
Juan Diego Botto prefiere que lo llamen “Juan”. No “Juan Diego”, que es muy largo; ni “Diego”, que sonaría artificioso. Simplemente Juan. Y así ese nombre, que parece tan sencillo, en realidad contiene multitudes. Juan Diego Botto –es decir, Juan– contiene multitudes. Es el actor nacido en Argentina que partió muy pero muy pequeño al exilio en España, cuando sus padres debieron abandonar el país debido a la irrupción de la dictadura militar de Videla. Bien temprano, a los ocho, debutó en una película como actor (sus padres pertenecían al oficio) y desde entonces no paró.
Se hizo muy conocido en la Argentina (aunque ya había actuado bajo las órdenes de Ridley Scott o Ana Belén) por su participación en el film Martín (Hache), de Adolfo Aristarain, en donde interpreta al hijo de unos argentinos exiliados en España, y el año pasado dirigió su primer largometraje En los márgenes, que plantea una profunda crítica social y que fue elogiado por la crítica.
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Una vez más en Buenos Aires, Juan –es decir, Juan Diego Botto– debutará en el teatro San Martín con la obra Una noche sin luna, que él mismo escribió basado en textos y la biografía de Federico García Lorca. Botto explora el costado más político del poeta y dramaturgo andaluz, quien también gustaba hacerse llamar sencillamente por su nombre de pila.
Antes del estreno, conversó con Infobae Cultura sobre la obra que brindará al público desde el miércoles 21 y hasta el domingo 25 en la sala Martín Coronado del complejo teatral de la avenida Corrientes.

—Juan, su obra profundiza en el aspecto más político de Lorca, que a veces es omitido o dado por entendido al referirse a su obra y su persona.
—Sucede mucho así. Yo creo que parte del motivo de la pieza es redimensionar el rol político que tuvo Federico. En España, el paso del tiempo sumado a cuarenta años de dictadura y a pesar de la democracia se ha mantenido o se ha querido vender una imagen muy lavada de la figura de Lorca. De hecho, para la gente joven Lorca es una figura folclórica que hacía versos de gitanos, muy vinculada a las tradiciones folklóricas españolas, pero totalmente desposeída de una dimensión vanguardista y enormemente vinculada a la realidad política, económica y social de su época. Una posición con la que Lorca asumía una serie de riesgos impensables. Toda esa dimensión de Lorca a mí me parecía muy bonito de recuperar.
—¿Ese Lorca se vincula a la actualidad?
—Sentí que ese momento histórico que le tocó vivir a Federico y las decisiones que él tomó nos hablan mucho de nuestro momento histórico, por lo menos en España. Un momento de encrucijada donde la extrema derecha volvía a renacer después de muchos años, y no solo en España sino en toda Europa, una cosa que había estado olvidado y enterrada pero que de repente empezaba a cobrar más y más fuerza. Al leer la biografía de Lorca, encontré que había muchos paralelismos entre su momento histórico y el nuestro, salvando las enormes distancias y siempre cogiendo esto en la medida en que dos momentos históricos se pueden comparar. Había cosas que estaban sorprendentemente vigentes.
Las mismas críticas que le hacían a él eran las críticas sobre las que volvía a cabalgar la extrema derecha para atacar el feminismo, atacar la identidad sexual, plantear una nación excluyente donde no cabe una parte de la población y donde solo se es español al ser similar a los valores que defiende la extrema derecha. Y él encarnó un espíritu democrático y vanguardista, comprometido y más bonito, me parecía a mí y me sigue pareciendo, es que lo hizo desde la fragilidad del hombre con miedo del hombre, desde el hombre vulnerable. Él no tiene la imagen que a priori se tiene de un héroe, que no lo era ni lo quiso ser, pero lo fue a su pesar, porque las ideas que él mantuvo las mantuvo hasta el final y fue coherente con sus principios y con sus ideas. No hay nada más bonito que ser un héroe a su pesar, un héroe de las cosas pequeñas.

