
Sin internet y el desembarco de redes sociales, las cartas sostuvieron conversaciones de quienes estaban a kilómetros de distancia y hoy, ya transformadas en correo electrónico, siguen siendo un género que permite escribir para compartir la cotidianeidad sin la urgencia de la respuesta inmediata, una potencia que retoman tres libros recientes del género epistolar: Fantasmática del cuerpo, de los artistas Lygia Clark y Hélio Oiticica; Cartas, de José Ortega y Gasset y Victoria Ocampo; y Cartas a Gwen John, de la artista Celia Paul.
Lejos de inmediatez que impone el intercambio de WhatsApp con su alerta de lectura de un mensaje o reproducción de un audio, las cartas de las tres publicaciones recientes proponen un tiempo de diálogo distinto, ya que la respuesta a un envío puede ser seguida de días, semanas o meses. Eso sucede en el intercambio que mantienen Ortega y Gasset (1883-1955) y Ocampo (1890-1979) entre 1917 y 1941 y se puede leer en el libro publicado por Biblos y editado por Marta Campomar, vicepresidenta de la sede argentina de la fundación que lleva el nombre del filosofo español.
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Esa secuencia temporal sin respuestas al instante se encuentra también en Fantasmática del cuerpo, editado por Caja Negra, compilado por Luciano Figueiredo y traducido por Patricio Orellana, donde las cartas reunidas van de 1964 a 1974 y recorren los intercambios de los brasileños Clark (1920-1988) y Oiticica (1937-1980) acerca del arte como disparador de la vida cultural de los 60 y 70 en diálogo con la música de Caetano Veloso, Gilberto Gil o Gal Costa y el cine de Glauber Rocha o Jack Smith.

En el caso del libro de Celia Paul (India, 1959), la carta es el formato elegido por la artista para hablar de una pintora que admira: la galesa Gwen John (1876-1939). A ella le escribe la también autora del libro Autorretrato, en el que narraba el vínculo que compartió con el consagrado artista Lucian Freud –cuando ella tenía 18 años y él 55–, en textos que se fechan entre febrero de 2019 y noviembre de 2020. ”Queridísima Gwen: Sé que esta carta es una ilusión. Sé que estás muerta y yo estoy viva, y que ninguna comunicación normal es posible entre nosotras, pero ‘el tiempo es una sustancia extraña’ como decía mi madre, y quién sabe si, más allá de nuestra comprensión del mundo regida por la temporalidad, no habrá realmente un canal por el que podríamos hablar si supiéramos hacerlo”, comienza Paul en el libro publicado por Chai Editora.
La artista se preocupa por dejar claro que no es una biografía de su colega sino las ganas de hablarle por las cosas que comparten: “Una de las principales razones que me mueven a hablarte es esta: cada vez soy más consciente de que se refieren a nosotras en relación a los hombres. La mirada pública te asocia siempre con tu hermano Augustus y tu amante, Auguste Rodin. A mí me ven a la luz de mi relación con Lucian Freud. No nos consideran artistas autónomas”. Los textos de Paul a John terminan con la misma línea: “Con un apretón de manos” y permiten ingresar a una atmósfera de intimidad donde hay lugar para la reflexión sobre la maternidad, el amor combinado con una admiración que por momentos se puede volver sofocante y la creatividad como ejercicio de concentración.
Traducido por la escritora Esther Cross, en Cartas a Gwen John también son protagonistas las pinturas de las dos artistas que van siendo citadas y recuperadas en la escritura de Paul como una suerte de reivindicación de su rol de creadoras que se corren de la idea de musa: “Nuestro talento es absolutamente independiente de los hombres con los que estuvimos, no derivamos de ellos en ningún aspecto”, escribe la autora.

