterror”. Tal la racionalidad bélica de la destrucción de lo humano.
Puesta en tándem con el estreno de Oppenheimer y con la actualidad de la guerra entre Rusia y Ucrania –con el acompañamiento de las potencias nucleares de la OTAN– el documental The natural history of destruction plantea un punto de vista razonable sobre la horrorosa realidad. No sólo merece ser visto, así debería serlo.
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