
Leandro Donozo, editor del sello Gourmet Musical que ya lleva 93 títulos, sostiene que no hay música buena y música mala, que siempre hay algo en cada una que tiene su revelación, su interés latente, y que “toda la vida tiene música”, dice citando a Luis Alberto Spinetta. A punto de cumplir 18 años de puesta en marcha de este proyecto, asegura que lo que más le importa es la literatura que siempre circunda al sonido.
“Me tuve que inventar una editorial porque no sabía dónde meterme. Yo era muy académico para las cosas muy periodísticas y muy periodístico para las cosas académicas. Lo sigo siendo; Gourmet es una cosa medio anfibia”, sintetiza.
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Así, el primer libro publicado fue suyo, en 2005. Descubrió que ese era el camino para publicar su Diccionario bibliográfico de la música argentina (y de la música en la Argentina). Consta de 21.400 citas bibliográficas correspondientes a todos los artículos sobre música de y en la Argentina publicados en diccionarios, enciclopedias, compilaciones biográficas y anuarios, locales o extranjeros.
“Tengo acumulados muchos títulos por salir, nos retrasó la pandemia. Cada vez que sale uno nuevo me putean los autores de todos los que están pendientes. Pero van a salir, van a salir…”, cuenta el responsable de una editorial que apuesta a ampliar la conversación sobre la obra y la vida de músicos como David Bowie, Andrés Calamaro o Aníbal Troilo.

En el catálogo está por ejemplo, Palito Ortega, sin cuya existencia “no podés entender –explica Donozo– a Sandro, al rocanrol argentino, o al propio Charly García. Cuando te metés en la música buscando profundizar, escuchás de otra manera. En Un muchacho como aquel: Una historia política cantada por el Rey, se plantea este tipo de escucha. Es un libro de análisis, no es un libro para fans de Palito. Una especie de historia política argentina a través de la canción popular”.
Todos los contextos son, también, distintos, y en ese entorno viven la magia, el extrañamiento de sus observaciones, que a su vez inspiran libros: “No es lo mismo escuchar ciertos versos en boca de la Sole de Arequito (el editor los recita con precisión): ‘Para que sepan todos a quién tu perteneces/ con sangre de mis venas te marcaré la frente/ y sepan que tú eres mi propiedad privada’ que proferidos por un varón barbudo, a viva voz aguardentosa, guitarra en mano, al pasar la gorra en un vagón de subte de la línea D, como vi yo. Esto te hace pensar en las distintas formas de escuchar y de sonar que tenemos”.
Fanático del dato y la información dura, a Donozo le importa también, mucho, el buen gusto con que esta se exponga y, por supuesto, la literatura que siempre circunda al sonido.
Así, su editorial procrea trabajos focalizados en la poética, como Por: Lecturas y reescrituras de una canción de Luis Alberto Spinetta, donde la pluma de Eduardo Berti recorre esa sintonía fina de la lírica spinetteana, hasta rotundos memoriales como Al taco: Historia del rock argentino hecho por mujeres (1954-1999), de Carolina Santos, Gabriela Cei y Silvia Arcidiacono, cuya profusión informativa abarca vida y obra de las pioneras locales a lo largo de 352 páginas.