—Y también escribe versos de amores y tragedias que también tienen que ver con ese folklore andaluz que usted señalaba.
—Esto también es cierto. Creo que lo que mantiene la vigencia de las obras de Lorca es que él habla fundamentalmente de la cosa amorosa. Su gran tema es el afecto prohibido. Y recurre a distintas poéticas. Cuando sale de la reelaboración literaria de la tradición, se pone en el lugar de la modernidad absoluta, de la vanguardia. Poeta en Nueva York lo hace un Lorca surrealista y le cambia la vida. Él se va a Nueva York por un desamor, porque Emilio Aladren, su amante, lo deja y se casa con una mujer, y se va con el corazón roto a Nueva York.
Pero Nueva York le cambia la vida, es la primera vez que está lejos de su entorno, lejos de sus padres, en una sociedad que no le mira constantemente. Es la primera vez que él puede vivir su sexualidad de una forma relajada, tranquila. Hay una carta que le manda a Nadal, su amigo íntimo, en la que le cuenta que se ha acostado con un negro en el puerto de Nueva York. Y luego se va a Cuba y en Cuba no hace más que disfrutar de su sexualidad, acostarse con muchachos y con hombres y ser feliz y escribe una obra muy críptica, pero que es una obra donde está hablando de su sexualidad. A partir de ahí, Lorca es otro. De hecho, sus mejores trabajos son escritos a partir del 29, cuando vuelve de Cuba, hasta que lo asesinan en el 36.
—No se habla demasiado sobre su rol en la República.
—Una de las cosas que me sorprendió en la hemeroteca es la cantidad de editoriales que le dedicaban los diarios de la derecha, atacándolo por vivir, según decían, “a costa del dinero de la República”, cuando no era así. Él sí llevaba adelante el proyecto La barraca, que era un producto de la República. En esa España hiperpolarizada de 1936, al filo de un golpe de Estado, Federico firmó un manifiesto apoyando el Frente Popular que era la coalición de partidos socialistas y comunistas. Muy poca gente firma ese manifiesto, solamente poca gente de su nivel, los más conocidos son Rafael Alberti y María Teresa León, que estaban casados y que los dos eran del Partido Comunista; el único otro nombre que tú ves ahí es el de Federico, que nunca fue un hombre de partido, pero siempre adquirió un enorme compromiso con la defensa democrática de la cultura para todos.

—El Lorca de la obra en el San Martín reivindica el papel político del arte, al llegar a los sectores de trabajadores y sacarlos de la enajenación del trabajo.
—Quise vincularlo a esa imagen tan bonita de la célebre manifestación en Chicago a principios de siglo, donde unas obreras salieron a pedir por sus derechos y parieron esa frase: “Queremos el pan, pero también las rosas”. Esa necesidad del ser humano, de obviamente necesitar de lo productivo, necesitar de los bienes materiales y un techo donde cobijarnos y un trabajo que nos dé salario y o por lo menos tener garantizado la subsistencia, pero tener garantizada la subsistencia no es vivir. Vivir es poder disfrutar de todo lo otro que no es la supervivencia, amar, disfrutar del arte. Todos tenemos ese momento de felicidad vinculado a una canción, a un baile, un libro, a cosas que a priori no son productivas en el sentido de producir excedencia de capital, pero que, sin embargo, producen un capital de felicidad. Producen un capital de armonía, un capital de comunidad y eso en sí es creo que la mayor virtud del arte.

—Su nueva película En los márgenes también asume un fuerte rol político y muestra los desalojos de viviendas y el rol de la asistencia social en una España golpeada por la crisis económica.
—Es claramente una película política, muy social, sin duda, muy política sin duda. Es de actualidad política evidente. Y no eludimos un punto de vista, no eludimos tomar partido, pero a la vez no deja de ser una película para hacer propia la frase del feminismo: lo personal es político, pero también artístico. Pienso que esa historia tiene un valor artístico en sí, más allá del valor político que tenga o del valor social que tenga, pero que la historia de En los márgenes tiene un valor artístico en sí. Algo que me gustaba es que los protagonistas son gente que no son héroes, no son heroínas. Nadie cuenta sus historias y me parece muy bonito ponerlas en primer término y darles el lugar de tener su historia.
La gente que vive en las zonas más populares tiene que tener sus historias, tiene que tener sus relatos y quien los cuente, porque si no, no existen. Y ese es el punto en común con todos los personajes chiquitos de Federico García Lorca. Evidentemente, es difícil creer que una obra de teatro va a cambiar el mundo o una canción o una película o un libro, pero puede contribuir a hacer determinadas preguntas o generar determinadas dudas en el espectador, por lo menos como para que mire ciertas cosas con un prisma nuevo. Creo que eso es importante.
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