El arte y los debates en torno a su desarrollo atravesado por la estética de neovanguardia del siglo XX está presente en Fantasmática del cuerpo, un trabajo prologado por el crítico e investigador de literatura brasileña, arte de vanguardia y cine latinoamericano Gonzalo Aguilar, en el que los artistas ponen en escena la pregunta por el cuerpo interferido por las expresiones artísticas. ”Hélio y Lygia en su delirio nómade paradójicamente construido y programado, en sus performances o en estas cartas que se envían dan testimonio de una amistad, de una reflexión sobre el arte y de una vida para la invención”, señala Aguilar en el prólogo.
Escritas desde Río de Janeiro, París o Londres, las cartas transmiten debate, urgencia ante un escenario, por ejemplo, de dictadura en Brasil pero también reflexión e indagación ante el Festival de Woodstock. Y siempre mucho cariño, ganas de saber del otro y de encontrar en la carta la voz de ese amigo o amiga que está lejos. ”Me muero de nostalgia: de veras eres una amiga insustituible, una de las poquísimas personas con las que logro comunicarme”, escribe Hélio Oiticica en febrero de 1964 y ella le responde, en una misiva sin fecha precisa: “Mi amor, escríbeme siempre, porque te adoro, y creo que eres cada vez más importante dentro de tu propia obra. Me gustó inmensamente el dibujo de la nueva caja, vas cada vez más hondo en el problema”.
Los relatos de lo que ven en teatro, leen o sueñan le van dando espesor a esa intimidad que vuelve emotiva la lectura en la que hay humor e irreverencia para contar lo que deberían leer o trabajar. “Vi una película de Visconti, Les damnés, que es malísima, y además muestra una complacencia enorme por todas las estupideces del inconsciente: es una mierda”, le cuenta Clark en un momento. El libro presenta también la materialidad de esos intercambios: desde una carta mecanografiada y otra manuscrita hasta fotos de algunas de sus obras para ayudar a ingresar al universo de dos artistas claves para pensar la percepción puesta en juego en la creación artística.

El tercero de los libros recientes que pone en el centro el intercambio epistolar es Cartas. Entre el corazón y la razón, una publicación que reúne 122 misivas escritas durante 25 años que marcan la relación de amistad impulsada por la escritora, editora y traductora Victoria Ocampo con el filosofo y ensayista español José Ortega y Gasset. El autor de La rebelión de las masas y la autora de La laguna de los nenúfares se conocieron en el 1916 durante el primer viaje del filosofo a la Argentina y ella le pidió una colaboración para la revista que llevaba su impronta: Sur.
Desde ese momento se estableció esta conversación epistolar en francés que en este libro se publica en ese idioma y traducido al español por Cecilia Verdi que en el texto que escribió sobre esa tarea y antecede ese intercambio, dice: “La correspondencia entre Victoria Ocampo y José Ortega y Gasset ofrece, sin duda, un inigualable testimonio de la amistad personal y del vínculo intelectual y profesional que unió a dos protagonistas clave de las relaciones cultuales entre Europa y América. Pero, más allá de su inestimable valor documental, las cartas no dejan de ser, como sostenía Victoria, ‘fragmentos de vida’”.
A medida que se suceden las cartas, el español impulsaba la Revista de Occidente; ella la revista Sur, una publicación que tomó la tarea de difundir autores nacionales y extranjeros en nuestro país sin nombres establecidos en la escena cultural. En las cartas, ella hace referencia a los artículos de su amigo en el diario La Nación y le va contando sus planes con ese proyecto en el que él sugirió el título: la revista Sur. Desde París en 1930, por ejemplo, Ocampo lo convoca a que viaje a verla y le describe esa ciudad: “París siempre igual. Es decir un lugar que adoro en su conjunto y que me hastía en detalle. Los franceses cada vez más cerrados a todo lo que les es ajeno. Pero no puedo prescindir de París por el momento”.
De esta manera, los tres libros recientes retoman la carta como género que apuesta a la conversación a través del tiempo que logra combinar la intimidad de un vínculo pero también la potencia de esa palabra escrita como testimonio de una época con sus dilemas, sus complejidades y sus desafíos.
Fuente: Télam S.E.
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