“A mí me parece que a veces se trabaja mal –marca Donozo– se cree que todo está en internet y no es así. Hay que investigar, ir al archivo, hablar con los músicos o productores, el hermano, el primo el vecino, o lo que fuera: yo escribí la Guía de revistas de música de la Argentina (1829-2007) y te aseguro que el grueso de los datos que encontrás ahí no está digitalizado ni en la web. Es un error gravísimo pensar que está todo online: hay que ir a las bibliotecas, puede haber tres o cuatro versiones distintas de un mismo hecho”, recalca. Y suena, a la vez, como un canto al periodismo de raza que creíamos en extinción.
El editor habla como un músico, y aunque lo diga un poco en broma, lo es: “Toqué en bandas… Como todo argentino que se precie, toco la guitarra… Además, de adolescente era el que sabía las formaciones de cada grupo, devoraba revistas, revistas, libros, todo tipo de información musical, pero jamás imaginé que iban a tener que ver con mi trabajo, con esto. Al terminar el secundario, me encontré con la opción, en la carrera de Artes, de la especialidad en Música, que tiene mucho de musicología, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Yo no sabía que existía esa posibilidad: investigar sobre música. Y mientras estudiaba, trabajaba como periodista; empecé en la revista Pelo”.
“Trabajo con un público que es lector; que siempre compra libros. En nuestro caso, las tiradas se ampliaron, porque fuimos ampliando muy de a poco la red de distribución: cuando empecé, yendo con la mochila por las librerías, quizás imprimía 1000, pero distribuía 300. Ahora necesitamos una cantidad mínima de ejemplares que no baja de 2000 para cubrir unas 500 librerías: en C.A.B.A., en el interior, en Chile, en Uruguay y otros países. Tenemos una buena visibilidad; estamos en las vidrieras, en las mesas. Yo ahora sigo yendo a hablar con los libreros, voy a contarles las novedades, a preguntarles cómo los exhiben; hacemos mucho ese laburo, que es fundamental, porque los nuestros no son libros que la gente espera que existan”.
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En la amplia propuesta de Gourmet, Donozo destaca Satisfacción en la Esma: Música y sonido durante la dictadura (1976-1983), en el que su autor, Abel Gilbert, repasa y analiza el hecho de que durante la dictadura, a pocas cuadras del Estadio Obras, donde Serú Girán daba su primer concierto, en la Escuela de Mecánica de la Armada, los verdugos torturadores, en su clímax de perversidad, ponían a todo volumen “Qué va a ser de ti”, por Joan Manuel Serrat, “Gracias a la vida”, por Mercedes Sosa, o “Satisfaction”, de los Rolling Stones. Se decía que lo hacían para tapar los gritos de los torturados, pero la idea no hace más que revelar el sadismo. Y no, no hay música mala, pero hasta la música puede ser instrumento de maldad, como análogamente hicieron los nazis en sus campos de exterminio usando a Wagner.

Tan inimaginable incluso, como la existencia de ¡Canten, putos! Historia incompleta de los cantitos de cancha, y que ese ejemplar acabe exhibido junto a Una intelligentsia musical: Modernidad, política e historia de Rusia en las óperas de Musorgsky y Rimsky-Korsakov (1856-1883), de Martín Baña. Quizás también al lado en la batea, encontremos Vendiendo Inglaterra por una libra: Una historia social del rock progresivo británico –que va por su cuarta edición–, de Norberto Cambiasso, y este a su vez resulte lindero a Por qué escuchamos a Ignacio Corsini, de Pablo Dacal. Esa amplitud expresa Gourmet Musical: sonido de especialidad y espacialidad. Lo inconcebible, concebido.
Su creador lo define así: “Nuestros libros llevan un promedio de dos años de trabajo; tienen una vida muy larga previa a llegar a la librería. A veces son una idea. Que va, viene, se corrige, se reformula, se vuelve a corregir, se diseña, se hacen las pruebas, la presentación, la prensa, la distribución. El tiempo que llevan es impagable en dinero”.
Algunos libros de la editorial juegan con el límite de la experiencia personal frente a la música; cierta “literatura del yo” fluye en títulos como Rubí: Una novelita sobre Babasónicos, del polígrafo Walter Lezcano, o Me cago en las disquerías, que en la pluma de cronistas varios (Pablo Krantz, Roque Casciero, Humphrey Inzillo, entre otros) bucea en el “embrujo incomprensible” de aquellos locales ya casi inexistentes, hoy reservados para el revival de vinilos y coleccionismos.

Crócknicas de un tacvbo, de Joselo Rangel –guitarrista de la banda azteca Café Tacuba– va en la misma línea. En sus páginas, Joselo habla de Radiohead, Morrissey, Pixies, Spinetta y Chavela Vargas, pero desde el marco personal que ubica al lector en la intimidad de giras, escenarios, comidas, charlas con otros artistas.
Donozo explica: “Buscamos cierto rigor informativo, pero a la vez lo interesante, bien escrito, atractivo. Tenemos autores de 20 a 80 años de edad: musicólogos, antropólogos, historiadores, periodistas, escritores, músicos, humoristas, fans… Yo trato de ver qué tiene cada uno para decir que sea diferente a lo que hay en otros libros”.
Bien dice el editor de Gourmet: para mal algunas veces, y para bien en la mayoría de los casos, la música se infiltra, acompaña situaciones –sublimes u horribles– del modo menos esperado. En los encuentros, en los bares, en los campos de tortura, en los templos, en las fábricas, en los casamientos, en los funerales, en las oficinas, en la intimidad de los auriculares y los automóviles... en en la voz cascada del patriarca que puso su nombre a un movimiento y que premonitoriamente habló de llevarse, quién sabe a dónde, no cualquier música, sino “la más maravillosa” en sus oídos. De tanto y tan vasto hablan estos libros deliciosos.
Fuente: Télam S. E.
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